Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Lío en HBollywood
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Lío en HBollywood

Ethan

Debby y yo hemos chocado tanto en el rodaje de hoy que no me queda claro si aún estamos juntos o no. Por lo menos su novio se ha largado. Algo es algo.

—Oye, Deb Deb, ¿cenamos juntos esta noche? —le digo tras acabar la última toma—. Necesitamos hacer las paces.

—¿Bromeas? Ahora mismo quiero asesinarte. Estás destrozando mi guion.

—¿Has dicho gracias, Ethan, por mejorar mi guion? De nada, Debby. Para eso estamos.

Se acerca a mí y me clava un dedo entre los pectorales.

—Escúchame bien, Hastings. Como te cargues la película, rompemos. Date por avisado.

—Si vuelves a gritar corten, te echo del rodaje. ¿Quieres que te lo diga por telegrama?

Se me queda mirando con ojos chispeantes, pero respira tan deprisa que sé que le pesa más la excitación que el cabreo.

—¡Que tengas buenas noches! —espeta, irritada.

—Y tú, que duermas bien —le respondo con una sonrisa irónica.

—Madre mía. Creía que ahora estabais juntos —dice Jessica tras casi chocar la una contra la otra.

—Lo estamos. Este es nuestro rollo. Pelearnos nos excita.

—Espero que no hagáis más películas juntos. Te lo digo en serio. Los que os rodeamos acabaremos en terapia. Menos Alex, que es el favorito de la profe.

En la lejanía veo que Debby charla con el aludido y se ríe por lo que sea que Alex le esté contando.

—Me sorprende que no me haya dejado por él. Es totalmente su tipo.

—Imposible. Es gay.

La miro, ceñudo.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Pues es la mejor noticia que me han dado hoy.

—A mí también. Ahora sí que podemos ser novios.

Bajo la mirada hacia la suya.

—Jess. ¿Por qué no sales del armario y ya está?

Se me queda mirando con ojos brillantes.

—Tengo miedo, Ethan. Me ha costado tanto llegar hasta aquí que no quiero perder lo que tengo solo por ser quien soy.

—No lo harás. El mundo ha cambiado. Y ya sabes que yo y todo el equipo te apoyaremos.

—El mundo nunca cambia. Esta es la tragedia.

—Ahora hablas como Debby.

—Ya. Ella y yo haríamos buena pareja. A Alex no le interesa, pero que sepas que a mí sí.

Le pongo mala cara, y Jessica se echa a reír y me da un empujoncito con el hombro.

Creo que al final acabaremos llevándonos todos bien. Menos Debby y yo.

*****

Abro los ojos al sentir una humedad cálida alrededor de la polla. ¿Qué demonios…?

—¿Debby? —farfullo, con la voz ronca tras el sueño.

—¿Esperabas a otra? —repone, rodeándome con los dedos.

—Joder. No. No esperaba a nadie.

Compruebo la hora en el móvil y suelto una maldición.

La lengua de Debby juguetea en la base de mi erección.

—Es muy tarde —murmuro mientras hundo las dos manos en su pelo y dejo escapar un gruñido de placer—. ¿Qué haces despierta? Hay que levantarse en menos de tres horas.

—No puedo dormir. Necesito hacer las paces contigo.

Sonrío, me la agarro con la mano y pego unos golpecitos contra labio inferior para que abra la boca.

—Adelante. No seré yo quien te frene.

Riéndose, me cubre con los labios y se desliza hacia abajo. Tenso los dedos en su pelo.

—Lo estás haciendo de miedo —la animo.

—¿Te gusta así, Hastings? —murmura, con la lengua subiendo y bajando por el lateral del glande.

—Me encanta.

Gruño cuando empieza a dar vueltas alrededor de la punta.

—Estás muy duro. ¿Cuánto tiempo llevas así?

—Toda la noche.

Deja de chupármela y busca mi mirada, sin dejar de tocarme con la mano.

