Las chicas solo quieren divertirse
Debby
Ethan está tonteando con una rubia que podría ser modelo. Mitch tontea con unas cinco a la vez. Debe de tener síndrome de la acumulación.
Syd y yo los observamos indignadas desde la barra.
Me ha liado para salir de fiesta. Yo quería repetir el plan de anoche: palomitas, chocolatinas y peli. Pero no, tuvo que empeñarse en vestirme y maquillarme como si fuera su Barbie de colección privada, y aquí estamos.
Vaya mierda.
A Syd se le borró la sonrisa en cuanto vio a Mitch rodeado de mujeres guapas. Ya no le quedan fuerzas para fingir que lo lleva bien.
Yo procuro no mirar a Ethan como una perturbada. No hay ningún motivo para que esto me afecte. Solo confirma lo que ya sabía: Hastings no me conviene. Fue cosa de los coyotes.
—¿Qué tal si nos vamos ya? —propongo.
—Míralos. —Syd sorbe de su cóctel con sombrillita fucsia y les clava una mirada hosca—. En su reservado caro, con su champán caro, tonteando con aspirantes al mejor polvo de la noche.
—Es odioso.
—Es un cliché.
—Sí —coincido antes de acabarme el tequila.
Le hago un gesto al camarero para que me sirva otro. Me ha quedado claro que no nos iremos en breve. Sydney quiere seguir despotricando sobre su ex.
Que en breve será su ex ex porque esa sanguijuela volverá arrastrándose como que me llamo Debby Nair.
—Tú y yo podríamos hacer lo mismo —dice, resentida.
—Claro que podríamos.
—Lo pagaríamos con el dinero de mi padre.
—Sí… —admito, desencantada.
—¿Sabes qué? Me niego a quedarme aquí mustia, viendo a ese gilipollas tontear con otras.
—Gracias a Dios. Llevo media hora deseando volver a casa. Estos zapatos son un infierno. Ojalá no me hubieras obligado a ponérmelos. ¿Quién es ese Manolo, de todos modos, un sádico?
—Me refería a ir a la pista de baile, Debster.
—Por supuesto que te referías a eso —me desinflo.
—Espera. Tengo que retocarte el pintalabios.
—¡Tía! ¿Por qué eres tan coñazo? ¿Es que tus padres no te compraron suficientes Barbies?
—Sí, pero la Barbie gruñona no. Y siempre he querido tenerla.
Le saco el dedo mientras ella me pinta los labios.
—Venga, haz esto.
Imito su gesto.
Syd sonríe, satisfecha.
—Perfecto. Ahora, a bailar.
—Creo que no estoy lo bastante borracha.
No sé si llega a oírme. Ya me está arrastrando hacia la pista.
La marea de jóvenes californianos bronceados y demasiado guapos nos engulle. Las luces estallan a nuestro alrededor. Azules, frías, relámpagos. La oscuridad me gusta más. Me permite mirar a Ethan sin disimular que no lo hago.
Lleva una camisa blanca arremangada que se le ajusta a los hombros anchos, sostiene una copa en la mano y sorbe de ella de vez en cuando. No está haciendo nada especial. Y aun así, no puedo apartar los ojos de él.
¿Por qué de repente lo encuentro tan atractivo? Me está volviendo loca esto, lo que sea esto. Cada vez que quiero concentrarme en otra cosa, aparece dentro de mi cabeza, él y unas ideas muy peligrosas.
Anoche me entretuve imaginando cómo sería pasar la lengua por encima de su barba.
Llegar sin prisas hasta su boca.
Provocarlo hasta obligarlo a darme el beso más obsceno de toda mi vida.
Sé que sería capaz. Porque no se trata del beso. Se trata de quién te lo da y de lo que esa persona provoca en tu cuerpo.
Hastings provoca en mí cosas que no sabía que pudiera sentir, y mucho menos por alguien como él.
Me hago una coleta con la goma que siempre llevo en la muñeca y busco sus labios con la mirada. Desde aquí no puedo verlos bien, pero los recuerdo cerca de los míos y algo se agita violentamente en mi interior.
Sydney me hace girar hacia ella. Pierdo a Ethan, y eso no me gusta.
Aunque sé que sigue ahí. Mi cuerpo lo sabe.
Syd empieza a contonearse. Hago lo mismo.
Queremos dejarles claro que no nos importa, pero no es cierto, y esta noche estoy un poco cansada de mentirme a mí misma.
No puedo seguir sosteniendo mi fachada de indiferencia cuando el muro que he levantado entre nosotros empieza a derrumbarse ladrillo a ladrillo.
Al cabo de un rato, le vuelvo la espalda a Syd y lo busco de nuevo entre los flashes.
Él levanta la cabeza como si supiera que lo estoy observando. La rubia le habla al oído. Tiene el cuerpo apoyado en el suyo. Parece una conversación íntima.
