Mil y una noches
Ethan
—¿Quieres cambiarte? —le digo al verla colocarse el vestido una vez más. Es sexy, pero la noto incómoda. Estaría mucho mejor con mi camisa puesta.
O sin ella.
—No traigo maleta. Tu chofer no mencionó que iba a pasar la noche fuera de casa.
—¿No te dijo que íbamos a cenar en San Francisco?
—Sí. Me lo dijo.
—¿Y qué pensaste, que volverías enseguida?
—No sé lo que pensé. Estaba cabreada.
—¿Por qué? —pregunto mientras descorcho una botella de vino.
—Ya no lo recuerdo.
—Mentirosa.
Sirvo dos copas y le doy una a ella.
El piso tiene vistas a la bahía, y Debby se coloca delante de la ventana para contemplarlas.
Me acerco a ella por detrás y la rodeo con el brazo que me queda libre. Los dos sorbemos vino en silencio, con los ojos vagando sobre el agua azul que tenemos delante.
Percibo su olor, y que empiezo a empalmarme. Lo de anoche fue un suplicio. Me arrepentí en cuanto llegué a casa. La tenía tan dura que no había forma de dormir. Al final tuve que arreglármelas solo.
—¿En qué piensas? —le susurro, acariciándole con la nariz el lóbulo de la oreja.
—En qué cojones hago aquí.
Sonrío contra su pelo.
—¿Y qué cojones haces aquí?
—No lo sé.
—Pero si tú siempre lo sabes todo, listilla.
Me saca el dedo y yo río entre dientes y la giro entre mis brazos.
Dejo mi copa sobre una mesa redonda, le quito la suya de la mano y la dejo también, y la atraigo hacia mí hasta que sus brazos terminan rodeándome la cintura.
Le saco por lo menos veinte centímetros. Es muy bajita, casi frágil a mi lado. Siento la necesidad de protegerla, y es algo que nunca había sentido por nadie.
—¿Sabes por qué estás aquí, Deb Deb? Porque tú tampoco has podido dejar de pensar en lo de anoche.
Noto que respira más deprisa, y reprimo una sonrisa.
—Has venido a por más —continuó, acercando la boca a su oído.
Se estremece y percibo que ahora tiene dificultades para respirar.
Trazo el contorno de su boca con la yema del pulgar y un gemido muere en alguna parte de su garganta.
—Lo haremos una sola vez —aclara, con los ojos encajados en los míos como anoche.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo te creo.
Entreabro los labios como si fuera a besarla. Ella me imita.
La energía que ruge entre nosotros es innegable.
—Deja de jugar conmigo —protesta.
En cuanto pongo la boca encima de la suya, nuestras lenguas salen disparadas y se encuentran en un baile húmedo y carnal. Los dos dejamos escapar un sonido hambriento y nos apoyamos en el cuerpo del otro.
Muevo las manos para rodearle el rostro y tomo un control implacable sobre el beso. La acaricio, con la lengua, las palmas, los labios. La absorbo. La devoro. Sé que quiere más, y odio pararme.
—Lo siento, pequeña. Tengo que ducharme y preparar la cena.
—No se te ocurra llamarme pequeña.
Sonrío de camino al baño.
—Vale. Pequeña.
—Eres exasperante.
—Te encanta que te exaspere. Te excita. Coge cualquier cosa de mi maleta y póntela. Ese vestido tiene pinta de ser incómodo. Y no te pega mucho. ¿No será de Sydney? ¿Has cogido ropa prestada para impresionarme?
—A mí no me des ordenes, ¿eh?
—Solo era una sugerencia.
—Dicha con autoridad.
—Me paso la vida ladrando indicaciones a la gente. Tengo que sonar autoritario o se me suben a las barbas. Ahora vuelvo.
Voy a la habitación, me quito la ropa y me meto en la ducha sin más preámbulos. Gruño al ver lo que me ha hecho con un solo beso. Hoy no puede repetirse lo de ayer.
Me niego.
Tardo poco en ducharme y vestirme.
Cuando vuelvo al salón, algo se me calienta en el pecho al ver que se ha puesto la camisa que he dejado encima de la cama antes de meterme en la ducha.
—La he llevado todo el día. ¿No prefieres una limpia?
—No.
Me la quedo mirando con una sonrisa que no he conseguido reprimir a tiempo.
—Vale. ¿Puedes decirme por qué?
—No.
—Muy bien. Voy a preparar la cena.
—Te acompaño.
—Tráete el vino.
Coge las dos copas y me sigue a la cocina.
—¿Tienes el móvil a mano? —pregunto mientras voy sacando la compra de la bolsa de papel. Pasé por el supermercado antes de ir a recogerla.
—Sí.
—Pon algo de música.
—Como sigas dándome órdenes, me marcho.
Me giro hacia ella riéndome.
—Perdona. Es un defecto profesional. Por favor, ¿podrías poner algo de música?
—Bueno, sí me lo pides así —dice, coqueta—. ¿Qué quieres que ponga?
—Escoge tú esta vez.
Se sienta en la encimera a mi lado y tarda un buen rato en decidirse por una canción. En eso nos parecemos.
Dejo de cortar boniatos al reconocer los primeros acordes. No puedo evitar sonreír.
—A ver, ¿qué he puesto? —me provoca.
—Dancing barefoot, de Patti Smith.
—Pues sí. Has acertado.
—¿Sorprendida?
Se encoge de hombros.
—Tú siempre me sorprendes. ¿Qué es eso?
—Boniatos.
—¿En serio? ¿Quién usa boniatos?
—Pues… ¿yo?
—¿Qué vas a hacer con ellos?
—Asarlos.
—Asarlos.
—Hm-hm.
—Fascinante. ¿Y qué vamos a cenar, además de boniatos asados?
