Hazlo como si me quisieras
Ethan
En el avión de vuelta a L.A., leo por enésima vez nuestra última conversación. Han pasado dos días y todavía no me ha contestado.
Yo: En una escala del uno al diez, ¿cómo de excitada estás?
Deb Deb: Un doce. ¿Y tú?
Yo: Un veinticinco. ¿Hacemos algo al respecto?
—¿Me has oído?
Apago la pantalla y traslado la mirada hacia Mitch.
—¿Qué?
—Tío, no me estás haciendo ni puto caso. Te digo que mi personaje necesita un trauma. Una madre muerta, o un padre alcohólico. Mejor un padre alcohólico y que la sombra de la adicción flote sobre la película.
Me irrita que todo el mundo juegue a ser guionista hoy en día.
—Mitch, deja de decir tonterías. Tu personaje no necesita nada. No vamos a hacer cambios en el guion cada vez que Jessica y tú tenéis alguna ocurrencia.
La azafata nos comunica que vamos a aterrizar en breve.
Mitch dice que necesita ir al baño. Ya me figuro para qué.
O quiere meterse coca o necesita hacerse una paja.
Está a un paso de la rehabilitación para ambas cosas.
Ya empiezo a preocuparme. Espero que Syd lo devuelva al camino la normalidad.
Sé que ella le gusta mucho. Espero que lo suficiente como para que se esfuerce.
Me pongo los auriculares, devuelvo el asiento a la postura inicial y repaso otra vez la conversación. ¿Me habré pasado de la raya?
Miro por la ventanilla.
Las luces de L.A. parpadean como luciérnagas, y ella está ahí, en alguna parte.
A la mierda. Iré a verla en cuanto aterricemos.
*****
Debby abre la puerta sin liberar la cadena. Un ojo dorado asoma a través del hueco.
—Son las dos de la madrugada —me informa, gruñona. El pelo sujeto con un lápiz en lo alto de la cabeza me confirma que no la pillé durmiendo. Es una criatura nocturna como yo.
—Soy consciente de la hora que es.
—¿Qué quieres, Hastings?
—¿Ahora mismo? Follarte. La pregunta es: ¿qué quieres tú, Debby? ¿Qué quieres de mí?
—¿Ahora mismo?
—Sí. Ahora mismo. ¿Puedes tener un momento singular de franqueza y decirme la verdad?
Demora la respuesta unos segundos más, la muy sádica.
—Te quiero dentro.
—Pues quita la puta cadena.
Intercambiamos una mirada larga.
—¿Así de fácil?
—No tiene por qué ser complicado. Esta noche, no. Los dos queremos lo mismo.
—¿Me quieres dentro de ti, Hastings, pequeño pervertido?
—Mira que eres retorcida.
Suelta una risita antes de liberar la cadena.
—¿Contento?
—Lo estaré cuando me invites a pasar.
—¿Qué eres, el conde Drácula?
—Tú hazlo.
—Adelante, querido Ethan —concede con grandilocuencia—. Entra libremente y deja un poco de la felicidad que traes.
Sonrío y entro. En su casa. En su vida. En todas partes.
Que conste que me ha invitado ella. Ya no podrá retirarme la invitación. Esto no es True Blood.
—Ya era hora —murmuro, antes de inclinar la cabeza y cubrirle la boca con la mía.
Suelta un suspiro suave, se amolda contra mí, sus senos encajando en cada recoveco de mi pecho, y me echa los brazos al cuello.
—Así da gusto volver a la ciudad.
—No te acostumbres. No volverá a pasar.
—Claro que no.
Le agarro el trasero con las palmas, la aprieto contra mí y la acaricio con la lengua. Sabe a vino y a tabaco. Estoy tan duro que me noto palpitar.
Presiono las caderas contra las suyas y me trago el delicioso sonido de excitación que escapa de su garganta.
—¿El dormitorio? —murmuro, esparciendo besos por su cuello y su mandíbula.
—Por ahí. ¿Por qué has dejado de besarme?
—¿Quieres que te bese?
Salta a mis brazos, me rodea las caderas con las piernas y pega la boca a la mía.
—Me sirve como respuesta.
Sus labios sonríen encima de los míos.
No dejo de besarla mientras camino con ella pegada a mí por el pasillo a oscuras.
Su habitación es como esperaba: oscura, curiosa, diferente al resto de habitaciones de chica en las que he estado. Todo aquí dentro refleja su personalidad. Hay un libro de Cioran en la mesilla. Por supuesto.
La dejo en la cama, me desabrocho los botones de la camisa con gestos rápidos y torpes y vuelvo a buscarle la boca y la lengua.
—¿Por qué me vuelves tan loco, joder? Debe de ser tu olor.
—O que tienes una vena retorcida y te atrae solo lo que no puedes tener.
—¿A ti no puedo tenerte?
Me clava los dientes en el labio inferior y tira de él hasta metérselo en la boca.
—No.
Cuela las manos bajo mi camisa desabrochada, y yo la atrapo contra el colchón y paseo las palmas por sus suaves curvas, disfrutando de tenerla tan pegada a mí. Su lengua se encuentra con la mía en un beso famélico.
—¿No? —Siento sus gemidos en mi boca cuando deslizo la mano por debajo de su culo y la atraigo hacia mi erección—. ¿Estás segura?
Mi nariz y mis labios absorben su piel centímetro a centímetro.
Sé que le gusta porque se arquea hacia mí para ofrecerme su cuello, y se estremece cuando le doy un suave mordisco.
—No soy algo que se posea, Hastings —aclara entre jadeos.
—Hum.
Lleva una camiseta larga que parece de hombre. Me hace gracia y me excita al mismo tiempo. Se la quito y bajo la mirada hacia sus pequeños pechos respingones.
