Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Declaración de independencia
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Declaración de independencia

Debby

—¿Por qué estás tan de malas pulgas hoy? —me intercepta Sydney en la cocina—. Te he oído maldecir desde mi despacho.

—Esta cafetera es una mierda. George Clooney nos ha estafado.

—No es culpa de George. Lo estás haciendo mal. Mira. Retiras, echas la cápsula nueva, aprietas y… voilà. Sale el café enseguida.

—Guardarte la sonrisita. No tengo el ánimo.

—¿Qué te ocurre, a ver?

—¿Recuerdas lo que quería hacerle a Hastings?

—¿Poseerlo salvajemente encima de su mesa?

—Lo otro.

—¿Poseerlo salvajemente en su jacuzzi?

—Sydney, concéntrate. No estamos escribiendo el guion de una película guarra.

—Pues no sé qué era lo otro —se irrita.

—Poseerlo salvajemente y pasar de su culo, claro está.

—Ah, sí, ahora lo recuerdo. Tu plan sádico.

—Pues ese mamón se me ha adelantado. Ahora el sádico es él. ¿Te lo puedes creer?

—¡¿Te has acostado con Ethan?! ¿Y por qué no has empezado por ahí?

Recojo mi taza gruñendo, y ella me sigue hasta la mesa dando saltitos. En cuanto nos sentamos, me enciendo un cigarrillo y le doy una calada furiosa.

—No me he acostado con Ethan, Sydney. Ese es el puñetero problema.

—Yo ya no entiendo nada.

—Íbamos a hacerlo. Yo estaba abierta de piernas. Dispuesta a montármelo con él, lo cual ya es mucho, porque él es él y yo soy yo.

—Claro. ¿Cómo no se me había ocurrido? Eres muy elocuente, señorita guionista.

—Cierra el pico. El caso es que el muy capullo va y se detiene después de provocarme un súper orgasmo de tercera base.

Por lo visto, quiere disfrutarlo. ¿Te lo puedes creer?

Se ha largado sin metérmela. Ahora él ya sabe el aspecto que tengo cuando me corro, mientras que yo ignoro por completo el aspecto que tiene él cuando lo hace.

—¿Y eso es un problema porque…?

—Es evidente. Me coloca en clara desventaja.

Y ni siquiera me ha llamado a la mañana siguiente.

¿Este capullo de qué va? Yo no tengo tiempo para sus tonterías.

Soy una mujer muy ocupada. No espero que lo comprenda.

Él se pasa el día tocándose los huevos y gritando corten.

No tiene ni idea de lo difícil que es crear arte.

Arte que mendrugos como él destrozan en post producción, por cierto.

—¿Es que quieres que te llame? —me provoca en tono meloso.

—No, Sydney. No quiero que me llame —le respondo, exasperada—. Lo que quiero es colgarle en las narices. Y no voy a poder hacerlo como no se digne a llamarme.

—Qué jueguecitos os traéis entre manos siempre. ¿No te resulta agotador?

—Pues no.

—Yo necesito estar en una relación sana y madura, con buena comunicación.

—Sí, vi muy buena comunicación cuando Mitch se largó en mitad de la noche dando un portazo.

—Puede que necesitemos terapia de parejas.

—Sydney, deja de decir tonterías. Ese tío no iría a terapia ni muerto.

—Me parece que tienes razón.

—Claro que tengo razón. Siempre tengo razón. Soy como mi madre. Igual de irritante y sabionda.

—Doy fe. ¿Qué vas a hacer con Ethan?

—Nada, como no llame.

—¿Y el guion? ¿Cómo va?

—Viento en popa. Anoche estaba tan furiosa con él que plasmé muy bien la ira de Marianne hacia John.

—Expulso humo hacia un lado y aplasto la colilla en el cenicero—.

Ya lo verás cuando lo leas. Que Ethan me haga sentir todo un volcán de emociones le viene bastante bien a mi trabajo, no voy a negarlo.

