Saturday Night Fever
Ethan
Camino hacia el siguiente hoyo bajo un sol que deslumbra incluso con las gafas de sol puestas.
Hoy me toca jugar al golf con Martin Corbin y Richard Winger, dos inversores neoyorquinos capaces de mover millones de dólares con una sola llamada.
Por suerte para mí, no poseen el mismo talento a la hora de plantarme cara en el campo.
—En Nueva York cerramos los tratos en salas de conferencias —me dice Martin para justificar su mala racha.
—Pues tenéis que volar más a menudo a California. Pero la próxima vez poneros crema solar. Parecéis dos cangrejos.
Llegamos al séptimo hoyo entre risas y bromas. Detrás de nosotros, el caddie empuja el carrito con expresión indiferente. Nadie parece tener prisa por acabar la reunión. Esto no es la Gran Manzana. En California nos tomamos las cosas con calma. Y con una Michelob Ultra bien fría.
—Explícanos otra vez el final —me pide Martin mientras se prepara para golpear.
—Lo que quiere saber es si sigue odiándolo —bromea Richard.
La bola sale disparada en una línea impecable. Busco mi palo y tomo posición.
Desde aquí se ve una hilera de palmeras y las colinas secas que abrazan Los Ángeles. Es un plano bonito. Me gusta California. No me imagino viviendo en otra parte.
—Si odiáis el final es que no lo habéis comprendido —digo, empujándome las gafas de sol por la nariz.
—Ya, ya. Es lo que decís todos los directores —replica Martin con la sonrisa en la voz.
Richard apoya la mano en mi hombro y su gesto me hace detenerme en seco.
—Te seré honesto. El proyecto tiene potencial. Pero necesitamos garantías. Números reales, no solo proyecciones.
—Los números son reales, Rick. El mercado europeo va a triplicar la distribución en menos de dieciocho meses.
Me suelta y apunta algo en su teléfono. Nunca sé qué apunta.
Golpeo la bola, que traza un arco limpio antes de aterrizar a metro y medio del hoyo.
Martin aplaude.
—Un golpe estupendo.
—Gracias.
Viene hacia mí aclarándose la garganta.
—Escucha, Ethan. Lo que Richard intenta decir es que antes de comprometer ese volumen de capital necesitamos tener una conversación sobre la estructura del acuerdo. Si hablamos de coproducción…
¿Y dejarles el control creativo? Ni hablar. Se lo prometí a Debby.
—La coproducción no está sobre la mesa. No la necesito. El acuerdo es muy simple. Os ofrezco retorno diferido y beneficios a partir del tercer año. Si queréis entrar en estos términos, entráis. Si no, no pasa nada. Buscaré financiación en otra parte.
Se me quedan mirando los dos.
Ya va siendo hora de que sepan cómo hacemos las cosas en California. Nos gustan los campos de golf porque la gente baja la guardia en cuanto tienen un palo en la mano. Todo es cuestión de estrategia.
—Te pareces demasiado a tu padre —se lamenta Richard, cuya mueca de fastidio me arranca una sonrisa.
—Él cree justo lo contrario.
—Está bien —se rinde Martin con un soplido—. Te financiamos la película. Pero nos invitas a comer.
—Hecho.
—Y nos presentas a alguna actriz guapa —añade Rick.
—Haré lo que pueda.
Nos damos la mano para cerrar el trato.
—¡Eh, gilipollas! —exclama alguien a mis espaldas.
Doy por hecho que es a mí. No sería la primera vez. He arruinado la vida de varias personas media hora antes de invitarlas a una fiesta en mi casa de la playa. Esto es Hollywood. El asunto funciona así.
Me giro, y el puñetazo llega por la izquierda, directo al pómulo, con tanta fuerza que el impacto me sube hasta la sien y estalla por toda mi cabeza.
Me tambaleo hacia atrás.
Los oídos empiezan a pitarme.
Jo-der.
—¡¿Me despides y ya nadie me devuelve las llamadas?
! —ruje Tobolowsky mientras yo intento estabilizarme—.
¿Sabes lo que es llamar a gente con la que has trabajado durante diez años y que nadie te coja el puto teléfono?
¡Soltadme, hijos de perra! —forcejea con los dos empleados del club que han venido corriendo.
Me sorprende que se le haya colado. Este sitio es solo para miembros.
—¿Por qué coño no dices nada, so mamón? ¿No vas a explicármelo? ¿Ocho películas juntos y no tienes nada que decirme? ¡Soltadme, joder!
—Sí, sí que tengo algo que decirte. —Me acerco a él, me quito las gafas de sol y evalúo sus ojos muy de cerca. Son azules, llenos de una rabia que no consigue esconder el miedo que hay detrás—. Que te follen.
Gruñe y se revuelve, pero no consigue soltarse.
