Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Arizona arde
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Arizona arde

Debby

—Me parece horrible todo lo que estás haciendo —protesta Sydney cuando le digo que tendrá que compartir caravana con Jessica el tiempo que Jean Luc vaya a estar aquí.

—¿Por qué te enfurruñas? Te ha tocado tu ídolo. Aunque lo más probable es que no pase demasiado tiempo en su caravana. Seguro que duerme en la de Hastings. Pero mira el lado bueno de las cosas. Podrás masturbarte tranquila.

—Y dale con la masturbación. ¡Solo lo hago una vez al día!

—Gracias a Dios. Dos, ya sería preocupante. Tendría que hacer una intervención y confiscarte los vibradores.

—Solo me queda uno, el rosa. El morado petó ayer.

—Normal. Estás todo el día vibra que te vibra…

—Eres insufrible.

—No me estás diciendo nada nuevo.

Termina de recoger sus cosas, cierra la maleta, y en el último momento se acuerda de recoger su férula dental del baño y el vibrador, que se está cargando en la mesilla.

—Tendrías que haberle dicho a tu novio francés que tienes un novio en California.

—Yo puedo tener un novio donde me dé la gana, Sydney. No hay cerrojo que se le pueda poner a mi entrepierna.

—Estás parafraseando a Virginia Wolf de una forma horrible. Y, por si no te has dado cuenta, no me has corregido cuando he dicho que Ethan es tu novio.

—Es cierto. —Me echo hacia atrás en la cama y frunzo el ceño, preocupada por este giro dramático de guion—. ¿Por qué no te he corregido? Si yo siempre lo corrijo todo.

—Esa es la pregunta.

Syd agarra la maleta, va hasta la puerta y se vuelve desde ahí, con esa expresión de listilla que me irrita. No la aguanto cuando se pone tan petulante. Aquí la petulante soy yo. Exijo que se me tome en cuenta y se me reconozca ese mérito.

—Recapacita, Debby. Porque estabas teniendo algo perfecto y te lo estás cargando.

Sus palabras revuelven algo dentro de mi pecho.

Vuelvo en mí cuando llaman a la puerta. Levanto la vista y le sonrío a Jean Luc.

Lleva una camiseta blanca de mangas enrolladas con una calavera negra en el pecho, tiene unos brazos delgados y un cuerpo escuálido, y es tan pálido que a veces no queda claro si sigue vivo o no.

Es absolutamente mi tipo. No toma el sol desde el dos mil cuatro. Tiene déficit de vitamina D.

—¿Se ha ido la rubia chillona?

Está puesto de algo. Es un músico brillante, pero tiene sus problemas, como todo el mundo.

—Sí.

—Bien. Porque quiero estar contigo.

—Genial. ¿Por qué no te pones cómodo? Voy a fumarme un cigarrillo. Ahora vuelvo.

—Pero no tardes. Estoy muy cansado. El vuelo me ha dejado hecho polvo.

—Tranquilo. Dos caladas y listo.

Cojo el móvil, salgo fuera y decido llamar a mi padre. Las palabras de Syd no dejan de darme vueltas por la cabeza. Tenías algo perfecto y te lo estás cargando. Es justo lo que quiero gritarle a mi madre.

—Campeona, ¿cómo va el rodaje?

—Oye, papá, tengo que decirte algo y no sé cómo hacerlo.

—Dímelo y ya está. Ya sabes que no me gusta dar vueltas a las cosas.

—Ya. No es nada fácil decírtelo, y más por teléfono. Si no estuviera en Arizona, iría a verte ahora mismo.

—¿Qué pasa? Empiezo a preocuparme, así que suéltalo de una vez.

—Vi… Vi a mamá con otro tío. Creo que es uno de sus estudiantes. Lo siento mucho, papá. No quería decírtelo, pero… no lo sé. A lo mejor debes saberlo.

Hala, ya está. Me he cargado el matrimonio de mis padres. Soy el Grinch de las relaciones románticas.

Arrugo mucho la cara cuando oigo lo que parece una carcajada al otro lado de la línea.

—¿Papá?

¿Le estará dando un ictus? A lo mejor no era una carcajada. Lo más probable es que fueran los espasmos de la muerte.

—Debby. —Mi madre le ha cogido el teléfono y también se está ¿riendo? Nada tiene sentido. A lo mejor soy un alíen dormitando en el espacio profundo—. Tu padre ya lo sabe. Tenemos una relación abierta.

—¿Que tenéis una…? ¿Qué? ¡¿Desde cuándo?!

—Desde siempre —responde papá.

—Madre mía. Creo que soy demasiado convencional. ¡¿Cómo que tenéis una relación abierta?! —les grito a los dos—. ¡Sois mis padres! Gente mayor. ¡No podéis tener una relación abierta!

—Deborah, supéralo —se enerva mi madre

—. Tienes treinta años. No montes un circo.

—Esto es… Esto es demasiado. Intolerable. Tengo que llamar a mi terapeuta.

—Deja de ponerte dramática —se irrita, como si la culpa fuera mía.

—¿Que no me ponga dr…? ¡¿Cómo puedes acostarte con otros?! ¡Tienes a papá!

—Y le quiero. Lo otro es solo sexo.

—Oh, Dios mío. ¡Basta! ¡Te estás cargando mi final feliz!

¿Eso ha salido de mi boca?

—Debby, déjate de dramas y de tonterías. Lo que hagamos mi padre y yo en nuestro matrimonio solo nos concierne a nosotros. Madura.

Dicho esto, me cuelga.

Es intolerable. La gente no deja de decirme que madure. Hastings, mi madre, Hastings…

Necesito ir a algún sitio a gritar.

