Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Sexting con el enemigo
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Sexting con el enemigo

Debby

Priya extiende sobre la mesa del bar un mapa de colores que deja a Sydney boquiabierta.

—Vaya. ¿Es la programación de tu boda?

Mi prima le dedica una sonrisa escueta.

—Exacto.

—Qué organizada. Me encanta tu sistema. Es muy profesional.

—Intento que no se me olvide nada. Las bodas indias son muy complejas.

He tenido que contratar a alguien para que se aprenda el nombre de todos nuestros parientes y me lo susurre por el pinganillo que llevaré puesto.

No creo que yo pueda conseguirlo de aquí a la boda, y algún pariente podría ofenderse si descubre que no tengo ni idea de cómo se llama.

—Pues sí que tenéis parientes...

—Somos de la India —aclara Priya.

Sydney nos mira a las dos con expresión cómica.

—¿Y qué hay del vestido? ¿Has pensado en lo que quieres ponerte?

—He hecho más que pensar. Los cinco ya están encargados.

—¡¿Cinco?!

Syd abre los ojos de par en par. Está tomando notas para su gran boda made in Malibú.

Yo ando un poco decaída. Apenas les estoy prestando atención. Ni las margaritas me animan a estas alturas. No he dejado de menearme en la silla desde que hemos llegado. Todavía intento asimilar lo que hice anoche.

Sé que debería experimentar algún tipo de remordimiento, pero ¿cómo arrepentirse de haber tenido el mejor sexo hasta la fecha?

(Y quizá de cara a la posteridad).

No me lo esperaba. No creí que fuera a sentirme así con él. Supongo que teníamos demasiada tensión acumulada.

Y no es que me importe que no me haya llamado —o escrito— desde que nos despedimos en el aeropuerto, pero… Digamos que no he dejado de comprobar la pantalla del móvil cada cinco segundos desde que estoy aquí sentada.

Es ridículo.

Se acabó, Debby. Deja de mirar el puñetero móvil. Estará en alguna fiesta de San Francisco, con alguna Barbie de piernas interminables enroscada a su alrededor cual serpiente de lengua inquieta. Y a ti te da igual porque no crees en los lazos afectos más allá de las amistades o los familiares.

Pongo el móvil bocabajo para evitar cualquier futura tentación y me obligo a prestar atención a mis tareas de dama de honor.

—Nunca he asistido a una boda india —está diciendo Sydney cuando vuelvo a activar el sonido.

—Van a ser cuatro días muy intensos —advierte Priya.

Cualquiera diría que son amigas, pero se han conocido hace escasa media hora en la puerta del bar.

Priya necesita damas de honor, y lleva tan poco tiempo en los Estados Unidos que nos hemos presentado voluntarias.

(Mi madre me ha obligado. Yo he obligado a Syd. Así es cómo funciona el mundo).

Si llego a saber que mi prima se presenta aquí con lo que parece el plan de invasión de un general nazi, me niego en rotundo a prestarle mis servicios.

(Que todavía no sé en qué consisten).

—¿Cuatro días? —se sorprende Syd, siempre tan interesada en bodas y recepciones que me extraña que a estas alturas no esté cobrando una comisión de wedding planner.

—Sí. —Priya hace una mueca divertida—. La locura se desata el jueves por la noche con la fiesta de bienvenida. El viernes tenemos el mehndi por la mañana y por la noche el sangeet. El sábado es la ceremonia, el baraat, el almuerzo, la recepción y el baile. Y el domingo, el brunch de despedida.

—Vale, esa palabra sí la he entendido —dice Sydney, aliviada.

Priya se echa a reír.

—Te doy la versión occidental. El viernes por la mañana nos pintamos las manos con henna y vamos a tener que estarnos quietecitas durante horas. Nos darán de comer y todo. Como si fuéramos aristócratas de siglos pasados.

—¿Y si me hago pis?

—Te aguantas —le decimos Priya y yo.

—Pues nada de líquidos —resuelve Syd, reforzando la sonrisa. A diferencia de mí, siempre está dispuesta a cooperar.

—Por la noche haremos una ceremonia musical que sirve para romper el hielo de cara a la boda.

—Y para identificar a los parientes que bailan mal antes de que arruinen el video oficial —añado yo.

Priya chasquea los dedos.

—Exacto.

—Suena muy divertido. —Syd sorbe de su margarita y nos dedica a las dos una sonrisa luminosa—. No me lo pierdo por nada en el mundo. ¿Y qué es el baraat?

—El baraat es cuando llega el novio a lomos de un elefante y toda la familia baila por la calle como si fuera un desfile de Mardi Gras —la pongo en antecedentes.

La camarera deja sobre la mesa otra ronda de margaritas y una cesta de nachos cargados de guacamole.

—Perdona, ¿has dicho elefante?

