Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Reparto
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Reparto

Ethan

—¡Dame eso! —grita Debby cuando llego a sus oficinas, en pleno Sunset Boulevard.

Sydney, subida al reposabrazos de una butaca, aprieta un montón de papeles contra el pecho. Deb Deb parece a punto de saltarle encima. ¿Qué demonios están haciendo?

—Pienso empapelar todo tu despacho con fotos suyas —amenaza Syd.

—Eso no va a pasar, Marilyn. Ya he tenido bastante con tu intento de sofacidio.

La otra abre la boca, indignada.

—¿Cómo te atreves, Morticia? Iba a quedar de maravilla.

Frunzo el ceño. Ninguna se ha dado cuenta de que estoy en la puerta, cruzado de brazos.

—Muy bien. Tú ganas —se rinde Debby en un tono razonable en el que no confiaría ni por un segundo—. Retiro lo de Randolph Rifkin.

—Ya no puedes retirarlo. No has dejado de tocarme las narices y ahora pienso vengarme.

—Sydney, no me obligues a ponerme violenta.

—Admite de una vez que te gusta y quizá recapacite —dice Syd con sonrisa malvada.

—Ni muerta. A no ser que admitas tú lo de Randolph Rifkin. Dime, ¿quieres morrearte con él? ¿Muack, muack, muack, muack, muack?

Por Dios. Son peores que dos crías.

¿Y quién demonios es Randolph Rifkin? El nombre me suena vagamente.

—No pienso admitir algo que no es cierto.

—Pues yo tampoco.

—¿Seguro? —dice Syd en tono provocativo.

—¡Ven aquí, Sydney! —Deb Deb no lo aguanta más y se lanza a por ella.

Sydney salta de la butaca y echa a correr por el pasillo.

Conque así es cómo se trabaja en Nouvelle.

La persecución se desarrolla fuera de mi alcance durante unos minutos, hasta que Debby vuelve corriendo. Le ha quitado los papeles a Sydney, y ahora es la otra quien la persigue a ella. Parecen el coyote y el correcaminos.

Arqueo las cejas bajo las gafas de sol. Esto me entretiene más de la cuenta, lo admito.

—¡Devuélvemelas!

—¡No pienso hacerlo! —brama Debby mientras corre como una desquiciada—. ¡Y no vas a poder atraparme con esos tacones!

Deja de mirar a su amiga por encima del hombro y entonces me ve a mí, plantado en medio de la sala de recepción. Intenta frenar, pero va demasiado deprisa y su cuerpo choca contra el mío. Los papeles salen disparados a nuestro alrededor.

Deb Deb se queda perpleja, los ojos abiertos de una forma bastante cómica.

Bajo la mirada al suelo y contengo una sonrisa al ver que se trata de fotos mías. Me las hicieron para una portada de People. El director más sexy de Hollywood. Solo llevo unos bóxeres Calvin Klein. Puede que sean mis mejores fotos. Y no lo digo por narcisismo.

—Esto no es lo que parece —asegura Debby, ruborizada.

—¿En serio? Porque parece que estás un poco obsesionada conmigo. Menuda colección de fotos tienes aquí. ¿Quieres que te firme alguna?

—¡Sydney! —ruje, temblando de rabia.

Syd levanta la mano.

—Tiene razón. Les he traído yo para atormentarla. Asumo la culpa.

—¿Qué quieres, Hastings? —se enerva, como siempre.

—Vengo a invitarte a comer.

—¿Un morreo en una terraza te da derecho a pedirme una cita?

—Pues… Sí. Eso creía.

—Te equivocas. Sigo odiándote.

—Tu boca decía lo contrario anoche. Solo para que lo sepas.

Me saca el dedo con parsimonia.

Luego da media vuelta y se encierra en su despacho de un portazo.

Intento frenar la sonrisa.

—No te odia —me dice Syd mientras recogemos entre los dos este desastre—. Le cuesta gestionar sus sentimientos hacia ti. ¿Te importaría firmarnos una de las fotos? La guardaré como seguro de vida.

