No vamos a hablar de tíos
Debby
No es la primera vez que me presento en casa de Sydney a las tantas de la noche.
Tampoco es la primera que aprieto el botón del timbre como si me fuera la vida en ello.
Syd tarda una eternidad en abrir. Cuando por fin aparece, tiene las mejillas encendidas, como si hubiera bajado las escaleras a toda prisa.
—¿Debby, por qué llevas tu gabardina de perturbada en plena ola de calor?
—¿Tú qué crees?
—Ay, madre.
Sabe de qué va la visita. Siempre hemos afrontado las crisis juntas.
—Esto es un desastre —digo, blandiendo delante de ella el miserable guion que me quita el sueño por las noches—. Y no puedo mejorarlo porque tengo un bloqueo de narices. Por no mencionar que casi beso a Hastings en el desierto.
—¡¿Qué?!
—Fueron los coyotes. El miedo a morir.
—Pero si tú llevas años diciéndome que la muerte es un alivio.
—Bien. Pues casi lo beso porque lo encuentro muy atractivo de repente.
—Vaya. Te habrá costado lo tuyo admitirlo.
—No tanto como no besarlo.
Ríe entre dientes.
—Pasa. Prepararé margaritas. Dame solo un minuto. Tengo que atender un asunto personal.
Me fijo en su aire revuelto, de ropa mal colocada y pelo sin peinar, y me pregunto si no habré llegado en un mal momento.
Estoy a punto de preguntárselo, pero ya está subiendo por las escaleras. Cuando cumplió los treinta, su padre le regaló esta mansión en pleno Beverly Hills. Lo típico, dos plantas, piscina para coger un melanoma…
Me desplomo en su mullidito sofá rosa y expulso aire por la nariz.
—¡Dime que no vas en serio! —ruge Mitch en el piso de arriba.
Frunzo el ceño y miro el techo blanco como si pudiera atravesarlo.
—Tiene una crisis.
—¡Y yo una erección!
Me parece que el próximo día llamaré antes de plantarme en casa de nadie en mitad de la noche.
—Mitch, paso de pelearme contigo. ¿Por qué te vistes?
—Porque me largo.
—Yo no te he pedido que hagas eso.
—¿Y qué? ¿Nos acurrucamos los tres en tu cama de princesas?
Hago una mueca.
—Pues hala. ¡Vete!
Suena un portazo arriba y acto seguido Syd baja por la escalera haciendo más ruido que las tropas de Napoleón marchando sobre Siberia con resaca.
Me levanto del sofá.
—Oye, Sydney, mejor hablamos el lunes en la oficina. Es evidente que te pillo mal. Ese hombre está… erecto y cabreado. Y esa es una frase que jamás pensé que diría.
—No, Debby. Tú te quedas. El que se va es Mitch. ¿Así es como afronta los conflictos? Pues nada, que se largue.
El aludido baja por la escalera con la camisa a medio abrochar.
—¿Por qué no habré llamado a mi terapeuta? —me digo a mí misma.
—No te fustigues. Lo mínimo que espero de un novio mío es que pueda comprender que no voy a dejar de lado a mis amigos por tener una relación —escupe Sydney mientras trastea con algo metálico tras la barra de bar.
—¿Relación? —Mitch se detiene delante de ella. Tiene la mandíbula rígida y los ojos cargados de chispas—. Nena, tú y yo solo estamos follando. No te creas todo lo que se publica en las revistas.
Sydney y yo intercambiamos una mirada.
—¡Fuera! —le gritamos las dos.
Mitch levanta las manos como diciendo estáis locas. Me pirro.
Pega tal portazo que se sacude la casa entera.
—Y por eso no salgo con actores. Son demasiado teatrales. ¿Estás bien?
Syd aprieta las muelas para conservar la calma.
—Sí. Anoche me dijo que se está enamorando de mí, y ahora me suelta que solo estamos follando, pero estoy de puta madre. Nunca he estado mejor.
