Vas a casarte con ese tío
Debby
—Ha asado boniatos —le susurro a Sydney—. ¿Te lo puedes creer?
—Debby, sal de ahí cagando leches si no quieres casarte con ese tío.
—¿Eh? Pero ¿qué dices? ¿Te has vuelto loca? ¿O es que te has colocado con la saliva de Mitch? Teniendo en cuenta todo lo que se mete ese tío, no me sorprendería.
—Los boniatos son como las chalotas. Los tíos solo los usan cuando quieren atraparte. Es la artillería pesada de la seducción masculina.
—Menuda tontería. ¿Crees que por comerme su boniato voy a caer rendida a sus pies?
—¿Eres consciente de cómo suena eso?
—Perfectamente.
—Solo quería asegurarme. ¿Dónde está Ethan?
—En el salón, esperando para echarme el polvo de mi vida. Lo más probable, haciendo flexiones para impresionarme. Ya sabes cómo es de narcisista.
A Syd se le escapa una risita.
—¿Y dónde estás tú?
—Encerrada en el baño, hablando contigo.
Pensaba que era obvio. Sydney, nunca pensé que diría algo así, pero necesito que me brindes apoyo emocional.
Por algún motivo he empezado a ponerme nerviosa.
Es culpa suya. Está jugando con mis nervios.
Lo está retrasando todo, y su estrategia funciona.
Es bueno, el cabrón. Me saca ventaja. Es intolerable. ¿Qué hago?
—Debby, eres una mujer. Tú no tienes que hacer nada. A ellos les basta con que estés presente. A veces incluso con que les mires.
—Ja ja.
—¿Ves cómo jode?
—¿Puedes vengarte de mí en otro momento? Ahora estoy demasiado atacada.
—Debster, el primero polvo es el más importante en una relación de pareja. Es normal que estés nerviosa. La clave es la comunicación, el consentimiento y el mutuo resp…
—Para. Ha funcionado. Has dicho relación de pareja y se me han quitado todos los males de golpe. Te dejo. Tengo que tirarme a tu jefe. Él y yo tenemos un polvo pendiente.
—¡Debby! —se indigna al otro lado de la línea.
—Mantén el móvil encendido por si acaso. Aún no he descartado lo de la cárcel. Puede que tengas que pagarme la fianza.
Le cuelgo y salgo del baño, decidida a echarle a ese cabronazo el mejor polvo que le han echado nunca. Pienso poner su jodido mundo patas arriba. Mi cultura inventó el Kamasutra. La suya, las gafas de sol para perros. No haré más comentarios.
—¿Ethan? ¿Dónde estás, pequeño?
—En el salón. ¿Ya estás lista para que te destroce?
Un espasmo de placer repta por todo mi cuerpo.
Madre mía. Esta noche habrá más fuegos artificiales que en un cuatro de julio.
Me paso una mano por el pelo, compruebo la temperatura de mis mejillas —alta, de lo más preocupante, tengo la piel caliente y húmeda— y me echo un vistazo a mí misma para asegurarme de que voy bien así.
Me he puesto su camisa y me encanta porque huele a su colonia pija y a él. Me he pasado toda la cena en un constante estado de excitación. Es como tener el cuerpo de Ethan envolviéndome. Grrr. No he dejado de menearme en la silla como un animal en celo.
Decido desabrocharme el tercer botón para parecer más sexy.
Pensándolo mejor, también el cuarto. No tengo tiempo que perder con remilgos. El cometa se irá en breve.
Enderezo los hombros, compruebo mi aliento —por lo de la mantequilla de hierbas, ¿a quién se le ocurre?— y voy a por todas. Estoy preparada. Más que preparada. Tengo el látigo en la mano. Metafóricamente hablando.
Entro en el salón como si fuera Greta Garbo.
Ethan está repantingado en el sofá. Cruzar una mirada con sus ojos verdes me hace estremecerme.
Me tomo un segundo para saborear la intensidad del momento, la forma en la que crepita el aire que nos separa, la electricidad que cosquillea encima de mi piel, y después echo a andar hacia él.
—Tú primero, Deb Deb.
Pienso que se refiere a que me quite la ropa. Sin embargo, su mano señala la mesa.
Traslado la mirada hacia ahí y… ¿qué cojones?
—¿Qué es eso?
—Scrabble.
Mi cara debe de reflejar muy bien el hastío que siento ahora mismo.
—Dime que estás de coña.
Ladea una sonrisa socarrona.
—Claro que no. Si no vas a suplicar por mi polla, mejor que juguemos a Scrabble.
—¿Haces esto para superar tus complejos fálicos? ¿Te sientes poderoso ahora mismo?
—No. Hago esto porque me divierte. He decidido que para que el juego sea más entretenido, en vez de acumular puntos, vamos a quitarnos prendas.
—O sea, ¿que si te gano me quedo en pelotas?
—Eso es.
—¿Sabes que serías incapaz de ganarme y has tomado precauciones para verme desnuda sí o sí?
—No seas arrogante. A lo mejor gano yo y por fin podrás verme desnudo. Seguro que esas fotos mías te han provocado fantasías eróticas. Dime, ¿tienes una enmarcada en tu mesilla?
—Si no estuviera en clara desventaja, me iba ahora mismo —rezongo tras arrastrar una silla y sentarme al otro lado de la mesa.
—¿Por qué estás en clara desventaja?
—Tú me has visto correrme y yo a ti, no —aclaro mientras me enciendo un cigarrillo.
Su rostro no se mueve, aunque juraría haber percibido la sombra de una sonrisa de deleite sus comisuras.
—¿Quieres que me corra para ti, Deb Deb?