—Y, a ver si lo adivino: te lo montas con él solo por amor al arte.

—Desde luego. Así no tengo que inventarme nada. Es una herramienta de trabajo muy útil. Pienso quedármelo hasta que termine el guion. Luego ya me desharé de él.

—¿Es lo que te dices a ti misma para conservar poder mental?

—Oye, que la petulante aquí soy yo.

—¿Hola? —nos llega una voz masculina desde el pasillo—. ¿Hay alguien?

Syd y yo intercambiamos una mirada confundida.

—¿Esperas a alguien? —me dice.

—No. ¿Y tú?

—Tampoco. ¿Nos estarán atracando?

—No digas tonterías, Sydney. Lo más valioso que tenemos es esa cafetera, y es una mierda.

—No es una mierda. Es que no sabes usarla. Te dije que te leyeras las instrucciones. Pero tú solo lees a Cioran para poder deprimirte después. Hola —le dice toda simpática al tío que aguarda junto al mostrador en el que ya no hay ninguna recepcionista.

(No podríamos pagarla).

—¿Por qué le sonríes? —me indigno—. A lo mejor nos está atracando.

—Acabas de decir que no tenemos nada de valor.

—Pero él no lo sabe.

—Perdonen que las interrumpa. No las estoy atracando. Estoy buscando a la señorita Debby Nair.

—Soy yo.

—¿Por qué dices que eres tú? ¿Y si es de Hacienda?

—¿Y qué? Estamos arruinadas. ¿Qué impuestos vamos a pagar si no generamos ingresos?

—También es cierto —admite Syd—. En mi familia somos un poco reacios a pagar impuestos. Papá dice que eso solo lo hacen los comunistas y los tontos.

—Sydney, tu padre es un cabronazo. No hace falta que me lo recuerdes cada tres minutos. Dejó nuestro estudio en manos de ese capitalista con buenos abdominales. Hay que ser cabronazo para hacer algo así.

—Vuelvo a interrumpir. No soy de Hacienda. Me manda el señor Ethan Hastings. Está rodando en San Francisco, y quiere cenar con usted, señorita Debby, esta noche. Estoy aquí para llevarla.

—¿Por qué no podía ser un atraco con violencia? Fíjate, así nos hubiéramos librado de esa mierda de cafetera que compraste. El café es malísimo. Clooney te ha estafado. Se lo diré la próxima vez que lo vea.

—Es súper romántico que el capitalista con buenos abdominales haya mandado a su chófer para recogerte como si fueras Cenicienta —se entusiasma Sydney a mi lado, ignorando mi pullita sobre la cafetera.

—Vomitivo, más bien. Dígale al señor Hastings que prefiero el suicidio a cenar con él.

—No le diga eso a Ethan. Perdone, ¿nos concede un momento? Haré que mi amiga entre en razón. A veces es un poco temperamental. Se suicida muy a la ligera.

—Claro. Estaré fuera.

—No le digas que soy temperamental. Yo no soy nada temperamental. Y me tomo el suicidio muy en serio, para que lo sepas. Nunca me suicido por tonterías. Lo hago por principios éticos o morales.

—Eres súper difícil. Y una neurótica. Da gracias de que ese hombre aún quiera cenar contigo.

—La que no quiere cenar con él soy yo —aseguro, cruzándome de brazos—. Y más después de lo que hizo anoche.

—¿Y cómo vas a vengarte? ¿Evitándolo?

Maldita sea. Creo que tiene razón.

—Es intolerable. ¡Odio San Francisco! Hay demasiada humedad.

—Te echaré laca en el pelo.

—No vas a peinarme, Sydney. No soy tu Barbie Malibú.

—Para las venganzas hay que ponerse guapa.

—No necesito ponerme guapa. Soy lista.

