Un amo despiadado
Ethan
Llevo un buen rato inclinado sobre el capó, intentando comprender qué le ocurre al coche.
Debby, cruzada de brazos, se ha apoyado en el guardabarros a mi lado. Yo toqueteo cosas sin tener ni idea de mecánica. Ella observa el sol menguante.
—No te pongas profunda en mitad de una crisis.
Yo nunca me pongo profundo. Suelo ser pragmático.
—Vamos a morir en este lugar. Seremos pasto de los animales y el sol. Moriré joven y en la ruina, como todos los grandes. Lo malo es que tú aún no has ganado el Oscar.
—Deja de ser tan pesimista. Nadie va a morir aquí ni en ningún sitio. Llamaremos a la grúa.
—Suerte con eso.
Frunzo el ceño y levanto la cabeza para echarle una mirada desconfiada.
—¿Por qué lo dices en ese tono tan lúgubre?
—¿Quizá porque no hay cobertura de móvil en el desierto?
—¿Qué? No me jodas. —Saco el móvil del bolsillo y enciendo la pantalla, solo para comprobar que tiene razón—. Joder —gruño, cerrando el capó de golpe.
Debby se está examinando las uñas negras con fingido interés.
—¿Algún último deseo antes de morir, aparte de lo del Oscar?
La miro con inquina.
—Mantengamos la calma. Estamos en una carretera. Alguien pasará por aquí tarde o temprano.
—Claro. Una serpiente de cascabel, una viuda negra, un puma…
—Hay que encender un fuego.
Se baja las gafas grises por la nariz para dedicarme una mirada risueña.
—¿Un fuego? ¿Con qué?
—Tienes un mechero, ¿no?
Se saca el paquete del Kent del bolsillo, busca el mechero dentro y me lo ofrece, muy parsimoniosa.
—Solo una pregunta, Ethan.
—¿Qué?
—¿Por qué no nos quedamos dentro del coche?
—Porque tú y yo encerrados en un coche sin aire acondicionado seríamos más peligrosos que una mamba negra.
Se produce una pausa.
—Tienes razón. Pero ya está anocheciendo. Así que…
Se cruza de brazos, empeñada en contemplar el cielo naranja. La luz del desierto arranca reflejos rojizos a su melena. Intento no mirarla como un idiota. No hay que ponerse cursi en mitad de una crisis.
—De todos modos, necesitamos encender un fuego —resuelvo, aunque mi voz, en lugar de enérgica, suena más bien cálida y suave.
—Por Dios. Estás empeñado en presumir de bíceps y demostrarme que puedes sobrevivir a la intemperie. Pero ¿qué pasa con tu género? Toma el puto mechero. Haz el fuego. Yo me quedaré dentro del coche. Problema resuelto. Cada uno por su lado.
—Genial —mascullo, malhumorado—. No podemos formar equipo ni siquiera en mitad de una crisis.
—¿Para qué tanto esfuerzo si vamos a morir igual?
—Lo que más me irrita de ti es tu pesimismo.
—El realismo, querrás decir.
—Paso de pelearme, Debby.
Le cojo el mechero de la mano y me voy a buscar matorrales. Esta noche sabrá por qué.
Como ella bien dice, el desierto es un amo despiadado.
*****
El calor desaparece deprisa en el desierto. No hay aviso. En un momento el cielo es naranja. Al siguiente, se torna morado y frío. Las temperaturas se desploman aquí. Hay una diferencia muy grande entre el día y la noche.
Estoy sentado delante del fuego, calentándome, cuando oigo abrirse la puerta del Porsche.
Me mantengo serio, procurando no sonreír, y ella se acerca despacio, abrazada a sí misma.
—¿Tienes frío, Deb Deb?
—No. Pero no me gusta verte aquí sentado, solo, como si fueras el último mohicano.
—Hay sitio para uno más, si quieres acompañarme.
—Bueno.
