Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Solo de pensar en mi reacción —¡Sé lo que hiciste las últimas Navidades, Katie Archer!— me sacudo con grima.

—Cariño, que tenga veinticinco años no viene a cuento —oigo a Paul, el del presente—. No me enamoré de su edad.

—Claro que no. ¡Te enamoraste de sus tetas firmes! —le suelto, indignada.

El padre de mis hijos, también conocido como mi pesadilla más recurrente, suelta una especie de risa incrédula y niega para sí.

—Kate, venga ya. Tú sabes que yo no soy de esos.

—¿No eres un viejo verde? No sé qué decirte.

—Venga, Katie. Me conoces mejor que nadie en el mundo. Eres la única persona que me conoce de verdad.

Supongo que tiene razón. Le vi llorar cuando le diagnosticaron ELA a su hermano, y también emocionarse el primer día de cole de Abigail porque nuestra niña se estaba haciendo mayor demasiado deprisa.

Compartimos tantísimas cosas a lo largo de estos veinticinco años que ahora no sé muy bien cómo seguir sin él. Es como perder una parte de ti mismo.

Lo que más me fastidia de nuestra separación es que la cercanía y la intimidad no han desaparecido sin más tras firmar los papeles de divorcio.

Odio que siga comportándose como si aún fuera mi mejor amigo.

No puede ser tu mejor amigo alguien que te rompió el corazón sin miramientos, alguien que escogió estar solo porque incluso la soledad le resultaba más atractiva que la idea de seguir viviendo contigo.

Joder, duele demasiado.

—¡Chicos!, ¡moved el culo de una vez! —les rujo a esos dos remolones. Necesito desesperadamente perder de vista a su querido progenitor. Empieza a faltarme el aire otra vez. Ha vuelto esa presión rara en el pecho.

—Oye, cualquiera diría que quieres que me vaya. ¿Qué te apetece que te traiga de París?

Tu cabeza en una pica no estaría mal.

Está bien, dejaré de ver Juego de Tronos. Me vuelve demasiado sanguinaria.

—Con traer de vuelta a mis hijos sanos y salvos me basta y me sobra.

A Paul se le empieza a abrir el rostro en una sonrisa lenta y afectuosa. Como no quiero que eso me haga pensar en vete tú a saber qué mierdas del pasado, agarro una jarra al azar y la relleno con agua del grifo.

Ahora tendré que fingir que voy a regar el cactus. Espero no cargármelo. Ya fingí regarlo el martes, cuando este ser molesto vino a llevarse a Matt a un partido de baloncesto.

—Eso ha sonado muy dulce. ¿Qué vas a hacer estas Navidades?

Buena pregunta. Aún no lo he decidido. Lo más probable es que vacíe un par de botellas de vino. Quizá me dé tiempo de leer algún libro.

Pero, por Dios, que no sea Lolita. Me pone enferma.

—No lo sé. Todavía no he hecho planes —admito mientras vierto un poco de agua en la maceta del pobre cactus.

Acaba de florecer. No había visto una flor de cactus hasta este año. Es bonita. Amarilla. Que algo tan pequeño y delicado crezca en medio de todas esas púas y que, aun así, conserve su belleza, me infunde esperanza.

—Decidas lo que decidas, espero que lo pases bien. Por fin vas a tener algo de tiempo para ti.

—Hm. Sí. Vosotros también. Disfrutad mucho de París y de Disneyland. Estoy segura de que te lo vas a pasar muy bien con los niños.

—No te olvides de Amber.

—Tranquilo. La he incluido en la categoría niños —se la devuelvo con dulzura.

Paul está riéndose a carcajadas cuando por fin salen nuestros hijos de sus respectivas guaridas.

—¿Pasándolo bien? —se sorprende Abbie, que nunca ha perdido la esperanza de que su padre y yo volvamos a estar juntos.

Al mismo tiempo, adora a Amber. Mi hija es una rarita. No sé cómo pretende que Paul y yo volvamos a formar una pareja estable si su madrastra adolescente no desaparece del panorama. Ni que fuéramos mormones.

—Tu madre es muy divertida y ya sabéis lo mucho que disfruta metiéndose conmigo. Bueno, ¿listos o qué? No me gustaría perder el vuelo.

Mis hijos se vuelven hacia mí con caritas compungidas.

No cuela. Si estuvieran compungidos de verdad, no llevarían maletas en la mano.

Al enterarme de que planeaban cometer alta traición en fechas que dejan a una mujer recién divorciada demasiado sensible, tuvimos una discusión de lo más acalorada.

Yo les eché en cara lo cruel que era dejarme sola en Navidad para irse con el cretino que nos había abandonado las Navidades pasadas. Ellos se defendieron con argumentos muy sólidos.

Escuchar a Abbie gritarme: ¡aterriza, mamá!, ¡te abandonó a ti, no a nosotros! resultó bastante demoledor.

Comprendí que mi hija de dieciséis años es bastante más perspicaz que yo. Paul me abandonó a mí. Soy yo la que desentona en este cuadro.

Un día tu vida parece perfecta.

Y a la mañana siguiente te despiertas y resulta que has dejado de encajar.

Ellos siguen yendo de acampada a las cataratas, como cada verano de los últimos siete años, pero tú has de quedarte en casa preparando pepinillos en vinagre porque no sois una familia mormona y Paul solo puede tener a una mujer en el asiento del acompañante.

No basta con que te dejen tirada como si fueras una chaqueta vieja que ya no encaja con su estilo actual.

No. Encima, te excluyen de la vida de tus hijos.

