Di que no me odias
Ethan
Estamos tumbados en la cama, con los ojos clavados en el techo.
Las sombras de San Francisco giran a nuestro alrededor como un caleidoscopio.
Debby mantiene la cabeza apoyada en mi pecho mientras, con un dedo, recorre mis abdominales.
Estoy agotado. Ha sido un polvo rápido y furioso que me ha dejado sin fuerzas.
No era lo que había planeado para nuestra primera vez.
Se ha salido con la suya de nuevo. Me parece que siempre lo hace.
—¿No podrías conseguirme un helicóptero que me lleve de vuelta a L.A. esta noche? —dice cuando ya debemos de llevar por lo menos media hora atrapados en un profundo silencio.
—No.
—Sí puedes, pero no quieres.
—Sí puedo, pero no quiero —le doy la razón.
—¿Por qué no?
—Porque no me da la gana.
—No me vale.
Hago una mueca.
—Quiero que duermas conmigo, Deb Deb. Acurrucaditos. Necesito mimos después del sexo.
—Ugh. ¿Tienes más ideas vomitivas?
—Unas cuantas —respondo con una risa suave. Su fobia al compromiso me divierte.
—¿Por qué tienes tantos problemas de apego?
—No tengo ni idea. Traumas de la infancia, supongo.
Se abraza a mí suspirando, y yo entrelazo nuestros dedos y planto un beso en sus nudillos.
—Tengo que ducharme —susurra. Creo que toda esta intimidad la abruma. Necesita huir.
—Yo también. Pero todavía no.
—¿Por qué no?
—Me gusta sentirte a mi alrededor —murmuro—. Tenerte grabada en la piel.
Sonrío al notar cómo se estremece a mi lado.
—Eres un pervertido.
—Ya sabes que sí. ¿Qué simbolizan todos estos tatuajes?
Recorro su brazo con el dedo. Debe de ser henna. La semana pasada no los tenía.
—Cosas indias.
Analizo, concentrado, las líneas finas que suben desde su muñeca hasta su hombro, enredadera tras enredadera, hasta desembocar en una flor abierta. Los pétalos se enroscan sobre sí mismos en espirales que no terminan de cerrarse nunca.
—¿Cómo es la India? Nunca he estado.
—Yo tampoco. Algún día iré de mochilera.
—Podemos ir juntos.
—No hagas planes de futuro conmigo —me frena enseguida.
—¿Por qué no?
—Ya te he dicho que no volverá a repetirse lo de esta noche.
—¿Por? ¿No he estado a la altura?
—Solo un arrogante preguntaría algo así.
—Un arrogante no preguntaría. Sabría la respuesta, Deb Deb.
Me saca el dedo y yo me río, cierro los ojos y la aprieto contra mí.
—¿En qué piensas? —susurra un buen rato después.
Levanto los párpados, sonriendo.
—La que ha hecho un documental sobre el silencio no es capaz de aguantarlo ahora.
—Ja ja.
—Pienso en todo lo que tengo que hacer mañana en el rodaje —miento—. ¿En qué piensas tú?
—En que es posible que nada de esto sea real. Así que en realidad no importa que me haya acostado contigo. Porque, si no es real, qué más da.
—Explícate.
—A lo mejor nuestro mundo no existe.
—¿Cómo es eso?
—Podría ser una fantasía creada por nuestros cerebros. Tal vez seamos unos aliens con aspecto de pulpo que duermen en unas capsulas metálicas en el espacio profundo y nos estemos imaginando todo esto, las montañas, los ríos, el mar…
Sopeso, divertido, su teoría.
—Si eso fuera cierto, me alegro de compartir el mismo sueño que tú.
—¿Por qué?
Guardo unos segundos de silencio.
—Porque quiero estar contigo en todas las putas dimensiones, Deb Deb.
Se mueve a mi lado hasta encontrarse con mis ojos. Hay algo vulnerable en su rostro ahora mismo. Es como si se hubiera quitado una máscara.
Hoy no se oculta; quiere que la vea tal y como es.
