Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Capítulo 1
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Capítulo 1

—Navidad, Navidad, puta Navidad. Sube el precio del jengibre porque estamos en Navi-dad. Navidad, Navidad…

Dejo de cantar y repaso los adornos con el ceño fruncido.

¿Dónde estará el ángel que compramos en el mercadillo de Winter Park?

Me pongo a revolver entre las cajas que acabo de subir del garaje. El ángel no aparece. Seguro que se lo llevó Paul. El divorcio es casi tan odioso como la Navidad.

A falta de otra cosa, agarro una estrellita blanca al azar y trepo a la escalera para coronar el árbol.

No sirve. ¿Por qué iba a servir?

La lanzo al suelo sin contemplaciones, bajo refunfuñando y busco otra cosa que pueda utilizar.

Mi aspecto es deplorable. No tengo tiempo para vanidades. Soy una madre soltera de cuarenta y cuatro años con una crisis nerviosa incipiente, una casa por adornar y una tarta que hornear para la fiesta sorpresa de un soltero.

La quieren con forma de pechos. Tres veces han insistido en que necesitan que los pezones sean muy grandes.

Sí, yo puse la misma cara de ¿qué cojones…?

¿De dónde se supone que voy a sacar yo unas cerezas tan grandes en pleno mes de diciembre? Los tíos están todos mal de la cabeza. Es una bendición que yo esté soltera. ¿Quién necesita a otro hombre que le rompa el corazón?

―Navidad, Navidad, puta Navidad. La ciudad se ha atascado porque estamos en Navi-dad.

―Mamá, ¡cállate ya! Estoy haciendo un directo en Instagram.

Mi hija, Abbie. Hormonas desatadas y piercings en sitios que prefiero no conocer.

A los dieciséis años, ya tiene novio con moto propia y montones de seguidores en las redes sociales ―en las que me ha bloqueado el acceso―. De mayor, quiere ser influencer de moda. La próxima Olivia Palermo. Tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

―¡No estaría de más que me ayudarais con el árbol, chicos!

Recordar que el año pasado hicimos esto los cuatro, como una familia normal, duele en el alma. Hubo risas cómplices y chocolate caliente.

Este año solo estoy yo. Ni siquiera tengo vino. Ya me he bebido todo lo que encontré en los armarios.

Os haré un breve resumen de lo que ha sido mi vida desde que Paul, mi ex marido, trasladó sus cosas a un pisito de soltero.

Primera hora de la mañana: preparar el desayuno para mis hijos. Nuestros hijos.

Mediodía: llanto.

Media tarde: llanto, culebrón y vino. A veces, bombones, si el prota del culebrón lleva a cabo alguna acción súper romántica.

Noche: preparar la cena. Que esté a punto de convertirme en una madre soltera alcoholizada no implica que mis hijos tengan que cenar algo calentado en el microondas.

Medianoche: más llanto y más vino.

El único líquido que queda en esta casa desde mi horrible divorcio ―aparte de la leche y la lejía― es el coñac de Paul.

Decidí conservarlo porque me gusta demasiado olfatearlo cada vez que me siento sola y perdida. Me recuerda a él. Aunque, dadas las circunstancias y la presión navideña que siento ahora mismo…

—Hum.

Después de todo, el coñac y todo lo que hay en aquí me pertenecen ahora, ¿no? Lo dijo un señor con toga.

Me giro y acaricio con la mirada la elegante botella erguida sobre el aparador. La luz ambarina se quiebra en los bordes irregulares del cristal, proyectando destellos dorados sobre las fotos familiares que reposan al lado. Es como si cada recuerdo atrapara un fragmento distinto de la luz.

Ahí están las fugaces pruebas de que Paul y yo fuimos felices en algún momento.

Me olvido de la dichosa botella y observo su sonrisa con la tristeza de siempre. Soy débil, lo sé. Patética, incluso. No está bien echar de menos a tu ex.

—Ho ho ho, pequeños elfos —me sobresalta el entusiasmado locutor de la emisora que tengo sintonizada para que esta parafernalia de adornar el árbol se me haga más llevadera—.