La pregunta me excita de una forma tan brutal que todo mi cuerpo entra en combustión lenta. Se me contrae el abdomen, el corazón se me dispara en el pecho. Nunca había necesitado tanto acercarme a un tío. El deseo me agarra desde muy dentro y me sacude entera. ¿Qué me está haciendo?
Tengo la boca seca, humedad entre los muslos y los pezones tan tensos que me resulta casi doloroso. Tengo ganas de frotármelos con los dedos.
Él baja la mirada, los estudia, erguidos contra su camisa, y ladea otra sonrisa.
—Juguemos.
Lo dice con doble sentido, el muy cabrón.
—Muy bien, Hastings, pequeño calienta bragas. Hagámoslo.
Prepara las fichas y empezamos a jugar.
Veo que se concentra a tope. Será mejor que haga lo mismo.
Compruebo las fichas de mi atril y suelto una maldición. No quiero darle la satisfacción de desnudarme primero —volvería a estar en clara desventaja, porque solo llevo su camisa y las bragas, mientras que él podría empezar quitándose un calcetín—, pero ahí está la palabra: ñoño.
Ñoño, de todas las putas palabras.
Tiene demasiados puntos, y para colmo ha caído sobre una casilla de palabra triple. Puede que tenga que quitarme la camisa y las bragas de golpe. Dios santo.
—¿Deb Deb?
—Cambio fich… ¡No puedo hacerlo! —me vengo abajo—. Soy demasiado competitiva. No puedo dejarte ganar. Ñoño. Hala, me quitaré lo que quieras.
—Quítate las bragas.
Abro los ojos de par en par.
—¿En serio? ¿Las bragas? ¿Por qué? Seguiría vestida.
—Sí, pero no lo estarías.
—Pero no podrías verlo. Tu camisa es lo bastante grande como para taparme.
—Pero sabría que no llevas bragas, y ya se me está empezando a poner la polla dura solo de pensarlo, así que quítatelas.
—Madre mía. Esto vuelve a ser sexo del tuyo.
—Algún día tendremos del tuyo.
—Ni lo sueñes. Esto no se repetirá. Más vale que lo saborees hoy. Te toca.
Forma la palabra elfo.
—¿Qué me quito?
—La camiseta.
—Llevas un tiempo deseándolo, ¿a que sí?
Respondo arqueándole una ceja.
Sonríe, se quita la camiseta y la deja a su lado en el sofá, dobladita. Tengo que abofetearme mentalmente para cerrar la boca. Sabía que estaba bueno —tengo ojos en la cara, y nos hemos abrazado en su piscina—, pero ahora es diferente, por algún motivo.
—Hay que ver lo que le hacen los boniatos al cuerpo masculino —digo, y él se echa a reír.
—Sigamos.
Los dos sabemos que, en cuanto forme la primera palabra, me quedaré en pelotas.
La idea me excita y me aterra a partes iguales.
Pongo madre, y él me mira fijamente, con esos ojos de un verde hambriento desnudándome sin prisas.
Ya ni pregunto. Empiezo a desabrochar botones.
—¿Qué haces?
—¿Quitarme la camisa?
—No te he dicho que te quites la camisa.
—¿Y qué me quito? No tengo nada más.
—Una pulsera.
Miro las ocho pulseras hippies que llevo.
—¿Vas en serio?
—Ya te lo he dicho. Quiero saborearlo.
Su voz grave y oxidada me hace volverme de nuevo consciente del tacto que tiene su camisa encima de mis pezones, de cómo me acaricio contra la prenda cada vez que me muevo y de lo frustrante e insuficiente que me resulta.
Su boca lo haría mucho mejor. Ahora ya lo sé, y el recuerdo no deja de atormentarme.
—Nos espera una noche larga —digo, sin dejar de removerme inquieta.
—Seguimos con los entrantes.
—Pues mi cuerpo quiere el postre.
—Habrá que entrenarlo para que aguante. Cuanto más lo demoremos, más gratificante será. Deja que se te acumule el deseo, Deb Deb. No tengas prisa por detonarlo. Saboréalo. ¿Notas el aire cargado? Yo tengo la polla dura, pero me contengo.
—Me estás excitando a propósito porque eres un sádico de mierda.
—Créeme cuando te digo que soy bastante masoquista. Follar —dice, con los ojos en los míos.
—Estabas deseando poner esa palabra.
—Desde hace años.
—¿Por qué tanto interés en mí, Hastings? Podrías tener a cualquiera.
—No quiero lo que puedo tener.
Sonrío y sigo jugando.
Sus ojos me buscan cada dos o tres segundos. Esto es más intenso que el sexo.
No me toca y estoy a cien.
Cuanto nos acabamos las fichas, sigo llevado la camisa puesta. Me ha hecho quitarme las pulseras, los anillos y los pendientes.
Él, que no llevaba accesorios, está completamente desnudo.
Y ahora estoy aquí, deleitándome con la imagen de su cuerpo. La piel tersa y bronceada. Cada ondulación de sus músculos. El suave vello dorado que oscurece según bajo la mirada. La tiene dura, no mentía, y observo con deseo la punta rosada mientras me conformo con chupar el cigarrillo.
—¿Vas a follarme esta noche, o piensas seguir con los jueguecitos?
—Depende. ¿Vas a suplicar?
—No.
—Como te he dicho, soy masoquista.
Se levanta del sofá y yo de la silla.
Viene hacia mí. Sus ojos me clavan en el sitio. Estoy tensa y húmeda por su culpa desde hace un buen rato.
Mi cuerpo entero palpita de deseo. El placer y la frustración se entremezclan en una combinación exquisita que me tiene vibrando por dentro. No dejo de apretar los músculos internos. Me siento demasiado vacía.
Quiero sus jodidas manos en mi cuerpo, pero no pienso suplicar. No lo haré.