Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Arizona arde #2
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Arizona arde #2

—Porque tengo miedo del daño que podríamos hacernos el uno al otro. Nunca había sentido nada igual por nadie.

—Yo tampoco. Te propongo un trato.

—Tú y tus tratos —digo, riéndome. Aunque la risa suena nerviosa.

—Este va en serio.

—Te escucho.

—Habrá que redactar un contrato. Y más vale que lo cumplas, o haré que Jeff te demande. Ten en cuenta que lo está deseando. Te odia.

—Todo el mundo me odia. Soy insufrible. Abrevia, Hastings. No tengo toda la noche. Tengo un novio francés esperándome en la cama.

—Cláusula uno: prohibido joder nuestra relación. Cláusula dos: prohibido hacernos daños el uno al otro. Mierda, nos merecemos un puto final feliz, Marianne.

—Siempre tan romántico.

—Te encanta.

—¿A mí? Qué va.

Me pone una mano en la nuca y acerca mi rostro al suyo.

—Sabes que es verdad —murmura, provocándome para que separe los labios.

No me atrevo a moverme. Me gusta demasiado esta electricidad que tiembla entre nosotros; absorber el peligro que crepita en los pocos centímetros de aire que me separan de su boca.

—Pero vas a tener que deshacerte del francés. No me van los tríos.

Hago una mueca.

—Lo haré mañana, si no estira la pata hasta entonces.

Sonríe lentamente.

—Admite que, en realidad, tu tipo soy yo.

—Hastings, tú jamás serás mi tipo.

—Claro que no.

—Voy en serio.

—Yo también.

—Estás demasiado bronceado. Y demasiado guapo para mí.

—Mm-hm.

—Yo no soy una Barbie estereotípica.

Sus labios rozan los míos, despacio, como si tuviera toda la noche para convencerlos de que se abran. Los separo despacio, y entonces me besa con esa mezcla exacta de firmeza y ternura que me borra cualquier pensamiento coherente.

Enredo los brazos en su cuello y suspiro contra su boca cuando su lengua empieza a trazar círculos cada vez más profundos, más lentos y más deliciosos alrededor de la mía.

Es una locura. No quiero que pare. Necesito más.

Ahogo un gemido para que lo sepa, y Ethan responde atrayéndome hacia su pecho.

—Tienes la piel de gallina —murmura, y su dedo índice sube por mi brazo, dejando un rastro de chispas. Su tacto es fuego puro sobre mi piel helada—. ¿Quieres que vayamos a mi caravana?

—No.

—Entonces ¿qué quieres?

El beso se ha detenido, pero él no se aparta. Sigue ahí, pegado a mis labios, respirándome, dejando que el calor de su cuerpo se cuele en el mío y lo encienda por dentro.

—Que no pares. Me encanta cómo besas.

—Ah, ¿sí?

Se ríe bajito, divertido, y antes de que pueda responder hunde la mano en mi pelo y vuelve a reclamar mi boca.

Me rindo, le entrego el control, y nos perdemos el uno en el otro.

Ya no tengo frío. Los brazos de Ethan me envuelven y lo único que siento es una ola de calor abrasador subiendo por todo mi cuerpo.

Joder. Más que calor, esto parece un incendio descontrolado. Arizona está ardiendo.

—Vayamos a mi caravana. Quiero estar dentro de ti. Quiero follarte hasta que tiembles y te corras a mi alrededor.

—Madre mía —mascullo mientras su boca se arrastra por mi cuello, arriba y abajo. El roce áspero de su barba contra mi piel me vuelve loca—. Me pone que me digas estas burradas.

—¿Tu novio francés no te dice lo que quiere hacerte?

—Cierra la bocaza. No hablemos de él.

—¿De quién?

Me río, y él vuelve a subir hasta mi boca.

*****

«Mmm…»

Su lengua se abre paso a través de mis labios y roza la mía con tanta languidez que una sacudida eléctrica me recorre el cuerpo de arriba abajo, directa al clítoris.

Estamos en su cama, y Ethan se frota a sí mismo contra la entrada de una forma que me hace sentirme muy vacía.

¿Qué me está haciendo? Yo tenía principios.

Suelto una exclamación de sorpresa cuando me vuelve de espaldas a él, aplasta mi mejilla y mis pechos contra la almohada y recorre mi cuerpo con las palmas y los labios, sin dejar de susurrarme cosas sucias al oído.

Quiero decirle que lo he echado de menos, a él, esto, pero me agarra el pelo con una mano, me hace arquearme y echar la cabeza hacia atrás hasta que nuestras bocas vuelven a encontrarse, y la lengua que se cuela en mi boca me acalla.

Su erección, larga y gruesa, se aprieta contra mí.

Gimo, y su mano se tensa de nuevo en mi pelo, un pequeño tirón que me hace morderme el labio.

Su macizo cuerpo me mantiene atrapada y es una sensación desconocida que estoy disfrutando.

Vibro, me contraigo debajo de él y separo un poco las piernas, buscando una caricia que no tardo en recibir.