¿Os habéis enterado? Pese a la ola de calor inusual que estamos sufriendo estos días en la Costa Este del país, los meteorólogos prometen nieve por Navidad, así que no desesperéis.

Tendremos un buen fuego en la chimenea y Navidades blancas como las de antaño.

Dejemos que el inigualable Frank Sinatra nos lleve de vuelta a tiempos más simples.

Ah, por el amor de Dios. Qué exasperación. Ya está aquí otra vez. Como cada año por estas fechas. Have Yourself a Merry Little Christmas, chimeneas encendidas e hijos desagradecidos que abandonan a sus ancianos padres —de solo cuarenta y cuatro años— porque les ha salido un plan navideño mejor.

Pero no perdamos la ilusión.

En alguna parte, en medio de la aurora boreal, Papá Noel se eleva con su trineo dorado conducido por la magia incansable de nueve renos y esparce sobre nosotros sacos enteros de felicidad en estado puro, que hará que todos nuestros deseos se cumplan antes de Año Nuevo.

¿Creéis que lo que se respira en la ciudad es contaminación de los tubos de escape? Pues no, malpensados. Es ilusión y esperanza.

Ugh.

A veces me parece que lo único bueno que tiene la Navidad es el ponche.

Aunque solo si está bien cargadito.

—Navidad, Navidad, puuuuuta Navidad —retomo mi repertorio navideño mientras, subida a la escalera de madera, intento coronar el árbol con otra estrella—. Mis hijos se van con su padre y yo soy una pringada MÁS. Navidad, Navidad, puuuta Navidad…

Lo estoy petando con los villancicos este año. Me salen del alma.

—Mamá, ¡ya te vale! Solo vamos a estar fuera diez días. Deja de hacer un drama de todo.

¿Lo habéis oído?

Según Abbie, eso de solo serán diez días debería consolarme.

Pues aquí traigo las noticias de última hora: no me consuela, joder.

¿Por qué? La lista es interminable. Mejor que os la resuma porque estamos en fechas señaladas —y, además, tengo que moldear unos pechos de bizcocho si quiero que mi negocio de tartas online despegue de una vez.

Veamos.

Motivo número uno: mi ex marido, su querido padre, nos abandonó el año pasado al acabarse la época navideña —exacto, justo después del chocolate caliente y las risitas—, y no me hace ninguna gracia que a los ingratos de nuestros hijos se les haya olvidado tan pronto.

Motivo número dos: por si fuera poco, llevo desde Halloween entregada en cuerpo y alma a todas sus necesidades.

Adornos, pastelillos con forma de abeto para la fiesta del colegio, regalos para todos, amigos, profesores, hijos desagradecidos; organizar una gala benéfica para que los chicos puedan usar ordenadores en clase, echar una mano con los trajes de un musical…

He tenido que apuntarme —en octubre— a una lista de espera enorme para conseguirle a Abbie el nuevo iPhone, que necesita para cumplir su sueño de ser famosa, y en Black Friday me pegué con una señora por un par de zapatillas marca Vans.

Mi hijo Matt no quería ninguna otra cosa, excepto un calzado casi agotado en todas las malditas tiendas.

¿Y qué habrá estado haciendo su idolatrado padre en todo este tiempo?, os preguntaréis con total inocencia.

Pobres angelitos.

Os lo diré.

Tirarse a su novia casi adolescente, eso es lo que estaba haciendo.

Así que, adelante, fusiladme por esperar que mis hijos se quedaran conmigo en vez de con él.

¿Los hijos no deberían solidarizarse siempre con la madre abandonada y, en breve, alcohólica?

No mis hijos. Ellos oyen la palabra Disneyland París y mientras hacen las maletas —Matt no, a Matt se lo hago yo todo—, se les olvida por completo que estuve siete horas seguidas saltando como una desquiciada sobre una pelota descomunal, a la espera de dilatar lo suficiente como para poder traerlos a este mundo miserable lleno de genocidios, guerras y contaminación por óxidos de nitrógeno.

¡Y eso que ni siquiera les gusta Walt Disney!

