Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Barbie y Ken en el desierto
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Barbie y Ken en el desierto

Debby

El Porsche rojo de Ethan brilla tanto que tengo que ponerme las gafas de sol si pretendo conservar algo de vista. Menos mal que me he traído las de los cristales grises. La vie en gris lo llamo. Suelo ponérmelas cuando estoy muy deprimida.

—Este coche es una extensión de tu polla. Lo sabes, ¿verdad?

Hace una mueca bajo las Ray Ban.

—¿Puedes dejar de hablar de mi polla y subir, por favor? —gruñe, arrastrando una exasperación que me divertiría si no estuviera tan desmoralizada.

Tiro mi pequeña maleta atrás y me deslizo en el asiento de cuero de muy mala gana. Hastings arranca y enciende el aire.

El verde del resort no es más que una ilusión que el desierto nos arranca sin piedad en cuanto salimos del perímetro.

El horizonte se convierte en una línea ocre y polvorienta, con algún arbusto retorcido asomando entre las rocas. Nada es verde. Nada está vivo. Me gusta el desierto.

Y, sin embargo, me entretengo mirando a Hastings de reojo, como si me interesara más que la columna de aire caliente que encorva la imagen de las montañas en la lejanía.

Hoy va vestido como Dios manda, camisa blanca arremangada y unos pantalones azules. Me irrita que sea tan guapo y que de repente yo me esté fijando en un detalle tan insustancial. Tengo cosas más importantes en las que concentrarme.

Mi desastrosa carrera artística, por poner un ejemplo. Estoy acabada. Se ha agotado la fuente de mi sabiduría. He perdido el brillo. Soy como un cuchillo que ya no corta.

¿Cómo puedo ignorar todo esto y concentrarme en lo guapo que me parece Ken al volante de su Porsche? ¿Qué clase de Barbie soy yo?

—Mis películas han cambiado la vida de por lo menos veinticinco personas de Brooklyn —me lamento mientras Ethan conduce con una mano sobre el volante y la otra apoyada al lado de mi brazo, casi rozándome el codo—. Y ahora estoy acabada.

—No estás acabada. Solo es un ataque de pánico.

—Tú no has leído el guion.

—Resulta que lo he hecho. Soy el único que lo ha leído aparte de ti, y te aseguro que es bueno.

—Comparado con los tuyos. Si lo comparas con los míos, es un desastre.

Se le crispan los labios.

Y no sé qué hago yo mirándole la boca todo el rato.

Me enciendo un cigarrillo y le doy caladas furiosas.

Ethan baja las dos ventanillas, lo cual hace que una ráfaga de aire seco del desierto me golpee de lleno en la cara. Tuerzo el gesto y sigo fumando.

—Dime una cosa —replica por fin, y yo me giro para tenerlo de cara—. ¿Cuántas veces te ocurre esto antes del estreno de una película?

—Es la primera vez.

Mantiene el rostro girado hacia el mío unos segundos demasiado largos.

Y por algún motivo yo no puedo apartarme de él. No hay lugar seguro en el que esconderse. Es lo malo del desierto. No te ofrece ningún refugio. Aquí se viene para afrontar la realidad.

—Lo solucionaremos, ¿vale? Te lo prometo.

No digo nada, me limito a pasarle el cigarrillo.

—No, gracias. No fumo.

—¿Cómo que no fumas?

Niega con la cabeza.

—No fumo.

—¿Y entonces por qué has fumado hasta ahora?

Le frunzo el ceño, pero él decide ignorarme.

Al final me rindo y observo el sol que lo aplasta todo ahí fuera.

El horizonte es infinito y, aun así, se me hace pequeño dentro de este coche.

Todo es muy raro. Mi vida entera se está descarrillando.

Lo más incomprensible de todo es que estoy atrapada en un espacio enano, con Ethan Hastings, y su presencia me llena el estómago de un cosquilleo eléctrico que me deja inquieta, incapaz de dejar de revolverme en el asiento.

Me aturde lo bien que huele. Me dan ganas de acercarme a él y olisquearlo.

Mierda. Huele tan bien que frotaría la cara contra el cuello de su camisa como Fellini cuando quiere sus conservas.

—¿Qué feromonas te echas?

Me lanza una mirada desconfiada. Debe de pensar que estoy loca. Puede que tenga razón. No hay genio sin locura.

—Debby, no me echo feromonas.

—Pues esto no es normal.

—¿El qué? —repone, con una media sonrisa en las comisuras.