—¿No has tomado medidas?

—No.

—¿Por qué no?

Le sonrío.

—Me conservaba para ti.

—Qué cosas tan bonitas me dices siempre.

Vuelve a metérsela en la boca, y yo cierro los ojos y tenso los músculos para evitar clavarla en el colchón y follarle la boca hasta correrme dentro.

—¿Quieres que siga?

—Sí —siseo, respirando con dificultad—. Me estás volviendo loco.

—¿Hago que te corras?

—Por favor.

Me rodea con el puño y, una vez más, me provoca con la lengua.

—Tengo una condición.

—Joder, no pares ahora. Te daré lo que quieras, pero no pares.

Se ríe y sigue tocándome, aunque solo con la mano.

—Ven conmigo a la boda de Priya.

—¿Quién es Priya?

—Mi prima. Y tendrás que decirle a mi madre que estamos juntos para que deje de concertarme matrimonios.

—Dalo por hecho. Es más, ¿qué tal si lo hacemos público?

—¿Cómo público?

—Con una rueda de prensa.

—Ni hablar. No pienso ser esa clase de guionista.

—Podemos decir que estamos enamorados.

—Me entra urticaria solo de pensar en que yo podría formular esa palabra. ¿Tienes más ideas vomitivas?

—Unas cuantas.

*****

Dos semanas después

Debby está preciosa en la boda de Priya. Lleva un sari verde menta, igual que la primera vez que la vi.

—Creo que todas mis fantasías se acaban de hacer realidad —le digo a la persona que tengo al lado—. Esa diosa hindú de ahí es mi novia.

Suena un carraspeo impaciente.

Miro y abro los ojos de par en par al ver que la persona que tengo sentada al lado es… la abuela nonagenaria de Debby.

—Quiero decir que…

—Tranquilo —interviene el tío que está a mi derecha—. No habla inglés.

—Menos mal.

—Soy Kiran —dice, alargándome la mano.

—Hola. Ethan.

—Ya. Has causado sensación. Por lo visto nadie se tragó que Debby iba a traer a alguien. Por eso me han hecho venir a mí.

—¿Eh?

—Intentaron casarnos una vez.

Por encima de mi puto cadáver.

—Pues ya lo ves, Debby lo decía en serio.

—Es evidente. Oye, ¿sabes si la rubia del sari fucsia tiene novio?

—Sí, sí que tiene novio. Con problemas para gestionar la ira, además. Es ese de ahí.

—¿Pero ese no es Mitch Richman?

No se le puede sacar de casa.

—Él mismo.

—Vaya. Es mucho más guapo en persona. Aunque sus películas no me terminan de gustar. Hay demasiado sexo. Supongo que para compensar la falta de un buen guion. ¿Tú también eres guionista?

Le frunzo el ceño.

Debby y él harían buena pareja, pero me niego.

—En fin, será mejor que prestemos atención a la ceremonia —digo, malhumorado.

—Sí. Perdona. No quería entretenerte. ¿Tu primera boda india?

—Mm-hm.

—Pues vas a alucinar.

—Ya lo hago —mascullo entre dientes.

Deb Deb me guiña un ojo. Debe de divertirle verme aquí de cháchara con su novio indio.

Esto de los novios tiene que acabar. Lo incluiré en su contrato.

*****

Había oído hablar de las bodas indias, pero creo que nadie alcanza a describirte la complejidad, los colores, la desbordante alegría y la increíble la mezcla de sabores que las acompaña.

Estoy deseando irme con Debby a la India y averiguar más cosas de su cultura.

Empezando por las posturas sexuales. Habrá que practicarlas todas para escoger una favorita.

Cerdo, me dice una Debby imaginaria.

Por cierto, ¿dónde está la real? Hay tanta gente que cuesta orientarse, y ella está muy ocupada con sus tareas de dama de honor.

Espero que haya averiguado cuáles son. Esta mañana no tenía ni idea.