¿Y si ese cabronazo con la crisis de la mediana edad, inicio de calvicie —si el universo escucha mis plegarias— y remordimientos de conciencia por habernos abandonado hubiese mencionado Hogwarts, Inglaterra?

Ah, en ese caso me habrían encerrado en un asilo y habrían firmado el consentimiento para la lobotomía sin tener la curiosidad de leerlo en diagonal siquiera.

¿No es espantoso haber criado a un par de pequeños monstruos egoístas? Seguro que la culpa es de su padre. Todo lo que pasa últimamente en esta familia es culpa de su padre.

—Mamá, acuérdate de darle de comer al hámster. Y de limpiarle la jaula.

Justo lo que me faltaba por oír esta semana.

¿Es que no tengo bastante con que me abandonen en plenas Navidades? ¡¿Encima me encasquetan al bicho?!

Me vuelvo hacia Matt con cara de estupor. Le gritaría si no estuviera tan conmocionada.

—Mamá, ¿me has oído? Justin necesita que te hagas cargo de él.

Y yo necesito un retiro espiritual, me digo a mí misma.

Dejo que mi cerebro de mujer al borde de un ataque de nervios se recree en la imagen de una playa paradisiaca. ¿Qué tal si le añadimos un mojito y un tipo bronceado y en forma que…?

—¡Ma-máaaaa!

Joder con el niño. Fin de la fantasía. Su vocecita aguda acaba de espantar al tipo musculoso.

Miradle cómo corre por la playa en dirección contraria.

Nadie quiere liarse con una madre soltera neurótica.

Ni siquiera un buenorro imaginario. El futuro pinta mal.

Tendré que adoptar un gato. A fin de cuentas, los felinos son tan emocionalmente distantes como los hombres.

—Que sí, Matt, que te he oído —le respondo con voz cansina al molesto ser pelirrojo y regordete que, vestido con la camiseta negra de Metallica que llevaba su padre el día que nos conocimos, se está apartando el flequillo de los ojos, cosa imposible, dado lleva sin cortarse el pelo desde hace cinco meses y ahora parece un vagabundo adolescente.

A no ser que le pongamos uno de los clips de Hello Kitty que su hermana es demasiado mayor y demasiado guay como para volver a usar, ese flequillo me lo acabará dejando ciego—.

No me falla el canal auditivo todavía. Pero me temo que no puedo ocuparme del bich… de Justin.

El rostro lleno de granos de mi hijo se tuerce en un gesto de incomprensión.

—¿Cómo que no puedes ocuparte de él?

En el idílico mundo de un chico de trece años, que su madre no pueda gestionar TODO su universo es inadmisible.

—Pues verás, mi pequeño, dulce y adorable Matthew. ¿Recuerdas el día en el que tu padre te regaló a Justin, sin consultarme, por cierto? Os dije que les tengo un miedo irracional a los roedores. ¿Lo recuerdas?

—No.

Por supuesto que no. ¿Por qué iba a acordarse de algo de lo que digo?

Salvo que le dijera, cuando aún lo estaba amamantando: Matt, cuando cumplas los trece podrás ir a patinar con tus amigos a Central Park.

De eso se acordaría milagrosamente. Debe de tener memoria selectiva.

—Pues os lo dije —continúo, sin permitir que el desencanto se apodere de mí tan pronto—. Así que no puedo hacerme cargo.

—¿Te estás quedando conmigo?

—¿Tengo cara de estar quedándome contigo? —Me agacho para ponerme a la misma altura que él, y encojo las pupilas hasta que mis ojos se convierten en dos rendijas como suele pasar en los dibujos animados—. Mírame bien, Mattie. ¿Qué te dice esta mueca?

Matt me examina en silencio, la mirada estrecha y penetrante, llena de suspicacia.

—No lo sé. Nunca sé cuándo te estás quedando conmigo.

Dentro de unos veinte años, a este le pondrá los cuernos su mujer y él ni siquiera se dará cuenta.

