Cosas sucias
Debby
Separo los párpados despacio. Su rostro está tan cerca del mío que todavía noto el calor de sus labios en la boca. Ha sido un beso breve, apenas unos segundos de contacto.
Y sin embargo aquí estoy, con la respiración alterada, consciente de cada punto en el que se rozan nuestros cuerpos.
—Nos vemos, Deb Deb —me susurra.
Enfoco su boca. Quiero volver a probarla. Una vez más, y otra, y todas las veces que hagan falta para entender qué me está haciendo.
Pero me suelta y se va, y la frustración me sube por el pecho sin encontrar salida.
Me quedo en la acera mirando la nada. Me cuesta volver a la realidad después de esto. Lo tengo en la piel. En las fosas nasales. En todas partes.
—¡Oh, venga ya! ¿Con el capitalista?
Subo a casa hecha una furia, enciendo el portátil y empiezo a escribir, palabras y más palabras, sentimientos confusos, deseos que no sé nombrar.
O puede que sí y me dé demasiado miedo hacerlo.
Cuando termino el segundo acto, han pasado veinticuatro horas desde que me besó en la acera, delante de mi portal. He sobrevivido a base de café, cigarrillos y barritas de cereales.
Llamo de inmediato a Syd. Necesito que alguien más lea lo que he escrito.
—¿Y bien? ¿Qué te parece? —pregunto, ansiosa.
Sydney me ignora y sigue leyendo. Suelto un gruñido.
—¡Syd!
Pasa otra página como si no me hubiera oído.
Me dejo caer en la butaca y la miro fijamente hasta que suelta por fin el guion. El corazón me late frenético en el pecho.
—El anhelo de Marianne —empieza, pero luego calla y sus ojos azules se desvían hacia la ventana. Pasan los segundos sin que nadie diga nada. Mi corazón late cada vez más descontrolado—. No sé cómo explicarlo. Es… visceral. Lo más desgarrador e intenso que has escrito nunca.
—Sí. Eso creo.
—¿Cómo lo has conseguido? ¿Cómo has podido plasmar ese deseo tan brutal de ser tocada por un hombre?
—Lo he experimentado. Más o menos.
Me clava la mirada.
—¿Qué has experimentado exactamente?
—Lo que es desear algo que no puedes tener.
Guarda unos segundos de silencio.
—¿Tiene algo que ver con Ethan?
—Sydney —murmuro, agotada—, últimamente todo en mi vida tiene algo que ver con Ethan.
Son las doce de la noche y llevo tanto tiempo despierta que ya no puedo engañarme a mí misma.
Lo he besado dos veces y quiero volver a hacerlo.
No. Yo no quiero. Mi cuerpo quiere hacerlo.
Ha tomado el mando sobre el cerebro y me insta a tomar decisiones nefastas.
Por Dios. De todos los hombres de California.
¡De todos los hombres del planeta! De todos los jodidos hombres de este infinito universo… Tenía que ser él.
—Es buen tío. Lo sabes, ¿no?
—Puede que lo sea. Pero pertenecemos a mundos distintos, Syd. Y no creo que quiera ser solo mi follamigo. Me mira como si quisiera más. Mucho más.
—¿Y cuál es el problema? Por fin un tío que se compromete.
—El problema soy yo. Ya sabes lo que opino de la monogamia.
—Soy yo la que no debería creer en la monogamia —objeta con una carcajada carente de humor—. Mi padre se ha tirado a todo lo que se mueve en los últimos veinte años y mi madre sigue ahí, apoyándolo. Pero tú, con tus padres siendo lo que son… por favor.
—Mis padres son la excepción —digo demasiado deprisa, aunque ella no lo nota.
—¿Y cómo sabes que vosotros no lo sois también?
Nos miramos en silencio.
—No me estoy enamorando de Ethan, Sydney —murmuro con una voz ronca que achaco a la hora tardía en la que estamos atrapadas—. Solo quiero…
—¿Qué?
Tardo unos segundos en admitirlo.
Hasta que no lo diga en voz alta no es real, y necesito aferrarme a esa ilusión un poco más.
—Hacerle cosas.
—¿Qué clase de cosas? —Una sonrisa picarona le tuerce la boca.
—Cosas sucias. Es mi Ben.
—¿Y quién es John?
Me levanto de la butaca, me acerco a la ventana y durante un buen rato contemplo el brillo mortecino de L.A. sin ver nada, solo una estampa abstracta. Mi niebla mental lo distorsiona todo.
—Todavía no lo sé —murmuro, tan bajito que creo que no me ha oído.
Puede que no haya un John para mí.
Puede que no sea capaz de amar como Marianne.
*****
Decido enseñarle a Hastings la parte de guion que tengo hasta ahora, para que respire y, de paso, deje de acosarme por todos los medios de comunicación conocidos.
Debería ser ilegal presionar tanto a un guionista. En serio. Me ha estado llamando a diario.
He dejado que saltara el buzón de voz una y otra vez, pero entonces empezaron a llegar los correos electrónicos.
Que también he ignorado.
El problema es que, después de los correos, ha entrado en escena Sydney.
Me ha dicho que deje de hacerme la difícil e incluya a Ethan en la ecuación.
Por mucho que le haya explicado a mi mejor amiga que los tríos son una pésima idea en cualquier contexto imaginable, mi mensaje no ha calado lo más mínimo.
Y aquí estoy, en las oficinas de Afterlight, vestida con lo que cualquier persona razonable catalogaría como ropa de estar por casa. Cargo con el cincuenta por ciento del guion bajo el brazo. Ha sido una semana muy productiva.
Ruby levanta la vista del ordenador y me somete a una contemplación irónica.
