Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Hazlo como si me quisieras #2
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Hazlo como si me quisieras #2

—A mí también, Hastings. Más de lo que me conviene. Pero será mejor que lo mantengamos en secreto. No quiero ser la clase de guionista que se folla a los directores.

—No, no queremos eso —entono con una suavidad que la hace fruncir las cejas.

Le muerdo el labio, mis caderas chocan con fuerza contra las suyas, y entonces se relaja y deja que la conversación se disuelva a nuestro alrededor.

*****

—Tienes que irte.

Abro los ojos de golpe y la miro. Acabo de salir de su cuerpo. Hace menos de veinte segundos que me he desplomado a su lado en la cama. ¿Quiere echarme tan pronto?

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

Pega un salto de la cama y empieza a recoger mi ropa del suelo. La miro, divertido.

—¿No vas a dejar ni que recupere fuerzas? Follarte así no ha sido tarea fácil. Me siento como si hubiera corrido una maratón.

Tira de mí para que me incorpore.

—Lárgate. Tengo que escribir. Me han poseído los demonios de la creatividad.

—No te molestaré. Me pegaré a la pared y no diré ni mu —digo cuando ya estoy de pie en mitad de la habitación.

—Imposible. Me distraes. Toma. Ponte los calzoncillos. O lo que sea esto.

—Debby, sé razonable.

—No he sido razonable en mi vida. Aquí tienes la camisa.

Como me niego a cooperar, me la pone ella misma y empieza a abrocharme los botones.

A abrochármelos mal, algo que me irrita porque tengo una obsesión por el orden y la simetría.

—Estate quieta. Ya lo hago yo.

—Excelente. Aquí tienes los pantalones —dice, arrastrándome hacia la puerta.

—¿Me dejas al menos que me los pongas?

—Póntelos de camino al coche.

—He venido en uber.

—Pues de camino al uber.

Abre la puerta, me empuja fuera de su piso y me la cierra en las narices.

Estoy hecho un cuadro, en calzoncillos, con la camisa mal abrochada y los pantalones en la mano. Espero que no haya paparazzi por aquí cerca. Solo de imaginar los titulares se me pone la piel de gallina.

—Debby. Me faltan los zapatos. Y el móvil. ¿Quieres abrir la puerta?

La respuesta es un gruñido al otro lado.

Unos segundos después, abre y me planta los mocasines y el móvil en la mano.

¿En serio?

Me dispongo a decirle que su actitud me parece de todo menos aceptable, pero no me da tiempo. Cierra con tanta fuerza que el aire me revuelve el pelo, como si estuviéramos en plena temporada de vientos de Santa Ana.

Genial.

*****

Apenas he asimilado lo que ocurrió ayer cuando vuelve a llamarme en plena madrugada.

—Ethan. Ven a verme. Me he atascado con el guion.

Jesús. No sabía que fuera tan complicada. Es la guionista más difícil con la que he trabajado hasta la fecha.

Porque es un puto genio y, además, estoy enamorado de ella, que si no le habría rescindido el contrato hace tiempo.

Me arrastro fuera de la cama, me pongo lo primero que pillo y me planto en su casa.

Se abalanza sobre mí en cuanto abre la puerta.

—¿No estabas atascada con el guion? —consigo farfullar mientras nos besamos y nos lamemos desesperados.

—Muy atascada. Necesito que me eches una mano.

—Pues deja de meterme la lengua y enséñame el guion.

—No has pillado lo de la mano, Hastings.

Le frunzo el ceño.

Se echa a reír y me arrastra a su habitación.

Aaahhh.

—Estoy un poco espeso. Estaba durmiendo cuando llamaste.

—Pues hay partes de tu cuerpo que se han despertado antes que tu cerebro.

Niego y dejo que me quite la ropa, me tumbe en su cama y se me ponga encima.

*****

La escena se repite durante semanas. Cada noche igual. Me llama a las tantas como si fuera su follamigo de guardia, y después me echa de su casa en plena madrugada, sin contemplaciones.

