Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Con vistas al mar
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Con vistas al mar

Ethan

Nos sentamos en una mesa para dos, en una terraza suspendida sobre el agua. El sol poniente brilla en el pelo caoba de Debby. Lo lleva recogido de esa forma suya caótica que siempre me deja con ganas de acercarla a mí y poner la boca sobre la suya.

El Pacífico se extiende frente a nosotros, tranquilo y luminoso, una inmensidad azul que se confunde con el cielo.

Las muñecas de Debby, llenas de pulseras multicolores, cuelgan sobre la barandilla blanca que nos separa del vacío.

Lleva un buen rato absorta en las vistas.

Yo apenas he mirado el mar. Me cuesta quitarle los ojos de encima. El modo en el que inclina la cabeza, como si intentara descifrar el murmullo de las olas, la curva distraída en su comisura derecha cuando algo la divierte...

Sorbo de la copa y dejo que el resto del mundo se difumine a su alrededor.

Su mirada persigue algo que no me molesto en buscar. Quizá un velero. O el vuelo errático de una gaviota.

No lo sé. Esta noche hay vistas mucho mejores que el Pacífico.

—Deja de mirarme como un perturbado.

Me trago la sonrisa.

—¿Por qué llevas un sari? Y no me digas que es porque eres medio india.

El lado derecho de su boca se levanta muy despacio. No llega a materializarse la sonrisa, es apenas un esbozo delatador.

Me recreo en cada detalle de su perfil mientras ella demora la respuesta. Parece demasiado cautivada por el paisaje. Sabía que le gustaría este lugar.

—Vengo de una celebración familiar —aclara al final.

—¿Qué estabais celebrando?

—Un matrimonio concertado.

Arqueo las cejas.

—¿En serio? ¿De quién?

Se enciende un cigarrillo, le da una calada y se pone de cara a mí para estudiarme con la misma concentración que yo a ella.

—Mío.

El momento es lento y silencioso. Solo se escucha el rumor del mar ahí abajo, el lejano graznido de las gaviotas y la suave melodía chill out que llega desde el interior del local.

—No.

La misma curva burlona de antes vuelve a arrugarle la comisura.

—Ethan.

—No.

—¿Por qué no? —me provoca con expresión risueña.

—Porque te lo prohíbo. Redactaré un puto contrato. Haré que Jeff redacte un puto contrato. Tendrás una cláusula de no matrimonio, Deborah. Esto es Hollywood, nena. Aquí tenemos una cláusula para todo.

Se encoge de hombros.

—Pues vale.

Se divierte de lo lindo. A mí no me hace ni puñetera gracia.

Tomo un trago sin liberar sus ojos dorados.

—Dime que has salido corriendo.

Retiene el humo en los pulmones unos segundos de más, y después lo arroja hacia un lado con una risita suave que me permite ver sus dientes blancos, alineados porque llevó aparato hasta los quince.

—He salido corriendo.

—Bien hecho.

Alargo el brazo sobre la mesa para que me pase el cigarrillo. Me lo da y yo me lo cuelgo de la boca.

—Mira que eres raro.

—¿Raro de psiquiátrico, o raro de edición limitada?

—Y ególatra. ¿Eso te lo había dicho alguna vez?

Me río. Ella también.

—¿Qué hacen tus padres? ¿En qué trabajan? ¿También son artistas como tú?

El cambio de tema la descoloca.

—No. Mi madre es catedrática en la UCLA.

—¿Qué asignatura imparte? —pregunto, devolviéndole el cigarrillo.

—Filosofía.

Echo el humo hacia un lado y asiento, divertido.

—Por supuesto que sí. ¿Y tu padre?

Sonríe, sorbe un poco de negroni y le da una calada lenta al cigarrillo. Creo que soy raro de psiquiátrico porque empiezo a ponerme cachondo.

Respiro hondo para que mi cuerpo deje de reaccionar como el de un adolescente, y me obligo a dejar de enfocar esa boca entreabierta y el hilo de humo que brota a través de sus labios.

—Es ingeniero de competición.

—Guau. Las cenas en tu casa deben de ser entretenidas.