—¿Por fin has colapsado mentalmente?
—Muy graciosa. ¿Está tu jefe?
—Sip. Todo tuyo.
Irrumpo en su despacho sin llamar.
Ethan levanta la vista de unos papeles y se endereza en la silla. No parece distinto a otras veces. Lleva una camisa blanca de mangas arremangadas, el pelo castaño revuelto como si se hubiera peinado con los dedos demasiadas veces, y una barba muy sexy le ensombrece la mandíbula.
Nada de esto debería bastar para que mis neuronas presenten una moción de censura contra mi intelecto.
Y, sin embargo…
Tardo un tiempo demasiado largo en recuperar la compostura.
Son sus ojos verdes. Esa forma lenta que tiene de recorrerme entera, como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo y yo fuera algo que merece la pena estudiar.
—¿Llevas un pijama?
—¿Qué más da, Hastings? —replico, irritada, plantándole el guion sobre la mesa—. Te traigo lo que querías.
—Ya iba siendo hora. Siéntate.
—¿También quieres que te dé la patita?
Me dedica una mirada poco impresionada.
—¿Quieres tomar algo?
—Cianuro, si tienes.
Una sonrisa irónica amenaza con arruinar su expresión seria.
—¿Y eso?
—La vida es insoportable a veces.
—Debby, la vida es preciosa. Mira cómo brilla el sol ahí fuera.
—Es justo lo que más me irrita. Venga, léete el guion rapidito. Tengo cosas que hacer.
—Ha quedado un poco corto, ¿no?
—Solo tengo la mitad.
Deja el guion sobre la mesa y se enfrenta a mí con deliberada lentitud.
—¿Y la otra mitad?
—La tendrás.
—¿Cuándo?
—Cuando la escriba.
—Eso no responde a mi pregunta, Nair. Cuando la escriba es un plazo abstracto.
—Es la única respuesta que pienso darte.
Su boca se tensa en un gesto a medio camino entre la sonrisa y la irritación.
—Pues qué suerte la mía.
—No te quejes. Hace una semana ni siquiera pensaba enseñarte esta parte.
—Te creo capaz.
Cojo una piruleta de su mesa y me la meto en la boca.
—¿Por qué tienes tantas piruletas? Esto sí que no te pega nada.
—Por mis sobrinos. A veces vienen de visita.
—¿Tienes un hermano?
—Una hermana.
—¿Mayor que tú?
—Le saco dos años.
—¿Y cuántos hijos tiene?
—Si vas a seguir haciendo preguntas como si esto fuera nuestra segunda cita, deberíamos pedirle a Ruby un Chardonnay.
—No podemos tener una segunda cita sin haber tenido una primera.
Una sonrisa lenta le curva la boca.
—La primera ya la tuvimos.
Guardo unos segundos de silencio.
—No fue una cita.
—Si te ayuda a dormir por las noches, podemos llamarlo de otra forma.
—Llámalo por su nombre: reunión de trabajo.
—Curioso, porque recuerdo que te besé delante de tu portal.
Lo fulmino con la mirada, pero él ni siquiera pestañea.
—Nadie usó la lengua, Hastings. Jurídicamente hablando sigue contando como una reunión.
—Vale. Pues la próxima vez me aseguraré de cumplir con todos los requisitos administrativos para que no quede duda razonable sobre la naturaleza del encuentro.
—No habrá una próxima vez.
Sonríe para sí, como si acabara de escuchar algo verdaderamente enternecedor.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo te creo.
La forma en la que lo dice deja bastante claro que no me cree en absoluto.
Antes de que pueda replicarle, me quita la piruleta y se la lleva a la boca.
—¡Oye! —me indigno.
Me sonríe, con el palo en la comisura.
—¿Qué?
—Algún día tendrás que dejar de chupar cosas que han estado dentro de mi boca.
—Mi terapeuta opina lo mismo. Estamos trabajando en ello.
Sonrío sin querer.
Ethan pasa la página y se abstrae en el guion. Yo, en él.
Lo observo sin disimulo por primera vez, ahora que sus ojos están en otra parte.
El pelo revuelto sobre la frente.
Las manos de dedos largos y elegantes sujetando el mismo papel que he tocado yo.
Los labios que han ardido encima de los míos rodean ahora la piruleta que ha estado dentro de mi boca y todo este juego me resulta demasiado erótico. El aire ha espesado aquí dentro, mi corazón se ha disparado, y siento que desde el principio no he hecho más que apagar un fuego con gasolina.
Me pregunto si sabe que lo estoy mirando.
Seguro que sí.
Esto debe de encantarle. Yo era la única mujer de L.A. que todavía no había caído presa de su encanto indolente y sus hoyuelos. Me irrita ser tan predecible.
—Es bueno. —Sus ojos verdes me encuentran mirándolo desde el otro lado de la mesa, y también poniendo mala cara.
—Ya sé que es bueno. No estoy aquí para pedirte tu opinión profesional. He venido para que dejes de llamarme.
—Me gusta llamarte. —Se recuesta en la silla y yo me obligo a no fijarme en sus hoyuelos—. Pero ¿sabes qué me gustaría todavía más? Que descolgaras mis llamadas de vez en cuanto.
—Ya. Eso no va a pasar. Pero sigue fantaseando. —Me levanto, dando por concluida la reunión—. Te traeré la otra mitad cuando considere.
Él también se levanta y se alisa la camisa sobre el abdomen con una parsimonia que debe de ser deliberada. Por Dios, qué presumido es. Sabe que tiene un cuerpazo y le encanta lucirlo.
—Gracias por dejar que lo lea sin estar acabado. Sé lo difíciles que sois los artistas.
—No me has dejado opción.