¡Corten!
Ethan
Hundo la cara entre las palmas.
Aguanto unos diez segundos, en los que intento armarme de paciencia, y después la fulmino con la mirada.
—¡No grites corten! ¡Solo yo puedo decir corten! En tu silla pone guionista. Mira, ¿lo ves?, aquí lo pone. En la mía pone director. Así que el que corta soy yo. ¿Tengo que explicarte el protocolo de los rodajes?
—¿Y por qué no has cortado mientras tu querida Jessica estaba destrozando mi guion?
No pienso darle la razón, aunque la tenga.
—No lo está destrozando. Le está dando otro enfoque. Todavía está probando.
—Le estaba dando un enfoque de mierda —escupe, malhumorada—, y lo sabes tan bien como yo, solo que te niegas a admitirlo.
—Yo no puedo trabajar con esta mujer —protesta Jessica, vestida de ama de casa de los años ochenta. Tiene un cigarrillo entre los labios porque todos los personajes de Debby son como ella, atormentados, neuróticos y fumadores—. Es insufrible.
Sí. También son insufribles.
—Vamos a calmarnos todos —tercio antes de que la situación se descontrole todavía más—. Debby, tómate un Xanax.
Se vuelve hacia mí, indignada.
—Ah, ¿es que ahora la culpa es mía?
—No estás poniendo nada de tu parte.
—Siento si os estoy exigiendo una profesionalidad y un sentido del arte del que carecéis por completo. ¿Cómo se supone que tendría que afrontar este genocidio cultural, a ver? ¿Con indiferencia?
Hago una mueca.
—Repetiremos la toma —le digo al equipo—. ¿Dónde está Sydney?
—Masturbándose —masculla Deb Deb.
Le frunzo el ceño, pero ya no me hace caso. Está empeñada en explicarle a Jessica por qué esa mímica de angustia no funciona en su película.
Jesús. Íbamos a rodar en siete semanas.
Como sigamos así, nos llevará dos años. Ni que esto fuera Avatar.
—Venga. Cámara, luces…
—¡Acción! —se impacienta Debby.
Niego, rendido, y dejo que dirija ella.
Sydney tiene razón. Esto es peor que Doce años de esclavitud.
*****
La primera semana es muy dura. Jessica amenaza con abandonar el rodaje a diario, y Debby grita tantas veces corten que se acaba convirtiendo en mi pesadilla más recurrente.
La oigo gritar incluso en sueños. El domingo estoy agotado, aunque contento de que ni el reparto ni los operarios se hayan rajado.
Solo tenemos que aguantar seis semanas más.
—En serio, Ethan, ¿no había más guionistas? —me dice Jessica mientras nos tomamos una cerveza bajo el toldo de mi caravana.
—La quiero a ella.
—¿Por qué?
—Es la mejor.
—Es insufrible.
—Lo es —admito—. Y una narcisista.
—Y que lo digas.
Cojo la bolsa de almendras tostadas y echo unas cuantas más en el plato, ya que nos las hemos acabado.
—Sigue siendo la mejor —añado después de un largo silencio.
Jessica se deshace en un suspiro.
—Supongo que tienes razón. Es irónico, porque no la aguanto y, aun así, tengo la constante necesidad de impresionarla. La verdad es que me hace querer superarme a diario.
Tomo un trago de cerveza y le sonrío.
—Es lo que buscamos.
—Ya lo sé. Lo peor de todo es que es tan mala que creo que me pone.
Lo que nadie sabe, el secreto mejor guardado de Hollywood, es que Jessica Nichols, el sueño húmedo de todos los hombres del país, es lesbiana. No quiere salir del armario porque sabe que esto le restaría puntos.
—¿Te soy sincero?
—No hace falta. Ya sé que a ti también te pone. Oye, ¿qué te parece si salgo con Alex durante un tiempo? Eso volverá locos a los fans.
Me detengo, con la botella pegada a los labios, y me giro hacia ella.
—Sabes que no hace falta, ¿verdad? Seguiría dándote los mismos papeles, aunque fueses lesbiana.
—Tú, sí. Pero los demás directores, no.
—Algún día tendrás que decirlo, Jess.
—¿Por qué?
—Porque no tiene nada de malo, joder.
Se me queda mirando, y al final sonríe.
—Eres un buen tío, Hastings. Si tuvieras tetas, me acostaba contigo.
Me echo a reír.
—A quién sí me tiraría es a esa —añade Jessica. Me giro y ahí está Deb Deb, dando vueltas delante de su caravana, con el teléfono pegado a la oreja—. La follaría hasta aplacarle ese malgenio que tiene.
—Ya. Yo también.
Debby se gira y se le cambia la cara al verme aquí sentado, con Jessica. Está celosa. Lo sé. Y me gusta. Significa que todavía le importo.
