Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Vas a casarte con ese tío #2
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Vas a casarte con ese tío #2

Se detiene delante de mí, levanta el brazo y me roza la punta del pecho derecho con los nudillos. Me sacudo como si me hubiera atravesado una fuerte descarga eléctrica. Sus ojos oscurecen aún más mientras saborea mis reacciones. La sonrisa se ha borrado de sus comisuras.

—¿Qué hacemos a continuación? —me dice, con una voz gutural que me recorre entera.

—No lo sé. Eres tú el que ha planeado todo esto, Richie Rich. ¿A qué quieres jugar ahora?

—Ya no quiero jugar.

Mantengo los ojos encajados en los suyos porque es la única forma de contacto que me concede y necesito desesperadamente aferrarme a algo suyo, aunque solo sea al fuego que desprenden sus pupilas.

—¿Y qué quieres?

Siento su excitación al respirarme, al mirarme, al reclamarme con los ojos.

—Besarte —murmura, antes de rendirse, hundir los dedos en mi pelo y cubrir mi boca con la suya.

Su lengua entra a través de mis labios y llena mi boca como un remolino húmedo y caliente que me provoca un latigazo de placer entre los muslos. Me revuelvo y él se apiada de mí, me atrae hacia su pecho y me permite sentir su propia excitación.

Necesito tocarlo, necesito mi piel en la suya.

No me basta con lo que me está dando.

Cuelo la mano entre nuestros cuerpos y cierro los dedos alrededor de su miembro, y él suelta un sonido necesitado en el interior de mi boca y su lengua empieza a deslizarse sobre la mía con más intención sexual.

Lo empujo hacia atrás, hasta que aterriza en el sofá.

—Cambiemos el juego —propongo.

Me siento en su regazo y lo rodeo con las piernas.

Intercambiamos una mirada lenta que envía un hormigueo eléctrico a todas mis terminaciones nerviosas.

Ahora estamos piel contra piel. Lo noto palpitar donde más lo necesito.

—Nuevas reglas. Yo provoco, tú suplicas —murmuro, antes de empezar a frotarme encima de su erección.

Cierra los ojos y lo oigo gruñir una maldición, que mi boca se traga de inmediato, ya que solo tardo medio segundo en pegarla a la suya y buscarle la lengua.

Me coge el culo con las dos manos y me mueve contra él mientras nos lamemos y nos devoramos ansiosos. Su erección se restriega contra mis pliegues húmedos y estoy viendo las puñeteras estrellas.

Esa oscuridad en sus ojos cuando se echa hacia atrás en el sofá para estudiarme me enloquece.

—Como no me folles ahora mismo, no pienso dirigirte la palabra nunca más —amenazo entre jadeos.

Se le empieza a formar una sonrisa socarrona en las comisuras.

—Has suplicado, así que lo haré.

—Cabrón.

—Te encanta.

Me vuelve a besar, y yo siento que me tenso tanto que voy a quebrarme.

—¿Lo hacemos lento y profundo? —me propone, arrojando su aliento cálido contra mis labios, mojados y magullados por sus besos.

—Más bien rápido y sucio.

—Nunca vamos a ponernos de acuerdo en nada.

—No.

Se ríe entre dientes, me tumba en el sofá y su boca emprende un lento camino por mi cuerpo enfebrecido. Me lame las puntas de los pechos, se los mete enteros en la boca, y por primera vez en mi vida, con sus manos en mi cuerpo, venerándolo, no siento que esto es insuficiente.

Siento que es demasiado.

El deseo me abrasa por dentro como lava líquida y, cuando noto que me busca, pero sin entrar, un quejido de protesta escapa de mis labios.

—No puedo más, por favor. Necesito que entres.

—Créeme, estoy deseando estar dentro de ti.

Agarra los vaqueros, busca algo en el bolsillo y veo que saca un condón. Se lo enfunda deprisa, y luego se mueve hacia abajo, su lengua aferrándose a cada centímetro de piel que encuentra, sus dedos restregándome los pezones.

