Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Capítulo 2
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Capítulo 2

Mi expresión crispada empeora considerablemente cuando abro la puerta. No aguanto esa mueca lobuna de: ¿lo ves, cielito?, nuestros hijos me prefieren a mí.

—Noche de paz —canta para sacarme de quicio—, noche de...

—Que te den, Paul.

—Hola, Grinchie.

Mi ex, risueño, se inclina sobre mí y clava un beso rápido en mi mejilla.

No me gusta que se tome esas libertades conmigo. Me abandonó. No tenemos por qué ser amigos. Mi deber es odiarle y su deber es ser odioso. Se acabó la conversación.

—Claro, adelante, pasa, no te cortes —ironizo a sus espaldas.

Se vuelve para sonreírme desde la mitad del vestíbulo.

—¿De qué vas vestida?

—De pirada, según tu hija.

La mitad derecha de su rostro se tuerce en una sonrisa lenta y guasona.

—No le hagas caso. Estás adorable. ¿Qué tienes en la punta de la nariz? ¿Es harina?

No me extraña que me dejara. Parezco un vagabundo esquimal. ¡Y encima tengo la nariz llena de harina! Podría decir que es cocaína, pero nadie se lo tragaría. Soy demasiado buena y adorable.

Seguro que Amber se pone mallas ajustadas y tops de los que parecen sujetadores para estar por casa. La novia de mi ex tiene la misma edad mental que nuestra hija Abigail.

—Bueno, ¿y cómo lo llevas?

Dejo de frotarme la nariz como una desquiciada y le dispenso una sonrisa corrosiva.

—Mis hijos me abandonan en plenas Navidades. ¿Cómo crees que debería llevarlo?

—No te pongas así, Katie. Solo son diez días.

—¿Por qué todo el mundo cree que eso de solo son diez días debería suponer un consuelo para mí? ¡Y deja de llamarme Katie! No soy tu Katie. Amber es tu Katie ahora.

Me da un golpecito en la nariz con la punta del dedo.

—No seas absurda. Tú siempre serás mi Katie, pecosa.

Ugh. Sí que necesito un retiro espiritual. A este ritmo, mi madre va a tener que venir a recogerme después de una rueda de reconocimiento policial. No sé a ciencia cierta a quién terminaré agrediendo, pero Paul me parece un candidato excelente.

Y, Dios, tener a mi madre en casa, esa sí que sería una Pesadilla antes de Navidad.

—Sé sensato y guarda el dedo antes de que te lo arranque de un mordisco, anda. No creo que esté vacunada contra la rabia. Mi madre siempre ha sido una hippie. ¡Chicos! ¡Ya está aquí vuestro encantador padre derrochando carisma! Venga, deprisita.

Doy palmaditas para animarlos. Cuanto antes desaparezca Paul de mi campo visual, mejor. No quiero cometer ninguna agresión navideña. No me sienta nada bien el naranja que te obligan a vestir en la cárcel. Soy pelirroja natural. Parecería una zanahoria con patas.

—Vaya, qué bonita has dejado la casa. —No le queda otra que cotillear el salón desde el pasillo. Mi moño medio deshecho y mi expresión hosca le frenan el paso—. Muy navideño todo. No creí que fueras a sacar los adornos y el árbol este año. Como los chicos no van a estar…

Le dedico una gran sonrisa falsa, para enmascarar mi fastidio.

—Como bien has dicho, solo serán diez días.

—Esa es la actitud.

Para ser honesta, monté la parafernalia navideña con la esperanza de que nuestros hijos cambiaran de opinión en el último momento.

Soy tan ingenua que creí que, si llegaban a ver la casa bonita y navideña, como cuando eran pequeños, se sentirían culpables por abandonarme a mi suerte y dirían algo conmovedor como… ¡que le den a papá y a París, nos quedamos contigo porque eres la mejor madre del mundo!

Claro que, para hacer algo así, mis hijos tendrían que ser seres humanos con sentimientos y emociones, no monstruos egocéntricos con conexión 5G y cuentas de TikTok.

Un suspiro melodramático me sale de lo más profundo del alma cuando recuerdo con cuánta facilidad se han librado de mí estas Navidades.

Me quedaría absorta en mi pequeño momento de autocompasión, si no fuera porque Paul se está dirigiendo a la cocina.

No me queda otra que seguirle.

No me gusta que se pasee a su bola por la casa. Él ya no vive aquí. Un juez estampó su firma en un documento que dice eso.

—¿No hay Coca Cola Light? —me pregunta, después de haber examinado durante un buen rato el contenido de la nevera.

Mi nevera.

Al girarse, interrogante, me encuentra de puntillas. Estoy fingiendo que necesito algo del armario para que parezca que estoy haciendo algo aquí, además de espiarle.

—Pues no. Como solo la tomabas tú, dejé de comprarla en cuanto te fuiste, cielito.

Admito que se ha colado una pequeña pizca de complacencia en mi voz al responderle. No he podido evitarlo.

Paul la capta de inmediato. Es un tío listo.

Me dedica la sonrisa torcida que hizo que me enamorara de él hace veinticinco años.

—Qué mala y vengativa.

Si él supiera...

Hace menos de diez horas estaba sentada en el sofá, con la última botella de vino que me quedaba, negociando con Leonardo DiCaprio el final de Titanic: escúchame bien, Jack. Si quieres llegar vivo a América, más vale que te cargues a esa puta zorra.