Sí, eso es justo lo que voy a hacer.

Echo a andar por el aparcamiento a grandes zancadas y sin mirar atrás.

Debería volver al desierto. Un viaje espiritual no me vendría nada mal.

Llego a lo alto de la colina y freno en seco al distinguir una silueta en la penumbra.

—No muerdo —dice Ethan.

Por supuesto que tenía que ser él. ¡Siempre es él!

Me acerco, maldiciendo hacia mis adentros, y me siento en una piedra enorme a su lado.

—¿Por qué estás aquí sentado como si fueras el último mohicano? —digo al final, después de un silencio tan eléctrico que me da calambres.

Le asoma una especie de sonrisa agridulce en las comisuras.

—Por si acaso te oía gemir desde mi caravana.

—Mira que eres exagerado. Sydney dice que estamos a doce caravanas de distancia el uno del otro.

—Ya. Pero tú eres un poco ruidosa.

Bufo, y veo que él refrena la sonrisa.

Le doy mi cigarrillo. Se lo encaja en la boca, y a cambio me ofrece su petaca.

—¿Qué es?

—Whisky. Bebe.

—No me des ordenes —advierto, antes de beber.

Observo la cortina de estrellas que brilla en el cielo nocturno.

—Mis problemas son una nimiedad comparados con la grandeza del universo —le digo.

—¿Por qué son tan complicadas las cosas entre nosotros? —susurra él al cabo de un buen rato.

Busco su rostro en la oscuridad.

Está serio, con esa arruga sexy entre las cejas que hace que no pueda pensar con claridad.

Aspira mi cigarrillo y retiene el humo unos segundos, antes de echarlo hacia un lado.

Me acerco a su boca sin poder evitarlo. Él no se aparta. Se limita a pasear la vista por toda mi cara, a absorber mi expresión.

—¿Te gustaría que fuesen simples?

—Sí —murmura, cambiando de ángulo. Le encanta acariciarme los labios con su respiración irregular. Y a mí también.

—Si algo es simple, no vale la pena, Hastings. Nadie se esfuerza para conseguir las cosas simples.

Acaba sonriendo.

Luego se rinde, me coge por la nuca y su boca se hunde en la mía con una ferocidad que me arranca un gemido. El roce de su lengua es tan eléctrico que me estremezco.

Apenas dura unos segundos el beso, pero siento que lo es todo.

Cuando retira los labios de los míos, su rostro muestra una expresión casi de tormento.

—Lo único que he querido en toda mi vida, lo único que he querido de verdad, ha sido que me amaras —susurra, con mi cabeza entre las manos.

¡Y te amo!, grita la otra Debby, la que tiene corazoncitos en los ojos ahora mismo. Menos mal que la he amordazado a tiempo, antes de que nos deje en ridículo a las dos con sus bobadas románticas.

—No funcionaría, Ethan. No puedo ser lo que quieres que sea. No sería yo misma.

—No quiero que dejes de ser tú, Debby. Me gusta quién eres.

Lo único que te pido es que me permitas entrar en tu vida.

Que dejes de cerrarme la puerta en las narices.

Que te arriesgues conmigo. Que esta vez no te retires a tiempo por miedo a perder la partida.

Yo no quiero hacerte daño, Deb Deb. Solo quiero quererte.

Cierro los ojos y aprieto los párpados con fuerza para huir de él unos instantes. Está siendo un día muy duro.

—Si te dejo entrar —musito con voz temblorosa—, te darás cuenta de lo rara que soy.

Soy muy difícil, Ethan. Soy caótica, y cuando trabajo me aíslo del mundo.

Y… soy terca, orgullosa, impulsiva, impaciente y muy pesimista.

Me deprimo todas las semanas por cuestiones filosóficas.

A los tíos os gustan las cosas fáciles. Tú eres un tío.

Y cuando te des cuenta de lo complicada que soy, saldrás corriendo.

El amor es un juego perdido. Lo dijo Amy Winehouse.

Siento si mi personaje tiene demasiada profundidad para ti.

A veces desearía ser superficial. No te creas, vivir tan atormentada agota. ¿Qué vas a saber tú?

—¿Puedo corregir esta parte del guion?

—Adelante —concedo con una pequeña sonrisa.

—Debby —empieza. Luego calla unos segundos, como si intentara decidir qué rumbo coger a continuación—. Yo ya sé que eres rara. Eres rara de edición limitada. Y me encanta que lo seas, porque a mí me van las ediciones limitadas. Tú eres como un Boulevardier. No estás hecha para todos los paladares.

—Y ahora me está comparando con un cóctel.

—Deja de hablar con tus dioses indios y préstame atención.

No he terminado. —Me cierro los labios con una cremallera imaginaria, y él entorna los párpados—.

Llevo toda mi vida observándote. Me conozco tu personaje al dedillo.

No te gustan los cambios. Eres arrogante, eres egocéntrica y eres sarcástica.

Bufas como los gatos, y eres muy temperamental.

Puede que estés un poco loca. Pero también eres auténtica.

Eres sincera, incluso cuando tu sinceridad hierre a los demás.

Eres una chica de principios. Ya te lo dije, es lo que más me gusta de ti.

Me gustas, Debby. Joder, es más que eso.

Te quiero. ¿Ahora puedes tener un momento de sinceridad de los tuyos y decirme qué sientes tú por mí?

Si es que sientes algo. Creo que nos debemos al menos eso, Deb Deb.

Tardo bastante en responderle. No me resulta fácil decirlo en voz alta.

—Eres John.

—¿Qué?

Esgrimo una sonrisa agónica.

—Eres el único que quiero que me mire. Y me aterra.

—¿Por qué?