—Es un gilipollas. Y esa sí es una frase que pensé que diría.
Responde apartando la mirada.
—No te merece, Sydney —añado, compungida.
—Lo sé —susurra al final.
Prepara las margaritas, me trae una y nos acurrucamos las dos en el sofá.
—Te propongo una cosa —me dice después de unos cuantos tragos.
—Te escucho.
—Un fin de semana de chicas. Veremos todas nuestras películas favoritas, nos untaremos arcilla en la cara la una a la otra y puede que me compre un chihuahua.
—Ibas bien hasta que la cagaste. No puedes comprarte un chihuahua bajo ningún concepto.
—¿Por qué no?
—Porque eres rubia, Elle Woods.
Lo sopesa un segundo.
—Buen argumento. ¿Y qué me compro?
—¿Qué tal un perro que muerda a un ex?
—¿El mío o el tuyo?
—Sydney, al mío le mordí yo misma. Concéntrate.
Se le escapa una risa. En la lejanía suena una sirena.
Atrapadas en un silencio reflexivo, Syd y yo nos tomamos la copa a sorbitos.
—¿Qué le pasa al guion? —me pregunta al final.
—Es una mierda.
—Pero si estabas contenta.
—Hasta que dejé de estarlo. No hay que releer lo que una escribe. Con la relectura llega el suicidio.
—¿Sabes qué? Tengo una idea.
—Más vale que sea buena. Para ideas mediocres tenemos doscientas páginas en formato A4.
—Le haremos a tu guion lo mismo que a ese conjuntito que me regaló Mitch porque quería arrancármelo con los dientes.
—¿Quemarlos en una hoguera catártica? —sugiero, animada por la idea.
—Iba a decir tirarlos al cubo de reciclaje adecuado, pero tu idea de la hoguera me gusta más.
Sorbemos de la copa como dos villanas de cine.
*****
El guion prende enseguida. El conjunto guarro de Syd es tan sintético que me preocupa provocar un incendio en el vecindario.
—No me puedo creer que te pusieras eso por un tío.
—Lo sé. Las cuerdas se meten por todas partes. Se me cortó la circulación ya sabes dónde.
—Sydney, esta relación tóxica tiene que acabar de inmediato.
Una mujer no debería esforzarse tanto para que un hombre la encuentre atractiva.
El ser humano fornicaba cual bestia lujuriosa en las cavernas, y esas mujeres tenían bigote.
¿Y sabes qué? Ningún tío le pidió a nadie que se hiciera la depilación láser.
—La relación ha acabado, ¿o es que no has oído el portazo?
—Por favor. Te pusiste ese artilugio de la lujuria por él. Volverá arrastrándose.
—¿Tú crees? —me dice, esperanzada.
—Sydney. —Doy palmaditas—. Concéntrate. No queremos que vuelva.
—Tienes razón. Se acabaron las tonterías. No necesito a un hombre para ser feliz. ¿Hacemos nubes de azúcar en la hoguera?
—Lo veo difícil. Nos estamos quedando sin fuego.
—Tranquila. Tengo más ex novios que me han regalado cosas.
Y yo nunca tiro nada. El terapeuta dice que mis problemas de apego son fruto de la infancia.
Por lo visto, mi padre se mantuvo demasiado ausente durante mis primeros años de vida.
Nunca me dio el biberón ni me cambió el pañal.
Estaba demasiado ocupado construyendo urbanizaciones de lujo en California.
Tuerzo la boca en un gesto de desdén.
—Pues vale.
—Sujétame la copa. Ahora vuelvo.
Sorbo de mi margarita.
Me complace ver que no queda ni rastro del guion.
Aunque Hastings ha hecho copias. Qué hombre tan abominable. Ahora queda por escrito lo mala escritora que soy. Ethan Hastings siempre jodiendo.