—No te enamores de mí, Hastings. Ni me cojas cariño. O lo que sea que esté ocurriendo en ese cerebro tuyo de niño mimado con problemas de apego.
Se me escapa una sonrisa.
—¿Por qué no?
—Porque no soy esa clase de chica. No creo en las relaciones. No me gusta la idea de llevar una correa.
—Yo nunca te pondría una correa.
—Claro que sí. Me pondrías una de diamantes con mi nombre. Deb Deb. Como si fuera un chihuahua de Beverly Hills.
Suelto una carcajada.
—Yo tampoco creo en las relaciones, Debby. ¿Qué tal si no creemos en las relaciones juntos?
Me da un golpecito en el pecho, y yo sonrío, la acerco a mí y cubro su boca con la mía.
Tarda unos diez segundos en rendirse.
Cuando la noto laxa entre mis brazos, la tumbo en la cama, me pongo encima y sigo jugando con sus labios y su lengua, lánguidamente, sin prisas, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para dedicarle a este beso.
Besar a Debby es una de las mejores cosas que he hecho nunca.
Y me encanta que ella me siga el juego; que me provoque, retroceda y sonría satisfecha antes de volver a ofrecerme su boca.
Lo malo es que me estoy poniendo cachondo otra vez y ella ha sido muy clara respecto a la fecha de caducidad de nuestro acuerdo sexual.
Claro que yo soy Ethan Hastings. Nunca me rindo. No con ella.
No hay antecedentes de fracaso en mi familia, y no pienso ser yo el primero en naufragar.
Los Hastings siempre conseguimos lo que queremos.
Y hace tiempo que sé, sin duda alguna, que quiero a Deb Deb.
Me vuelve loco. Tiene razón. Quiero ponerle una correa de diamantes con su nombre y que sea solo mía.
Será por culpa de mis problemas de apego.
Noto que me estoy apegando demasiado a ella.
—¿Te he dicho lo guapa que estás con mi camisa puesta?
—No.
—Pues estás para comerte —murmuro mientras recorro la firme línea de su mandíbula con los labios y la lengua.
Echa la cabeza hacia atrás para facilitarme el acceso y yo sonrío encima de su piel. Es como un gato. Puede que bufe al principio, pero está claro que se deleita con las caricias.
Cuelo la mano bajo la prenda y la paseo arriba y abajo por su cadera y el muslo. Tiene una piel muy sedosa. Quiero lamérsela otra vez.
Debby dobla la rodilla y juega con mi pelo hasta que, sin motivo aparente, se queda muy quieta.
Levanto la vista para ver qué le ocurre. Tengo la boca en su abdomen y ella está rígida de repente. No creo que sea por los preliminares. Hasta ahora los ha estado disfrutando. Incluso la oí gemir cuando pegué la nariz a su piel y la absorbí como si fuera mi fragancia favorita.
Intento recordar si he dicho alguna gilipollez que haya podido asustarla. Me parece que no.
—¿Qué? —le susurro.
Niega despacio.
—Nada.
—¿Por qué me miras así?
—Así, ¿cómo?
—Tú ya sabes cómo, Deb Deb.
Guarda unos segundos de silencio. Hay un brillo de angustia en su mirada.
—No lo sé —murmura, con la voz ronca.
—Sí, lo sabes.
—Da igual.
Tensa los dedos en mi pelo, me atrae hacia su rostro y sus labios se acoplan a los míos.
Me vale como respuesta. Besar es otra forma de admitir que le gusto. Sirve para cuando no puedes expresarlo con palabras.
Y sé que ella no está lista para decírmelo todavía.
Haré que lo esté.
Lo nuestro saldrá bien. A mí me van los finales felices.
Le demostraré que a ella también. Es una puta promesa.
Froto mis labios entreabiertos encima los suyos hasta que la oigo exhalar un suspiro complacido.
Otro escapa de su garganta cuando rozo su labio inferior con la lengua y tiro de él hacia el interior de mi boca.
—La verdad es que besas bien, Hastings —ronronea, arrancándome una sonrisa lenta que ella frena al presionar los labios contra los míos de nuevo.