—Ni te imaginas. Y ya no te hablo del choque cultural.

Deberías ver a mi madre negociar durante media hora el precio de cualquier cosa mientras mi padre busca el sitio más cercano en el que poder esconderse.

—Sonríe cuando me echo a reír. Se nota que les tiene mucho cariño.

Se le enciende la mirada al hablar de ellos—. ¿Qué hay de tus padres?

Me encojo de hombros.

—Mi padre dirige un fondo de inversión.

—Por supuesto que lo dirige. ¿Y tu madre, qué hace?

—No sabría decirte. La semana pasada estaba metida en un timo piramidal. Algo relacionado con la cosmética de lujo. Esta semana podría ser la cirugía estética, el yoga o algún pastor de la televisión.

—Sois una familia interesante.

—Ya te digo. No tienes hermanos, ¿no?

Se le nubla el gesto.

—En realidad, sí. Tuve un hermano mayor. Murió cuando era un bebé. Muerte súbita.

—Lo siento mucho.

Enfoca el mar en la lejanía.

—A veces me pregunto cómo hubiera sido conocerle. Supongo que decidió que este mundo es una mierda. —Vuelve el rostro hacia el mío—. ¿A quién tienes en mente para el papel de Ben?

—Cam Bridges, Dean Hayes o puede que Monty Whitmore —respondo antes de tomar un trago.

—Quiero un pase con ellos y con Jessica para comprobar la química.

—¿No vas a oponerte?

—Empiezo a valorar tu criterio. No sonrías así. No lo hagas. Se acabó, Hastings.

Dejo de sonreír cuando me apunta con el dedo. O al menos lo intento.

—¿Qué hay de John? —pregunto unos segundos más tarde.

—Alex Sherman Lee. Y no es negociable. Escribí el papel de John pensando en él.

—¿Quién es Alex Sherman Lee? No me suena de nada.

—Trabaja en Broadway.

—¿Y quiere hacer cine?

—No lo sé. Habrá que volar a Nueva York y hacerle una oferta que no pueda rechazar.

—¿De qué le conoces?

La brisa marina le despeina el pelo. Se lo coloca detrás de la oreja y sacude la columna de ceniza antes de responderme.

—Me acosté con él.

—Maravilloso.

Se echa a reír.

No me había dado cuenta de cómo arruga la nariz cuando ríe. Quizá porque no suele reír demasiado en mi presencia. Es la primera vez que la veo así, relajada, disfrutando de esto tanto como yo.

—Es broma, Hastings. Nunca mezclo los negocios con el placer.

—Las buenas noticias no dejan de acumularse —mascullo entre dientes.

Sigue riéndose. Al final dejo de estar tan enfurruñado y le sonrío.

—¿Por qué sigues soltero? ¿No deberías ir ya por tu tercer divorcio?

—Muy graciosa. ¿Por qué sigues soltera tú?

—Mi madre se lo pregunta a diario.

—No me has contestado.

—Ni tú a mí —me recuerda, risueña.

Me pasa el cigarrillo y yo fumo, pensativo. No es lo mismo que probarla a ella, pero me conformo. Por ahora.

—Tengo otra pregunta para ti —me dice cuando se lo devuelvo.

—Soy todo oídos.

Sus ojos se quedan en los míos unos segundos más de la cuenta. Los míos no se han apartado de su rostro desde que nos sentamos aquí.

—Si pudieras conocer una sola verdad absoluta del universo, ¿cuál sería?

—Adónde van los calcetines cuando desaparecen de la lavadora —digo, sin dudar.

Se le escapa una carcajada.

—Eres de lo que no hay, Hastings.

—¿Qué te gustaría averiguar a ti?

—¿Cuál es el sentido de la vida? —me propone, divertida.

—¿Qué sentido puede tener la vida sin calcetines?

Su risa me llena el pecho de una extraña calidez.

Nos sostenemos la mirada y poco a poco nuestras expresiones se tornan serias. Deb Deb parece contener el aliento cuando cojo su mano y deslizo el dedo por su muñeca.

—Me gustan tus tatuajes —le digo.

—Gracias. ¿Tú tienes alguno?

