Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Practicando el amor
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Practicando el amor

Ethan

Estoy acostumbrado a que los actores me llamen en plena noche. Unos, porque su terapeuta no contesta. Otros, porque han perdido la maría y la necesitan ya, bajo la amenaza de que, sin ella, no habrá manera de aprenderse el guion.

Que sea Debby quien me llame a las dos de la madrugada es tan insólito que tardo veinticinco minutos en ponerme lo primero que pillo y plantarme en su casa.

No sé por qué necesita verme a estas horas. Ni por qué su voz sonaba tan rota y cálida al teléfono. Ethan, ¿puedes venir? Necesito verte. Joder. Si no he llegado antes es porque mi coche no daba más de sí.

Y porque en su barrio no se aparca ni de coña.

Al final dejo el coche en una acera. Dudo que siga ahí cuando vuelva.

La puerta del portal se abre para dejar salir a un yonqui. Aprovecho y entro. Segundo piso, me ha dicho.

Subo las escaleras de dos en dos y llamo con los nudillos.

Oigo pasos al otro lado. Me obligo a relajar los hombros.

Ethan, ¿puedes venir? Necesito verte, dijo ella.

Ethan, ¿puedes venir? Te necesito, entendí yo.

Y ahora estoy a punto de averiguar cuál de las dos versiones es la correcta. Cada historia tiene dos puntos de vista. Tres, si es un trío.

¿Qué coño hago pensando en tríos? Mierda. Estoy nervioso. No sé qué esperar de esta noche.

Se abre la puerta. Trago saliva y los ojos se me van solos hacia abajo.

Joder. Me cago en la puta.

Descalza, con el pelo revuelto como si acabara de salir de la cama, Debby solo lleva una camiseta gris de tirantes que se le pega al cuerpo y unas bragas a juego.

No sabía que el algodón pudiera resultarme tan jodidamente excitante.

Esto es lo más erótico que he visto en toda mi vida. Se acabó el porno. Ya no lo necesito.

Subo la vista hasta su boca y toda la sangre de mi cuerpo se concentra en un único lugar.

Mierda. Esto es muy inapropiado.

Respiro hondo y fijo la mirada en la punta de su nariz. No me atrevo a mirarla a los ojos. Me la imaginaría debajo de mí. Tengo una imaginación desatada cuando se trata de ella.

—Debby. ¿Cuál es la emergencia?

Como no me invita a pasar, me quedo en el pasillo, rígido, con el pulso desbocado y la polla palpitándome por su culpa.

Cierro las manos en puños para contenerme.

Lo único que quiero hacer ahora mismo es tocarla. Me hormiguean las puntas de los dedos solo de imaginar mis manos recorriendo su piel, descubriendo si es tan sedosa como parece.

—No puedo escribir —me dice—. Estoy bloqueada otra vez. Y necesito comprobar una teoría.

—¿Qué teoría? —La voz me suena tan ronca que la noto tensarse a mi lado.

No responde, y entonces levanto la vista hacia la suya.

Sus ojos dorados se clavan en los míos, llenos de electricidad.

—Esta —musita, un segundo antes de que su boca se estrelle contra la mía.

—Joder.

Se me escapa un gemido. Debby responde pegándose a mi pecho como si quisiera fundirse conmigo.

Hundo los dedos en su pelo, le separo los labios y la obligo a aceptar mi lengua. Suspira, arquea el cuerpo hasta apoyarse en el mío y se sacude entera al rozarse contra mi erección.

Intenta retroceder para mirarme —querrá saber por qué me he empalmado solo de verla—, pero la agarro con fuerza por las caderas para que se quede justo dónde está, y consigo que se entregue al beso con la misma pasión que yo.

Nuestras lenguas se encuentran, húmedas y calientes.

En algún momento oigo cerrarse la puerta a mis espaldas.

—¿Has satisfecho tu curiosidad? —murmuro cuando ella rompe el beso.

Tiene los rasgos alterados y los pezones erguidos bajo la camiseta.

Levanto el brazo y le paso el pulgar por encima de uno. Mantiene los ojos encajados en los míos mientras intenta respirar por la boca. Me gusta verla tan excitada. Me gusta saber que esto lo he provocado yo.