Me cruzo de brazos.

—Nada —mascullo mientras enfoco una roca muy parecida a las ochocientas que hemos adelantado ya—. ¿Cuánto nos queda hasta Los Ángeles?

—Unas cinco horas de desierto.

—Hay que joderse.

Pego la rodilla a la puerta, como si medio centímetro más de distancia entre mi cuerpo y el suyo fuera a solucionar algo.

—¿Música?

—Por fin tienes una buena idea.

Enciende la radio y sube el volumen. Lo miro de reojo justo cuando él sonríe. Por supuesto.

Si al menos pudiera dormirme…

*****

El paisaje es rojo y naranja y brutalmente despejado. El asfalto parece ondularse por el calor, como si la carretera fuera de goma. Me cuesta discernir qué es real y qué no lo es en este panorama. El desierto engaña.

El coche de Ethan indica que estamos a unos cuarenta grados ahí fuera. No hay ni un alma de Dios en ninguna parte. Solo hemos visto gasolineras abandonas y algún que otro pueblo fantasma. El azul agresivo del cielo me irrita las retinas.

Me concentro en contar arbustos. Voy por el cincuenta y dos. No se me ocurre nada más con lo que entretenerme.

—Juguemos a algo —propone Ethan de repente.

—Cuarenta minutos atrapados en un maravilloso silencio y tenías que romperlo.

—He entrado en bucle. Estoy hasta las narices de conducir. No quiero dormirme y empotrar el coche contra un cactus. No estamos en una película de las tuyas.

Le saco el dedo y a él le entra la risa, unas carcajadas roncas y sorprendentemente cálidas.

—Mira esta luz —murmuro, ausente.

Observa, muy concentrado, el atardecer.

—Ya lo creo. Es preciosa.

—Deberíamos rodar en el desierto.

—Deberías tomarte un Xanax. Pararé en la primera farmacia que vea. Puede que eso no ocurra hasta dentro de un par de horas. Haz ejercicios de respiración mientras tanto.

—La luz tiene que ser perfecta, y eso solo se consigue con el sol del desierto.

—O con buenos técnicos.

Me giro en el asiento para fulminarlo con la mirada.

—Nada de efectos especiales, Hastings. Es lo que habíamos acortado. Lo tengo por escrito. No vamos a rodar El Francotirador.

—No hablo de efectos especiales. Hablo de ajustar la luz.

—Es igual. De todos modos, no vamos a hacer ninguna película…

—Debby, se hará esa película, aunque tenga que escribir yo mismo el guion. Por Dios, ¿por qué los artistas sois tan temperamentales?

—Juguemos a algo, Ethan. Me aburro.

—¡Gracias! —exclama, irritado—. ¿A qué jugamos?

Sonrío al ver que su voz vuelve a su estado natural. Suena cálida y medio ronca en mis oídos, casi una caricia encima de la piel y…

Mierda. Eso también me gusta.

Está claro que el peregrinaje al desierto no me ha servido de nada. El capitalista con buenos abdominales sigue despertando un interés inexplicable en mí. Debería concentrarme en el guion, no en besar a Ethan Hastings en la boca.

Pero ¿qué me pasa?

Me obsesiona demasiado la idea de poner la boca encima de la suya.

Es como si mi cerebro llevara dos semanas atascado en la misma idea.

No encuentro la forma de avanzar. ¿Cómo voy a escribir un guion si las voces se han callado de repente?

Solo queda una, y esa que no deja de repetir bésalo, bésalo, bésalo hasta volverme loca.

—¿Deb Deb?

—No lo sé —le suelto, furiosa—. Escoge tú. No puedo pensar. Se me ha dañado el cerebro.

—Bien. Escojo… Besar, casar, matar.

Me vuelvo hacia él con todo el cuerpo y mi expresión más hosca.

—¿Es que no has superado el instituto?

—¿Lista?

Hago una mueca bajo las gafas.

—Si no hay más remedio…

—Allá vamos. Almodóvar, Cohen, Barthes.

—Por Dios. ¡No puedo matar a ninguno!

—Lo sé —dice, muy satisfecho de sí mismo.

Suelto el aire de golpe.

—Vale, Ethan. Pues… me caso con Almodóvar porque tendríamos unas conversaciones de la hostia durante la cena. Evidentemente, beso a Barthes. El tío es un genio.

—¿Te cargarías a Cohen? —pregunta, y me lanza una mirada incrédula y quizá un poco escandalizada.