—Tú también, Deb Deb.
—Por fin tenemos algo en común.
Me río, tenso las manos en su cintura y la mantengo pagada a mí, para poder aspirarla.
—Ya tengo mi nuevo aroma favorito.
—¿A qué huelo?
—A algo excitante. Y a sexo. Hueles como si te acabaran de follar.
—Madre mía. ¿Nos duchamos?
Mi nariz recorre la suave curva de su cuello. La inspiro, ansioso, y luego le lamo la piel.
—No.
Se estremece, como si mi lengua la hubiera electrocutado al rozarle el hueco de la clavícula.
—¿Por qué no?
—Hueles demasiado bien. Si te duchas, olerás a gel. Necesito olerte a ti.
—Guarro.
—Esto te excita.
—Jamás lo admitiría.
—Lo sé.
Nos sonreímos el uno al otro. Sus dedos juegan sin prisas con el pelo de mi nuca. Nuestros ojos se mantienen enganchados como imanes.
—Si no nos duchamos, ¿qué hacemos? —musita.
—¿Qué se te ocurre?
Me acerca a ella y me susurra algo sucio al oído. Arqueo las cejas, divertido.
—¡Deborah! —finjo escandalizarme.
—Esto te excita —me la devuelve.
—Me excita mucho. Hagámoslo.
—¡No iba en serio!
—Oh, sí que ibas en serio. —Le doy la vuelta y la inmovilizo bocabajo sobre la cama. Suelta un gritito y luego se tensa al notar la erección que presiono contra su cadera—. Ibas muy en serio. Quieres hacer que me corra otra vez para dejarme en desventaja. ¿Y sabes qué? Te dejo ganar.
—¡Ethan! —forcejea entre risas. Le he subido la camisa y estoy frotando la punta entre sus pliegues. A diferencia de ella, no llevo ropa—. ¡No puedes metérmela! No llevas condón.
—Pues me restriego contra ti hasta que nos corramos los dos.
—Eres un guarro de mucho cuidado. Así haces las películas que haces.
—Me encanta el sexo. Pero mi favorito es contigo sin lugar a dudas. Sabía que tendríamos una química de la hostia. ¿Lista?
—¡No! —grita, pero sigue riéndose.
Deslizo la mano entre sus piernas y empiezo a acariciarla.
Y entonces deja de reírse, se contrae entre mis brazos y lo que antes era una broma se convierte en algo demasiado serio e íntimo. Su respiración cambia de registro. La mía, también.
—Me parece que los dos nos hemos puesto cachondos con este juego —murmuro con la boca encima de su hombro.
—Por Dios, no pares.
—Claro que no.
La toco sin dejar de respirarle en la oreja, y ella me busca y me aprieta con los dedos.
A los dos se nos escapa un gemido. Cierro los ojos para entregarme por completo a las sensaciones.
Su clítoris, hinchado, vibra bajo mis dedos.
Mi polla late en su puño. Esparzo la humedad desde la apertura hasta ese montículo que estoy deseando lamer, y ella me aprieta con más fuerza cuando se lo susurro al oído; cuando le digo todo lo que pienso hacerle la próxima vez que la folle.
Así tendrá algo en lo que pensar.
—No habrá una próxima vez —me recuerda, tan excitada que habla entre jadeos.
—Pues tú te lo pierdes. Sería muy intenso. Pondría mi lengua justo aquí, y la arrastraría hasta aquí… Te metería los dedos así, y los doblaría…
—Madre mía. Sigue hablando.
—Y tú sigue tocándome así. Me inspiras.
Le susurro toda clase de guarradas al oído, y ella se entrega a mis palabras y a mis caricias.
Noto que está alcanzando el máximo nivel de placer. El clítoris se le ha hinchado tanto que lo siento rígido y muy sensible bajo mis dedos. Cada círculo que trazo sobre él la hace sacudirse y apretarme con más fuerza.
—Ethan… —murmura, con el labio inferior entre los dientes.
—Y entonces te metería la polla —le susurro—. Y sé que estás deseando volver a tenerme dentro de ti. Quieres que te folle como nunca te han follado. Lo haré la próxima vez.