—Usaremos un caballo —la tranquiliza Priya—.

Raj es casi blanco. Dice que no sabe montar en elefante.

Su familia lleva treinta años afincada en California.

Tienen un rancho y todo. Su madre se dislocó una cadera bailando en una boda.

Mi madre lo encuentra inaceptable. Dice que son demasiado occidentales. Pero nosotros nos queremos.

Sydney suelta ese suspirito suyo de oh, me encanta el amor.

—¿Cómo os conocisteis Raj y tú?

—Es un matrimonio concertado —le explico mientras me como un nacho a mordisquitos.

—Perdona, ¿un qué?

—Nos conocimos a través de las tías —responde Priya.

—¿Las tías? ¿Las tuyas, o las suyas?

—Toda mujer india mayor es una tía —aclaro—. No hace falta que sean parientes de verdad.

—Fascinante. Pues deberíamos tener unas tías en California. Está claro que funcionan mejor que Tinder. Oye, ¿podemos llevar acompañante a la boda?

—Por supuesto. —Priya suelta la copa sobre la mesa y nos sonríe—. Es más, es obligatorio. ¿A quién vas a llevar tú, prima?

—Pregúntaselo a mi madre. La proxeneta es ella.

—Sigues sin pareja, ¿eh? —se compadece de mí.

—¿Por qué no te llevas a Ethan?

Le lanzo una mirada fulminante a Sydney.

Mi prima frunce sus pobladas cejas negras.

—¿Quién es Ethan?

—Nadie.

—Su novio.

—¡No es mi novio! Solo follamos.

—La terminología es irrelevante, Debby. Lo que importa de verdad es si sabe montar un elefante.

Está tan seria que Sydney estalla en carcajadas.

—No te rías. Según mi abuela, eso lo dice todo de un hombre. Ella lo llama la prueba definitiva.

Y Sydney venga a reírse.

—Tiene algo que ver con la virilidad y los futuros hijos —continúa explicando Priya.

A Syd se le corta la risa.

—Ah, ¿que lo decís en serio?

—Pues claro. Somos un pueblo supersticioso. Hemos tenido que consultar un horóscopo para ver si casarse a las once cuarenta y dos es mejor que a las doce y cuarto.

—Madre mía. ¿Y qué ha dicho el horóscopo?

—Que lo mejor es casarse a la una y veinticinco. Ha sido muy complicado cambiar la hora de la ceremonia. En Estados Unidos la gente es inflexible.

—¿Pero tan importante es el horóscopo que habéis tenido que cambiar la hora de la boda?

—Y menos mal que no hemos tenido que cambiar el día como otros —se consuela Priya.

Sorbo de mi margarita y miro el móvil sin querer. Mierda. ¿Qué me ocurre? Debería estar aquí pasándomelo bien, no pendiente de un hombre que no llama ni escribe.

—¿Habéis mandando las invitaciones? —oigo decir a Syd a mi lado—. Conozco un sitio que las hace divinas. Mis padres se las encargaron a ellos para sus bodas de oro. Puedo pasarte el contacto.

—No, tranquila. De eso se ocupan las tías. La tía Meena se ha empeñado en que hay que hacerlas a manos. Creo que ya llevan unas cuatrocientas a estas alturas.

Los ojos azules de Syd se abren con un chasquido.

—¿Cuatrocientas? ¿Pero a cuánta gente habéis invitado?

—No lo sé. Quinientas, seiscientas…

—Madre mía. Eso no es una boda. ¡Es el Live Aid del´85!

Nos reírnos las tres, aunque yo vuelvo a pegar un ojo al móvil. Se acaba de encender la pantalla.

Lo compruebo, con el pulso desbocado.

Solo es un e-mail tonto.

—¿Todo bien? —me susurra Syd. Ha debido de notar que he hundido los hombros.

—Sí.

—Sabes que querré los detalles sucios en cuanto estemos a solas, ¿verdad? Y más vale que no hayáis hablado de filosofía.

Una imagen muy vívida de todo lo que su boca gruñó en mi oído anoche regresa a mi memoria.

Mi cuerpo entero reacciona, contrayéndose.

Y el puñetero Ethan sin escribirme.

—Ha sido un polvo soso y aburrido. Nada que decir al respecto.

—Pues vaya chasco. Esperaba algo más de Ethan.

Yo esperaba menos.

Como siempre, me sorprende. Es intolerable.

*****

Es casi de madrugada cuando llego a casa. Le doy la conserva al gato y me desplomo en el sofá. He conseguido quitarme a Syd de encima sin darle demasiados detalles. Hablar de ello hubiera implicado recordar, y llevo toda la noche intentando quitármelo de la cabeza.