—No —me contesta.

Vuelvo a clavar la boca en la suya, un beso todavía más caliente y necesitado que el anterior, y ella vuelve a apretar la pelvis contra la mía.

—¿Y ahora? —susurro, acariciándole los labios húmedos con las puntas de los dedos.

—No.

Le doy la vuelta con brusquedad, encajo su culo contra mi polla y deslizo la mano entre sus piernas para acariciarla por encima de las bragas. Debby se retuerce y apoya la cabeza en mi hombro, lo que me permite pegar la boca a su cuello y reclamar su piel con la lengua y los dientes.

—¿Y ahora? —gruño en su oído.

—Aún no.

Sonriendo, le cojo la mano, la llevo hasta mi entrepierna y presiono su palma contra mi erección. Su cuerpo se estremece en respuesta, y noto que el clítoris se hincha bajo las puntas de mis dedos.

Le clavo los dientes en el hombro, la toco con más intención, círculos lentos y precisos, y ella balancea las caderas como si ansiara mayor contacto. Al final me da lo que quiero: aprieta los dedos alrededor de mi polla y suelta ese gemido que tanto ha estado conteniendo. Sonrío encima de su piel.

—Hastings… —murmura, suplicante.

—Estoy aquí. Estoy deseando follarte. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí —sisea, agarrándomela con más fuerza.

Aparto la fina tela que se interpone entre nosotros y exhalo al sentir la oleada de humedad que se derrama sobre mis dedos.

—No me he depilado —me suelta.

Se me escapa una risita mientras le lamo el lóbulo de la oreja.

—Me da igual.

—No pienso depilarme para ti.

—Mejor. Esto me pone cachondo.

—Eres muy raro.

—Mira quién fue a hablar.

No puedo contenerme y la penetro, primero con un dedo, luego con dos. Suelta el puto gemido más erótico que he oído en toda mi vida y me deja follarla con los dedos. La polla va a estallarme en breve. Estoy al límite. Llevo demasiado tiempo fantaseando con ello.

Provoco sus pezones con la mano que me queda libre y ella me aprieta el miembro con más ganas mientras mueve las caderas para marcar el ritmo que necesita para correrse. La noto tensa, vibrando alrededor de mis dedos. Le falta muy poco, pero esto es demasiado bueno como para ponerle fin tan pronto.

—Aguanta un poco más —le susurro, con los labios pegados a su oreja—. Dos minutos. Solo dos.

—Joder —musita, conteniendo el placer justo antes de que se desbordara en su interior—. Vale. Pero bésame.

Se vuelve entre mis brazos y nuestras bocas colisionan otra vez. Labios, lenguas, manos; nada es suficiente. Por muy cerca que la tenga, necesito estar aún más dentro de ella. Quiero saborearla por completo, probar cada gota.

La levanto en brazos, me la llevo a la primera habitación que encuentro —resulta ser la cocina— y la siento sobre la encimera.

No dejo de mirarla a los ojos mientras le saco los pechos por encima de la camiseta y se los lamo.

—Si esperabas unas buenas tetas, lo llevas claro.

—Tus tetas son perfectas —murmuro, cerrando la boca alrededor de uno de sus pezones sonrosados—. Preciosas. Aunque ya lo sabía. Te tuve entre mis brazos casi desnuda, ¿recuerdas? Estabas mojadita.

—Cerdo.

Río entre dientes, me doblo sobre ella y mi lengua se arremolina sobre las puntas de sus pechos.

Se arquea hacia atrás, hunde los dedos en mi pelo y me los ofrece para que juegue con ellos.

El cuerpo se le pone rígido cuando le mordisqueo un pezón. Vuele a sonar ese sonido erótico que se me incrusta bajo la piel.

—Eres tú, Deb Deb —murmuro al intercambiar una mirada con ella—. Me pones como nadie.

Se muerde el labio y deja que le quite las bragas y deslice la mano por su culo para levantarla hacia mí. Los movimientos son bruscos, y noto que le encanta.