Intentando no reírme, estampo mi firma en la foto que me ofrece.

—Aquí tienes.

—Gracias.

—No hay de qué. Bueno, nos vemos, Sydney.

—Oye, Ethan.

Vuelvo a girarme, y ella tarda unos segundos en hablar.

—No te rindas con Debby. Entrará en razón.

Asiento.

La verdad es que después de ese beso en la terraza, yo también creo que Debby entrará en razón tarde o temprano.

*****

La sala de reuniones lleva cinco minutos en silencio.

Deb Deb está apoyada contra la pared del fondo, brazos cruzados sobre el pecho, las gafas de sol puestas —señal inequívoca de que se opone a todo—.

Sydney me sonríe con la incomodidad educada de alguien que ha agotado todos los temas de conversación posibles y ya no sabe qué más decir.

Ha hecho un esfuerzo sobrehumano por animar la reunión.

Debby no quiere colaborar hoy. Ni siquiera ha intentado insultarme. Está muy rara.

Se abre la puerta y respiro aliviado al ver que es Jessica.

—Hola —nos dice, sin disculparse. No parece consciente de que llevamos aquí una hora, esperándola.

—Jessica, gracias por venir. —Le tiendo la mano y después señalo a mis acompañantes—. Estas son Sydney y Debby, de Nouvelle.

—Encantada.

Les dedica unos segundos de atención, lo justo como para que no parezca un desplante, y vuelve a mirarme a mí.

—Lo mismo, Jessica. —Sydney le sonríe con su simpatía genuina—. Soy una gran admiradora de tu trabajo.

Debby no pierde el tiempo con cortesías. Se acerca y le tiende el papel con la escena que ella misma ha seleccionado.

—Yo hago de John —informa tras ponérselo casi en la mano.

Jessica mira el papel.

Y a Debby.

Y otra vez el papel.

—Perdona, ¿qué es esto?

—El texto que quiero que leas.

—Tiene que ser un error. Yo no hago lecturas.

Debby se gira hacia mí despacio. Tiene el ceño fruncido y una expresión asesina que conozco bien. Por lo general me la dedica a mí.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

—Claro. Disculpadnos.

La cojo por el brazo y me la llevo a mi despacho antes de que la situación se complique más de lo que ya está.

—Hastings, ¿cómo que no hace lecturas? —estalla en cuanto cierro la puerta.

Se quita las gafas de sol y las agita en el aire para dejarme claro lo cabreada que está—.

¿Para qué ha venido entonces? ¿Solo para que veamos lo bonita que queda su cara cuando la encuadramos?

Estamos en una audición, por el amor de Dios, no en un puto desfile de moda.

Millones de chicas con talento matarían por tener una oportunidad como esta, y la señorita es demasiado buena para leer mi guion. ¿Te la follas?

—No.

—¿Te la follas? —insiste, ahora gritando.

—Te estoy diciendo que no. Hablaré con ella.

—Que te quede muy clarito que si no lee puede irse por dónde ha venido. Y me da igual quién sea. Me tragaré el guion hoja a hoja antes que dejar que lo destroce.

—Sí, lo tengo muy claro. Quédate aquí. Lo solucionaré.

Me mira como si no la convenciera demasiado el plan, pero no dice nada, y con Debby eso ya es mucho.

Vuelvo a la sala, le digo a Sydney lo siento con una mirada que espero que se lo explique todo, y me llevo a Jessica al despacho pequeño del pasillo.

Se pone furiosa en cuanto le digo que tiene que hacer la lectura.

—¡Yo creía que el papel era mío! —No grita, pero casi—. ¡Me he leído el guion entero y sé que puedo hacerlo! Por Dios, Ethan. ¡Has trabajado conmigo en trece películas!

—Yo, sí. Pero Debby, no. —Me apoyo en el marco de la puerta y elijo las siguientes palabras con cuidado—. Quiere comprobar que eres la adecuada para el papel de Marianne.