Ethan, con expresión insondable, me sostiene la mirada. No hay gesto de saludo, ni por su parte ni por la mía. Solo nos miramos como dos perturbados.
Asiente a lo que sea que ella le esté diciendo, sorbe de la copa y sigue observándome con una intensidad que me obliga a bajar los párpados. Es como mirar al sol y quemarse.
De pronto me invade una sensación desconocida. Soy toda frenesí, pulso disparado, respiración lenta, chispas en la piel.
Me giro para acabar con este despropósito, pero no hay manera, y cuando él se planta detrás de mí —sé que es él; solo puede ser él—, la distancia que nos separa empieza a vibrar como una cuerda demasiado tensa.
Me ahogo con la electricidad que estalla a nuestro alrededor.
La respiración se me altera, y la nuca, esa franja de piel entre mi pelo y el cuello del vestido rojo de Syd, se convierte de repente en el lugar más expuesto de todo mi cuerpo. Casi noto el calor de sus labios ahí, aunque no me esté tocando.
Me he acostado con todos los hombres que me han resultado atractivos, desde profesores universitarios hasta genios alcohólicos emocionalmente destrozados —mi tipo—. Pero nadie me ha encendido nunca como Ethan Hastings, que ni siquiera me está poniendo un dedo encima. Solo me respira en la nuca.
Esto es una locura. Me hace sentirme demasiado viva, demasiado consciente de su proximidad.
Veo de reojo que está a punto de rozarme el hombro desnudo con el dedo.
Todo mi cuerpo se tensa a la espera de la caricia. El estómago se me contrae de puro placer.
Pasan unos segundos eternos y entonces su brazo cae sin que su piel haya llegado a rozar la mía.
Bajo los párpados despacio y me humedezco los labios cuando acerca la boca a mi oreja.
—Hola, Deb Deb —me susurra, con el aliento caliente cosquilleándome en la piel.
Joder.
Me rindo y me giro hacia él, mis ojos en los suyos, mis pechos rozando las ondulaciones de su pecho. No llevo sujetador. Me pregunto si lo estará notando. Algo en la forma en la que tensa la mandíbula me dice que sí.
—Hastings. ¿No deberías estar filmando a chicas guapas desnudas?
Le asoma una leve curva irónica en la esquina derecha de esa boca que me obsesiona.
—¿Y tú no deberías estar en casa escribiendo sobre gente atormentada y deprimiéndote?
Le sonrío con dulzura.
—Soy polifacética, tío. Puedo hacer más cosas.
—Pues yo también.
—¿Por qué no vuelves con tu novia? Te está mirando. Parece cabreada.
—¿Te molesta?
—¿Por qué iba a molestarme?
Observa mi boca con expresión carnal.
—Dímelo tú.
Espero a que sus ojos verdes liberen mis labios y vuelvan a encajarse en los míos, y entonces le bajo los humos.
—No te hagas ilusiones. Me la suda lo que hagas y con quién te lo hagas.
Retrocedo sin despegar nuestras miradas.
Ethan se queda plantado en mitad del club. Intenta refrenar la sonrisa, las comisuras le delatan.
Salgo a la terraza y me enciendo un cigarrillo para calmarme. Antes de irme he visto que Syd bailaba con un tío. Parecían muy acaramelados. Me alegro de que a alguien le esté yendo bien la noche.
La puerta se abre a mis espaldas al poco rato. No me giro para ver quién es. No hace falta.
Ethan se acerca a mí por la derecha. No dice nada. Se queda ahí de pie, y yo le paso el cigarrillo.
Por supuesto, lo acepta. Contengo una sonrisa.
—Dímelo ahora —le susurro.
Se produce una pausa larga.
—Me excita la idea de probar algo que ha estado dentro de tu boca.
No hay ninguna reacción por mi parte durante por los menos veinte segundos. Al menos, no verbal. Intento lidiar con las físicas, con el cuerpo que se está rindiendo a sus palabras.
Cuando me giro, él está inexpresivo. Tiene las manos en los bolsillos, la mirada perdida en las luces de L.A. y mi cigarrillo le cuelga en la comisura de los labios.
Se lo quito, me lo encajo en la boca y lo observo fascinada. Al final, sus ojos descienden hacia los míos.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —le susurro.
—Le he jodido la carrera a alguien y se ha cabreado.
—¿Te refieres a Tobolowky?
Tuerce el gesto.
—No se le puede contar nada a Syd, ¿verdad?
—Ya te he dicho que no es fiar.
Sonríe y yo me acerco a él y presiono las puntas de mis dedos contra su pómulo hinchado.
—¿Te duele mucho?
—Sobreviviré.
—No necesito que me rescates. Lo sabes, ¿verdad?
Asiente despacio.
Sus ojos verdes me estudian muy de cerca. La sensación es embriagadora. Noto que absolutamente todos los contornos se deshacen.
