Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Las tías
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Las tías

Debby

Sospecho que algo va mal en cuanto se abre la puerta.

—¿Por qué hay cinco pares de zapatos?

Papá compone su típica sonrisa de salgamos corriendo los dos ahora mismo, campeona.

—Han venido las tías.

—¡¿Las cinco?! —exclamo con horror.

Asiente, circunspecto.

—¿Por qué no me has avisado de que era otra encerrona matrimonial?

—Tu madre me lo ha prohibido. Ya sabes que se preocupa por ti, campeona. Solo quiere que estés bien.

—Papá, te lo digo sinceramente: tendrías que haberte casado con una americana. Me parece escandaloso que solo pensaras en ti mismo y no en tu futura hija medio india.

—No te pongas dramática, Debby. Solo es una cena.

—Nunca es solo una cena si están aquí las tías.

Mi madre sale de la cocina con una bandeja de samosas. Lleva un sari morado y un bindi entre las cejas, atuendo que contrasta mucho con la camisa a cuadros de mi padre y sus vaqueros descoloridos.

Mis progenitores no podrían ser más diferentes. Mi madre es cien por cien india. Mi padre, cien por cien americano.

Ella cocina como si fuera a alimentar a un ejército, se comunica con las manos y tiene demasiados parientes. Él cree que cualquier problema se soluciona con una llave inglesa o con una canción de Bruce Springsteen.

Nadie les daba más de seis meses juntos, y ya llevan casi treinta y cinco años.

—Debby, ¿por qué no llevas el sari?

—Porque nadie lleva sari en Los Ángeles, mamá. Hoy me acojo a mi mitad americana. ¿Qué hacen aquí las tías?

—Les prometí un buen cordero al mango y ya sabes cómo son de glotonas.

—Mamá, no. Me niego.

—Necesitas acompañante para la boda de Priya.

—¡Mamá!

—Ponte el sari —canturrea de camino al salón.

—Papá, haz algo.

Mi padre agacha su cuerpo de metro noventa hasta colocar sus ojos cerúleos a la altura de mi escaso metro sesenta y cinco.

—Debby, entras, picoteas un poco de cordero, le sonríes al chico y luego te llevo a tomar helado.

—Papá, ¡que ya no tengo cinco años! ¿Vas a llevarme a la heladería de siempre?

Su boca se curva en una sonrisa lenta.

—Esa misma.

Le tiendo la mano y él cierra el trato, solemne.

—Pero no pienso quedarme más de una hora a la cacería matrimonial.

—Dos.

—¡Papá!

—Dos y podrás pedirte el extra de chocolate.

Maldita sea. Es implacable.

—Bien —escupo, disgustada.

—Ahora haz lo que te ha pedido o se pondrá irritable.

—Vaaale.

Subo a vestirme el sari que ha seleccionado mi madre —seda verde menta, un color que siempre me ha favorecido—, me coloco el pequeño bindi entre las cejas, y en el último momento cedo y me pongo los pendientes que me ha dejado en la mesilla. El kit indio al completo.

Me siento como si fuera la promoción especial del día. Cásese con nuestra Debby antes de que caduque. Es indignante.

Bajo enfurruñada por la escalera y entro en el salón.

Todas las conversaciones cesan de golpe. Las cabezas se giran hacia la puerta. Las samosas bajan despacio por sus gargantas.

Las tías me analizan como si fuera la participante de un concurso de belleza.

(O de ganado. En el fondo, no hay tanta diferencia).

Tía Nisha. Tía Sunita. Tía Pooja. Tía Aditi. Tía Meena. Con más poder que cualquier institución india.

Hay un pequeño silencio.

Y entonces alguien grita acción.

—Qué delgada estás —protesta la tía Sunita.

—Pero si ha engordado —la corrige la tía Nisha.

—No, ha adelgazado —la contradice la tía Aditi.

—¿Siempre ha tenido esas ojeras? —intenta recordar la tía Pooja.

—Necesita vitaminas —decreta la tía Meena.

—¿Comes lo suficiente? —se inquieta mi madre.

—Hola a todas —digo cuando por fin se callan. Las seis sonríen—. ¿A qué hora es el sacrificio ceremonial?