—Entrecot con mantequilla de hierbas.
Se me queda mirando.
—¿Qué te hubiera costado hacer espaguetis?
—Quiero impresionarte.
—Eso ya lo sé. Lo que no tengo tan claro es por qué.
Dejo el cuchillo sobre la tabla de cortar, me acerco a ella y le separo las rodillas lo justo como para encajar mi cuerpo en el hueco.
Sus ojos dorados me evalúan en silencio. Apenas si respira. Ya es mía, lo noto. Esto se le ha ido de las manos. No puedo evitar sentirme complacido. Los Hastings no estamos diseñados para perder.
—Dímelo tú —le susurro.
Mueve el brazo y me echa un mechón de pelo hacia atrás. Le sonrío.
—No aguantas la idea de que las mujeres no estén enamoradas de ti.
—¿Tú no lo estás?
—Pues no.
—¿Eso te dices a ti misma?
—No vayas de flipado conmigo.
Arrastro el dedo por el borde de su labio inferior y a ella se le calienta la mirada.
Con una sonrisa a medio esbozar, hundo los dedos en su pelo y atraigo su boca hacia la mía.
La beso con lentitud, jugando con su lengua, y sé que ella está cada vez más perdida en esto y que solo es cuestión de tiempo hasta que se lo admita a sí misma.
—Ya está bien de entretenerme, Deborah. Tengo que hacer la cena.
—Si hubieras pedido pizza, ya estaríamos follando.
—¿Dónde estaría la gracia?
—Rarito.
—Por cierto. He conseguido a tu chico —le digo tras encender el horno.
—¿Mi chico?
—El de Broadway.
—¿En serio?
—Mm-hm. Ha firmado el contrato ya.
—¿Te ha costado mucho dinero?
Me quedo mirando sus ojos dorados y su sonrisa, y pienso que ha merecido la pena cada centavo.
—¿Qué más da? Es nuestro.
—¿Es nuestro?
—Es nuestro —le susurro, cada vez más cerca de ella.
Chilla, entusiasmada, y se me tira encima. Casi perdemos el equilibrio.
—Eres una salv…
Me besa antes de que acabe la frase, y ya no me importa terminarla.
*****
Cenamos cara a cara en el salón, sin dejar de mirarnos. Esto también es una forma de hacerle el amor. Con los ojos, que no se apartan su piel. Con los dedos, cada vez que le acaricio los nudillos. Con la voz, cuando le hablo bajito. Y con el silencio, que lo dice todo.
Sé que lo disfruta. Disfruta mientras prueba mi comida. Mientras bebe el vino que he elegido para ella. Mientras se deja envolver por mi mirada, que la desnuda sin prisas.
—Me olvidé de las velas —digo, fastidiado.
—¿Vas a ir a por todas?
—Siempre voy a por todas. Soy un Hastings. ¿Más mantequilla?
—Paso. De todo.
—No puedes pasar, Deb Deb. Yo siempre consigo lo que quiero.
—¿Y por qué cojones me quieres a mí?
Mantengo el rostro serio, salvo por la pequeña sonrisa que me cuesta refrenar cuando estoy con ella.
—Eres la princesa Jasmín.
Arruga mucho la cara.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que acabo de decir.
—¿Y qué coño significa es lo que acabas de decir?
Me encojo de hombros.
—Si cenas conmigo mil y una noches, quizá te lo cuente.
—Mil y una noches son demasiadas noches.
—El tiempo es nuestro, pequeña.
—Estás zumbado —dice, riéndose—. Ya te lo he dicho. Tú y yo somos cosa de una sola vez en la vida. Como el cometa Hale Boop.
Tomo un sorbo de vino sin apartar los ojos de los suyos.
—¿Y si lo hago demasiado bien?
—Ja. Mira que eres engreído. Me he acostado con muchos tíos, y te advierto de que algunos han dejado el listón muy alto.
Es una fanfarrona. Eso ya lo sabía.
—Entonces estamos igualados. Según tú, yo me he cepillado a media California.
—Mucho no es sinónimo de bueno, Hastings.
—Haré que supliques por mi polla esta noche.
—Sigue soñando, cabronazo.
Le sonrío, y ella me devuelve el gesto.
—Dime, Deb Deb, ¿este es el momento cinematográfico anterior al gran polvo?
—Más vale que sí. He cogido un avión. Una mujer me ha cacheado en el aeropuerto. Siempre me ocurre. Debo de tener cara de terrorista.
Suelto una carcajada.
—Tienes una cara preciosa. ¿Vas a dejar que te grabe algún día?
—¿Quieres hacerlo? —se sorprende mientras se enciende un cigarrillo.
—Claro que quiero.
—¿Por qué?
—Por mil y un motivos, que te diré en cada una de nuestras cenas.
—No vamos a cenar juntos mil y una noches.
No sé qué película porno exótica te estás montando en esa cabeza tuya de pervertido, pero esta es nuestra última cena a solas.
Cómete el entrecot, fóllame y acabemos con esto.
Nuestra relación ha llegado a esos niveles de crispación que necesitamos echar un polvo por el bien del arte.
Hay que acabar con esta tensión absurda que ruge entre nosotros.
—Yo lo llamo amor.
—Porque tú te caíste de la cuna de pequeño. La nanny debía de estar colocada. Es lo malo de California. La gente está colocada a todas horas. El símbolo de nuestro estado debería ser una hoja de maría.
Río bajito, y al final ella de estar tan gruñona y me sonríe.
Me doblo sobre la mesa, le cojo el cigarro de la mano y me lo encajo en la boca.
Me observa a través de las pestañas cargadas de rímel.
Cuando la grabe, nada de maquillaje. Tengo muy claro la película que quiero hacer. Está todo más que estudiado.