*****
—No entiendo mi motivación en esta escena —dice Jessica, acercándose con el guion en la mano.
—¿Qué tal el sueldo millonario que te paga este tío? —propone Deb Deb.
Jessica le pone los ojos en blanco.
Las cosas han empezado a encajar, más o menos.
Tras cuatro semanas de rodaje, hemos ido pillando todos lo que quiere Debby y se lo estamos dando para que no se ponga insufrible.
Al único al que nunca importuna es a Alex.
Él hace la clase de actuación que ella quiere ver.
Se le nota la experiencia en el teatro y, sobre todo, en los dramas.
Me gustaría contar con él para más películas.
Admito que ha sido un gran fichaje. Está claro que Debby y yo funcionamos juntos, nos completamos, aunque ella diga lo contrario.
La miro de reojo, y se me escapa una sonrisa.
Está sentada a mi lado, en su silla de guionista, con una pamela blanca y gafas de sol enormes porque no quiere pillar un melanoma.
Es muy excéntrica. Nunca he conocido a alguien como ella.
Y trabajo en Hollywood, donde la gente es bastante peculiar.
Pero Debby es única.
—Un telegrama para Deborah Nair —dice alguien.
Me giro, ceñudo.
—¿Se siguen mandando telegramas? —le pregunto a Ruby.
Ella se encoge de hombros y me responde con un gesto que podría significar cualquier cosa.
—Jean Luc vendrá a verme —le dice Debby a Sydney.
—¿Tu amante francés?
Frunzo el ceño todavía más.
—El mismo. Alguien tendrá que echarme un polvo. Y por aquí no hay nadie disponible. Por aquí la gente quiere comprometerse.
No me lo puedo creer.
No, no creo que lo haga. No es tan cruel.
*****
Pues estaba equivocado. Debby lleva toda la noche sentada en el regazo de un tío paliducho que parece totalmente su tipo. Los dos fuman como locomotoras y hablan de Barthes, a quien nunca he conseguido comprender.
Intento no ponerme celoso, pero es muy difícil.
Porque ahora mismo ella le está metiendo la lengua hasta la garganta a ese tío y yo quiero destrozar algo.
Aparto la mirada para no atormentarme más con esta escena, y le doy un sorbo desganado a mi cerveza.
La soledad del director, dirían los titulares.
—¿Qué ha pasado entre vosotros?
Miro a Ruby, que se acaba de sentar a mi lado, y niego despacio.
—Lo típico. Yo quiero ponerle una correa de diamantes y ella quiere tener sexo intelectual.
—¿Qué es el sexo intelectual?
—Sexo sin compromiso con gente con a quien consideras atractiva intelectualmente.
—¿Tú no la atraes intelectualmente?
—No. Yo la atraigo físicamente.
—Ese tío parece un yonki.
—Lo más probable es que lo sea.
—Físicamente no creo que la atraiga.
Jessica se sienta a mi derecha, en la otra silla libre.
Hemos hecho un fuego para calentarnos durante la cena.
Ruby ha traído sándwiches de la única cafetería que hay en treinta kilómetros y los ha ido repartiendo entre la gente.
Me parece que nadie quiere volver a su caravana, aunque haga frío y haya llovido casi todo el día.
Se nos nota agotados y deprimidos. La verdad es que yo estoy deseando acabar esta puta película.
—¿De qué estáis hablando?
—Del novio yonki de Debby —le responde Ruby.
—Ah. Es indignante que se lo haya traído aquí para fastidiar a Ethan.
—Si vuelves a enrollarte con ella —me dice Ruby—, tendrás que pedirle antes una prueba de hepatitis C.
Hago una mueca.
—No creo que eso vuelva a ocurrir. No después de… esto.
—¿Te ha roto el corazón?
—Ruby, eso no se pregunta.
—Se lo ha roto —le responde Jessica en un susurro.
—Con ella todo es muy complicado. Y, ¿sabéis qué? Yo soy un tío sencillo. Nadie lo diría, pero es cierto.
Jessica deja caer la cabeza hasta apoyarla en mi hombro.
Ruby me da una palmadita de consuelo en el brazo. Aborrece el contacto físico, así que esto es mucho, viniendo de ella.
Vuelvo a mirar de frente y veo que Debby se ha vuelto de cara a Jean Luc y lo ha rodeado con las piernas.
Esto duele, joder. Y ella debe de saber que me está haciendo daño. Lo sabe, pero no le importa.
—Será mejor que corte esta escena. Me voy a la cama. No lo aguanto más.
—Pobrecillo —le dice Ruby a Jessica—. Es la primera vez que alguien le importa de verdad. La dejó ir a su casa.
Hago una mueca de camino a mi caravana.