Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Capítulo 4
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Capítulo 4

Mis amigas han ido a por el coche.

Podríamos haber aparcado en la puerta, de no haber sido porque Karen, al acercársele el aparcacoches, aceleró con un iracundo: que ese se busque un trabajo de verdad. No pienso pagarle para que aparque mi coche en la esquina de una calle.

Al final, consiguió aparcar gratis.

A unas dos manzanas de aquí.

No puedo andar tanto con estos zapatos y este vestido que me habrá destrozado al menos tres costillas a estas alturas, así que me quedo delante del bar, esperando, a merced de los violadores, los asesinos en serie y los depravados.

A ver, son más de las doce de la noche. Las calles se vuelven peligrosas, incluso en Connecticut.

Me sobresalto al escuchar un ruido fuerte.

Que no cunda el pánico. No es más que un autobús que anuncia el estreno de la nueva temporada de Solo asesinatos en el edificio.

Estoy siendo paranoica. ¿Se nota que no salgo de noche desde que Bush ocupaba el Despacho Oval?

Usando las palmas a modo de pantalla contra el viento, consigo encenderme un cigarrillo ―he decidido fumar, ahora que estoy soltera―. Por supuesto, me atraganto y toso porque, en realidad, odio el tabaco.

―Qué asco. ―Disperso el humo con las manos y vuelvo a toser―. Como si no tuviera bastante con el divorcio.

Aun así, le doy otra calada y justo entonces me fijo en que, al otro lado de la calle, mi sexy vecino espera su coche.

Y… son cosas mías, ¿o me observa con una arruga entre las cejas?

Tal vez me haya reconocido ―¿por mi llamativa melena roja?

―, aunque, sinceramente, lo dudo. La gente como yo no existimos para la gente como él.

Creo que se ha fijado por fin en mí porque mis tetas parecen tener vida propia con este vestido.

Y, además, llevo colorete. No soy la típica modelo sin formas, tengo una silueta curvilínea, y así vestida no estoy nada mal.

Un tío me ha llamado antes macizorra en la calle.

Es normal que el radar sexual de Rabocop me haya detectado. Macizorra en la cercanía.

No recuerdo haber estado nunca cara a cara sin una valla o un arbusto de por medio.

Me pregunto dónde estará su amiguita, la afortunada rubia número trece. Está solo, y no sé si parece un ejecutivo de alto nivel o más bien un agente secreto de la CIA. En todo caso, alguien muy acostumbrado al poder y a mandar.

Como no tengo mejores cosas que hacer, lo analizo sin el menor descaro, repaso cada centímetro de su rostro, atractivo hasta la indecencia, la figura imponente, los zapatos relucientes…

Todo está en su sitio, impecable, no hay ningún detalle fuera de lugar, el traje entallado, la camisa almidonada, el nudo de la corbata ajustado con precisión milimétrica, gemelos de acero…

Por algún motivo, él hace lo mismo conmigo: me somete a un intenso análisis, si bien hasta la fecha no ha dado señales de estar al tanto de mi miserable existencia. ¿He mencionado que vivo en la casa de al lado?

―No fumo, en realidad ―aclaro, porque mirarnos de forma tan directa, sin hablar, me pone nerviosa―.

Es mi acto de rebeldía. Mi marido me ha cambiado por una de veinte y yo me engancho al tabaco.

Es ridículo, pero ya sabes, las chicas buenas nos cortamos las venas en la bañera para evitar manchar la moqueta.

No me concede el gusto de seguir con mi trivial conversación. ¿En serio, tu marido te ha dejado? Vaya, cuánto lo siento.

Nada de eso. Se mantiene imperturbable, con los ojos encajados en los míos.

¿Cómo se las arregla? Me lo imagino presidiendo una reunión de la junta directiva de su empresa, con esa mirada tan firme y penetrante castigando cualquier pequeña incompetencia, y se me eriza el pelo de la nuca. Debe de aterrar a los becarios.

―Somos vecinos. Vivo en la casa de al lado. Puedes saludarme, si quieres. O no…

Si es un pulso visual, no pienso perder.

―¿Sabes?, cuando te mudaste al vecindario, fui a presentarme.

Quería darte la bienvenida en nombre de toda la calle.