—Debby —gruñe mi madre—. Haz el favor de sentarte. Y no abras la boca a no ser que alguien te pregunte algo.

—¿Y qué van a preguntarme? ¿Cuántos óvulos sanos me quedan a estas alturas?

—Deborah Kamala Starr Nair. No te crie para que seas tan borde.

Me dejo caer en la silla que parece que me han asignado y me rindo con un suspiro. Si mi madre ladra mi nombre al completo, el asunto es serio. Mejor dejo de tocarle las narices.

La tía Aditi pega un brinco al oír el timbre.

—¡Ya abro yo! —grita antes de salir disparada.

—No hace falt… —empieza mi padre, pero ya es tarde.

La tía ha vuelto en un santiamén. Viene arrastrando a un hombre. Los traen cada vez más guapos. Quieren ponérmelo difícil. Este es alto, de aspecto respetable, con una buena mandíbula y una piel dorada que no es fruto del sol californiano.

Estoy impresionada. Deberían montar un negocio lucrativo.

—Debby, este es Kiran. Y ella es nuestra dulce Debby.

Ja.

—Hola —me dice Kiran. Tiene una expresión de espanto en los ojos que hace que me sienta más cómoda. Al menos somos dos.

—¿Qué tal? —respondo, con una pequeña sonrisa.

—Kiran es médico —presume la tía Sunita en cuanto lo hacen sentarse.

—Cardiólogo —puntualiza Pooja.

—Tiene casa propia —informa Nisha.

—Y un buen coche —señala Aditi.

—Y no fuma —zanja mi madre.

—Sabéis que yo sí, ¿verdad?

Me ignoran.

—Debby es guionista —dice Nisha.

Kiran arquea las cejas, sorprendido. Quiere hacerme una pregunta, pero las tías son más rápidas.

—No bebe ni se droga —continúa Meena.

—¡Tiene su propio estudio de cine! —exclama Pooja.

—En ruinas, se nos ha comido un tiburón —me veo obligada a aclarar.

—Cocina muy bien —tercia Aditi.

—La semana pasada salió fuego de la sartén. En serio. Unas llamas así de grandes.

—Le encantan los flambeados —aclara mi madre con una sonrisa elegante.

Kiran intenta no reírse. Creo que me cae bien.

—Ya está aquí el curry —anuncia mi padre por fin.

Nadie le hace caso.

Las tías parecen estar negociando una fusión empresarial.

—Debby toca el piano.

—Kiran tocaba la batería de pequeño.

—Debby aprendió francés en solo dos semanas.

—Kiran habla hindi.

—Debby también.

—Sí. Las tres palabras que me sé, las pronuncio de maravilla.

A Kiran le entra la risa. Ya lo creo, me cae bien el tío.

*****

Después de la cena, mi madre se empeña en que le enseñe a Kiran mi colección de películas europeas con subtítulos.

—¿Tan desesperada estás que quieres que suba a un chico a mi cuarto?

—¡Debby! —gruñe. Luego le sonríe a Kiran—. Lo suyo es el humor.

—Dios. ¿Sabes qué? Sí, vamos a subir a mi habitación. Necesito un respiro.

—No fumes ahí dentro —me susurra, amenazante.

Le sonrío con dulzura, agarro a Kiran por la muñeca y lo arrastro a mi vieja guarida.

No pega ni con cola en mi cuarto de adolescente. Demasiado grande, demasiado guapo, demasiado… neurotípico.

—Vaya. Sí que tienes una buena colección de películas.

—Sí —digo tras encenderme un cigarrillo—. El cine siempre ha sido lo mío.

—¿No ha dicho tu madre que no fumes aquí dentro?

—Así que las tías no mentían contigo. Eres un buen chico. ¿Quieres?

—Si vieras lo que el tabaco les hace a las arterias, tú tampoco querrías fumar.

—De algo hay que morir —mascullo al mismo tiempo que abro la ventana.

Me siento en el diván para echar el humo hacia fuera. No pretendo convertirlo en un fumador pasivo.

Ese honor se lo reservo a Hastings.

Por favor. Hay un tío bueno en mi cuarto de pringada. ¿Qué hago pensando en Hastings? La Debby adolescente estaría frotándose las manos.

