Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Preproducción
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Preproducción

Ethan

Soy el último en llegar. No es algo que me ocurra a menudo. Suelo estar aquí antes de que nadie haya colocado todavía los vasos de agua sobre la mesa. Hoy me los encuentro a todos ya sentados, con el borrador inicial del guion delante.

Debby mira por la ventana como si la reunión la irritara profundamente desde antes de empezar.

—Buenas tardes —digo, quitándome las gafas de sol.

La gente murmura un saludo desganado. Estamos todos hasta las narices de la ola de calor. Salir de casa es un infierno.

Deb Deb no vuelve la cabeza ni me responde, y yo paso de largo sin dedicarle más de dos segundos de atención.

Me siento al lado de Ruby, que me pasa el orden del día.

Lo leo muy por encima.

—Bien. Empecemos.

Ruby se levanta y va dejando frente a cada asistente una hoja con las fechas de rodaje.

—Si el führer ya lo ha decidido todo, ¿para qué nos reunimos? —le pregunta Debby como si yo no estuviera presente.

—Nos reunimos —le respondo, y noto que mi voz sale más irritada de lo que pretendía— para decidir las localizaciones, el reparto, el presupuesto de fotografía y…

—Localización: el desierto —le dice a Ruby—. Apúntalo en tu hojita. Toma. Un boli.

Sydney mira al techo.

El resto de mi equipo hacen como que no están presentes. Es un combate a dos y creo que todo el mundo lo tiene claro. Suele ser la dinámica habitual.

—Debby, no vamos a rodar en el desierto.

Fija los ojos en los míos por primera vez desde esa noche.

Todo vuelve. El momento en el que casi nos besamos me golpea con fuerza.

Quizá le ocurra lo mismo, porque solo aguanta tres segundos antes de huir.

—Casi toda la película necesita luz natural de tarde —me recuerda, con la atención puesta en la hoja que le ha dado Ruby—. Si pretendes que rodemos en noviembre, tendremos exactamente cuarenta minutos de margen antes de perderla.

—Lo sé.

—¿Y qué propones?

—Mi propuesta está en el documento de preproducción que envié hace dos semanas y que tú no te has molestado en leer.

—Lo he leído —asegura con mirada punzante.

—Entonces sabrás que vamos a rodar en Arizona.

—Insisto: si está todo decidido, ¿para qué nos reunimos?

—Solo quería saber qué te parece Arizona.

—Tan estúpido como el resto de cosas que propones —me responde con una dulzura tan fingida que tengo que tragarme la sonrisa.

—Vale. Pues Arizona y no se hable más. Siguiente punto del día. ¿Ruby?

—Reparto.

Debby se reclina en la silla con los ojos puestos en mí. Va a pasar a la ofensiva. Primera fase: intimidación del enemigo.

No le funciona y lo sabe, pero entrecierra los párpados por si acaso.

—He hablado con el agente de Jessica Nicols —informo, y a ella se le alteran los rasgos—, y me ha confirmado que estará disponible para rodar en otoño. Creo que sería perfecta para el papel de Marianne.

El silencio de Deb Deb es lo más parecido al ojo de un huracán que he experimentado nunca en una sala de reuniones.

—Podemos estudiarlo —dice Sydney, conciliadora.

Debby se gira hacia ella. En su comisura derecha ha aparecido una curva irónica.

—¿Podemos?

Sydney arquea una ceja.

Durante unos segundos dejo que se comuniquen en silencio como siempre hacen.

—Una nominación al Oscar —las interrumpo—. Veinte millones de seguidores en Instagram. La película necesita visibilidad. Jessica Nicols es visibilidad.

—Le haremos una audición —zanja Sydney.

—Jessica Nicols —subraya Debby como si todo el asunto le pareciera un chiste de los malos—, protagonizó el año pasado una película en la que interpretaba a una mujer con poderes psíquicos que salva a un caniche en mitad de un tornado. Hay un meme circulando por las redes. Te lo mando si quieres.

Sydney se muerde el labio. Ruby deja de garabatear. Los demás miran al techo. Intento no sonreír mientras le aguanto la mirada a Debby.

—Puede hacer cine de autor.

—Marianne es una mujer que carga con nueve meses de silencio y una relación destrozada que no termina de romperse del todo.

—Jessica puede hacerlo.

—No, no puede. Necesito a alguien que entienda lo que es llevar ese peso encima sin que se te note en la cara.

Jessica Nicols hace que todo se le note.

Y, oye, no lo cuestiono, su mímica funciona si la tormenta está a punto de tragarse a un pobre caniche.

Qué angustia. Pero no va a funcionar en mi historia. Necesito otra clase de interpretación.

—Debby.

—Solo los actores mediocres abusan de la mímica, y esta no va a ser una película mediocre, por mucho que tú te empeñes.

—¿A quién propones tú?

Joder. Ya estoy cediendo otra vez.

—Maya Burrows.

Matt levanta la cabeza del guion. Ruby frunce las cejas. Yo mantengo los ojos enganchados a los de Debby.

—Maya Burrows no ha hecho nada en dos años —le recuerdo tras unos segundos de silencio.

—Porque tiene criterio y principios. Maya Byrrows no se embute el primer traje de látex cada vez que un director de tercera estrena franquicias de superhéroes con poderes para controlar el viento.

