Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Un amo despiadado #2
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Un amo despiadado #2

No hay sarcasmo en ellos, y su voz no arrastra el tonito punzante de siempre. No se trata de una de las pullas que solo suelta para provocarme. Va a hacerme una crítica de verdad esta noche, y quiero oírla. Su opinión es muy importante para mí.

—Ilumíname.

—Había una buena historia enterrada bajo toda esa basura superficial, y tú la sacrificaste.

Intercambiamos una mirada larga.

El fuego empieza a morirse despacio, pero ninguno de los dos se mueve para avivarlo.

Levanto el brazo, le coloco un mechón de pelo tras la oreja y sigo estudiándola como si fuera mi obra de arte favorita.

(Lo es…)

Debby no se aparta ni me retira la mirada.

—No la sacrifiqué porque quisiera, Deb Deb.

—¿Y por qué lo hiciste?

Esbozo una sonrisa triste, y algo en su cara cambia, algo muy sutil que no hubiera percibido de no haber estado tan absorto en ella.

—Porque la historia buena no me la iba a financiar nadie.

Abre la boca, vuelve a cerrarla y al final asiente.

—Sé lo que es eso —dice, apartándose de mí.

—¿Puedo confesarte algo? —le susurro—. Por si no sobrevivimos.

—Te escucho.

—Hasta esta mañana creía que eras lesbiana.

Me pone los ojos en blanco.

—Por Dios, Hastings. Que una mujer no caiga rendida a tus pies no la convierte en lesbiana.

Consigo frenar la sonrisa justo a tiempo.

—No es por eso.

—¿Y por qué es?

—Besaste a Maggie Mcclellan en los labios cuando teníamos cinco años, y fuiste al baile de graduación con una chica. ¿Qué querías que pensara?

—Increíble. Si besé a Maggie es porque sorprendí a mi tío morreándose con alguien que no era mi tía y para salir del paso me dijo que a los amigos se les besa en los labios para demostrar la amistad.

—Hay que joderse.

—Y fui al baile con Izzie porque ningún chico nos invitó a ninguna de las dos. Éramos unas pringadas, ¿recuerdas?

El fuego termina apagándose. La oscuridad es enorme y silenciosa, llena de estrellas. Pero no noto el frío. Mi cuerpo arde solo por tenerla cerca.

—Yo te hubiera llevado al baile de haberlo sabido, Deb Deb —murmuro al cabo de un buen rato.

Levanta la cabeza para enfrentarse a mi mirada.

Su rostro está a milímetros del mío. No tengo ni idea de si me he acercado yo o si ha sido ella. El caso es que mis labios casi rozan su comisura y, ahora que sé que podría ser su tipo, no pienso detenerme, a no ser que ella se detenga primero.

—Tú fuiste al baile con la chica más guapa del instituto —me susurra, lo cual parece cargar el aire entre nosotros todavía más.

Su respiración huele a tabaco y a champán, y eso me pone tanto que empiezo a empalmarme.

—Fui con la chica a la que todos consideraban la más guapa del instituto —rebato.

—¿Cuál es la diferencia?

—Hay una diferencia colosal.

Debby se humedece los labios secos con nerviosismo.

Sigo respirándola, ansioso. Estoy cada vez más cerca de su boca.

Empiezo a sentir el beso. La electricidad en la piel. Un calor áspero inundándome el pecho. Estoy deseando probarla, aunque solo sea por una vez.

Joder, voy a besarla. Llevo años fantaseando con ello.

Me inclino un milímetro más y cojo su mentón entre los dedos. Ella no se aparta. Lo desea tanto como yo.

—Por si morimos —murmuro a modo de explicación.

Su mirada oscila entre mis ojos y mi boca.

Noto que se está rindiendo. A esto. A mí.

—Por si morimos —concede en un susurro.

Abro los labios encima de los suyos. Me imita. La tensión contenida del beso electriza el aire. Todo vibra a nuestro alrededor. Mi pulgar le acaricia la comisura.

Estoy a punto hundirme en su boca cuando los faros de un coche me golpean de lleno en los ojos. ¿Qué coño…?

Debby retrocede y pega un brinco.

—¡Eh! ¡Aquí! —grita, corriendo hacia la carretera.

Se ha olvidado de los coyotes, los pumas y las serpientes de cascabel.

Niego para mí, me levanto y la sigo, y los dos hacemos señas desesperadas hasta que el coche se detiene a nuestro lado.

—No te entusiasmes —le susurro—. Podría ser un asesino en serie. Nadie en sus cabales vagaría a estas horas por el desierto.

—Pues intenta no cabrearlo con tus gilipolleces.

—Ni tú con las tuyas.

Me clava el codo en las costillas.

La ventanilla baja despacio.

—Bien. Seguís vivos.

—¿Ruby? —digo, agachándome para mirar el oscuro interior del coche, del que sale una buena nube de humo de tabaco mezclado con Chanel Madeimoselle.

—La misma.

—Menos mal —dice Debby, aliviada—. Podría haber sido un caníbal. Y hubiera empezado por mí porque Ethan es puro músculo y le costaría masticarlo.

—¿Cómo nos has encontrado? —pregunto, ignorándola.

—Tu coche mandó un aviso de avería por GPS y, como no contestabas al teléfono, decidí comprobarlo.

—¿Has conducido cuatro horas por el desierto, en plena noche, solo para ver si estaba bien?

—¿Necesitas que te responda a eso?

Lo dejo estar y subo al coche.

Deb Deb se instala en el asiento de atrás.

—Oye, ¿y nuestras cosas? —dice justo cuando Ruby vuelve a arrancar.

—Mandaremos a alguien a por el coche. No creo que los coyotes lo asalten de momento. A no ser que sean una banda organizada.

Me da un golpecito en el hombro —aunque la he hecho sonreír—, se coloca el cinturón y no dice nada más.

Bajo el espejo para poder mirarla. Nuestros ojos se cruzan durante unos segundos.

Es ella la que rehúye el contacto. Yo sigo mirándola hasta que se reclina en el asiento y baja los párpados para esconderse de mí.

Creo que está igual de confundida que yo. De no haber aparecido Ruby, me parece que me hubiera besado, y sé que es absurdo, lo sé, pero una parte de mí desearía que mi ayudante hubiera ignorado el aviso del GPS.

Al menos, hasta mañana.

Estoy diciendo gilipolleces. Se nos podría haber comido un puma. ¿Y todo por un beso? Joder, no estoy tan obsesionado con ella. Creo.

—Ruby.

—¿Jefe?

—Siento haberte gritado esta mañana.

Baja la ventanilla y se enciende un cigarrillo.

—Tranquilo.

—Gracias por venir a rescatarnos.

—Espero no haber llegado en mal momento.

Pongo mala cara al ver la curva irónica que le asoma en el lado derecho de la boca.

Decido encender la radio para distraerme con algo.

Debby empieza a roncar atrás.

—Increíble —mascullo entre dientes.

—Pues no duerme precisamente como una princesa Disney —apunta Ruby, divertida.

Hago otra mueca.