—Estoy deseando probarte. Desde ese día en mi piscina, no puedo quitármelo de la cabeza.

Me puse cachondo solo de abrazarte, la tenía durísima, y sé que te diste cuenta.

Llámame pervertido, pero me gustó que lo notaras y que no te apartaras de mi polla.

Y ahora estás aquí, completamente abierta a mí, preparada para que te folle, y esto me está volviendo loco.

No cierres los ojos. Quiero que me mires.

—Madre mía —murmura, con el labio inferior entre los dientes y una expresión carnal que me dispara el pulso—. Esto es sexo del tuyo.

—¿Prefieres del tuyo? ¿Te hablo de mi madre?

—Cállate. Hoy lo haremos a tu manera.

—¿Habrá un mañana?

—Por supuesto que no.

—Pues tú te lo pierdes.

Me agacho y la pruebo con la boca, y ella, con los pezones erectos, arquea las caderas, me tira del pelo y mantiene la mirada clavada en el techo.

—Si no me miras, no dejaré que te corras.

Baja la mirada hacia la mía con displicencia. Le guiño el ojo y sigo lamiéndola.

Cumpliré mi promesa, siempre y cuando ella cumpla la suya.

—Si no hay contacto visual, paro. Te lo advierto.

—Que te jodan.

—Lo harás.

Me saca el dedo.

Yo a ella también, con parsimonia, pero solo porque pienso usarlo de formas más creativas.

Se lo acerco a la boca para que lo lama.

Me mira desafiante. Le arqueo una ceja para dejarle claro que no es negociable.

Entorna los párpados con exasperación, se lo mete en la boca y pasa la lengua alrededor de la punta. Con los ojos encajados en los míos.

—¿Así es cómo quieres que te la chupe?

Joder.

Se suponía que esto era para ponerla cachonda a ella, no a mí.

—Vas por el buen camino.

—Mm-hm.

Me mordisquea el dedo y yo lo retiro de su boca traviesa y la penetro con él. Sin dejar de mirarla. Sin que ella deje de mirarme a mí.

—¿Te gusta esto?

—Sabes que sí.

—A mí también. Joder, Deb Deb. Esto me encanta. ¿Por qué no lo hemos hecho antes?

—Porque no te aguanto.

—Ya. Bueno, si solo es por eso…

Me acerco a su boca justo cuando empieza a temblar y le busco la lengua sin detener el ritmo de mi mano.

—Ethan…

—Lo sé. Hazlo.

Se deshace entera contra mí. El placer se le escapa de la garganta en un gemido que me trago junto con su aliento.

La beso despacio hasta que deja de estremecerse. Me resisto a dejarla ir.

—Nos vemos, Deb Deb —susurro, retirando los labios de los suyos.

—Espera. ¿Qué?

Reprimo una sonrisa.

—Debby. Dulce Debby. Sirvo cenas de siete platos. ¿Pensabas que íbamos a ir directos al postre?

—¿Estás de coña?

—No. Me gusta ir despacio. Así lo disfruto más. Ya lo irás aprendiendo.

—Esto es increíble. —Baja de la encimera de un salto y me fulmina con la mirada—. Eres todavía más irritante de lo que creía. Y mira que te tenía por un capullo. Pero me equivocaba. Eres un capullo calienta bragas.

Indiferente a su pequeño ataque de furia, me agacho y acaricio a su gato entre las orejas.

—Hola, Fellini. Por fin nos conocemos.

—Muerde, peque. Arráncale ese maldito dedo y te daré una conserva de salmón. Nada de pavo hoy. Me saltaré tu dieta.

El gato ronronea, encantado.

Deb Deb suelta aire por la nariz. Está indignadísima.

—¿Serás traidor? ¿Te has rendido tras unas pocas caricias?

—Es igual que tú.

—¡Fuera!

—No te sulfures. Ya me iba de todos modos.

De todos los juegos que he jugado con ella hasta la fecha, este es mi favorito.

Salgo, cuento hasta cinco y sonrío al oírla tirar algo metálico al otro lado de la puerta. Puede que haya sido el gato, pero lo dudo. Parecía pacífico, a diferencia de su dueña.