No quiero mamadas. Quiero corazones
Debby
Arizona es una extensión infinita de tierra rojiza y montañas peladas.
—¿En qué piensas?
Syd, al volante de su descapotable rosa, me lanza una mirada insistente.
—En que ojalá ese cactus de ahí se le clave a Hastings en alguna parte.
—Te pido que seas civilizada —me sermonea mientras hace maniobras para aparcar bajo un árbol escuálido.
—Llevo gafas de sol y pamela para que no pueda interpretar mi expresión de Medusa cuando nos veamos las caras por primera vez después de todos estos meses. Más civilizada no puedo ser. Admite que estoy siendo más considerada que nunca.
—Hablo en serio, Debby. Nada de chincharlo como siempre. Sé que es duro para ti trabajar con él después de que haya cortado contigo, pero…
Me giro, indignada.
—No ha cortado conmigo. Se ha rebelado contra el convenio que regulaba nuestra relación. Está demandando mejoras sindicales.
—Llámalo como te dé la gana. Solo te pido que no seas tú misma durante el rodaje.
—¿Y quién se supone que tendía que ser?
—Cualquier otra persona —solventa con una sonrisa adorable.
Baja del coche y yo la sigo, malhumorada.
El campamento base es un despliegue de caravanas blancas colocadas bajo un puñado de árboles demacrados.
—Qué sitio tan optimista para rodar —mascullo tras una breve inspección del lugar.
—Tú querías rodar en el desierto.
—Precisamente. ¿Sabes qué me molesta?
—Claro que lo sé. Me pasaste una lista.
—Pero no mencioné el sol, Sydney. Aquí hay demasiado sol.
—Insisto. Tú querías ir al desierto.
—Ahí el sol tenía sentido. Aquí solo sirve para provocarme un melanoma.
—Te has echado protección de cien. Mírate. Pareces Casper.
—Este lugar es el infierno. ¿Cuál es nuestro caldero de brea?
—¿Quizá ese en el que pone Deborah, guionista?
—A ver si lo adivino. La más grande es la suya. No aguanto sus complejos fálicos.
Al final de la fila, separada del resto por una distancia que no parece al azar, hay una caravana blanca el doble de grande que las demás, con un toldo verde que le hace sombra y una mesa plegable con dos sillas.
—Dos sillas —hago hincapié—. ¿Es que piensa follarse a alguien a menos de quince metros de distancia de mí?
—No exageres. Está a doce caravanas de distancia —se irrita Syd mientras arrastramos las maletas por el polvo que le está destrozando los stilettos.
—Es lo que he dicho.
—No. Tú has dicho menos de quince metros. Deja de dramatizar.
—Soy guionista, Sydney. Dramatizar es lo que me paga las facturas.
Un ayudante de producción con una gorra roja se acerca corriendo. Sujeta una carpeta contra el pecho y sonríe demasiado para mi gusto.
—¡Deborah! Bienvenida. Espero que el viaje haya ido bien. Esta noche habrá una reunión con todo el equipo, una especie de fiesta improvisada para que nos vayamos conociendo, y el director quería saber….
—No.
El chico mira parpadeando la mano que lo frena.
—Pero si no he…
—La respuesta es no, sea cual sea la pregunta. Es mi política de empresa. Aplícala a partir de ahora. Cualquier frase que empiece por el director quería saber conclúyela con un no y nos llevaremos de perlas.
Sydney suspira larga y sonoramente.
—Van a ser ocho semanas muy largas.
—Siete.
—Los rodajes se retrasan.
—No el mío.
—El suyo, querrás decir.
—Eso ya lo veremos.
—Ocho semanas muy, muy largas —se lamenta Sydney.
—¿Lo dices porque no vas a poder masturbarte?
Me responde con su mueca más seca.
Como Sydney no tiene un papel definido en el rodaje —ha venido para brindarme apoyo emocional—, compartiremos caravana durante las siete semanas de rodaje. Siete. No admito ni una más.
Así que más vale que Ethan no se apegue al reparto.
Y, por cierto, ¿dónde está él? No me he puesto esta pamela para nada.
*****
—Repasemos el plan —me dice Syd de camino a la fiesta. Se ha puesto guapa para impresionar a Jessica. Lleva vaqueros ajustados, tacones y un top fucsia, insuficiente para los dieciséis grados de fuera. Es una groupie.
—No hay plan —mascullo a su lado. Estoy de malhumor. No he visto a Ethan al llegar, y ahora ya no puedo llevar pamela y gafas de sol por la hora que es.
Y porque Sydney me los ha quitado. Me está obligando a ser civilizada.
—Por supuesto que tenemos un plan. Lo ensayamos toda la tarde.
—No lo recuerdo.
—Bueno, lo ensayé yo mientras tú defendías tu teoría de que el amor romántico es una estrategia capitalista diseñada para vender más películas tontas como las que dirige Ethan Hastings.
—Yo no dije capitalista. Dije sistema financiero emocional. Es mucho más matizado.
—Lo que tú digas. El plan consiste en picar un poco en la barbacoa de Ethan y luego irnos a la cama pronto, que mañana hay que madrugar.
—Sí, sí. Me parece bien.
Nada me parece bien. Pero nada de nada. Me opongo a todo. Presentaré una moción de censura en cuanto pueda.
¿Y qué es eso de la barbacoa? Richie Rich se nos ha asalvajado en Arizona. Si él es más de Dom Perignon y banquetes de siete platos.
—Y no puedes meterte con Jessica —añade Syd.
—¿Se puede saber por qué te gusta tanto esa tía? —me irrito.
A todo el mundo parece gustarle. A Hastings, a Sydney, a… Hastings.