Estalla, gimiendo de una forma tan sensual que tardo dos segundos en derramarme en su mano.
—¡Joder!
—Eres un cerdo —escupe, apartándome de ella.
Me desplomo con una carcajada a su lado en la cama y le paso mi camiseta para que se limpie.
—Un cerdo muy cansado. Lo siento, llevo despierto desde las tres. Si no me la pusieras tan dura, esta noche hubiéramos hecho solo la cucharita.
La oigo reírse y sonrío.
La envuelvo entre los brazos, y entonces ella se acurruca contra mi costado y suspira satisfecha.
—Hastings.
—¿Hm?
—No estás tan mal.
Viendo de ella, es todo un cumplido.
—Tú tampoco estás tan mal, Deb Deb —le susurro, con la boca en su pelo.
Es lo último que recuerdo antes de quedarme dormido.
*****
—En fin —me dice, los dos de pie junto a la puerta de embarque.
Hemos tomado un café apresurado en el piso antes de salir corriendo hacia el aeropuerto. Anoche me olvidé de poner el despertador. Me he cargado de rodaje de hoy y no creo que pueda decirle a mi equipo que fue porque prioricé mi polla.
—¿Seguro que no puedes quedarte un día más?
—Tengo guiones que escribir. ¿Cuándo vuelves a casa?
—Nos quedan tres días de rodar aquí.
—Pues te veré en L.A.
Me alarga la mano.
—Debby, hemos follado, no hemos cerrado un acuerdo mercantil. Ven aquí.
La cojo por la cintura, la pego a mí y la beso, acariciándole la boca con la mía hasta que se rinde y se despide de mí como Dios manda.
—Bueno, pues ya podemos volver a odiarnos —me dice cuando la suelto—. La tregua ha terminado.
—No puedo volver a hacer algo que nunca he hecho.
—A mí, por el contrario, no me costará ningún esfuerzo.
—Fanfarrona —le susurro con ternura.
Enredo los dedos en su pelo oscuro y aplasto los labios contra los suyos una vez más, impregnándome de ella unos segundos lentos y casi dolorosos. Necesito tocarla con una intensidad que me preocupa.
Y ahora se va y, joder, odio quedarme solo en San Francisco. Ojalá se quedara conmigo.
—Di que no me odias —le susurro mientras no dejo de cambiar de ángulo. Debby abre la boca y espera sin aliento el beso que se hace de rogar.
—No pienso hacerlo.
—Dilo. Necesito oírtelo decir. Por lo de mis problemas de apego.
—No.
Juego con su boca unos segundos más, hasta que ya no puedo contenerme más y la arrastro a un beso feroz y descontrolado que sé la enloquece tanto como a mí, aunque se niegue a admitirlo.
Por el megáfono insisten en que los pasajeros con destino a L.A. se presenten de inmediato en su puerta de embarque.
—Hasta pronto, Deb Deb.
—Hasta nunca, querrás decir.
Le guiño el ojo y ella cruza el control de seguridad. Como no lleva maleta, pasa enseguida.
—¡Hastings! —grita de pronto.
Me giro para mirarla.
—No te odio.
Dibujo un corazón con los dedos. Me responde con una peineta que me hace soltar una carcajada.
Me quedo ahí clavado hasta que desaparece entre la gente. Es una provocadora de narices.
*****
De camino al coche descuelgo el móvil que lleva media hora vibrándome en el bolsillo. He escogido el peor día para cargarme el rodaje.
—Ethan —me suelta Ruby—. Saca tu polla de donde sea que la hayas metido y ven aquí cagando leches. Jessica está histérica por haberse chupado dos horas de maquillaje para nada, y yo me estoy planteado muy en serio cargármela.
—Tardo diez minutos.
—Que sean cinco. Ya he decidido dónde voy a enterrar el cadáver. Solo me falta encontrar una pala. Estamos rondando un thriller. Seguro que hay una pala por aquí en alguna parte.
Mierda. Será mejor que me salte un par de semáforos. Con Ruby nunca se sabe.