Kiran se deja caer en mi cama y durante un buen rato se dedica a estudiar el entorno.

El poster de una banda de rock alternativo —que no debe de sonarle de nada—, los botes de esmalte negro alineados delante del espejo, la camiseta con un mensaje antisistema colgada en la pared y mis viejos libros: Sylvia Plath, Anne Sexton y Virginia Woolf, sobre todo.

(Que las tres tengan en común el suicidio es pura casualidad).

—Intento adivinar quién eres —aclara con una pequeña sonrisa.

—Ah. Pues todo es mío, menos esa estatua religiosa. La ha debido de colocar ahí mi madre. Quizá para que me case de una vez.

Se echa a reír y asiente despacio.

—¿Te dijeron que era una cena familiar?

—Siempre lo hacen.

—¿Y cuándo te diste cuenta de que se trataba de una entrevista matrimonial?

—Al ver cinco pares de zapatos en el pasillo.

—¿Quisiste huir?

—Muchísimo. ¿Cómo te han liado a ti?

Se encoge de hombros.

—Bueno, yo realmente quiero formar una familia.

Me atraganto con el humo.

Esto es peor que una cita a ciegas. ¡Es un matrimonio concertado!

*****

—Campeona, ¿seguro que no quieres el helado?

—Imposible —respondo, alteradísima y sin detenerme.

Todo el mundo me sigue. Parece un entierro indio. Yo soy el fiambre.

—Pero, Debby, ¿por qué te marchas tan precipitadamente? —se sorprende mi madre.

—Saraswati me ha mandado una oleada de inspiración repentina y no puedo malgastarla. Los artistas somos así. K, ha sido un placer conocerte. Realmente me pareces un tío muy simpático.

—Lo mismo digo, Debby.

Ya no nos damos la mano. Ahora toca un beso en la mejilla. Los indios somos un pueblo cariñoso.

—Bueno, adiós.

—¿Puedo llamarte alguna vez?

—Si es para hablar de cine, cuando quieras. Si es para fecundar mis óvulos, ni lo sueñes.

—¡Debby! —grita mi madre, aunque se aplaca al ver que Kiran se está riendo—. Han conectado —le susurra con disimulo a la tía Aditi.

—Mira qué química.

—Sí que hay química, ¿verdad?

—Ha sido un éxito presentarlos. Ya te dije que harían buena pareja.

Que esté corriendo como una desquiciada por la acera no parece alterarlas.

*****

—¿Qué más puede ocurrirme hoy? —mascullo al encontrarme a Hastings delante de mi edificio. Está apoyado en el guardabarros de su Porsche, tiene las Ray Ban puestas, y su sonrisa de lado es tan seductora como aseguran en las revistas.

—Jasmín —me saluda, bajándose las gafas por la nariz hasta que nuestros ojos traban contacto.

—¡Que es un sari!

—Ya lo sé.

—¿Qué quieres, Hastings?

—Tomemos una copa.

—Ni muerta.

—Sube al coche, Debby. Tenemos que hablar.

—¿De qué? —digo, negándome en rotundo.

—De a quién quieres para el papel de John.

Descruzo los brazos.

—Vale.

Que últimamente lo encuentre demasiado atractivo o que me descubra a mí misma pensando en él con más frecuencia de la que me gustaría no tiene nada que ver con el hecho de haber cedido tan deprisa.

—¿Te habían dicho alguna vez que te das un aire a lo Godard? —le suelto nada más ponerme el cinturón.

—¿En serio? —No demasiado convencido, comprueba su aspecto en el espejo retrovisor—. ¿Acaso me estoy quedando calvo?

—¿Ves cómo eres un narcisista?

—Nunca he dicho lo contrario.

Me lo quedo mirando, y al final él vuelve el rostro hacia el mío y me sonríe.

Niego despacio y me obligo a mantener la vista lejos de él. Lo último que necesito es recrearme en el latigazo eléctrico que me atravesó al besarlo.

—No te estás quedando calvo —gruño al final—. Puedes relajarte. Estás bastante bueno.

Veo de reojo que empieza a sonreír.

—Te habrá costado lo tuyo hacerme un cumplido.

Farfullo algo incomprensible.