Ganó en San Sebastian y en Tribeca, y es la única razón por la que Space triunfó, porque Space sin Maya era un guion bonito y nada más.

Tiene razón en algunas cosas, pero no pienso decírselo por ahora.

—Maya Burrows no vende entradas.

Debby se inclina sobre la mesa.

—Maya Burrows puede ganar un Oscar. ¿O debo recordarte cuál es el objetivo de esta película, Hastings?

Si necesitas arrasar en taquilla, haz que la guapita de Jessica rescate a otro caniche en medio de otro tornado y que se pase noventa y cinco minutos vistiendo la camisa polvorienta de su novio.

Así nadie tendrá que devanarse los sesos con el vestuario.

—Lo dejamos pendiente —cedo, pero solo a medias. Sigo pensando que mi propuesta es mejor que la suya—. Haremos pruebas con las dos y decidiremos entonces.

Debby suspira con una irritación que me hace tensar la mandíbula.

Ruby me pasa la segunda página del orden del día. Me obligo a bajar la mirada para comprobar qué toca a continuación.

—Matt, ¿cómo vas con el tema de los permisos?

*****

La segunda ronda trascurre de forma bastante más civilizada. Matt habla de seguros de producción y permisos. Diana, de vestuario. Tina, de decorados.

Debby, que suele controlarlo todo, deja que sea Sydney quien pelee con mi equipo esta vez.

Al final llegamos a un consenso. Con Syd es más fácil negociar.

—Quiero proponer a Joe Tobolowky como director de fotografía —digo cuando ya está decidido el vestuario.

Oigo una especie de exhalación corta, que en cualquier otra persona sería inofensiva y que en Debby significa que está haciendo un esfuerzo activo por no agredir a nadie.

—Tiene un lenguaje visual extraordinario —continúo como si no la hubiera oído rechistar—. Lo que ha hecho el año pasado en la película de Colin Farr…

—Lo que hizo fue fotografiar a las actrices como si fueran objetos decorativos —me interrumpe con impaciencia—. Tiene una idea muy concreta de quién merece ser mirado y quién está ahí para completar el encuadre.

—Esa fue una decisión de la productora, no suya.

—Si un director de fotografía no tiene criterio propio, no sirve. Podría haber defendido una mirada diferente y no ha sido así.

Estoy de acuerdo. Podría haberlo hecho.

Pese a ello, sigue pareciéndome el adecuado.

—Haremos que trabaje bajo tus indicaciones visuales —intento apaciguarla.

—Ethan. —Es la primera vez en toda mi reunión que dice mi nombre, y lo hace con una paciencia muy medida—. No quiero a Tobolowky en esta película.

—Debby…

—Si tengo que supervisar al director de fotografía para que haga su trabajo, no necesito a ese director de fotografía. Pon a cualquier otro.

—No es tu decisión. Lo he contratado y te aseguro que no pienso despedirlo.

Se levanta de la silla con tanta brusquedad que casi la vuelca.

—Entonces más vale que me despidas a mí porque no pienso trabajar con Tobolowsky bajo ningún concepto.

Está tan cabreada que se marcha dando un portazo.

—Y corten —digo con una sonrisa de fastidio—. Lo siento, chicos. Convocaré otra reunión para cuando Debby esté de mejor humor.

Todos se levantan y salen en tropel.

Sydney permanece sentada.

—Ni te molestes —la freno antes de que abra la boca.

—Ethan, sé que a veces es irrazonable y muy exigente, pero…

—No voy a despedir a un buen director de fotografía por uno de sus innumerables caprichos, Syd. Admito que tiene razón con lo de la película de Colin, pero esta vez será diferente porque yo estaré ahí para asegurarme de que Joe cumpla con todas nuestras indicaciones.

—Pero…

—Ahórratelo. No voy a cambiar de opinión.

Sydney sacude la cabeza con gesto de frustración.

—Escucha, Ethan. Debby cree todo lo que te ha estado diciendo, y yo también. Y sé que tú también lo crees. Pero hay algo que no te ha dicho.

Dejo de amontonar papeles y la miro por fin.

—¿El qué?

Hace una pausa, y noto que un brillo extraño empieza a cargarle la mirada.

—La agredió en una fiesta hace diez años. Si mi novio y yo no llegamos a entrar… Él estaba encima, borracho como una cuba. Debby no paraba de llorar y de forcejear. Joder, Ethan, ese tío le metió los dedos. No le pidas que trabaje con él.

Me la quedo mirando. Un rato interminable.

—¡Ruby!

No libero los ojos azules de Sydney ni siquiera cuando aparece la sombra de Ruby en el umbral.

—Despide a Tobolowky de inmediato. Y asegúrate de que no vuelva a trabajar en Hollywood en su puta vida.

Le dedico una mirada breve para que sepa que voy muy en serio.

Por una vez Ruby no se atreve a cuestionar las ordenes. Solo hace un gesto afirmativo antes de retirarse.

—Gracias —dice Sydney.

—No me las des. Oye, Syd. No le digas que me lo has contado. Ni… nada de esto. Que quede entre nosotros.

Asiente, se levanta de la silla y se marcha.

Permanezco un buen rato más en la sala de reuniones, mirando las palmeras de fuera con ojos ausentes.