Te llevé un cesto lleno de magdalenas caseras recién horneadas, pero no te dignaste a abrirme la puerta.

Aunque yo sabía que estabas en casa. ¿Lo recuerdas?

¿No? Te las dejé en el porche con una notita.

Admito que esperaba otra de agradecimiento por tu parte.

O que por lo menos que me devolvieras el cesto...

¿De verdad no piensa hablarme? Hace que me sienta como una loca. ¿Cómo se atreve?

―¡Devuélveme mi cesto! ―estallo, después de unos diez segundos de calma, en los que nos miramos el uno al otro como dos psicópatas, sin que nadie parpadee―.

Por lo menos di que estaban buenas las magdalenas, hombre.

Mis magdalenas son las más esponjosas del barrio, todo el mundo lo dice.

¿Sabes qué? No necesito que lo admitas, amigo.

Sé que están de muerte. Hago unas magdalenas divinas.

Pero ¡¿por qué te cuesta tanto admitirlo? ! Me irritas.

Pasa otro autobús.

Esta vez se detiene en la parada, tapándome la visión.

Bajan tres jóvenes muy emperifolladas, que hablan y ríen sin parar.

Por un momento pienso que él ya no va a estar ahí, pero qué va, el bus arranca y mi vecino vuelve a aparecer, tranquilo, con las manos en los bolsillos.

Es obvio que intenta ahogar la sonrisa que nace en las comisuras de su indolente boca. Tengo la sensación de que me ha lanzado una cuerda y ahora está esperando, circunspecto como un científico, para ver hasta dónde soy capaz de llegar.

Una metáfora inquietante porque a mí me lanzas una cuerda y te aseguro que me acabo ahorcando por error.

―Cabronazo ―farfullo para mí, luego vuelvo a alzar la voz―.

Me da igual que no lo admitas. Soy una mujer segura de sí misma.

No necesito la aprobación de un tío. Y, por cierto, ¿dónde está la novia número trece?

¿Y esa cara? ¿Creías que no las estaba contando?

Ja. No te lo flipes. Tengo un registro. Ve pensando en qué quieres que le regalemos a la novia número un millón.

Estoy segura de que llegaremos a esa cifra.

Confío en ti. Dime la verdad. ¿Tomas Viagra?

Una sonrisa lenta aparece en su rostro.

―Eso es que sí. Cuidado, podría darte un infarto.

Lo leí en alguna parte. Estoy segura de que Paul también la toma para seguirle el ritmo a su nueva novia, y no sabes cómo deseo que le dé un infarto a ese perro desleal.

No soy mala persona, no te creas. No espero que se muera, es el padre de mis hijos, al fin y al cabo, pero un pequeño susto, inofensivo, no estaría mal.

¿Sabes? Creí que lo nuestro duraría para siempre.

Pero resulta que nada dura para siempre.

Excepto por las estrías. Unas rayas blanquecinas que aparecen en la piel de las personas.

Como solo te lías con chicas de veinte, es posible que nunca hayas visto unas. Me preguntó qué te verán ellas.

Sus ojos grises pasan de divertidos a gélidos, y yo lo freno con las palmas porque me parece que no me estoy explicando bien.

―A ver, eres atractivo, no es que lo dude.

Solo hay que verte. Podríamos exponerte en un museo con esa cara cincelada que tienes.

Pero está claro que eres un hedonista de manual.

Todo en ti grita poder, peligro, control…

Oh, miradme, aquí estoy yo, con mi cuerpo atlético, mi ropa cara y mi ego descomunal.

¿Por qué iba a estar interesada en ti una de veinte?

Eres un tío muy complicado. No lo sé, yo a los veinte años quería casarme con Hugh Grant, que es un encanto. Solo hay que verle en Notting Hill.

Le veo cabecear y reírse por lo bajo.

―Ya sé lo que piensas de mí, no te molestes en disimularlo.

Recién divorciada... Madre soltera... Un poco desquiciada y en breve alcohólica…

Llevo no sé cuántos margaritas esta noche.

Quién soy yo para darte lecciones a ti, ¿verdad?

Pero ¿sabes qué? Me niego a rendirme. ¿Y qué si Cupido me acaba de dejar huérfana?