—Sí, porque ya está muerto. Y, además, le iba mucho el rollo autodestructivo.

Se echa a reír.

—Tramposa.

—Te toca. Mata Hari, Amelia Earhart, Scarlett Johansson.

Se le dibuja una pequeña sonrisa en las comisuras. ¡Y lo sé porque no dejo de mirarle los malditos labios! Es intolerable.

—Me lo pones fácil. Beso a Mata Hari, me caso con Amelia Earthart…

Me giro hacia él, boquiabierta.

—¿Matarías a la Johansson? ¿Tú de qué vas?

—Debby, ¿cuáles son las fantasías masculinas por excelencia?

—Tener una polla más grande.

Me dedica una mueca de exasperación.

—Después de eso.

—No lo sé. ¿Hay un después?

Niega para sí.

—Tirarse a una espía o a una piloto, y Scarlett Johansson no es ninguna de las dos cosas.

—Me dejas pasmada, Ethan. No, en serio, me dejas muy pasmada. Cuanto más tiempo paso contigo, más pasmada estoy. Mírame. No quepo en mí de tanto pasmo.

—Te toca. Hitler.

—Por Dios.

Sonríe maléficamente, enseñando las puntas de los dientes. Intento no pensar en lo monísimo que es. A ver si salimos ya de este maldito desierto. El sol me ha derretido las neuronas.

—Gandhi.

—Hay esperanza.

—Yo.

—¡¿Qué?! —Me giro, exasperada, y lo fulmino con la mirada—. ¡No puedes nominarte a ti mismo!

—Puedo, porque acabo de hacerlo.

Le doy un golpecito en el brazo.

—¡Hastings!

—No hay ninguna regla que lo prohíba.

—Esto es una coña.

—Contesta, Deb Deb. Te he retado.

—Mira que eres cansino. Muy bien. Está claro que mato a Hitler.

—Mm-hm.

—Me caso con Gandhi.

Se produce una pausa muy larga. Pausa de película buena.

Y luego la voz ronca de Ethan:

—Así que me besarías a mí.

—Yo no he dicho eso.

—Lo acabas de admitir sin palabras.

—Me has obligado.

—Podrías haberte casado conmigo. Casar no implica contacto físico, Debby. Besar es mucho más íntimo. Incluso más que el sexo.

—¡No iba a besar a Hitler! —exclamo, encerrada en mi propia trampa.

Hastings tuerce los labios con desdén.

—Podrías haber besado a Gandhi. El hombre era un santo. Y, según tú, yo soy un capullo y un director de tercera.

Tiene razón. Podría haber besado a Gandhi.

¡¿Por qué demonios no he besado a Gandhi?! Quizá porque la idea de poner mi boca encima de la boca de Gandhi no es tan jodidamente excitante como la de ponerla encima de…

—No quiero seguir jugando a este juego estúpido e infantil —escupo, malhumorada, cruzándome de brazos.

—Admítelo de una vez. Quieres besarme.

Subo el volumen de la radio justo cuando él se gira para sonreírme.

—No me odias tanto como aseguras, Deb Deb.

Elevo el volumen todavía más.

—No seas cría. Sabes que tengo razón.

Y más, hasta que solo veo sus labios moviéndose. Perfecto.

Y además suena Lovefool, de The Cardigans, que me gusta bastante.

De hecho, me gusta tanto que me pongo a cantarla a voz de grito.

Ethan me contempla risueño, con las dos cejas arqueadas.

Junto las palmas y empiezo a bailar como si fuera una actriz de Bollywood.

No puede contener más la risa y estalla en carcajadas.

Y ese es el momento que escoge el coche para dar un bandazo.

Quito la música de inmediato e intercambiamos una mirada de preocupación.

—¿Qué ha sido eso?

—Ni idea.

—¿Un pinchazo?

—No lo creo. La dirección es firme.

—A lo mejor no es nada —digo, aunque sin demasiada convicción.

El motor protesta con una violenta sacudida y al instante empezamos a perder potencia.

Ethan blasfema entre dientes.

—Greta hizo exactamente lo mismo —le digo, y su ceño se frunce—. Antes de acabar en el desguace.

—Voy a mirar el motor. Quédate aquí dentro. Vuelvo enseguida.

Hago un breve gesto afirmativo, y él se baja del coche y levanta el capó.

Por favor, que no me quede tirada en pleno desierto con Ethan Hastings.

Saraswati, si oyes esto, haz que este trasto vuelva a arrancar.