Se sienta al otro lado del fuego y se frota los brazos para entrar en calor. Consigo a duras penas tragarme la risa.
A sus espaldas, en los matorrales, algo se mueve y hace ruido. Debby pega un salto, rodea corriendo el fuego y se sienta a mi lado, tan cerca que nuestros cuerpos casi se tocan.
Aprieto los labios para frenar una sonrisa de satisfacción.
—¿Estás bien? —le susurro al cabo de un rato. Sigue encogida de frío.
—Sí. Es solo que…
—¿Qué?
—Tengo un poco de frío. Y… sed.
—Espera. Creo que puedo ayudarte con ambas cosas.
Me levanto y ella pega otro salto.
—¿Adónde vas?
—Al coche. Tranquila. Ahora vuelvo.
—Hastings, no me dejes aquí sola.
—Tardo dos segundos en volver.
—Haz ruido para espantar a las alimañas.
Me echo a reír.
—No se acercarán a ti si te quedas cerca del fuego.
—¿Y si se acercan por detrás? —grita a mis espaldas.
—Pues te cruzas al otro lado de la hoguera.
—¡Muy gracioso!
Regreso enseguida, con una manta reflectante y una botella de champán.
—Pijo hasta la muerte —farfulla para sí.
—Me la regalaron el otro día y me olvidé de subirla a casa.
—Lo típico. ¿Quién no tiene una botella de Dom Perignon en el maletero para emergencias?
—¿La quieres o no? —me impaciento.
—Ábrela de una vez —masculla, envolviéndose con la manta.
La abro —Debby se tapa los oídos— y se la paso. Le da un buen trago.
—Puaj. Está caliente —protesta enseguida.
—Claro que está caliente. Llevamos horas vagabundeando por el desierto. Pero al menos podrás beber algo.
Me la devuelve, y yo, sentado a su lado delante del fuego, tomo un trago y tuerzo el gesto.
—Mira que es horrible el champán templado.
—Parece pis —me da la razón.
Riéndome, le paso la botella y ella vuelve a beber.
No le quito los ojos de encima mientras se enciende un cigarrillo, baja los párpados y echa el humo por la nariz.
—¿Cuánto tiempo llevas fumando? —pregunto, con una voz que suena demasiado profunda en el silencio de la noche.
—Desde la universidad. —Expulsa una bocanada de humo hacia arriba, abre los ojos y me encaja el cigarro entre los labios. Lo aspiro antes de devolvérselo—. Hubo un tío. Solía plantarme sus cigarrillos en la boca, como yo a ti, y al final le cogí el gusto.
—¿Te gustaba él?
—Fue mi primer amante. También fue mi mentor. Supongo que todo va de la mano, ¿no? A veces cuesta distinguir entre admiración y amor. Yo lo admiraba. Él me quería. No funcionó.
No digo nada, me limito a tomar un trago de champán.
Los coyotes aúllan en la lejanía. Debby se acerca a mí un poco más, hasta que nuestros cuerpos entran en contacto. Hay algo peligroso en la forma en la que su calor atraviesa mi ropa. Me siento como si llevara años sin estar tan cerca de alguien.
—Ethan… —murmura, y yo maldigo lo bien que suena mi nombre en sus labios.
Vuelvo el rostro hacia el suyo. Me pregunto si notará que de repente el corazón me golpea fuerte y raro en el pecho.
—¿Qué?
—¿Por qué aceptas mis cigarrillos si no fumas?
La sonrisa intenta delatarme, pero la empujo hacia dentro.
—Algún día te lo diré.
Gira medio cuerpo hacia el mío. El fuego se le refleja en los ojos. Sus rasgos parecen distintos bajo esta luz; más suaves, casi vulnerables. Una fuerte oleada de calor me golpea el pecho. La tengo tan cerca que todo mi cuerpo empieza a despertar, a agitarse.
—¿Cuándo? —susurra, analizando mi semblante con una arruga de concentración entre las cejas.