Que le den a ese cabronazo gordinflón. El amor verdadero está en alguna parte y yo lo encontraré, amigo, ya lo verás.

Soy como Julia Roberts. ¡Voy a casarme con Hugh Grant!

Lamento decirte que tú morirás soltero. Nadie asistirá a tu funeral, ni siquiera la rubia número un millón.

Dios, qué imagen tan deprimente. Está bien, te prometo que iré a tu funeral.

Formo parte del comité vecinal. Sería descortés no asistir.

Pero, si no me devuelves el cesto, ese funeral se celebrará antes de lo que piensas, colega.

El tipo me estudia con indiscutible interés. Lo sé porque ha inclinado la cabeza hacia la izquierda y desde aquí distingo la arruga que marca su ceño.

―Ah, deja de mirarme así. Haces que me sienta como un primate encerrado en un laboratorio de neurología.

Soy Katie, por cierto. No, claro que no vas a decirme tu nombre.

¿Por qué ibas a hacerlo? Oh, Dios mío. ¿Has hecho voto de silencio?

¿O es que no hablas con nadie que sea mayor de veinticinco años?

Vuelve a cabecear divertido. Sus ojos reflejan de nuevo la expresión risueña. Me gusta. Cuando está serio me da yuyu.

―Tienes que empezar a sonreírle a la gente. Cuando estás serio das yuyu. Te lo digo en serio.

Justo entonces sus labios se mueven. Por un momento pienso que se dirige a mí, pero resulta que solo está colgando una llamada en el móvil. Oh, Murphy, ¡venga ya, maldito cabronazo!

Resulta que el tío no me estaba lanzando ninguna cuerda. ¡Estaba hablando por teléfono, tan tranquilo, con sus auriculares sin cable! Y yo, cada vez más embalada por su silencio, no he dejado de soltarle gilipolleces…

Quizá no me haya oído.

Me aferro a esa posibilidad con las dos manos. Como si fuera la última botella de vino del armario.

Pero entonces se guarda el teléfono en el bolsillo, levanta la vista y la clava en la mía.

Sí, lo ha oído. Todo. Cada maldita palabra que he dicho.

―¿Hay alguna posibilidad de que olvides todo esto? Es un pelín incómodo.

Sonríe a modo de respuesta.

Maravilloso. Otro día triunfando.

Que alguien me avise cuando empiece el casting para la persona más desquiciada del mundo. Ese papel es mío.

―¡Katie! Sube. ¿Qué haces?

Bajo la mirada hacia Maddie, que me mira con suspicacia desde el asiento del copiloto.

―¿Eh? Nada. Aquí. Esperando.

La gente cree que alguien que se dedica a fusiones y adquisiciones no puede tener sentido del humor.

Se equivocan.

Lo tengo, muy bien escondido bajo capas de entrenamiento para parecer que nada me afecta.

Solo alguien con mucho sentido del humor encontraría graciosa esta charla.

¡Me ha preguntado si tomo Viagra!

Jo-der.

Es lo más descarado que me ha preguntado nadie en toda mi vida. ¿Cómo ha podido decirlo con tanta naturalidad?

La novia número un millón...

Es graciosa. Me tiene intrigado. La habré visto por la calle alguna vez, pero no recuerdo haberme fijado nunca en ella. No de verdad. Ahora siento curiosidad.

¿Quién es la pelirroja que vive al lado y por qué es la única persona que me ha hecho sonreír en todo este año?

¿Y cómo es que no me había dado cuenta de que mi vecina está buena y… soltera? Suelo tener un sexto sentido para estas cosas.

―Jeremy, te llamo en un rato. Mándame la propuesta por e-mail. Ya veremos adónde nos lleva.

Prefiero tenerlo por escrito. Apenas he prestado atención a la conversación. Cometer errores no es lo mío.

―Pero…

―He de colgar. Hablaremos de ello en otro momento, ¿vale?

Katie acaba de atar cabos, y el horror que se pinta en su rostro es tan claro que casi da penita.

―¿Hay alguna posibilidad de que olvides todo esto? ―me propone, esperanzada―. Es un pelín incómodo.

Nena, ni lo sueñes.