Lío en Hollywood (Enemies to lovers) No quiero mamadas. Quiero corazones #3
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No quiero mamadas. Quiero corazones #3

—Pero, si quisiera —ronroneo en su oreja—, ¿qué te gustaría hacerme, Ethan?

—Mmm… Muchas cosas.

—Puede que no seas tan buen chico, después de todo.

—Puede que no, Debby.

Empiezo a tocarlo con más ganas, y él sisea una maldición por lo bajo y sigue mirándome a los ojos.

—¿Lo habías echado de menos, Hastings? Porque yo, sí.

No lo aguanta más, se gira y clava la boca en la mía con una furia que me excita.

Los dos nos deshacemos en un gemido al rozarse nuestras lenguas por primera vez después de todos estos meses.

Me coge por la cintura con las dos manos, me sube al lavabo y sigue besándome, imponiéndome un ritmo frenético. El beso es puro hambre.

—Tenías razón. Quiero ponerte una puta correa de diamantes —murmura en el interior de mi boca mientras la profana.

—Lo sé.

Me sostiene la barbilla con una mano para que lo mire. Lo hago, y dos segundos después chocamos en otro beso, todavía más desesperado que el anterior.

No está siendo nada amable. Me encanta.

—Quiero que seas solo mía —continúa, besándome la comisura.

—Siempre lo has querido —digo mientras me arqueo hacia su pecho para que su boca pueda vagar libremente por mi cuello y mi escote—. Es intolerable. No aguanto tus problemas de apego.

—Dime que puedo tenerte.

Me detengo y mis ojos, confundidos, se levantan de golpe hacia los suyos.

—¿Qué?

—Dímelo.

—No.

—¿No?

—No. No me va tu rollito vivieron felices y comieron perdices. No soy esa clase de Barbie. Pídeme cualquier otra cosa. Una mamada, por ejemplo. Puedo ser la Barbie guarrilla, si quieres.

—Pues a la mierda —dice, soltándome.

Lo miro sin dar crédito.

—¿En serio? ¿Vas a decir que no a una mamada?

—¿No me has oído? ¡A la mierda!

—¿Pero tú de qué vas? —me indigno cuando veo que recoge su camisa, abre la puerta y se dispone a cruzarla.

Se gira, furioso, acorta de una zancada la distancia que nos separa y me atrapa contra el lavabo con su cuerpo macizo. Sus manos se apoyan a ambos lados de mis caderas, su pecho se inclina sobre el mío, y tenerlo tan cerca hace que se me desboque el pulso.

—A ver si te lo metes en la cabeza de una puta vez —sisea, presionándome la sien con el dedo índice—. No quiero mamadas. Quiero corazones. Me van los finales felices.

Lo hace solo para tocarme las narices. Nadie puede ser tan optimista como para creer que los finales felices existen fuera de la pantalla.

Todo el mundo dice que mis padres son la excepción.

Pues no es cierto. Ella tiene una aventura con un estudiante. Lo supe hace medio año. No se lo conté a nadie. Los vi en un restaurante de Malibú. Él le daba de comer con las manos. Fue asqueroso. Y dolió. Dolió tanto que no pude mencionarlo ni en terapia.

Si lo menciono, cobrará vida, y entonces tendría que contárselo a mi padre y no soportaría verlo tan decepcionado. Sé que la quiere. El amor es eso, un juego. Alguien siempre pierde. Es imposible que haya dos ganadores. Esas son las reglas.

El amor es cruel. Una puta enfermedad que dejará a mi padre devastado.

Y a mí también, si me arriesgo.

—¡Los finales felices no existen! —estallo, furiosa—. ¡Los creó Disney!

Ethan guarda unos segundos de silencio. Veo la decepción en sus ojos, es como un velo oscuro que los vuelve opacos. Sus manos caen a mi alrededor.

—Es lo más triste que he oído nunca —murmura—. Y lo peor de todo es que te lo crees.

Retrocede, con un gesto de tristeza en las comisuras, y me vuelve la espalda.

—¡Todos los tíos quieren mamadas! —rujo detrás de él.

Me responde con un portazo.

Vuelvo cabreada a mi caravana y se lo cuento todo a Syd. Menos lo de mi madre y el tío cachas de veintidós años que se tira a espaldas de mi padre.

Esperaba apoyo moral, pero a ella le van los finales felices y enseguida me echa la culpa a mí por haber estropeado este.

¿Por qué Ethan no se habrá fijado en Sydney? Si son tal para cual. Su boda californiana sería preciosa.

(Tendría que hacerles de dama de honor. Conociendo a Syd, me obligaría a ponerme un vestido de un rosa vaginal, que yo detestaría sin lugar a dudas, aunque aceptaría llevarlo puesto porque la quiero).

—No quiero mamadas. Quiero corazones. —Tumbada en la cama a mi lado, con la cabeza apoyada en la misma almohada que yo, Sydney suelta un largo suspiro—. Es lo más romántico que he oído jamás. Debster, deberíamos casarnos con Ethan Hastings.

Agarro la almohada de debajo de nuestras cabezas, me la pego a la cara y grito ahí dentro con todas mis fuerzas.

—¿Quieres tranquilizarte de una vez? Y devuélveme la almohada. No quiero tener vértigo mañana.

—No puedo más con la frustración sexual que me provoca ese sádico —digo, devolviéndosela de mala gana—. Pero no pienso ceder a sus jueguecitos. No lo haré. Me niego. Pienso vengarme, y me da igual lo que digas. No me da la gana ser razonable.

—¿Y cómo vas a vengarte exactamente?

—Algo se me ocurrirá. Algo sádico. Necesito recuperar mi látigo. Hay que enseñarle a ese cabronazo quién manda aquí.

Ya lo tengo.

Llamaré a mi follamigo francés.

(Me eché uno por si al final nos íbamos a París. Soy una mujer apañada. Mi cultura inventó el Kamasutra. No haré más declaraciones).