Estoy haciendo zapping, aburrida, cuando vuelve a encenderse la pantalla del móvil. Lo compruebo sin ninguna expectativa. Esta vez sí es él, y todo mi cuerpo reacciona en consecuencia. Me aturde mi propio pulso y la rapidez con la que abro el mensaje.

Director hipersexualizado: ¿Me has echado de menos hoy? Porque yo a ti, sí.

Me manda un selfie con ojos tristes.

Sigue en el rodaje.

Y no quiero que algo se contraiga en mi interior, pero lo hace.

Yo: Sigue soñando.

Me contesta enseguida.

Director hipersexualizado: Lo haré.

Envía otro selfie, esta vez con cara de pillo. Me echo a reír.

Fellini mueve una oreja hacia atrás.

—No significa nada —le digo para que se tranquilice—. Es solo sexo.

El gato me mira. Sin parpadear.

Apago la pantalla para demostrarle que voy en serio.

—¿Lo ves? Dejar a alguien en visto demuestra lo poco que te importa. Y ahora me voy a dormir. Te sugiero que hagas lo mismo.

Camino toda digna por el pasillo. Él me sigue con la mirada.

Cuando llego a la habitación, no puedo contenerme más y empiezo a teclear.

Yo: ¿En qué estás pensando?

Director hipersexualizado: En lo mucho que echo de menos olerte.

Yo: Guarro.

Director hipersexualizado: Y en cómo te tocaría si estuvieras aquí.

Yo: Cerdo.

Director hipersexualizado: Esto te encanta.

Yo: Mentira.

Director hipersexualizado: En una escala del uno al diez, ¿cómo de excitada estás?

Yo: Un doce. ¿Y tú?

Director hipersexualizado: Un veinticinco. ¿Hacemos algo al respecto?

Tecleo. Paro. Repaso la conversación con el ceño fruncido.

Un momento. ¿Qué está ocurriendo aquí?

Hago una captura de pantalla y se la mando a Syd.

Yo: ¿Estoy haciendo sexting con el capitalista?

Syd: Ya te digo. Sexting del bueno. Quiere que vuelvas a probar su boniato. Porque lo probaste, ¿verdad?

Yo: Sydney, concéntrate. A la mierda el boniato. ¿Qué le digo ahora?

Syd: ¿Qué quieres decirle?

Yo: Hablas como mi terapeuta. Si supiera lo que quiero decirle, se lo diría.

Syd: Dile que estás mojada.

La llamo de inmediato.

—¿Tú de qué vas? No puedo decirle que estoy mojada.

—¿Por qué no?

—Me da vergüenza. Dime otra frase menos impactante.

—Espera. La Cosmo publicó un artículo sobre el sexting hará unos meses. Voy a buscar el ejemplar.

Para Syd, la revista Cosmopolitan es la Biblia de las relaciones de pareja. Colecciona todo lo que han publicado desde el dos mil dos hasta la fecha, por si tiene que volver a consultar algún artículo de vital importancia.

—¿Qué tal esta? Necesito sentirte dentro de mí. Hmm, me gusta como suena.

Me estoy sirviendo una copa de vino blanco en la cocina, pero suelto la botella para poder indignarme como es debido.

—Esa es mucho peor. Implicaría admitir que lo deseo.

—Lo haces, ¿no?

—Joder. Sí. Claro que lo hago. ¿Es que no le has visto en la piscina? Tengo ojos en la cara, y esos abdominales se le marcan demasiado. Así es, Sydney. Me siento sexualmente atraída por el enemigo. Soy débil. Una vergüenza.

—¿Y por qué no se lo puedes decir?

—¿Quieres que alimente su ego de por sí desorbitado? Por encima de mi cadáver. Voy a dejarlo en visto. Hay que enseñarle a ese cabronazo quien manda aquí.

—Haz lo que quieras. Yo me he puesto cachonda con vuestra conversación. Voy a decirle a Mitch que lo necesito dentro de mí.

—¿Es que no lo has tenido dentro de ti unas cinco veces ya hoy?

—Pues no, listilla, porque está rodando con tu novio en San Francisco.

—¡Ese no es mi novio! —me sulfuro de inmediato.

—Lo que tú digas. Espero que Mitch no me pida una foto. Me acabo de echar mi mascarilla de carbón y no hay nada menos atractivo que mi cara ahora mismo.

—Qué asco. Prefiero las arrugas.

—Cambiarás de opinión en cuanto llegues a los cuarenta. Y será demasiado tarde. Te dejo. Tengo que masturbarme. Ciao.

Hago una mueca, cuelgo la llamada y me bebo la copa entera de golpe. El móvil me tienta desde la encimera. Lo cojo con dos dedos y lo meto en la olla que usé hace dos días para quemar unos espaguetis.

Me lo pienso unos segundos y decido que no es suficiente, por lo que cojo un plato y tapo la olla.

Toda precaución es poca.