Arrastra la mano que le queda libre por mi estómago y va bajándola despacio, acelerándome la respiración.

Su boca caliente se posa sobre mi hombro.

—Un poco más a la izquierda, Hastings.

Sonríe encima de mi piel.

—Ya sé dónde está, Debby —murmura mientras besa, lame y mordisquea el lóbulo de mi oreja.

Tras una auténtica eternidad de tormento, las puntas de sus dedos me tocan dónde más lo necesito.

La forma en la que se sacude mi cuerpo ante el primer roce lo hace gruñir en mi oído, un sonido tan primitivo que reverbera dentro de mí, tensando todavía más el nudo de excitación que tengo dentro.

—¿Es esto lo que quieres?

Su voz suena baja y áspera en mi oído, completamente excitante.

—Sí…

—¿Y qué más?

Me relamo los labios magullados y trago saliva.

—Ya sabes qué más.

Me abre con dos dedos y luego desliza el índice desde la palpitante entrada hasta la piedra dura que es mi clítoris, un movimiento lento que me hace retorcerme, gemir y lubricarme todavía más.

—¿Lo sé? —murmura, sin dejar de hacerme cosquillas con la punta de la nariz.

Se me corta la respiración al notar la presión de su dedo contra mi ano.

—Ethan Hastings. Esto sí que no me lo esperaba de ti.

Seguiría burlándome, pero otro dedo suyo entra, esta vez en mi vagina, y el doble masaje me lleva a sitios que nunca habría imaginado.

Dios. Me dejo caer contra su pecho, echo la cabeza hacia un lado y le ofrezco pleno acceso hacia mi cuello y el lóbulo de mi oreja.

—Joder, qué bueno. No pares —murmuro, sin dejar de mover las caderas para marcar el ritmo.

—Separa las piernas un poco más.

Obedezco de inmediato. Estoy en sus manos.

Libera mi pelo, me coge un pezón entre el índice y el pulgar y concentra todas sus energías en tocarme y llevarme al límite.

—Este es tu castigo por besar a ese franchute paliducho delante de mí.

—Me encanta el castigo.

—A mí, también. Pero no vuelvas a hacerlo. Duele demasiado.

—Madre mía, Ethan. Voy a… —Estallo en el orgasmo más alucinante que he tenido en toda mi vida. No he podido contenerme—. Oh, joder.

Me desplomo sin fuerzas contra la almohada y él, riéndose, me abraza por detrás. Nos quedamos así, muy quietos, con su impresionante erección apretándose contra mi trasero.

Joder con Ethan Hastings.

Voy a tener que deshacerme de mi follamigo francés. Creo que me va más el rollito californiano.

Y esta es una frase que nunca pensé que diría.

*****

—¿Qué haces andando de puntillas entre las caravanas? —me susurra Sydney cuando chocamos la una contra la otra en la oscuridad.

Frunzo el ceño. Está súper despeinada. Qué raro. Ella solo tiene ese aspecto después de echar un polvo.

(Y lo sé porque compartimos cuarto en la residencia, malpensados).

—Me he tirado a Hastings, he admitido que lo quiero, a mi manera retorcida, y ahora vuelvo a mi caravana para romper con mi novio francés. ¿Tú por qué estás tan desastrada?

—Me he tirado a Jessica.

—¿QUÉ?

—Lo sé. Estoy igual de impactada que tú. Pero ha sido maravilloso. Mi mejor orgasmo hasta la fecha. Por encima de la masturbación.

—Por Dios, Sydney, no me des tantos detalles.

—No hay que avergonzarse. El mejor sexo se tiene con una misma. Lo dicen todos los sexólogos de la Cosmo.

—¿Y Mitch?

—Bah, es bueno, pero Jessica es sublime. Deberías probar. Te lo recomiendo.

—Sydney, concéntrate. Me refiero a cómo has podido ponerle los cuernos a Mitch, tú, que defiendes los cuentos de hadas. Y por Dios no me digas que tenéis una relación abierta porque no lo aguantaría.

—No tenemos una relación abierta. Pero se ha tomado bien lo de Jessica.

—¡¿Se lo has dicho?!

—Pues claro. Nosotros nos comunicamos. A ver si aprendes.

—¿Y no se ha cabreado? Porque yo solo he probado el beso francés un poquito y Hastings está que trina. Empieza a irritarme su rollito medieval. Voy a tener que redactar un documento. Esta relación necesita un convenio que la regule.

—Mitch no se ha cabreado. Dice que las chicas no cuentan. Pero le debo un trío. A ser posible, con Jessica.

—Dios santo, esto es un circo.

—La vida es un circo, Debby. Acostúmbrate.

—¿Cómo voy a acostumbrarme? Míranos. De puntillas por la aldea en plena madrugada cual animales lujuriosos.

—Creo que es un pueblo, no una aldea. Lo de lujuriosos no te lo discuto. ¿Adónde vas?

—A romper un corazón francés. Vuelvo en un tris. Consígueme un café mientras tanto si quieres que te cuente los detalles guarros.

—¿Lo harías? —dice, esperanzada.

—No.