Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Declaración de independencia #2
64%

Declaración de independencia #2

Y lo peor de todo es que lo es. Es muy sexy. Súper sexy. Más sexy de lo que quiero que sea.

Esa barba incipiente le concede un atractivo rudo, casi salvaje.

Atractivo en plan: quiero montármelo con él en la sala de maletas.

Es evidente que Ethan Hastings no necesita cámaras ni focos para ser el centro de atención. Su simple presencia llena el espacio de una forma aterradora.

Joder, no puedo dejar de mirarlo. Me tiene atrapada.

—¿Te has puesto este vestidito para mí?

Hasta que habla y lo jode todo.

—¿Tú te chutas? Me lo he puesto porque tengo cosas que hacer luego.

Lo veo reprimir una sonrisa.

Es intolerable. Sabe que me he arreglado para él. Voy a cargarme a Syd. Esto es culpa suya. Me obligó a ponerme guapa. Yo no quería. Me opuse. Pretendía ir en vaqueros para conservar poder mental. Ahora estoy en clara desventaja. Yo me he arreglado y él viene directo del rodaje.

—¿Qué cosas tienes que hacer luego?

—Cosas que no te conciernen. ¿Quieres explicarme por qué he tenido que subirme a un coche y a un avión por tu culpa?

—¿Te ha molestado?

—Muchísimo.

—Pero aquí estás.

Tengo sus ojos en los míos y el pulso acelerado. Los dos sabemos que tiene razón. Aquí estoy. Sobran las palabras.

—¿Por qué querías verme? —cambio de tema. Odio que la voz se me haya suavizado tanto. Es como si me hubiera vuelto razonable de repente.

—Te echaba de menos —responde mientras echamos a andar hacia la salida.

Mi estúpido corazón no podría latir más deprisa.

—¿Qué vamos a hacer?

Intento arrastrar la conversación hacia lugares más neutrales. Los temas sentimentales me angustian.

—Cenar, irnos a la cama pronto…

—¿Irnos a la cama pronto? ¿Tú de qué vas?

—Llevo todo el día rodando, y aún no hemos acabado la escena. Estoy hasta la polla.

—¿Que estás hasta la polla? —repito, y le doy un golpecito en el pecho. No se inmuta, se limita a abrirme la puerta de un Porsche que no es el de siempre. Este es plateado, casi futurista—. Capullo, que he tenido que subirme a un avión para venir a verte.

—Lo sé. Y me encanta que lo hayas hecho.

—Le encanta que lo haya hecho —protesto, irónica.

—¿Con quién hablas?

—Con los dioses. Soy india.

Sonriendo, me coge por la cintura, me acerca a él y me atrapa la boca con la suya.

Intento resistirme, pero es tan persuasivo que al final me rindo y le devuelvo el beso porque, admitámoslo, llevo veinticuatro horas fantaseando con hacerlo. Me ganó en el juego de ayer y lo sabe.

Si nos hubiéramos acostado, lo habría echado de mi cama en cuanto terminara el sexo.

Pero no me dio lo que quería, lo cual me obligó a pasarme todo el día pensando en él. Es escalofriante lo bien que se le da la seducción.

Más escalofriante aún es lo bien que besa. No, en serio. Podría besar a Ethan Hastings por el resto de mi vida sin aburrirme.

—Vamos —me susurra, frotando los labios contra los míos una vez más—. Estoy deseando llegar a casa y pegarme una ducha.

—¿Tienes casa en San Francisco?

—Es un piso de AirBnb.

Lo miro mientras rodea el coche y se sienta tras el volante.

—¿Subes, o piensas quedarte aquí?

Hago una mueca antes de rendirme —vaya novedad— y subir al coche.

El sol empieza a ocultarse detrás de los árboles cuando nos incorporamos a la autopista.

—¿Qué peli estás haciendo?

—Un thriller erótico.

—Por supuesto que sí. ¿La asesina es la amiga de la chica?

Su rostro se gira hacia el mío.

Hoy no lleva las gafas de sol puestas, y hay algo en su mirada que me hace pensar en las escenas más íntimas de sus películas. Ese verde esmeralda, tan profundo que podría atravesarme, esconde una mezcla magnética de deseo y vulnerabilidad que echa abajo mis defensas.

—¿Cómo lo has sabido?

—Siempre es la amiga de la chica.

—El próximo guion lo escribes tú, para sorprendernos a todos.

—Podría hacerlo. En serio. Podría.

—Sé que podrías —murmura, devolviendo la atención a la carretera.

Lo observo callada, con el pulso en los oídos.

El sol le arranca destellos dorados a la barba que enmarca su rostro. El desaliño le sienta demasiado bien. Tan bien que se me seca la boca.

¿En qué estará pensando? Descifrarlo se ha convertido en mi pasatiempo favorito.

El cabello castaño tostado le cae sobre la frente de una forma que empieza a resultarme familiar. Me pregunto si se lo habrá estado desordenando con los dedos mil veces hoy mientras buscaba el encuadre perfecto. Ha debido de tener un día frustrante en el trabajo.

Me tenso cuando mueve el brazo, me coge la mano y se la lleva a los labios.

—¿Qué haces? —murmuro.

Me estremece el beso que planta en mi muñeca, justo donde más late mi pulso.

No me contesta, aunque ya da la mismo.

Mi vista recorre ansiosa su fuerte mandíbula y su carnosa boca. Algo en mi interior empieza a aflojarse.

El último gramo de resistencia que me quedaba en el cuerpo se acaba de ir a la mierda.

Yo tenía un plan de venganza muy bien perfilado. Iba a ser cruel y sádica a más no poder.

Pero ahora mismo solo quiero montármelo con él. Lo demás me da igual.

—¿En qué piensas? —vuelvo a decirle.

—En que eres lo mejor que me ha pasado hoy, Deb Deb. Y… en mucho tiempo.

Estoy jodida.

No, qué va.

Estoy jodidísima. Porque me gusta mucho. El puñetero Ethan Hastings me gusta un montón.