—Se acabó, Deborah —le digo cuando ya no lo aguanto más. Estoy en su puerta por enésima vez, con los zapatos y los pantalones en la mano—. Esto es denigrante. Tengo sentimientos. Mañana vamos a quedar, de día, y vamos a hablar como personas civilizadas.

—No tengo tiempo para ser civilizada.

Intenta cerrarme la puerta en las narices. Esta vez se lo impido. Forcejeamos un poco hasta que comprende que yo tengo más fuerza que ella.

—Si no apareces, vas a tener que empezar a hacer uso de tu mano derecha.

—Hastings —gruñe entre dientes.

—No hay Hastings que valga. Te mando la dirección del restaurante. Más vale que estés ahí. Voy muy en serio. Si no vienes, se acabó.

En cuanto retiro el brazo, me cierra la puerta en las narices. Hago una mueca de exasperación.

—¡Más vale que estés ahí! —le grito, cabreado.

Algo se estrella contra la puerta desde dentro.

Nuestra relación es muy pasional.

*****

Acude a la cita. Tarde, pero acude. Se sienta al otro lado de la mesa con cara de pocos amigos y se pide un negroni. Veo que no piensa dirigirme la palabra. Fantástico.

—Estás guapa —le digo, después de haber intentado sacarle conversación varias veces.

Me clava una mirada displicente.

—¿De qué querías hablar?

—Debby, ¿qué estamos haciendo?

—Estamos comiendo una ensalada que parece césped —informa, muy fría.

—Me refiero a nosotros.

—¿Nosotros? No te entiendo.

Me dejo distraer durante unos segundos por una pareja acaramelada que comparte un postre. ¿Por qué no podemos ser como ellos? ¿Por qué las cosas no pueden ser fáciles?

Vuelvo a clavarle la mirada.

—¿Estamos saliendo? Porque, si es así, tienes que dejar de echarme de tu cas…

—No estamos saliendo.

—¿No estamos saliendo? —Arqueo las cejas, sorprendido.

—No.

—¿Y por qué me llamas en mitad de la noche en busca de sexo?

—Soy un enfant terrible.

Intento dominar la exasperación que me invade.

—Va en serio, Debby. Si no soy tu novio, ¿por qué me llamas?

Calla unos segundos.

Cuando vuelve a mirarme, sus ojos desprenden todavía más chispas.

—Cuando me acuesto contigo me concentro mejor. Queremos que esta película salga bien, ¿no? Pues hagamos un pequeño sacrificio.

—¿Acostarte conmigo te supone un sacrificio?

—Digamos que es un medio para llegar a un fin. Los grandes escritores siempre han tenido algún truquillo. La absenta, el opio, la morfina… Tú eres el mío.

—¿Sabes qué? No hace falta que te sacrifiques más.

—¿Por qué te cabreas en lugar de disfrutarlo? ¿Es que nuestra aventurilla ha empeorado tus complejos fálicos?

La fulmino con la mirada.

—He tenido bastante. Me niego a seguir así.

—¿Adónde vas? —se indigna al ver que estoy dejando dinero sobre la mesa.

—No me llames más, Debby. No soy tu jodido vibrador. Y a ver si maduras de una puta vez.

—¿Vas a dejarme tirada? ¿Y qué hago yo con el guion?

—Tienes un millón de premios prestigiosos. Escríbelo como hacías antes.

—No puedo —gruñe mientras me sigue entre las mesas—. Estoy deprimida. A un paso del colapso mental. Tengo un gran cerebro, con lo que soy propensa al hundimiento emocional y a las neurosis. Acostarme contigo me anima. Segrego endorfinas.

—Pues contrata a un gigolo. O somos novios o no somos nada.

—No se te ocurra darme la espalda. Ethan. ¡Estoy hasta las narices de tus problemas de apego! —ruje, en mitad del restaurante.

—¡Y yo de tus caprichos! —le grito de vuelta—. ¡Madura de una vez!

—¡Te repitas más que el pan de ajo asqueroso que nos han servido de entrante! Así es, damas y caballeros. El pan de ajo está correoso. No se lo pidan. Y la ensalada parece césped.

Salgo del restaurante maldiciendo. Ya ni siquiera me importan los fotógrafos ni los flashes que me estallan en la cara.