—Y eso les encanta a los tíos. ¿Cuántas veces no los hemos oído decir que se han enamorado de una chica con un par de neuronas así de grandes?

—Me sacas de mis casillas, Marilyn.

—Lo mismo digo, Morticia. ¿Puedo peinarte ahora?

—Está bien. Pero nada de pintalabios. No quiero que piense que me he esforzado.

—Te pondré el rojo de Chanel. Me gusta el efecto que provoca en tu cara.

—No sé para qué me molesto.

—Ni yo tampoco. Si ya sabes que siempre me salgo con la mía. Fui capitana de las animadoras en el instituto. Estoy acostumbrada a mandar.

*****

Tras dos horas en casa de Sydney —me ha obligado a probarme todo su armario, que es colosal— estoy lista para irme a San Francisco.

Lista teniendo en cuenta mis estándares.

Syd no está del todo conforme. No deja de dar vueltas a mi alrededor y de fruncir la nariz. Hay algo que no la convence.

—¿Seguro que no quieres depilarte? Tardo un periquete.

—No pienso depilarme nunca más. No voy a esforzarme para cumplir con las expectativas de ningún hombre. Tendré que redactar una declaración de independencia y hacérsela llegar a mis futuros amantes.

—Puedes depilarte para ti misma. Para sentirte sexy.

—No es necesario. Yo me siento sexy cuando tengo el látigo en la mano.

Metafóricamente hablando. O eso creo. Todavía no he probado lo otro.

Escucha, puede que te llame desde la cárcel para que me pagues la fianza, así que no apagues el móvil como haces siempre que le das al fornicio —le digo mientras Cal, el chófer de Hastings, espera paciente a que suba al puñetero coche—.

Esta noche podría ocurrir cualquier cosa.

Hastings ha abierto un portal que aún no sé adónde conduce.

¿Una dimensión parecida a la nuestra, o el caos primordial desatado?

No hay forma de saber. Nuestra dinámica se ha vuelto imprevisible desde que nos ha dado por morrearnos y cosas peores.

Es increíble que me ponga cachonda precisamente él.

Creo que los dioses me están castigando por mi insolencia.

Tendré que pedirle a la tía Meena que compruebe el horóscopo para ver si este sufrimiento acabará pronto.

—¿Por qué tenías que escoger el único vestido oscuro que tengo? Con el rosa salmón estabas sensacional.

—He escogido el morado porque es mi segundo color favorito después del negro. Los tonos oscuros van a juego con mi alma, Sydney. El rosa salmón es cosa tuya.

—Bueno. Vale. Te lo compro. Pásalo bien. Mándame alguna foto tuya con Ethan comiendo espaguetis como la dama y el vagabundo.

—¿Para qué? Ya te lo contaré todo cuando me saques de la cárcel.

Le guiño el ojo —ella niega exasperada— y subo al coche.

—Cal, ¿cuánto vamos a tardar hasta San Francisco? —digo mientras me pongo los auriculares y busco una lista de reproducciones decente en Spotify.

—Hora y media. Más o menos.

—¿Hora y media? ¿Desde Beverly Hills? ¿A qué velocidad tiene pensado ir?

—Hasta el aeropuerto, a la que marque la ley.

—¿Aeropuerto? Esta noche me enchironan sí o sí.

*****

—Eh. Tú. Capullo.

—Te dejo. Mi cita ya está aquí.

—¿Cita? No te lo flipes.

Hastings cuelga el móvil, se inclina sobre mí y me planta un beso en los morros. Ha venido a recogerme del aeropuerto. Sí, sí. Muy romántico. ¿Y a mí, qué?

La gente nos está mirando porque yo voy súper emperifollada —me cargaré a Syd en cuanto salga de la cárcel, lo juro—, y él lleva vaqueros y una camisa blanca de lino con los primeros botones desabrochados.

La negligencia calculada le sienta demasiado bien y lo sabe. Seguro que se siente sexy.