Me apoyo en un codo y los observo durante unos segundos lentos mientras ella se revuelve, inquieta.
Ya no puedo contenerme más y paso los pulgares por encima y alrededor de las crestas rígidas.
—No quiero poseerte.
Se contrae y emite un sonido lánguido que repercute en mi entrepierna. Pongo la boca encima de la suya para absorber sus gemidos.
—¿Y qué quieres? —murmura cuando le libero los labios.
Atrapo uno de sus pezones entre los dedos y se lo froto, sin dejar de devorarla con la mirada. Debby vuelve a suspirar y estrella la boca contra la mía.
Le meto la lengua dentro y la beso profundamente. Mi erección busca la forma de entrar. No la hay, así que se presiona contra su cadera.
—Te lo diré cuando ganemos el Oscar —le susurro al oído.
Retrocedo y miro sus labios, húmedos e hinchados. Estoy planeando atacarlos de un momento a otro.
—Cuando ganemos el Oscar, cada uno se irá por su lado. Es lo que habíamos acordado.
—Claro.
Le separo las piernas con la rodilla, me encajo entre sus muslos y sigo jugando con sus pechos.
—Voy en serio, Hastings.
—Yo también.
Se sacude ante el primer contacto de mi lengua sobre sus pezones erguidos, y yo se los froto con la boca, los dientes, la barba, la nariz y los pulgares hasta que me regala otro gemido sensual y se retuerce por debajo de mí.
—Ahora deja de recordarme los términos de nuestra relación…
—Acuerdo —me increpa.
Amor, la corrijo mentalmente.
—Y dime qué quieres que haga.
Hunde los dedos en mi pelo, mantiene nuestras caras muy juntas y me susurra:
—Quiero que me toques.
—¿Dónde?
—Tú ya sabes dónde.
Se me escapa una sonrisa perversa.
—Quiero que me lo muestres.
Coge la mano que descansa en su cintura y la aprieta contra su coño. Me pone tanto que gimo y vuelvo a besarla. Tiene una boca demasiado sensual. Quiero probarla a todas horas. Joder, me tiene obsesionado. Necesito besarla, follarla, absorberla… Todo a la vez.
—¿Así? —le susurro al oído, sin dejar de investigarla con los dedos.
—Sí —murmura sin aliento, cogiéndose el labio entre los dientes.
Su aliento cálido cae sobre mi cuello cuando desciendo sobre ella y le lamo los pezones.
Cuelo la mano por debajo del elástico de sus bragas y levanto la cabeza para estudiarla. Un brillo de pasión se enciende en su mirada al encajarla en la mía.
—Tócame como la otra noche —me pide, respirando por la boca.
La acaricio por encima de las bragas.
Luego, por debajo, sin quitárselas.
La encuentro suave, húmeda y muy dispuesta, y cada caricia parece llevarla más lejos.
—Voy a follarte con ellas puestas. He descubierto que me pone el algodón.
Entierro la cabeza entre sus pechos y gruño de placer al deslizar un dedo en su resbaladizo interior. Está lista. Joder, no veo la hora de perderme en ella.
—Bésame —le susurro.
Me recorre toda la cara con los dedos. Me acaricia, absorta, los labios. Pero no me da lo que le pido, y eso me excita aún más.
—No quiero que te enamores de mí, Ethan. Va en serio.
—Tranquila. No eres tan buena besando.
Me clava las uñas en la mandíbula y sus ojos se mantienen encajados en los míos un tiempo demasiado largo. Se han vuelvo duros.
—No te burles. Es una conversación seria. ¿Estamos los dos de acuerdo en que esto solo es sexo?
Mis caderas vuelven a clavarla en el colchón.
—Lo estamos. Lo nuestro es un lío, nada más.
—Bien.
—Bien. Ahora bésame como si me quisieras —le pido.
Que ella me quiera es una de mis fantasías favoritas.
—No te quiero.
—Finge. Esto es Hollywood. Aquí nada es real.
—Eres muy irritante.
—Tú más, Deb Deb.
Gruño cuando pega la boca a la mía, me mete la lengua dentro y la desliza sobre la mía. Siento que se rinde. Que está tan harta de pelearse conmigo que me deja ganar. O puede que se muera por besarme.
Sea cuando sea el motivo, su boca provoca la mía hasta que nos fundimos en un beso profundo y absorbente que nos deja a los dos temblando de deseo.
—Si me dejas en visto otra vez —digo, retirando los labios de los suyos—, no volveré a follarte nunca más. Te lo prometo.
Pasea las manos por mi espalda, arriba y abajo, sin dejar de estudiarme con esa expresión suya socarrona.
—Pues tú te lo pierdes. —Se revuelve por debajo de mí hasta rozarse con mi polla, y sonríe al notarla palpitante—. Si prefieres usar tu mano derecha a partir de ahora…
—Prefiero la tuya.
Le hago una demostración práctica de cómo me gusta que me toque.
Suelta una risita, tira de mí hacia abajo y me hace besarla de nuevo.
Cuando me enfundo deprisa un condón y me abro paso lentamente dentro de su cuerpo, los dos contenemos aliento.
Me detengo, y ella pasea los dedos por mi mandíbula tensa. Tiene una expresión seria, casi atormentada.
—No respondí a tu mensaje porque no sabía qué decirte.
—La próxima vez mándame una peineta. Me sirve como respuesta.
—Vale.
Dejo caer la frente contra la suya y la respiro durante el tiempo que necesita su cuerpo para acostumbrarse al mío.
Sé que lo nuestro la asusta —a mí también—, pero vamos a tener que trabajar en ello.
Juntos.
Ella y yo. Y nuestros terapeutas.
—Te confieso que me gusta demasiado liarme contigo, Deb Deb.