Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Casi un beso prohibido
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Casi un beso prohibido

Debby

—Bueno, gracias por traerme. Adiós.

Bajo del coche antes de que a ninguno de los dos le haya dado tiempo de articular palabra y me alejo deprisa por la acera. Me siento como si estuviera huyendo del escenario de un crimen.

Maldigo al escuchar un portazo amortiguado y los pasos de Ethan detrás de mí.

—Oye, Debby, para un momento.

—Lo siento, tengo un poco de prisa ahora mismo.

—Deborah, para.

El tono es tan firme que me detengo y me giro casi por inercia.

Y ahí está él, cansado, sin afeitar y con un cabreo que le sienta demasiado bien.

Tiene el pelo alborotado, la camisa arrugada y el ceño fruncido.

Y su aspecto desastrado es más difícil de encajar de lo que esperaba.

Me irrita que mi cuerpo tenga de repente esta reacción tan intensa y visceral en su presencia.

Por Dios. ¡Es Ethan Hastings! El ser humano que más me irrita del universo.

Y, de no haber sido por Ruby y su maravilloso sentido de la oportunidad…

No, no voy a pensar en lo que habría pasado. Prefiero creer que me habría detenido a tiempo. Antes de arrancarle la camisa. Antes de lamerle esos abdominales delineados. Antes de meterme su...

Vale ya, Debby. No te metas nada suyo en ningún sitio.

—¿Qué quieres?

—¿No vamos a mencionarlo?

—No veo el motivo.

—Debby.

—Estábamos en el desierto. Había coyotes. Lo más probable era que fuésemos a morir. No es para tanto.

—Casi nos besamos. Quiero hablar de ello.

—¿Hablar de qué? ¿De que hemos tenido una respuesta contextual pasajera por culpa de un entorno de alta tensión emocional?

En circunstancias así es normal es que el cerebro humano genere vínculos artificiales que no tienen nada que ver con la realidad.

Pasa en los atracos, en las catástrofes naturales y en…

—Ahórrame la psicología barata.

—Y tú a mí la conversación.

El espacio entre nosotros vibra, cargado de todo lo que no estamos diciendo. Al menos, no con palabras.

Ethan se frota la frente con las puntas de los dedos y niega frustrado.

—Escucha, Debby, lo de esta noche…

—Hastings. —Mi voz brota más baja y ronca de lo que pretendía, y odio que suene así, como si fuera un ruego—. Déjalo estar.

Mantiene los ojos encajados en los míos y noto que poco a poco se está rindiendo.

—¿Así que volvemos a lo de siempre? ¿Es eso lo que quieres?

Me encojo de hombros con desdén.

—A mí me sirve.

Su mandíbula se tensa ligeramente.

—Pues nada —dice al fin—. Te veré en la reunión.

—¿Qué reunión?

—Algún día tendrás que empezar a leer mis e-mails —espeta antes de dar media vuelta.

Lo sigo con la mirada mientras se aleja hacia el sol naciente. No me había dado cuenta de que es casi de día.

El rugido del Jaguar de Ruby me resuena en los oídos mucho después de que el coche haya desaparecido calle abajo.

Me quedo inmóvil frente al portal unos segundos más, intentando procesar todo lo que ha pasado estas últimas horas.

Vale. Repasemos los hechos con calma.

Hecho número uno: nos hemos quedado atrapados en el desierto.

Hecho número dos: Ethan ha encendido un fuego como si fuera un hombre de la prehistoria.

Hecho número tres: Ethan se ha mostrado más vulnerable que nunca y ha demostrado cierto sentido del arte.

Hecho número cuatro: casi dejo que Ethan me coma los morros.

Hecho número cinco: volvamos de inmediato al hecho número cuatro.

¡¿QUÉ?!

Lo que más me irrita, lo que no voy a contarle a Sydney ni aunque me torture durante tres semanas seguidas o me ofrezca galletas de chocolate como moneda de cambio, es que yo quería que me besara.

Madre mía.

¡Quería que me besara! Un millonario narcisista con un piano decorativo. Un hombre que ha arrasado haciendo películas sobre superhéroes y gente vacía que folla duro en áticos de cristal. Un director de tercera con problemas de apego y demasiado presupuesto.

—Madre… mía.

*****

La puerta del apartamento se cierra con un golpe seco a mis espaldas.

Me quedo en el recibidor sin hacer nada.

Ni siquiera enciendo la luz.

El gato aparece por el pasillo y se enrosca entre mis piernas. Sigo mirando ausente la pared que tengo delante.

Al final voy a la cocina, lleno un vaso de agua y me lo bebo ansiosa frente al fregadero.

Fellini me observa desde el suelo. Es un gato crema de orejas negras y ojos azules.

—No me mires así. Ha sido cosa del desierto. Me afectó las neuronas.