—Cuando ya no trabajemos juntos.
—Todo esto es muy raro —murmura, volviéndose de cara al fuego.
—¿El qué?
—Estar contigo en el desierto. Sin que ninguno de los dos quiera cargarse al otro. Admitámoslo, sería el escenario del crimen perfecto.
—Ya te digo. Las alimañas se desharían del cuerpo.
Me lanza una sonrisita traviesa.
Me la quedo mirando, callado y pensativo. Mis ojos se arrastran por todo su perfil, la pequeña nariz, los labios entreabiertos, el hilo de humo que brota a través de ellos…
Vuelvo en mí cuando me pasa la botella y el cigarrillo. Acepto ambas cosas.
—¿Nunca has pensado en dejarlo? —pregunto mientras fumo.
—No. Me gusta fumar. Me inspira. Fíjate cuántas estrellas.
Me desprendo de su rostro, aunque no quiera, y observo el cielo que parece derramarse sobre nosotros.
—Sí. Es impresionante. Nunca me había parecido tan vasto el universo. Supongo que la parte que vemos desde L.A. es diminuta.
Le devuelvo el cigarrillo.
—¿Crees que vamos a morir aquí?
Me río entre dientes.
—Tú siempre tan dramática.
—¿Y si mañana no pasa ningún coche? No tenemos comida ni agua. Y el termómetro volverá a subir en cuanto salga el sol. No funciona el aire acondicionado y… no hay ninguna sombra bajo la que resguardarse. Podría darnos un golpe de calor.
—Sydney sabe que estamos aquí. Y Ruby también.
—Aun así. Sería muy irónico que tú me acompañaras en la muerte. Entre todas las personas del mundo…
Nos internamos en un silencio interminable, alterado solo por los sonidos del desierto.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —susurro al final.
—Lo acabas de hacer.
Hago una mueca.
—¿Cuánto tiempo llevas odiándome?
—Desde que te conozco, más o menos —dice, como si no tuviera demasiada importancia.
—¿Nunca has pensado en dejarlo?
Se le escapa una sonrisa.
—Puede que sí —me responde al cabo de un buen rato.
Algo se me agita en el pecho.
—¿En serio?
Pausa. Solo el chasquido del fuego y los coyotes.
Hasta que sus ojos dorados se giran y me atrapan, y mi pulso desbocado lo acalla todo.
—¿Por qué compraste el estudio, Ethan?
—Vi una buena oportunidad de invertir.
—Y una mierda.
—Debby.
—Dime la verdad. Por si no sobrevivimos.
Me levanto, alimento el fuego y vuelvo a sentarme a su lado, mi cadera tocando la suya, nuestros codos rozándose.
—Creo en ti —murmuro, con la atención puesta en las llamas que ejecutan un baile casi hipnótico delante de nosotros.
Asiente para sí, cierra los ojos y absorbe humo.
—Vi el primer corto que hiciste —me dice después de unos momentos en los que nos hemos limitado a compartir el champán caliente y su cigarrillo.
—¿De veras?
—Tenía potencial.
Frunzo el ceño.
—¿Te pareció bueno?
—Más de lo que esperaba. Te veía por ahí con tu ropa de pijo, tu coche reluciente y las Barbies Malibú con las que salías, luego vi el corto y… no era la mierda superficial que esperaba de ti. No lo sé, me sorprendió. Eso es todo.
—Vaya. No sé qué decir, Deb Deb. Es un gran cumplido viviendo de ti.
Me concentro en los ruidos del desierto. El lamento de los coyotes. El viento. Algo que no sé lo que es…
Puede que sea mi corazón latiendo demasiado deprisa por ella.
—Lástima que me decepcionaras después.
Trago saliva.
Debby baja la mirada al suelo en completo silencio. Asiento para mí.
—¿Sabes qué me irritó de verdad de tu primera película? —vuelve a decir unos segundos después.
Busco sus ojos en la oscuridad.