Examino la pequeña bombilla que imagino que tendrá algo que ver con la creatividad y ella sigue conteniendo la respiración.

—No.

—Qué lástima. Estás desperdiciando tu cuerpo, tío.

—Si me diera por hacerme uno, ¿qué me recomendarías? —murmuro, levantando la mirada hacia la suya.

Se lo piensa unos segundos. Es evidente que lucha por contener la sonrisa.

—¿Me dejarías que te lo hiciera yo?

—¿Es que también sabes dibujar?

—El arte se me da bien en todas sus facetas.

Le hago un gesto a la camarera.

—Dos negroni y un bolígrafo —le pido cuando viene a atendernos.

Debby se gira de cara al Pacífico. Le ha vuelto a asomar aquella curva en las comisuras y prefiere ocultármelo.

La camarera nos trae el pedido enseguida.

Deb Deb coge el bolígrafo. Le ofrezco mi muñeca. Se queda mirando mis venas; luego sube hasta encontrar mis ojos.

—Haré algo que te represente.

—Nada fálico, ¿eh? Que te conozco.

—Puedes estar tranquilo. Hoy me pillas de buen humor.

—¿Y eso? ¿Has avanzado con el guion?

—Syd y yo lo hemos quemado en una hoguera catártica. Que también es una forma de avanzar.

—Debby —gruño—. No pienso retrasar el rodaje bajo ningún concepto.

—Tendrás tu guion. No te me alteres.

—¿Cuándo?

—Cuando lo escriba. Ahora estate quieto y deja de fruncirme el ceño.

Le lanzo una mirada severa, pero ya no me presta atención. Ha empezado a dibujar algo en mi muñeca.

Está tan concentrada que no puedo evitar sonreír. Ni que estuviera restaurando un fresco renacentista.

Mis ojos se arrastran por sus rasgos sin prisa.

Observo la curva de su boca, temblorosa porque intenta mantenerse seria.

La forma en que las pestañas le rozan la piel cuando baja la vista.

El arco elegante de sus cejas y el bindi de pedrería.

Los largos pendientes que tintinean cada vez que mueve la cabeza.

—Listo.

Bajo la mirada hacia mi muñeca y me echo a reír.

Ha escrito una palabra: ¡corten!

—Es perfecto.

Somos nosotros.

Levanta el rostro y me guiña el ojo. Entonces se fija en que las demás mesas se han ido vaciando.

—Bueno, habrá que irse, ¿no? —me dice.

—¿Por qué?

—¿Es que piensas quedarte aquí toda la noche mirándome con esa sonrisa?

—Sí.

Que haya sonado tan convencido la divierte.

—¿Por qué ibas a querer hacer eso, Hastings?

Tuerzo los labios en una expresión de indiferencia.

—A lo mejor porque cada vez que descubro un detalle nuevo en tu rostro estoy tan fascinado que quiero quedarme el tiempo suficiente como para encontrar el siguiente.

—Eres un perturbado.

—O tú me perturbas.

Le hago un gesto a la camarera para que nos traiga la cuenta, me reclino en la silla y dejo que el silencio se instale entre nosotros. Esta vez Debby no busca una excusa para romper el contacto visual, por lo que nos pasamos por lo menos cinco minutos inmersos el uno en el otro.

—¿Cuál es tu historia, Hastings?

—Cuéntamela tú.

—Todavía se me escapa.

—Pues sigue mirando.

*****

No hablamos en el coche de camino a su casa. Es la única persona que hace que el silencio no me resulte incómodo, sino todo lo contrario. Hay algo íntimo en permanecer callado a su lado.

Llegamos, aparco y me bajo para acompañarla.

—Sabes que no hace falta que me escoltes, ¿verdad?

—Lo sé.

—Bueno, pues…

La cojo por la muñeca, la acerco a mí y cubro su boca con la mía para acallarla.

El contacto dura apenas unos segundos, pero nos estremecemos igual.

—Nos vemos, Deb Deb —le susurro.

Me alejo por la acera mientras ella sigue ahí, intentando recuperar el aliento. Yo también lo intento. Ojalá no me lo quitara siempre.