—¡Soy una superestrella!

—Sí. —Hago una pausa—. Eso es lo que más la irrita.

Jessica arquea una ceja.

—Piensa que las superestrellas carecen de talento real para la interpretación —le explico—. Y a ti, en concreto, te tiene por una actriz demasiado expresiva. No le ha gustado nada la mímica de tu última película. Dice que solo sirve para rescatar cachorros en medio de un tornado.

Tras unos diez segundos de silencio rabioso, Jessica me arranca la hoja de la mano.

—Leeré para demostrarle a esa cabrona que se equivoca.

Siempre funciona.

*****

Debby está sentada detrás del piano, arrancándole acordes lentos y melancólicos.

No me atrevo a decir nada. No quiero interrumpirla. Me gusta verla así, perdida en sus pensamientos y en la música. Esta es la verdadera Deb Deb.

—Erik Satie solo tuvo una relación en toda su vida —dice como si supiera que estoy aquí, absorto en ella y en la triste melodía que interpreta—.

Con Suzanne Valadon. El fin de ese amor lo dejó destrozado.

Dijo que le quedaba nada más que una soledad helada.

Vivió y murió solo, encerrado en un cuarto pequeño en el que había un piano y poco más.

Esta historia, y su música, me inspiran.

—El amor no siempre acaba así, Deb Deb.

—¿Y cómo acaba? —pregunta, sin dejar de tocar.

—A veces no lo hace.

Le asoma una curva irónica en las comisuras.

—¿Te gustan los finales felices made in Hollywood, Hastings?

—Me encantan los finales felices —admito, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en ella.

—Por eso no has ganado ningún premio todavía.

Lo encajo con un gesto de fastidio.

—Jessica está lista.

—¿Va a leer?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque te odia.

—Bien. Eso la hará esforzarse más.

Levanta las manos del teclado, se gira y me estudia en silencio, con una arruga de angustia entre las cejas oscuras.

—¿Por qué vives tan atormentada, Debby? ¿Por qué no dejas que la gente se te acerque?

Guarda silencio un buen rato.

—Porque no creo en los finales felices, Ethan —murmura, apesadumbrada.

El intercambio de miradas que sigue es intenso, quizá el más sincero que hemos compartido hasta ahora.

—¿Y si te equivocas?

—Yo nunca me equivoco. Esa es mi cruz.

Aparece una pequeña sonrisa en mis labios. No he podido frenarla a tiempo.

—Vamos. Nos están esperando.

Se levanta y me sigue.

*****

Debby lee a John sin levantar la vista del papel, con la misma calidez emocional que un hurón. Lo hace a propósito, para ponerlo lo más difícil posible.

Jessica, con lágrimas en los ojos, golpea la mesa con el puño.

—¡¿Por qué no puedes mirarme, aunque sea por una MALDITA vez?!

La rabia es real. Tan real que incluso Sydney se endereza en la silla. Creo que los tres estamos conteniendo aliento.

Deb Deb deposita el papel sobre la mesa con calma y espera unos cinco segundos antes de levantar la mirada hacia Jessica.

—He visto suficiente. El resto que te lo explique él.

Frunzo el ceño y la busco con la mirada, pero ella ya ha zanjado el asunto.

—Bien, pues ya tenemos el treinta por ciento del reparto —celebra Sydney con entusiasmo—. Solo nos queda el sesenta por ciento restante. —La sonrisa se le borra de la cara al comprenderlo—. Dios. Esto es peor que Doce años de esclavitud.

Me levanto y atrapo a Debby por la muñeca antes de que cierre la puerta.

—Espera un momento. ¿No quieres que veamos a Maya?

—No. Tenías razón. Jessica puede hacerlo. Me equivoqué con ella. Y también contigo.

Se marcha, y yo me quedo ahí plantado, sin saber muy bien cómo gestionar lo que acabo de oír. Es la primera vez que Debby me dice algo tan bonito. Voy a tener que llamar a mi terapeuta.