Cierro los ojos al sentir su barba incipiente rasparme el muslo. Su lengua humedece mi piel, un camino lento y eléctrico hasta mi pelvis.

Me revuelvo, lo tiro del pelo y suelto otro sonido de protesta.

Y entonces su lengua vibra sobre mi clítoris y todo oscurece.

Soy toda sensaciones. Pulso en los oídos y entre las piernas. Respiración irregular.

El deseo palpita en mí con un fervor que nunca creí posible.

—Hastings…

—Aguanta un poco —murmura, arrojando su aliento cálido contra mi piel mojada—. Quiero estar dentro de ti cuando te corras.

—Puedo correrme más de una vez. Mi ex me llamaba multi Debby.

(Nadie me ha llamado nunca así. Solo estoy tocándole las narices).

—No me hables de tu ex. Soy demasiado inseguro.

Entra de golpe, y mi cuerpo se lo traga entero.

Madre mía. Ya no quiero fastidiar. Solo quiero… más. Más de esto. Más de él.

Me hace doblar una rodilla, se detiene y vuelve a encajar la mirada en la mía.

—Hola —me susurra, maravillado.

Se me escapa una sonrisa tonta.

—Hola.

Acerco su rostro al mío y lo beso sin poder contener el hambre, y lo siguiente que sé es que me inmoviliza las muñecas con una sola mano y me está follando en el sofá de un piso de AirBnb de San Francisco con los ojos clavados en los míos y empujones fuertes y profundos que me hacen estallar en el orgasmo más brutal que he experimentado jamás.

—Ethan —murmuro, arqueándome para presionar las caderas contra las suyas todavía más—. Madre mía, no pares. No… se te ocurra… parar.

Entra y sale de mí con embestidas furiosas, y yo sigo vibrando, gimiendo y contrayéndome a su alrededor. Cualquier atisbo de control se me escapa entre los dedos. Lo quiero todavía más dentro. Mis músculos no dejan de aferrarse a él.

—Joder, Debby. Como no dejes de apretarme así…

—Venga, córrete para mí. Enséñame cómo lo haces. Quiero verte perder el puto control.

—Mierda. No me provoques. Ya bastante me cuesta aguantar.

—Pues no aguantes.

—Quiero aguantar.

Sus acometidas firmes y controladas me clavan en el sofá.

Desliza la mano bajo mi cuerpo, me agarra el culo con fuerza y me frota contra él.

Estoy tan mojada que la fricción produce un sonido húmedo que me excita aún más.

Vibro, me contraigo, y recibo ansiosa cada estocada.

Sus ojos verdes siguen bebiendo de los míos.

—Es este el ritmo que te gusta, ¿eh? —murmuro con la voz quebrada—. ¿Así es cómo has querido follarme siempre? Dime, ¿cuántas veces te has imaginado a ti mismo dentro de mí?

No lo aguanta más. Se corre con un gruñido fuerte y la boca en la mía, y yo me trago todos sus gemidos.

Y entonces lo beso, despacio, suave, con una ternura que me parece fuera de lugar.

—Eres una pequeña calientapollas —me dice cuando se le sosiega el aliento.

Me río por lo bajo, le mordisqueo el labio inferior y lo recorro con la lengua.

—Lo mismo digo.

Sigue en mi interior, palpitando, y la verdad es que no quiero que salga todavía.

Tampoco quiero que deje de recorrerme la boca con el pulgar o de mirarme tan absorto. No le cambiaría nada a esta toma. Ha salido perfecta a la primera.

—Yo no caliento pollas —murmura, cogiéndome el mentón entre los dedos—. Coños, en todo caso.

—Esto es Hollywood, Hastings. Todo el mundo calienta pollas aquí.

Su risa suena tan cálida junto a mi oreja que me descubro sonriendo mientras la punta de su nariz me absorbe como si quisiera grabarse esto en la mente.

Me costará desprenderme de él. Se está convirtiendo en mi juguete favorito.

Pero soy una chica de principios firmes.

Yo no juego a las casitas, y algo me dice que él sí quiere jugar.