En el banquete consigo por fin tenerla cerca. La rodeo con el brazo, y ella apoya la mano en mi muslo por debajo de la mesa, como si también necesitara tocarme a todas horas.

Me gusta esto. Joder, me gusta demasiado.

Mitch levanta la copa de vino para saludarnos. Él y Sydney están sentados en otra mesa. Nosotros acompañamos a la familia de Debby.

Creo que les he caído bien a sus padres. A mí también me han caído bien. Son muy graciosos, y es evidente que se completan el uno al otro. Igual que nosotros.

Como la abuela Nair no habla inglés, busco en Google algo con lo que romper el hielo. La anciana me guiña el ojo cuando me dirijo a ella en su idioma. Vuelve a estar sentada a mi lado, y diría que está encantada con mi hindi.

—Le acabas de decir que quieres dejarla embarazada —dice Debby.

Me atraganto con el vino.

—Ni caso a Debby —me tranquiliza Rania, su madre, desde el otro lado de la mesa—. Le has dicho que quieres acariciarle el sedoso pelo con tus manos ásperas.

—Dime que tienes el mismo sentido del humor ácido que tu hija.

—Qué va. Eso lo sacó de su padre.

Todo el mundo se echa a reír al ver mi mueca de horror.

—Empecemos de nuevo.

Me giro y esta vez me dirijo a la abuela Nair en inglés. Rania se lo traduce. La anciana responde algo. No sé lo que dice, pero está sonriendo, así que imagino que mi impertinencia no la habrá ofendido demasiado.

—¿Qué ha dicho?

—Que puedes acariciarle el pelo cuando quieras.

La abuela Nair vuelve a guiñarme el ojo. Todos estallan en carcajadas.

—Vale —murmuro, aflojándome la corbata, desbordado.

—Ay, madre —masculla Debby cuando cinco mujeres ataviadas con saris brillantes se plantan en nuestra mesa. Cada una lleva un color distinto, y hay algo en la composición del grupo que me hace pensar en las chicas del instituto: la abeja reina y sus subordinadas—. Tías, Ethan. Ethan, las tías.

Las cinco chasquean los dedos a la vez y enseguida consiguen que se liberen cinco sillas de nuestra mesa. Estoy impresionado.

—Así que tienes novio por fin —dice la tía número uno, encogiendo los párpados como si todavía lo pusiera en duda.

—Director de cine —añade la tía número dos.

—¿Con casa propia? —pregunta la tía número tres. Debby asiente.

—¿Y un buen coche? —inquiere la tía número cuatro.

Debby vuelve a responder con un gesto afirmativo.

—Y, además, le gustas —La tía número cinco no pregunta. Lo afirma.

—Me gusta —le respondo yo.

Las cinco me miran de una forma bastante espeluznante. A lo mejor es hora de que empiece a callarme. Sí. Buen plan. Parecen aterradoras cuando te ensartan con la mirada.

—Nuestra Debby es una gran guionista —me dice la tía número uno.

—Lo s…

—Tiene un montón de premios —me interrumpe la tía número dos.

Les frunzo el ceño.

—Y todavía le quedan óvulos sanos —informa la tía número tres antes de que haya conseguido abrir la boca.

—Es una muy buena ama de casa —me susurra la tía número cuatro con cierto disimulo.

Arqueo las cejas, divertido.

—Tiene un montón de pretendientes —presume la tía número cinco.

Dicho esto, se levantan y se marchan.

—Deborah.

—¿Hastings?

—Tradúceme lo que acaba de pasar.

—Estamos prometidos.

Vuelvo a atragantarme con el vino.

—Ahora deja de flipar y vayamos a la pista —añade.

Giro el cuello lentamente y la miro con ojos como platos.

—Ni caso a Debby —me tranquiliza su madre—. No estáis prometidos. Solo os han dado el visto bueno para que os prometáis de aquí a seis meses.