Lío en HBollywood #2
Debby se levanta y me alarga el brazo. Dejo que me arrastre mientras sigo procesando nuestro compromiso.
—Venga. Quiero comprobar si sabes mover las caderas.
—Pensaba que te lo había enseñado esta mañana —le susurro al oído.
—Cerdo.
—Esto te encanta —vuelvo a susurrarle.
La rodeo con los brazos para acercarla a mí y aprovecho para hociquearla un poco. Por una vez, no me aparta.
—Me gusta el decorado —me dice con una sonrisa.
Levanto la mirada. Sobre nuestras cabezas cuelgan cientos de guirnaldas de flores y cortinas de luces diminutas. La orquesta interpreta algo con ritmo.
—A mí me gustas tú. No veo la hora de quitarte el sari.
—Te va a llevar un rato —responde sin dejar de bailar a mi lado.
—Lo sé. Es lo que más me excita. Si alguien me hubiera dicho el año pasado que algún día estaría en una gran boda india, bailando contigo como dos actores de Bollywood, hubiera querido saber quién le vende la maría. Pero aquí estamos.
—Aquí estamos —admite, sonriendo.
—Tú y yo.
—Tú y yo —me consiente, cada vez más divertida.
Cojo su mano pintada de henna y la apoyo contra mi pecho. Sus ojos dorados se mantienen encajados en los míos.
—He estado pensando en ello y creo que vamos a tener que casarnos dos veces. Haremos una boda a lo Bollywood y otra a lo Beverly Hills para contentar a ambas familias.
Aparta la mano como si se hubiera electrocutado.
—Tenías que estropearlo.
—Ya has oído a las tías. Tenemos seis meses. Hay que ir pensando en fechas. Tendré que posponer el rodaje.
—Hastings. Concéntrate. No hay que hacer caso a las tías.
—Pero quiero hacerles caso a las tías.
—No, no quieres.
—Sí, quiero. Mira, es justo lo que vas a tener que decir tú.
Se dispone a soltarme algo sarcástico, pero no le da tiempo.
Toda su familia nos rodea y acabamos separados el uno del otro.
A mí me llevan hacia un lado los primos, entre empujones cariñosos y palabras que no entiendo.
A ella la arrastran hacia el otro las primas.
Sigue mirándome huraña hasta que se la traga un remolino de saris multicolores.
La música explota, igual que las luces. Todo brilla a nuestro alrededor. Noto que este baile es distinto a los anteriores, y enseguida descubro que no me equivocaba.
La novia se coloca en el centro y con dos palmaditas consigue que decenas de manos pintadas de henna se alcen al cielo. Se trata de toda una coreografía.
Me quedo boquiabierto al ver bailar a Debby al más puro estilo Bollywood. Me hizo una demostración un día en mi coche, pero esto es diferente. Está claro que conoce cada movimiento.
Que Sydney también sepa hacerlo me deja todavía más impresionado. ¿Habrán tomado clases? Sydney es capaz.
Los primos me instan para que me mueva. Intento explicarles que no tengo ni idea de cómo se baila esto.
No me entienden y me empujan entre risas y gestos de venga, venga.
Acabo al lado de la novia y un tío con turbante. Priya me guiña un ojo y me hace una demostración de cómo hay que mover las manos.
Intento copiarla sin demasiado éxito.
El padre de Debby se me coloca al lado y le indica a Priya que ya se encarga él. Me señala primero los pies, luego las manos y, por último, el ritmo, marcándolo con un leve movimiento de cabeza.
—Haré lo que pueda.
—Yo llevo treinta y cinco años haciéndolo. Tú finge que sabes lo que haces y listo.
Los primos correan mi nombre. Me río y les indico con un gesto que ya lo tengo controlado.
(Sí, me estoy haciendo el gallito).
El círculo a nuestro alrededor se cierra un poco más. Alguien me pone las manos en las caderas desde atrás, un tío de Debby, creo, y me obliga a moverlas de un lado al otro.
La música cambia de ritmo. Se vuelve más rápida.
Empezamos a girar todos a la vez. No sé si lo estoy haciendo bien. No creo que importe.
El novio, Raj, aparece de la nada, me da un golpe en la espalda y me grita que bienvenido a la familia.
Mi mirada atrapa por fin la de Debby.
—Seis meses —formulo con los labios.
Deja de resistirse y se echa a reír. Me la he ganado. Es como los gatos. No te elije porque sí. Te elije solo si decide que vales la pena.
Me hace un gesto con las manos desde el otro lado de la pista, el típico en qué estás pensando.
Se comunica mucho con las manos. He notado que eso lo ha sacado de su madre.
Le señalo mi muñeca, el tatuaje que me hecho con su caligrafía para tenerla en mi piel. Siempre. Para siempre.
Niega muy despacio, y ya sé en qué está pensando ella. Lleva semanas repitiéndolo. Tendría que haber dibujado algo fálico, dice cada vez que yo presumo de mi tatuaje.
Es una provocadora de la hostia.
El círculo gira de nuevo, y yo con él. Debby ya no consigue dominar la risa cuando ve que acabo con el turbante de su tío en la cabeza.
—Seis meses —sigo provocándola.
Compongo un corazón con los dedos.
Ella, fiel a sus costumbres, me responde con una peineta.
Tardo un buen rato en volver a tenerla cerca.
No decimos nada al principio. Solo nos miramos mientras intentamos recuperar aliento después del baile.
Sus ojos no se despegan de los míos. El círculo sigue girando, pero yo tengo la sensación de que estamos los dos solos en mitad de la pista.
O en el mundo entero.
Me siento como si me hubiera colocado con algo, pero estoy más sobrio que nunca. Solo es euforia, felicidad por formar parte de esto, por haber conseguido que Debby me dejara entrar por fin en su vida.
—Ya sé cuál es tu historia, Hastings —dice de pronto.
Me trago la sonrisa.
—¿En serio? ¿Y cuál es?
Le asoma una curva irónica en las comisuras.
—Solo eres un chico, de pie delante de una chica, pidiéndole que lo ame. Y te amará. En cuanto te quites ese turbante ridículo.
—Corten.
—De eso nada. Acción.
Me señala su tatuaje. Vamos a juego.
La abrazo, riéndome, ella se acurruca contra mi pecho y empezamos a bailar la canción de Cohen que le tarareo al oído, mientras los demás sigue bailando la canción india que está sonando.