Ahora ese lugar lo ocupa A M B E R, la rubita guapa de mente abierta que le compró la píldora a tu hija menor de edad sin tener la decencia de consultarlo con ninguno de sus progenitores.

Qué episodio, por cierto.

Paul y yo tuvimos una disputa de campeonato.

No nos gritábamos así desde la universidad.

Me puse histérica. ¡Mantén apartada a tu novia de mis hijos antes de que me los corrompa o les compre crema para las ladillas!

Porque, si Abigail va a usar la píldora y no condones como la gente normal, ¡eso es lo más probable!

No estoy muy orgullosa de mi reacción. Mi subconsciente hunde la cara entre las palmas cada vez que se acuerda de las burradas que le solté ese día por teléfono.

Me las apañé para parecer la típica ex mujer arpía que tiene celos de la jovencita que ahora ocupa su lugar.

Juro que fui incapaz de evitarlo. Jamás había sentido tanta ira.

Ni siquiera después de asimilar que Paul no iba a formar parte de mi vida nunca más. Se había acabado lo de acurrucarse entre sus brazos para susurrarle buenas noches, amor.

Y también lo de gritarle ¡¿pero por qué no has sacado la basura, so cerdo?! ¿Es que a ti no te huele?

—Anda, iros ya. Y llamad en cuanto aterricéis —les pido, dándome por vencida.

Los muy ingratos vienen a abrazarme. Está bien que demuestren algo de arrepentimiento. Hace un cuarto de hora estaba convencida de haber gestado a un puñado de sociópatas.

—Mamá, siento mucho dejarte sola estas Navidades.

Le dedico a Matt una mirada suspicaz.

—¿Lo dices porque quieres que te alimente al hámster?

—No. Lo digo de verdad.

Su cara de pena consigue conmoverme. Mi pequeño…. A pesar de esos granos y su bigotillo de pelusa, sigue siendo mi niño.

—Mami, te echaré de menos —me lisonjea Abigail, que a estas alturas ya habrá metido la mini falda en la maleta.

Hago pucheritos.

—Yo también te echaré de menos a ti, calabacita. Te pondrás la mini falda de cuero en contra de mi voluntad, ¿a que sí?

—Es la que mejor me sienta, mamá.

—Ya lo sé, cielo. Pero ten cuidado. Los tíos son todos unos cabronazos.

—Oye, oye, oye. Un poco de respeto, ¿no?

—TODOS, Abigail —insisto, haciendo caso omiso de la protesta de Paul—. Menos nuestro pequeño Matthew, que es un angelito, ¿a que sí, mi amor?

Los niños se echan a reír. Su padre, a mi lado, pone los ojos en blanco y niega para sí.

—Bueno, chicos, venga, despediros de mamá. Tenemos que irnos.

Ugh. Puto Paul. ¿Por qué no le cae un rayo encima como en los dibujos animados?

Me aferro a sus cuerpecitos con fuerza, resistiéndome a dejarlos marchar, e inspiro sus tiernos olores a suavizante, champú y algo perfecto y maravilloso que no sabría describir; algo suyo, la esencia de la felicidad, supongo.

Se están haciendo mayores muy deprisa. Estas serán las primeras Navidades de su vida que pasarán lejos de su madre. Tengo ganas de llorar a moco tendido.

—Os quiero un montón, chicos.

—Y nosotros a ti, mami.

—Sí, mamá. Te quiero.

—Me encanta cuando nos llevamos todos bien. Os quiero.

Paul nos envuelve a los tres en un gran abrazo.

—Paul, largo —gruño entre dientes, con cara de perro guardián asesino.

Mi ex abre los ojos y me mira todo ofendido.

—Pero…

—Ya me has oído. Tú no pintas nada aquí.

—¿Estás de guasa?

—¿Parezco estar de guasa? Mírame bien, cielito. Fíjate en esta cara, Paulie. ¿Qué te dice?

Hace un gesto de rendición con los párpados y se aparta, resoplando.

—Está bien. Os espero fuera, chicos. Mamá está de mal humor hoy.

Se marcha barboteando algo sobre la monstruación.

Sonrío, encantada. Se los lleva a París, sí, pero siguen siendo mis niños.

Así que gano yo.

Dejadme que os diga que el divorcio es una constante y cruel competición por demostrar quién es mejor padre de los dos.

¿Que uno les aplica un castigo? Pues el otro se lo levanta.

¿Que uno dice que no al hámster? El otro va y se lo compra.

El divorcio es peor que la Navidad.

—Adiós, mamá.

—Adiós, Mattie.

—Te llamaremos.

—Más os vale, si queréis que os mencione en mi testamento.

Apenas puedo creerme lo formalitos y buenos que se los ve. Ya me gustaría a mí encontrarme con esta actitud los sábados por la mañana, cuando les pido que recojan sus respectivas pocilgas.

—¡Pasadlo bien, chicos!

Me quedo en la puerta, sonriendo.

—Adiós, mamá.

—Adiós, peques.

Los despido con la mano, aguantando el tipo hasta que el coche de su padre se aleja calle abajo.

Poco a poco mi sonrisa empieza a menguar.

Cuando me quiero dar cuenta, la cara se me ha torcido en un berrinche.

Qué horror. ¡Se han ido de verdad!

Entro en casa hipando, corro hasta la ventana del salón y mi llanto se convierte en ruidosos sollozos. Ahí fuera solo hay una calle vacía.

¡Dios mío! ¡Es oficial!

Voy a pasar, por primera vez en toda mi vida adulta, las Navidades conmigo misma.

Cómo odio la puñetera Navidad.

No me extraña que Scrooge se volviera tan huraño. Seguro que sus hijos se habían largado con su ex a París.