—Es la mejor.
La imito, poniendo cara de conejo.
—Es igual de buena que un millón de chicas que jamás tendrán la oportunidad de demostrarlo.
—Intenta ser civilizada y pasar desapercibida.
—No es necesario que lo intente. Voy a pasar desapercibida, Sydney.
Solo soy la guionista. La encargada de crear el arte que estos borregos famosetes están a punto de destrozar.
Menos mal que tenemos a Alex para que salve el reparto.
Porque me empeñé, que sino ese director de tercera me enchufa a tu novio y se carga mi película.
Syd suspira ruidosamente.
Llegamos a la fiesta, y ahí está su querida Jessica, rondando a Ethan como siempre. Y él se está riendo ji ji ja ja. Y ella le toca el brazo. Un Mississippi. Dos Mississippi. ¡¿Tres Mississippi?! Es inaceptable.
—Es bonito esto, ¿verdad? —dice Syd en tono soñador.
Sigo la dirección de su mirada y me veo obligada a darle la razón. Estamos debajo de una carpa hecha de bombillas amarillas que parpadean como si fueran velas.
Solo Ethan Hastings encargaría algo tan idílico. Tiene una vena romántica de la que yo carezco por completo.
Al pensarlo, algo se me calienta en el pecho.
Lo recuerdo en mi cama, con esa forma fija de mirarme, y esa sonrisa que pone cuando lo provoco, y no es que lo haya echado de menos. No. Eso no. Pero… digamos que he notado su ausencia.
La he notado de un modo visceral y doloroso. Yo tengo profundidad, a diferencia de él.
—No está mal —acabo admitiendo.
Syd baja la mirada hacia la mía.
—¿No está mal? Viniendo de ti es casi un cumplido.
Le pongo mala cara.
—¿Por qué no vas a saludar a Jessica y a pedirle que te firme una teta? Necesito unos momentos antes de entrar.
—De acuerdo. Oye. ¿Estás bien?
Fuerzo una sonrisa.
—Claro. No te montes películas. Solo quiero comprobar la luz del atardecer. Hay una escena que la requiere.
—Ah. Bien. Pillaré un par de copas.
—Mm-hm. Ahora te veo.
—No tardes.
—No.
Me giro y observo el sitio con una atención que no le dediqué al llegar.
No me cuesta entender por qué lo ha escogido Ethan.
Con el atardecer derramándose sobre los campos amarillos, cambia por completo.
Consigue brillar. El pueblo en el que vamos a rodar —cuatro calles, una gasolinera y una iglesia blanca que parece sacada de una película mexicana—, se tiñe del color cobrizo que requiere la melancolía de Marienne.
Hay algo asolador en este paisaje, en su belleza austera.
Las montañas azules que se alzan al fondo, detrás del pueblo, parecen centinelas haciendo guardia.
Al final, a pesar de todo, escribí mi mejor guion.
Porque, cuando Ethan se marchó, solo me quedó una soledad helada. La misma que sentían Erik Satie y Marianne. Soledad y silencio. Supongo que por eso Satie tocó y tocó y tocó durante años el piano. El silencio puede llegar a enloquecerte.
Me giro, lista para lidiar con lo que sea que me espere ahí dentro, pero el pecho de alguien me frena el paso.
Levanto la mirada y me estremezco hasta la médula.
—Hastings —consigo farfullar tras unos segundos agónicos.
—Hola, Deb Deb. Te vi aquí sola y… quería saludarte. ¿Por qué estás triste? —murmura, cambiando el gesto, como si una nube oscura le pasara por encima del rostro.
Fuerzo la enésima sonrisa del día.
Pero con él pierde fuerza. Con Ethan no puedo fingir. Siento que sus ojos cenagosos alcanzan a ver a través de mi máscara.
—Es que estaba pensando en Satie. Y en Marianne.
—Bueno, tienen mucho en común —admite.
Intercambiamos un gesto parecido a las sonrisas.
Lo encuentro más guapo que nunca, con su camisa blanca y sus sencillos vaqueros.
—Has hecho un gran trabajo con el guion —vuelve a decir al cabo de un momento.
—Gracias.
—Me pone la piel de gallina cada vez que lo leo. Creo que estoy un poco enamorado de Marianne.
—Sí, creo que yo también me he enamorado de John.
Nos reímos los dos.
Y sin embargo, todo a nuestro alrededor se ha empapado en tristeza. Supongo que así es siempre el final de un amor.
—En fin. Deberíamos ir a la fiesta.
Me atrapa por la muñeca para detenerme.
—Oye, Debby.
Levanto la mirada hacia la suya. Lo tengo tan cerca que su presencia duele.
Me vuelvo más consciente que nunca de que me rodean los pedazos de algo que no puedo tener.
Nunca sale bien. No conmigo, y desde luego que no a mí.
Yo solo soy el borrador de las historias de amor de otras personas.
—¿Qué? —murmuro, incapaz de despegar la vista de la suya.
—Nada. Solo que… Me alegra verte.
—Ya. Bueno. Syd me espera, así que…
—Claro. Perdona.
Me libera la mirada, retrocede y aprieta los labios en una línea tensa.
Me alejo de él diciéndome a mí misma que no me duele volverle la espalda. Ni verlo después de… todo.
Si me siento melancólica es porque vamos a rodar un puto drama.
Mañana volveré a cargar la escopeta. Más vale que lo haga. Se acabó la gilipollez. No puedo apegarme a Hastings porque se irá. Todos lo hacen en cuanto me conocen. Soy una persona muy difícil. No valgo para las relaciones. Ojalá supiera ser de otra manera. A veces lo desearía.