Dejo de pensar en él cuando Sydney regresa del garaje con dos cajas enormes llenas de trofeos de sus ex novios. Ropa, peluches, varios collages de fotos…
—¿Colonias? ¿Te has propuesto ligarte a un bombero esta noche?
—Bien visto. Nada de colonias.
Me quita el frasco de Chanel de la mano y lo tira sin miramientos dentro de una caja.
—Hala. ¿Por qué tienes un ejemplar de Orgullo y Prejuicio tan manoseado?
—¡Deja eso! ¡No es para quemar!
Lo abro. Está demasiado histérica y necesito saber por qué.
—¿Propiedad de Randolph Rifkin?
(Por supuesto, solo alguien llamado Randolph Rifkin estamparía su nombre en un libro con tanta presuntuosidad).
—¡Devuélvemelo!
—Sydney, ¿le has birlado el libro a tu crush de la universidad?
—Me lo ha dado él mismo —miente, muy digna.
—Para hacerlo, tendría que haberse acercado a ti, y eso jamás ocurrió. Ese tío no podía verte ni en pintura. Le salía urticaria cada vez que andabas cerca de él.
—En el fondo yo le caía bien, solo que no podía admitirlo delante de sus amigos intelectuales.
—Ja. Mira que eres embustera. Odiaba tu rollito de Barbie californiana. Una vez dijo que el fucsia de tu blusa le irritaba las retinas más que la arena del desierto. ¿Qué será de Randy hoy en día? ¿Se habrá suicidado? La gente tan lista como él casi nunca llega a la treintena.
—Sigue vivo. Es escritor.
Se tapa la boca con la mano nada más soltarlo.
—¡Conque lo has estado buscando en internet!
—Solo para ver cómo fracasa en la vida adulta.
—¿Y ha fracasado?
—Qué va. Tiene un Pulitzer.
—No esperaba menos de alguien llamado Randolph Rifkin.
—See. Bueno, ¿nubes de azúcar?
—Claro —digo, irónica. Nos acercamos al fuego y Syd lo aviva con unos vestiditos muy monos—. ¡¿Randolph Rifkin?! —estallo, sin poder contenerme—. ¿En serio?
—Cierra el pico.
—Jamás lo hubiera adivinado. No es para nada tu tipo. Tú eres un batido de fresa y nata y él es un espresso italiano sin azúcar, de los que provocan insomnio. Y, a veces, infartos.
—¿He oído algo? ¿Un mosquito?
Le sonrío.
*****
Después de zamparnos las nubes de azúcar, volvemos dentro.
Son las tres de la madrugada, pero ¿a quién le importa la hora que sea?
Sydney quiere que nos hagamos la manicura y a mí me parece genial.
He debido de pasarme con las margaritas, porque no protesto cuando me pinta las uñas de verde menta, menos las del dedo corazón, que me las deja de coral.
—Así destacarán más tus peinetas.
—Qué detalle. ¿Y ahora qué? —digo mientras soplo aire en mi lustrosa manicura.
—Nos untaremos barro en la cara en cuanto se nos sequen las uñas, y no vamos a hablar de tíos.
—Por supuesto que no. Somos dos mujeres inteligentes y muy creativas. Nos sobran temas de conversación.
*****
Syd y yo estamos tumbadas en su enorme cama de princesa.
Tenemos la cara verde.
Rodajas de pepino en los ojos.
Las manos juntas sobre el pecho como si fuéramos Blancanieves en un ataúd esperando un beso de amor verdadero.
No estamos hablando de tíos. Es aún peor. ¡Estamos hablando de Hastings!
En el templado silencio de la madrugada californiana ocurren cosas muy extrañas.
—¿Te dijo eso de su primera película?
—Sí, tía.
—Vaya.
—¡Lo sé! Por eso casi lo beso. Su lado artístico me bajó las defensas. Y casi las bragas. Menos mal que Ruby llegó a tiempo.
—No he visto la primera película de Ethan.
—Pues sale un Mitch jovencísimo.
Syd se destapa un ojo.