—¿Por qué te esfuerzas tanto, Ethan?
Él también me toca. Levanta el brazo y su pulgar me roza por un segundo el centro de la barbilla.
Volvemos a estar muy cerca el uno del otro. El áspero calor que desprende su pecho me ha hecho acercarme a él.
—Quizá porque me gustas, Deb Deb.
—Te gusto, ¿en qué sentido?
Se produce una pausa breve y eléctrica.
Me estremezco cuando sus ojos suben para encontrar mi mirada.
—En todos… —murmura, acercando la boca a la mía.
—¿Qué estamos haciendo? —le susurro, con un deseo febril, irresistible, que me consume por dentro.
—Lo que siempre he querido hacer contigo, Debby. Probarte. En el instituto fantaseaba con robarte un beso muy a menudo.
Me quedo de piedra.
—No es cierto. ¿Lo es? Pero si tú salías con la Barbie Malibú.
Esboza una sonrisa muy leve, apenas un temblor a ambos lados de la boca.
—Estaba enamorado de ti. ¿Cómo puedes no saberlo? Me apunté a las clases de teatro solo para estar contigo.
Se le oscurece la mirada de golpe.
Tardo un segundo en entender por qué. Acabo de poner las manos en sus hombros para acercarlo un poco más a mí.
Mi capacidad de autocontrol se ha esfumado por completo. Que me esté echando su respiración caliente y alterada en la boca me está volviendo loca.
—¿Tú y yo? —musito, amoldando el cuerpo contra el suyo hasta notar cada fibra de él, cada músculo tenso.
—Tú y yo, Deb Deb. Siempre ha sido así. Me vuelves loco. Nadie más me vuelve tan loco, joder. Eres lo único en lo que pienso.
Pone los labios sobre los míos y sé que ya no hay vuelta atrás. Me tiene justo donde quiere tenerme. Y no puedo quejarme porque creo que estoy exactamente en el lugar donde quiero estar.
Su lengua roza mi labio inferior buscando una entrada que no tardo en ofrecerle.
Ethan aguanta unos segundos, limitándose a respirarme, y entonces el beso estalla con una pasión tan violenta que me aferro a su rostro con las dos manos y me pierdo en él.
Sus palmas me rodean la cintura y me pegan a él. Su lengua se hunde en mi boca, reclamando cada rincón.
Estoy vibrando de placer y lo sabe, porque el cuerpo que no deja de frotarse contra el suyo me delata.
Me hace retroceder hasta apoyarme en la columna y sigue devorándome sin piedad. Sus manos recorren mis curvas lentamente, dejándome sentir en la cadera lo mucho que lo excita este beso.
Me retuerzo contra él cuando su boca baja por mi mandíbula y mi cuello, lamiendo y raspando mi piel. Sus dedos se clavan en mis caderas para mantenerme pegada a su cuerpo de cintura para abajo, y a mí se me escapa un gemido al notar que me presiona con su erección.
Lo agarro del pelo con fuerza, y él sube hasta encontrar mi boca. Su lengua se desliza sobre la mía, provocándome un latigazo eléctrico en el vientre. Creo que es el mejor beso que me han dado nunca.
Mentira. Sé que lo es. Es obsceno. Nada amable. Puro sexo.
Cuando libera mis labios, estoy sin aliento. Él también.
—Vaya —digo, impresionada.
—Sí —responde con una sonrisa leve.
Junta nuestras frentes y me observa con los rasgos alterados. Hay algo muy salvaje en su mirada, algo que todavía me reclama.
Nuestras respiraciones se funden, y me enfurezco conmigo misma por estar jadeando así por él. Detesto darle la satisfacción de que vea que me he rendido con un solo beso.
—¿Vas a dejar de resistirte a mí? —murmura.
—Jamás.
Sonríe y vuelve a darme un empujoncito con su erección en el estómago.
—Bien. Eso me pone.
Acerco la boca a su oído.
Su olor inunda mis fosas nasales —masculino, limpio, abrumador—. Todo mi cuerpo entra en combustión lenta.
—Pues vas a tener que apañarte con tu mano derecha.
Ríe entre dientes y asiente con fastidio.
—¿Y con qué te vas a apañar tú? —me pregunta, dedicándome una mirada penetrante que me recuerda lo excitada que estoy.
Me marcho sin responderle.
Una parte de mí odia que me lo permita. Debería persuadirme más.
Choco con Syd dentro del club.
Frunzo el ceño al fijarme en su aspecto descompuesto.
—¿Por qué estás tan despeinada?
—Me acabo de pegar el lote con Mitch en los baños. ¿Tú por qué te pareces al Joker?
—He besado a Hastings en la terraza.
—Madre mía. Hay que salir de este club cagando leches.
—Por primera vez en toda la noche, estoy de acuerdo contigo —digo mientras apretamos el paso hacia la salida más cercana—. No mires atrás, Sydney. No seas débil.