Bosteza. Sabe que mi defensa flaquea. Es muy listo. Y siempre lo sabe todo. Estoy bastante segura de que es una persona reencarnada. Puede que el mismo maestro Fellini. O Marlon Brando.

Me paso la mano por la cara y me apoyo en la encimera.

—Vaaale. Ha sido por esa tontería del baile.

No lo dijo en plan chico guapo y popular se burla de la pringada, lo dijo como si…

como si de verdad le hubiera gustado hacerlo.

Eso, de entrada, ya debería explicar cualquier comportamiento mío posterior.

Que no digo que lo explique porque está claro que no me afectó ni nada.

El gato parpadea despacio. Lo está poniendo en tela de juicio.

—Que no, que no me afectó, pero fíjate el momento que escoge el tío para soltarme su mejor frasecita.

Cuando estamos en pleno desierto, rodeados de coyotes, y el champán mezclado con el miedo a morir me había bajado las defensas.

El cabrón sabe lo que hace, Fellini. Es bueno manipulando mujeres. Por suerte, soy inmune.

Abro la nevera, saco una botella de vino blanco que lleva ni se sabe cuánto tiempo abierta y me sirvo una copa.

—De acuerdo, no es que sea del todo inmune —admito mientras nos dirigimos los dos al salón.

Yo me siento en el sofá. Él salta y se instala en el reposabrazos.

—Escucha. Esto te lo contaré a ti y a nadie más. Ha habido un momento. Un momento muy breve, insignificante, del tamaño de, qué se yo, un paréntesis en una frase larga. Y en ese intervalo de tiempo he hecho algunas cosas que fuera de contexto podrían parecer… equívocas.

Fellini mueve la cola de una forma que no augura nada bueno.

—No lo he besado —aclaro para que se tranquilice—.

Deja de mover el rabo con impaciencia. Técnicamente, no ha ocurrido nada.

Ha habido una intención, sí, de acuerdo, ha habido una intención bastante clara por ambas partes, pero la intención no es el acto, Fellini, y eso lo sabe cualquiera con nociones básicas de filosofía moral.

El gato pone una pata encima de la otra y aguarda, juicioso.

—Y además ha sido por culpa de los coyotes.

Silencio.

—¡Ha sido por culpa de los coyotes! —insisto—. Tendrías que haberlos oigo aullar. He tenido la respuesta fisiológica correcta ante la presencia de la muerte. No se me puede culpabilizar sin tener en cuenta este hecho atenuante.

El juez Fellini baja del reposabrazos, camina por el sofá con los andares presumidos de un dictador fascista y se sienta a mi lado.

—Mira —le digo, en un tono más razonable—. Tú llevas varios años viviendo conmigo. Sabes cómo funciono. Sabes que soy una persona con criterio, con principios, con una trayectoria profesional sólida y, ¿por qué no admitirlo?, con una capacidad analítica por encima de la media. ¿Verdad que sí?

Nada.

—¿Verdad que sí, Fellini?

Se lame una pata con parsimonia. Lo interpretaré como respuesta afirmativa.

—Pues bien, como soy una persona con criterio, puedo decirte que Ethan Hastings es exactamente el tipo de hombre que no me conviene.

No porque sea mala persona, que a veces lo es, sino porque es la clase de tío que hace que las cosas se compliquen, y yo no necesito complicaciones en mi vida. Yo estoy muy bien aquí contigo.

Ignoro su cara de sospecha y continúo con mi alegación.

—Y te diré otra cosa que no necesito, Fellini. No necesito que el chico más guapo y popular del instituto me diga, a mis casi treinta años de vida, que él me hubiera llevado al baile de fin de curso AL QUE NADIE ME INVITÓ. No muevas la cola de esa forma. Sabes que tengo toda la razón.

Se tumba, pone la cabeza sobre mis rodillas y empieza a ronronear. Lo acaricio, distraída.

—El problema con Ethan es que siempre he sabido que era guapo.

Esto no es nuevo ni amenazante, es solo un hecho más del universo, como que el agua moja o que las películas de Michael Bay no tienen subtexto.

Lo que no había calculado, porque no estaba en ninguno de mis esquemas, es que a veces, en determinadas condiciones de luz, champán, miedo a la muerte y conversaciones no tan superficiales, Ethan Hastings puede resultarme atractivo.

Muy atractivo. Casi tan atractivo como a Hitler la idea de invadir Polonia.

El gato no reacciona de ninguna forma. Lo miro y resulta que se ha dormido.

—Oye, Fellini, que te estoy hablando. ¿Me has oído con lo de Polonia?

Lo rasco detrás de la oreja, pero se niega a abrir los ojos. Lo he aburrido demasiado. He interpretado el monólogo más largo de la historia del cine independiente.

Demasiado largo incluso para mí.