—Adiós, Joe —digo antes de volverle la espalda.
Al igual que toda la industria. Aquí en un segundo estás en la cima y en el otro dejas de existir. Puedes aplastar a alguien con una sola llamada.
No me quedo para mirar cómo lo arrastran hacia la salida.
Corbin y Winger están boquiabiertos. Apuesto a que esto no ocurre en Nueva York.
—Bueno, ¿dónde queréis que os invite a comer? —les digo con una sonrisa de perfecta normalidad.
*****
Ruby se ha empeñado en ponerme hielo en la cara esta tarde, pero no me ha servido de mucho. El pómulo no deja de latirme de camino a Malibu.
Mitch conduce en silencio mientras yo observo el Pacífico, que a estas horas es una oscuridad más densa que el cielo.
—¿Cómo tienes la cara?
—¿Es que no me ves? Parezco sacado del puto casting de El retorno de los muertos vivientes.
Aprieta los labios para no reírse.
—¿Quieres que llamemos a…?
—Mitch, basta ya. No voy a demandar a nadie.
—Vaaale. Solo era una idea.
Su Lamborghini frena en seco delante de Nobu. Bajamos, lanza las llaves al aparcacoches sin mirarlo siquiera y andamos en silencio hacia la entrada.
Cenaremos con unos amigos. O eso me ha dicho.
—¿Por qué hemos quedado con tantas mujeres, Mitch? —gruño al ver a las chicas que nos hacen gestos desde una mesa.
—Estoy cabreado.
—¿Y por qué estás cabreado?
—Sydney ha roto conmigo.
Dejo de andar y él se detiene y se gira para sostenerme la mirada.
Los camareros tienen que esquivarnos de camino a las mesas.
—¿Sydney ha roto contigo?
Gruñe, disgustado.
—Me echó de su cama en plena noche porque tu querida Debby tenía una crisis. Yo me cabreé y le dije cosas feas que no siento. Creo que se ha acabado. Y no sabes cómo me mosquea.
—En primer lugar, no es mi Debby. Y, en segundo lugar, no puedes meterte en medio de unas amigas. Mucho menos en medio de Sydney y Debby, que son casi mellizas.
—¿Y qué se supone que tendría que haber hecho?
—Pegarte a la pared y cerrar la bocaza. Tienes que aprender a controlar tu ego de superestrella, Mitch.
Si quieres salir con Sydney, más vale que asimiles que su vida no va a girar en torno a ti.
Es lo que tienen las mujeres independientes.
Saben estar solas. Si no quieres eso, búscate a una chica dócil.
O adopta un perro. Lo que te sea más fácil.
Su expresión de pocos amigos se convierte en una sonrisa cuando se inclina sobre una de sus múltiples admiradoras y la besa en la mejilla.
—Hola, cielo.
—¡Hola, Mitch! —Ella le echa los brazos al cuello y lo besa en la boca.
Niego con la cabeza al ver que se traga su lengua como si fuera una aspiradora.
—Hola, Ethan.
Le sonrío a Anya, una vieja amiga, cuando se pone de puntillas para besarme en la mejilla.
—Hola.
—Cuánto tiempo.
—Sí —mascullo ausente.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
—No es nada.
—Oh. Vale. Justo le estaba diciendo a Tina que…
Cuando vuelvo a prestar atención a lo que me están diciendo, estamos en West Hollywood y Mitch está abriendo una botella de Moët.
Anya me arrincona contra una columna. No se corta ni un pelo.
—Me alegro mucho de que hayas venido.
—Mmm —le respondo, circunspecto.
Mitch nos acerca dos copas de champán. Le señalo mi negroni, y entonces le da la copa a una chica que pasa por delante de nuestro reservado. Ella lo reconoce enseguida y casi se desmaya. Por supuesto, quiere hacerse una foto con él.
—No se le puede sacar de casa —le digo a Anya, que suelta una risita y se inclina un poco más hacia mi pecho.
—Tiene que ser difícil ser famoso.
—Eso parece.
—¿Y cómo es que estás soltero, Ethan?
—Será que no quiero tener novia.
—¿Qué puedo hacer para que eso cambie? —coquetea mientras pasea los dedos por mi bíceps.
La observo con una pequeña sonrisa.
—No lo sé. —Tomo un trago—. ¿Qué se te ocurre?
Se pone de puntillas y me lo susurra al oído. Arqueo las cejas. Justo entonces me doy cuenta de que Debby está en mitad del club, con los ojos fijos en mí.
Siento la necesidad de apartar a Anya, pero no lo hago, dejo que siga susurrándome cosas al oído y que me toque el brazo con actitud juguetona.
—¿Qué te parece?
¿Y yo qué sé? Solo he podido ver a Debby.
—Hum —digo como si lo sopesara muy en serio.
Es mi respuesta para cuando no quiero responder.