Lío en Hollywood (Enemies to lovers) No quiero mamadas. Quiero corazones #2
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No quiero mamadas. Quiero corazones #2

Syd me agarra por el brazo y entonces vuelvo en mí.

—Es monísimo.

—¿Quién?

—Alex, quién va a ser. Tu John.

Mi mirada busca la de Ethan. Jessica se le acaba de colgar de los hombros. Por Dios bendito. No sé si es posible pasar de la melancolía a la ira de golpe, pero siento que lo hago.

—Siempre de rubia en rubia. Es muy predecible. Tiene más clichés que una serie de Netflix.

Syd frunce el ceño y se vuelve para comprobar qué estoy mirando.

—¿No estarás celosa?

—Por favor, Sydney. Los celos son la condición más baja del ser humano. Me niego.

—Porque, si chasquearas los dedos, volvería arrastrándose.

—¿Tú crees?

La cara de Syd se abre en una sonrisa.

—¡Conque quieres que vuelva!

—Deja de dar palmaditas. No quiero que vuelva. Lo que quiero es venganza.

—¿Y cómo vas a vengarte?

—Todavía no lo sé. Ya se me ocurrirá algo sádico.

*****

Hastings se ha pasado toda la barbacoa tonteando con Jessica. Es insufrible.

—Se me ha atragantado la hamburguesa —le digo a Syd.

—Sois un par de idiotas los dos. Tú finges que no te importa, y él finge que no le importa que finjas. Y, mientras tanto, yo tengo que tragarme una teoría sobre el capitalismo emocional.

—Sistema financiero emocional —la corrijo.

—Sois insufribles. Me voy. Tengo que masturbarme.

—Sydney, tienes un problema con la masturbación.

—No tengo ningún problema. Lo hago a diario porque la Cosmo dice que es uno de los mejores seguros anti infartos y que reduce el riesgo de diabetes tipo dos.

—Hay que quitarte esa revista.

—De mis manos muertas, a lo mejor. Dame quince minutos antes de volver a la habitación.

Niego, irritada, y miro a Hastings. Sigue tonteando con Jessica. Le está echando mostaza en la salchicha.

—Descuida. Tardaré un poco más. La fiesta está animada.

—Eso sí que es raro, viniendo de ti.

Me enciendo un cigarrillo y le doy una calada profunda.

Luego la miro, haciéndome la inocente.

—¿Por qué lo dices?

—Algo estás tramando. Pero ya me lo contarás luego. Ahora tengo cosas que hacer. Como evitar tener que chutarme insulina en el futuro. Ciao.

Niego para mí y vuelvo a aspirar el cigarrillo.

Mi mirada se encuentra con la de Ethan a través de la gente y el humo que expulso.

Él se aparta primero. Yo no pienso hacerlo. Me gusta intimidar a ese pequeñajo.

*****

Es hora de vengarse. Me ha estado tocando las narices toda la noche coqueteando con Jessica, y a mí nada me gusta más que bajar los humos a la gente. Es una cuestión de principios.

Me cuelo tras él en uno de los baños portátiles que hay fuera de la carpa de luces y echo el pestillo.

Ethan se vuelve, ceñudo.

Se ha manchado la camisa de kétchup e intenta lavarse la mancha en el lavabo con agua y jabón.

Hay gente que parece vulnerable cuando se quita la ropa. Hastings, no. Él parece poderoso.

Y muy apetecible.

Contengo aliento mientras acaricio su torso desnudo con la mirada.

—Debby. ¿Qué haces aquí?

—¿Te divierte provocarme?

—No sé de qué me hablas —dice, pero la sombra de sonrisa que pesco en sus comisuras deja muy claro que sí lo sabe.

—No. Claro que no.

Sigo estudiando su cuerpo sin avergonzarme por ello. Sé apreciar el arte.