—A ver, Matt. ¿Recuerdas aquel día en el que se te olvidó cerrar la puerta de la jaula, el bich… ¡JUSTIN! se escapó y yo me quedé tres horas sentada en vuestro columpio porque me daba pánico entrar en casa?

—No.

A este niño hay que hacerle un estudio cerebral. No se acuerda de nada.

—Pues pasó.

—Pero, ¡mamá!

Como siempre y por este preciso orden, me obsequia con una protesta, un chillido agudo y un golpecito en el suelo con la punta de sus nuevas zapatillas marca Vans.

Tuve que adelantarles los regalos de Navidad porque se van a París.

Lo cual me recuerda lo cabreada que estoy con ellos. Cero favores.

—Mamá, nada. Te llevas al hámster en la maleta. Que tu padre te lo facture —sentencio, orgullosa de la firmeza con la que he zanjado el asunto.

—¡No puedo llevármelo! A Amber le dan pánico.

—Te estoy diciendo que a mí también.

—¡Pero tú eres mi madre!

A-lu-ci-no.

—¿Y quéeeeeee?

—¡Pues que estás obligada a cuidar de mí!

—De ti, no de tu irritante roedor, señorito.

—Pero…

—Mamá, ¡¿qué has hecho con mi minifalda de cuero?!

Nada, pero ojalá la hubiera bañado en lejía. Esa falda tiene mucho peligro.

Pido a Matt que espere con un gesto de la mano y me vuelvo hacia mi otra adorable progenie.

—No tengo ni idea de dónde está tu minifalda de cuero, cariño. ¿Qué…? ¿Qué te has hecho en el pelo?

—¿Te gusta?

—Es… Morado. Muy morado.

Demasiado morado.

—Sí. ¿A que mola?

—Pero hace media hora era… rubio. Un rubio precioso. ¿Te has teñido el pelo?

—No. Es una mascarilla de color. Dura diez días. Me la regaló Amber.

—¿La novia de tu padre te regaló una mascarilla de color sin consultarme?

—Mamá, ¡no hagas un drama también de esto! —me chilla, como viene siendo lo habitual—. ¿Por qué siempre te lo tienes que tomar todo a la tremenda?

—Abigail, vas a una ciudad de pervertidos, con el inútil de tu padre, que te perdió en un centro comercial cuando tenías tres años, y ahora tienes el pelo morado por cortesía de su novia. ¿Cómo quieres que me lo tome?

—Pero ¿qué dices? ¿Estás loca? ¿Qué pervertidos?

—¿Hola? ¿Te suena de algo Lolita?

Hice que Abigail se la leyera a los catorce años, para que supiera reconocer a los depravados. Me consta que no entendió nada. La lectura no es lo suyo. Comprenderá el argumento del libro cuando alguien se lo explique en TikTok.

—¡¿Y eso qué tendrá que ver?!

—¿Cómo que qué tiene que ver? Ese libro se publicó en Francia. Es evidente que allí hay mucho pedófilo suelto.

—Mamá, es que no te aguanto cuando te pones así. ¡Estás pirada!

—¿Pirada? Cuando tengas mi edad y comprendas que el mundo es un lugar…

El timbre de la puerta me acalla en mitad de la frase.

Pongo a mis hijos en pausa con un gesto exasperado.

Cómo desearía poder pausar toda mi vida durante un rato. ¿No sería estupendo poder despertarse dentro de diez o quince años, cuando todo esto se haya solucionado por sí solo?

—Quietos. No hemos acabado la conversación, así que no os mováis.

—Quiero mi minifalda —exige a mis espaldas una desafiante Abbie—. ¿Qué has hecho con ella?

—¡Yo quiero que le des de comer a mi hámster!

—Y yo quiero una enorme copa de vino —farfullo de camino a la puerta—. Pero nadie consigue lo que quiere en esta puñetera casa, ¡así que superadlo!

—¡Ma-máaaaaa! —protestan al unísono.

Como uno de ellos diga mamá una vez más hoy, juro por Dios que me tiro por la ventana del desván.

Si consigo salir a través de ella.

Puede que no lo consiga.

Donde más se resiente el divorcio es en mis caderas.