No vamos a hablar de tíos #2
Lo sé porque yo me acabo de destapar otro.
—No, no vamos a verla —dice ella, muy convencida.
—Por supuesto que no. Es un bodrio mediocre.
*****
—Pues no está tan mal —comenta Sydney unas dos horas después—. Y Mitch sigue pareciéndome guapísimo.
—Tienes razón. La primera vez que la vi me pareció peor de lo que es. Si no se hubiera empeñado tanto en forzar el final feliz… Odio que sea un tío tan optimista.
—A mí me encantan los finales felices.
—Pues claro. Mira a tu alrededor. Toda tu casa es rosada, suave y cálida. Entrar aquí es como volver al útero materno.
Me hace una peineta.
Busca palomitas del cubo que tengo en la mano, pero solo encuentra granos de maíz sin estallar.
—¿Te quedan chocolatinas?
—Qué va. Somos peores que los gremlins.
Echa un vistazo a los envoltorios de Mars que hemos esparcido por el suelo y se deshace en un suspiro dramático.
—Míranos. Las dos mustias, viendo la película de un tío que no te gusta, en la que sale un tío que tampoco me gusta a mí. ¿Qué nos ha pasado, Debster?
—El declive de la treintena, Sydney. Sabía que llegaría. Todo llega.
—Qué triste. Vaya. Son casi las seis de la mañana —señala en tono alegre—. ¿Qué tal si nos vamos a desayunar a alguna parte?
—Vale. Pero que sea algo grasiento y asqueroso.
—Sí. Algo que nos arrastre a la tumba —dice con entusiasmo.
—Me encanta cuando te pones pesimista.
—¿En serio? Porque yo lo odio. ¿Qué tal ese sitio de comida orgánica?
—¡Sydney! Deberías liarte con Ethan. Sois tal para cual.
—Eso es lo más bonito que me has dicho nunca.
—¿Por qué es bonito?
—Porque él te gusta. Y ahora ya sé que yo también.
—¿Diez años de amistad y hasta ahora pensabas que no me gustabas?
—La semana pasada me amenazaste con una grapadora —se defiende.
—¡Porque querías tapizar mi sofá de terciopelo fucsia!
—Y sigo queriéndolo. Quedaría monísimo. Un toque de color en ese despacho deprimente que tienes.
—Como se te ocurra acercarte a mi sofá, te atropellaré con el coche. Eso no quiere decir que no me gustes. Porque tú eres una de mis personas favoritas, Syd.
—Y sigues diciéndome cosas bonitas. Uy. ¿Quién más está en esa lista tuya?
—Yo misma.
—¿Y quién más?
—Ehh… ¿nadie?
*****
Al final acabamos en el sitio orgánico. Ella quiere tortitas de avena con frambuesas y yo no tengo ganas de pelear por el desayuno.
—¿Qué quieres tomar?
—Lo mismo que tú. Pero, por Dios, que alguien me traiga un café cargado —suplico mientras me aprieto las sienes con los dedos.
Sydney le suelta el pedido a la camarera. Se la ve muy animada, teniendo en cuenta que no hemos pegado ojo en toda la noche. Tiene un aspecto luminoso. Será por la mascarilla de arcilla.
—Oye, tengo que contarte algo —me dice mientras mordisquea el trozo de apio que venía con el batido verde détox que se pidió nada más cruzar la puerta.
Dejo de mirar el sol que nace detrás de una colina y giro la cara hacia la suya.
—¿Qué pasa?
—Le conté a Ethan lo de Tobolowsky.
—Syd —gruño sin fuerzas.
—Tenía que saberlo.
—No me gusta hablar de eso.
—Ya lo sé. No quieres que la gente te mire de forma diferente. Pero no estamos hablando de la gente. Hablamos de Ethan Hastings.
La camarera me trae el café.
—Gracias. Es aún peor —le digo a Sydney.
—No lo es. Lo ha despedido en cuanto se lo he contado. Ni siquiera ha parpadeado. Y no solo eso. Le ha pedido a Ruby que se asegure de que nadie vuelva a contratarlo nunca más en Hollywood.
Hago una mueca.
—Va de salvador porque cree que así podrá impresionarme.
—No quiere impresionarte. Me ha pedido que no te lo cuente.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—No puedo ocultarte nada.
—Es verdad. Ni siquiera me ahorraste los detalles de tu última gastroenteritis…
—¡Es que fue horrible!
—Cómete el apio, Sydney. Y no digas nada más. Me va a estallar la cabeza como sigas cotorreando.
—¿Puedo decir que el gesto de Ethan me parece muy romántico?
—No.
—Pues pienso decirlo. Y no voy a disculparme por ello. Te ha defendido como lo haría el señor Darcy.
Le respondo levantándole el dedo corazón con toda la parsimonia del mundo.
Syd se echa a reír.
—Hablando del señor Darcy —digo, para devolvérsela.
—No empieces con lo de Randy.
—¿Por qué nunca me lo has contado?
—¡Porque no hay nada que contar! —exclama en un tono que deja bien claro que ahí hay mucho que contar.
—Es increíble. Podrías tener al hombre que quisieras, y vas y te obsesionas con el único que no te hizo caso.
—No estoy obsesionada con ese gilipollas. No aguanto a ese tío. Es un sabelotodo y un… un…
—¿Un…?
—Intenté besarlo y me hizo la cobra —se viene abajo.
Me quedo perpleja.
—¡Sydney! Eso sí que no me lo esperaba de ti.
—¡Estaba borracha! Lo había dejado con Adam e intenté besar a Randy Dios sabe por qué, pero el muy gilipollas se apartó, así que le robé el libro. Ahora estamos en paz.
—Pues vale.
—No, no vale si lo dices con ese tonito.
—¿Qué tonito?
—ESE tonito.
—No tengo ni la menor idea de a lo que te refieres.
—Pienso vengarme. Que lo sepas, Debby. Lo haré cuando menos te lo esperes.
Se señala los ojos con dos dedos y después a mí.
A continuación, le da un buen mordisco al apio y lo mastica estrechando los párpados.