Los músculos de la espalda están tensos y duros como rocas. Tengo ganas de lamerle la piel, de volver a probar su sabor, de hacerle perder los estribos como antes. Nada me gusta más que ver cómo se abandona a sí mismo en medio de la pasión. Me gusta incluso más que bajarle los humos.

Creo que he bebido más de la cuenta en la barbacoa. Porque he pasado de la depresión a la lujuria en un tris.

Me acerco a él por detrás y, con la respiración cada vez más alterada, apoyo la mano contra su rígido abdomen.

Ethan se tensa, aunque no me impide trazar el contorno de sus abdominales con los dedos.

—Debby —advierte cuando bajo las puntas de los dedos hasta el bulto que empieza a hincharse en su bragueta.

Nuestras miradas se cruzan a través del espejo. En sus ojos verdes se ha encendido algo tan primario que una repentina oleada de calor me envuelve el cuerpo entero.

—¿De verdad quieres que pare?

Tensa la cara, pero no me pide que deje de tocarlo, y yo reprimo la sonrisa y empiezo a acariciarlo con más intención. Lo presiono por encima de los vaqueros con un poco más de firmeza mientras arrojo mi respiración alterada contra su espalda desnuda.

Ethan separa los labios para coger aire.

—Podría entrar alguien —murmura, sin retirar los ojos de los míos.

Rechazo la idea con un gesto.

—He echado el pestillo. Podemos hacer lo que queramos aquí dentro.

—¿Quieres que follemos en un baño portátil para que se entere todo el reparto de que tenemos un lío?

—No —respondo, con una voz ronca que delata cuánto me seduce la idea.

—¿Qué quieres entonces?

—Hacer que te corras. En Hollywood la venganza se sirve caliente, Hastings —susurro en su oreja.

—Debby —me regaña con suavidad.

—Lo siento, pero es que hay algo muy excitante en todo esto de arrastrar a un chico bueno por el camino de la perdición.

—¿Crees que soy un chico bueno? —repone, divertido, mientras yo bajo la cremallera de sus vaqueros y deslizo los dedos dentro.

De momento, solo lo estoy tocando por encima de los bóxeres, pero se estremece igual y en los ojos le asoma un brillo ardiente.

—Sí. Lo creo. Por eso me pone tanto verte perder el control.

Por fin rozo la suave piel de su polla. Pega una violenta sacudida contra mi palma.

—¿Qué vas a hacer, Debby? —sisea, con la respiración muy alterada y una profunda arruga entre las cejas.

—Una paja. Una mamada. Deja que te sorprenda.

Se pasa la lengua por los labios y se agarra con manos rígidas al lavabo que tiene delante.

Sus cuádriceps están tan tensos que han duplicado el volumen. El enérgico tórax que estoy admirando gracias al espejo sube y baja cada vez más deprisa.

Tiene que respirar por la boca porque sus pulmones ya no dan abasto.

Oh, mierda. Estoy muy mojada. Noto la humedad deslizándose fuera de mi cuerpo, empapando mi ropa interior.

¿Por qué me excita tanto darle placer a este tío?

Yo siempre he sido algo egoísta. Y siempre me he pillado por gente no tan…

tradicional. Tíos enganchados a la heroína.

Tíos emocionalmente hundidos. Tíos que tienen una familia y no buscan otra…

Nada de eso se interpone entre Hastings y yo. Podríamos estar juntos.

Entonces, ¿cuál es el problema? El problema soy yo. No sirvo para las relaciones. Los tíos solo quieren estar conmigo hasta que lo consiguen. Luego yo me relajo y ellos se van. Solo puedo retenerlos a base de incertidumbre.

—Ya te dije que no soy tu follamigo —murmura, aunque sé que le encanta lo que le hago.

Sonriendo para mí, le clavo los dientes en el hombro. A continuación, le doy una rápida pasada con la lengua, porque sé que le he hecho daño.

—Y yo, que no quiero follar.

Sus ojos retienen a los míos a través del espejo ennegrecido.