Cosas sucias #2
Me conduce hasta la puerta con la mano en la parte baja de mi espalda, pero sin llegar a tocarme.
Algo que me parece todavía peor porque siento un hormigueo en la piel de todos modos.
Cuando me giro para despedirme de él con una frase fría y profesional, ya lo tengo demasiado cerca. Su mirada baja hasta mi boca y sube de nuevo, y el espacio entre nosotros se incendia y desaparece.
No me muevo, y él pone una mano bajo mi mandíbula, me levanta el rostro y me besa otra vez.
Al principio, suave. Luego con clara intención, atrayéndome hacia él hasta pegarme a su cuerpo.
Su lengua roza mi labio inferior y yo abro la boca enseguida y me aferro con los diez dedos a la tela de su camisa.
Noto que sonríe contra mis labios antes de deslizar la lengua a través de ellos. Sabe a piruleta de cereza, y me encanta lo que me hace.
La temperatura del despacho aumenta al mismo tiempo que nuestra excitación. Siento que estoy perdiendo el control.
Sin interrumpir el beso, Ethan me hace retroceder hasta pegarme a la puerta, me encaja contra él y su erección empuja contra mi abdomen.
Me sacudo como si me hubiera electrocutado, y él sigue poseyendo mi boca lenta y profundamente, jugando con mi lengua sin prisas, hasta arrancarme un gemido.
¿Me acabo de rendir otra vez?
—Hasta la próxima entrega —murmura, retirándose, aunque no demasiado. Solo lo suficiente como para que sus palabras acaricien mis labios húmedos.
Separo las pestañas para aguantarle la mirada.
El brillo hambriento que oscurece sus pupilas me hace estremecerme.
—Que te jodan.
Sonríe despacio, levantando la comisura derecha milímetro a milímetro.
—Lo estoy deseando, Deb Deb. ¿O es que no lo has notado?
Me zafo de su agarre, salgo y cierro la puerta con tanta fuerza que lo oigo reírse al otro lado, lo cual hace que me sulfure todavía más.
—¿Y esos pezones? —Ruby me arquea una ceja desde su mesa—. ¿He vuelto a poner el aire demasiado alto?
Suelto un gruñido inarticulado de irritación y salgo pitando.
Esto es intolerable.
*****
—No me extraña que todos los tíos me silbaran por la calle. Esos pezones hubieran puesto cachondo a un monje. Era como llevar pezoneras.
Sydney se atraganta con su café con nata y empieza a toser sin ninguna elegancia.
Estamos sentadas en el patio ajardinado del Polo Lounge, entre la vegetación exuberante típica de las terrazas pijas de California.
Syd lleva un traje Chanel de color rosa palo, con falda mini y chaqueta entallada, gafas de sol negras, muy chic, y un colorete discreto que concede a su rostro un rubor bastante natural. Encaja con el ambiente.
Lo que no es tan habitual aquí es que, bajo la frondosa sombra de los árboles, en mesas de manteles blancos adornadas con pequeños jarrones de lavanda fresca, la gente converse sobre pezoneras.
—¿Y cómo acabaron así tus pezones? —pregunta, socarrona.
Hago una mueca.
Nuestra mesa está pegada a un seto de buganvillas, y prefiero centrarme en la cascada de flores moradas en lugar de contestarle.
—Debby, ¿cuándo vas a admitir que te gusta Ethan?
—Nunca.
Traslado la mirada hacia el grupo de turistas con camisas tropicales a juego, y de ahí hacia las palmeras que se alzan alrededor del patio. La brisa mueve las hojas muy despacio. Sopla un viento perezoso, de esos que invitan a echarse la siesta a la sombra.
—¡Es que hace cosas muy extrañas! —estallo sin poder aguantarlo más.
Bajo sus gafas Vogue aparece una sonrisa de gato Cheshire.
—¿Cosas con la lengua? —me propone, zalamera.
—Sydney. Concéntrate. Me refiero a cosas que me confunden. Prefiero no hablar de lo que hace con la lengua.
Sorbe su café —que cuesta más que un menú completo en otra zona de Los Ángeles— y deja la taza en el platillo.
Su brillo de labios rosa sigue intacto. Ni idea de cómo lo consigue.
—Solo dime una cosa. ¿Es bueno?
—El mejor —admito. Qué remedio.
Chilla de entusiasmo.
La gente vuelve a mirarnos.
—Esto es muy emocionante. El enemigo extranjero y tú. Como en El día que vendrá. Estás decidida a odiarlo, pero no puedes. Porque tiene un piano y estás deseando tocarlo —dice, tan insinuante que escondo el rostro entre las palmas. Las metáforas sexuales nunca han sido lo suyo.
—Mira, no puedo lidiar con todo esto ahora mismo. Iré por partes. Prioridad principal: terminar el puñetero guion.
—Prioridad número dos: follarse a Ethan. Aunque, si quieres saber mi opinión, debería ser tu prioridad principal.
Separo los dedos para mirarla.
—No quiero follármelo.
—Sí que quieres. Lo estás deseando. Sabes que tengo razón. Quieres tocar su colosal piano. Si es que es colosal. Porque podría ser pequeño. Aunque en la piscina no me pareció pequeño. Que no digo que mirara. Vale, sí, de acuerdo, miré. Fue un acto reflejo.
—A veces me pregunto por qué tengo amigos.
—Para que alguien te diga lo que tienes que hacer. Fóllatelo. Va en serio, Debby. El deseo es como la cera. Lo arrancas de golpe y pasas a otra cosa.
Eso llama mi atención lo bastante como para sopesarlo.
—¿Tú crees que puedo hacerlo una vez y luego olvidarme del tema? ¿En plan: no pienso llamarte a la mañana siguiente, capullo?
—Debster, eres una mujer. Nosotras no hacemos eso. Está en nuestro ADN implicarnos. Llamaríamos, aunque fuese por cortesía. Pero puedes probar la masculinización si quieres. ¿Qué otra cosa te queda?
Aprieto los labios con resignación.
—¿Y cómo están las cosas con Mitch?
Syd suspira.
—Complicadas. Se disculpó, pero no sé. Es evidente que tiene problemas para gestionar la ira, y es bastante egocéntrico. Y un poco adicto al sexo.
Arqueo las cejas.
—¿Qué significa un poco adicto al sexo?
—De cinco a siete veces.
—¿A la semana?
—Al día.
Me atraganto con el café.
—¡Sydney! —la amonesto. Luego me puede la curiosidad—. Tendrás eso en carne viva.
—He tenido que empezar a usar una pomada hidratante para que se recupere el tejido.
—Fascinante. ¿Puedo decir que ese tío no me gusta para ti?
Un rayo de sol cae oblicuo sobre su rostro, lo que me permite verla entornar los párpados detrás de las gafas.
—Ningún tío te ha gustado nunca para mí.
—Y el tiempo ha acabado dándome la razón. Por algo son tus ex novios ahora.
—Cierto. Pero con Mitch es diferente.
Sorbo un poco de café.
—¿Qué sientes realmente por él? ¿Te gusta tanto como para lidiar con todo? ¿Los paparazzi, su trabajo, sus adicciones, su carácter voluble de superestrella…?
Sydney observa ceñuda a una actriz famosa que finge leer un libro tocho, si bien lleva un cuarto de hora sin pasar la página.
—Sí. Joder, sí que me gusta. —Traslada la mirada hacia la mía—. Es más que eso. Creo que estoy enamorada de Mitch.
Mierda.
Enamorada es una palabra que hasta ahora no la había oído usar. Más vale que ese capullo no meta la pata otra vez.