Todas las copas estaban ya en el lavavajillas, así que tuve que beber a morro, tan bajo he caído. La culpa es de Paul. Ando desquiciada desde que me dejó. Me estoy volviendo oscura. De adorable, nada.

—Seguro que Amber te trae tus estúpidas Coca Cola Light —lo provoco con un destello diabólico en la mirada.

—En realidad, hacemos la compra online.

En realidad, hacemos la compra online. ¿No os dan ganas de potar?

Durante nuestro matrimonio, cada vez que me quejé de cargar, yo sola como una gilipollas, cosas del supermercado, él me sugirió que hiciéramos la compra online, pero yo siempre me negué porque todo el mundo sabe que es entonces cuando te cuelan los tomates pochos y las manzanas del año pasado que nuestros hijos me habrían escupido en la cara.

—Por supuesto. Vives con una nativa digital que no sabe qué es la lechuga. Entiendo que le dé igual que os la manden podrida. Dime, ¿qué tal lleva tu colon de mediana edad los fideos de sobre?

Mi ex cruza los brazos sobre el pecho, se apoya contra la nevera y me observa con un aire condescendiente que me saca de mis casillas.

Pese a mi irritación, no puedo evitar fijarme en lo atractivo que sigue siendo.

Es injusto.

Incluso después de haberme abandonado, sigo encontrándolo guapo. Alto, en forma, con unos increíbles ojos azules que atrapan cada partícula de luz de esta cocina...

Caray. Cómo desearía que las cosas volvieran a ser como antes.

El pensamiento se cuela en mi cabeza sin permiso, y me odio por pensar algo así, por permanecer anclada al pasado cuando él, claro está, ha superado veinticinco años de relación de golpe.

Me avergüenzo tanto de mí misma que parpadeo deprisa y desvío la mirada hacia un punto abstracto.

Noto que sonríe para sí cuando me pongo a frotar, con la manga de mi sudadera de vagabunda, una mancha imaginaria en la puerta del armario.

Capullo.

—No sé por qué odias tanto a Amber. No te dejé por ella.

Ya. Eso dice. Y, si no miente, es todavía peor que el adulterio.

Que te dejen por otra más joven es llevadero. Casi te lo esperas.

Pero que te abandone porque no es feliz contigo, esa sí que es una puñalada en el corazón.

—No odio a Amber —aseguro, felicitándome a mí misma por mi magnífica actuación.

Chúpate esa, Angelina.

Para que quede muy clarito: ODIO a Amber. Tiene todo lo que yo siempre he deseado.

¿A Paul?

No, hombre. Pómulos altos y un culo de escándalo. Que le den al vejestorio de Paul. No vale la pena lloriquear por alguien que te abandona así, sin más. ¿Es que no he lloriqueado lo bastante? Miradme. Parezco una vagabunda.

—Claro que la odias. Pero, si te esforzaras en conocerla, te darías cuenta de que es una buena persona.

Suelto un bufido de camino al fregadero.

—Tiene veinticinco años. No ha tenido tiempo para aprender a ser una buena persona.

Paul suelta una carcajada bronca que me hace estremecerme por dentro.

Me da rabia que algo tan simple como su risa revuelva en mí sentimientos y emociones que deberían hacerse el harakiri ya.

Recordar lo felices que solíamos ser resulta demoledor. ¿Por qué las cosas han de tener un fin? La gente muere, el amor se acaba…

¿No es indignante lo de Paul?

Podría haber tenido la decencia de morirse.

Pero nooooo. Él tenía que abandonarme porque el amor se acaba y esto ya no le hace feliz. Menuda chorrada.

Para mí, el matrimonio iba a durar toda una vida.

Para Paul, duró diecisiete años. Hace casi un año se sentó a mi lado en el sofá, cogió mi mano entre las suyas con un afecto casi fraternal —llevábamos unos seis meses sin montárnoslo, de ahí lo de fraternal— y me dijo, todo desconsolado:

—Katie, lo siento mucho, pero esto ya no funciona. Hace tiempo que he dejado de ser feliz.

¿Os imagináis mi cara? Claro que no era feliz. ¡Nadie era feliz!

¿Creía que a mí me hacía feliz mi vida? No tenía tiempo para la felicidad porque:

Intentaba sacar adelante un negocio de pastelería online.

Recogía la pocilga en la que vivíamos.

Me hacía cargo de nuestros hijos, con sus decenas de extraescolares, sus dramas adolescentes y sus cada vez más peculiares necesidades.

Hacía tantísimos recados que apenas encontraba diez minutos para mí a lo largo de la semana, que, por cierto, aprovechaba para depilarme las piernas con las cuchillas que le robaba a Paul porque nunca me acordaba de pedir cita para hacerme la cera. ¡Menudo planazo!

Pero la vida de los adultos es complicada. Uno es feliz a los veinte, cuando pone en práctica gran parte de las posturas del Kamasutra y le caben las caderas en unos pantalones de ante de la talla treinta y seis.

A los cuarenta, lo más cerca que consigues estar de la felicidad es cuando tu médico de cabecera te dice que aún no te toca hacerte la colonoscopia.

—¿Qué quieres decir con eso? —conseguí preguntar mientras intentaba tragarme el estupor.

—Cielo, me parece que quiero el divorcio.

Sufrí un ataque de pánico al enterarme de cuál era su propósito para el Año Nuevo.

Paul acabó llamando a emergencias. El pobre corderito creyó que me estaba dando un infarto. En fin, es que no podía respirar y me estaba poniendo muy pálida.

Cada vez que lo recuerdo, quiero esconder la cabeza en la arena como los avestruces.