La artista suprema americana
Ethan
Debby lleva dos semanas esquivándome. Empiezo a mosquearme de verdad.
Pretendo que estrenemos Con vistas al mar en el AFI Fest del próximo año y lo veo difícil teniendo en cuenta que todavía no hemos decidido ni el reparto.
Conociéndola, se pondrá histérica en cuanto le diga que quiero a Jessica para el papel de Marianne.
Los actores guapos y famosos le provocan urticaria.
—Ruby, localízame a Debby Nair.
—¿Debby Nair? ¿Ya no es Deb Deb desde que salió por patas de entre tus brazos?
—¿Puedes hacer lo que te he pedido por una vez en tu vida sin tocarme las narices? —le grito.
Me cuelga. Genial.
Me reclino en la silla y me paso los siguientes dos minutos pinzándome el puente de la nariz e intentando controlar el mal genio.
Prácticamente me abalanzo sobre el teléfono cuando empieza a sonar.
—¿La tienes?
—Está ilocalizable.
Joder.
—Pues llama a Syd.
Esta vez tarda menos.
—Syd por la dos —informa, antes de colgar. Hago una mueca y conecto la llamada.
—Hola, Sydney.
—¡Ethan! ¿Qué puedo hacer por ti?
Suena como si estuviera en clase de spinning. La veo capaz de cogerme el teléfono mientras hace cardio. Es todo lo contrario a Debby.
—Intento localizar a tu escurridiza socia. ¿Sabes por casualidad dónde está?
—Uf. No vas a poder localizarla.
—¿Por qué no?
—Lleva ocho días en un retiro budista, y ahí no se permite el uso del móvil.
Que yo la abrazara la ha mandado a un puto retiro espiritual budista. Cojonudo.
—¿Dónde está ese retiro exactamente?
—Espera. Tengo la dirección en alguna parte. Ay, mierda. ¡Oh, madre mía! Ethan, te llamo en dos minutos. Mitch, ¡estate quieto! —susurra, antes de que se corte la llamada.
Por Dios. Espero que no estuvieran follando. De Mitch me espero cualquier cosa.
Me levanto de la silla, jugueteo con el piano —Debby tiene razón, no sé tocarlo— y me siento otra vez. Estoy intranquilo. Necesito distraerme con algo.
Syd tarda por lo menos cinco minutos en volver a llamar. Casi me he acabado el cubo de Rubik con el que me estaba entreteniendo.
—Sydney por la dos —me suelta Ruby cual témpano de hielo.
Conecto la llamada. Soy peor que una telefonista de los años sesenta.
—Sydney.
—Ethan, coge agua y provisiones si vas a ir a verla.
—¿Por qué? ¿Está en una cárcel mejicana?
No me sorprendería nada.
—En el desierto, más bien.
—¿Ha ido al desierto?
—Como Jesús para huir de la tentación. Sus palabras, no las mías.
—Pero ¡¿qué tentación?! Si es lesbiana, por el amor de Dios. Estoy hasta las narices de sus dramas.
—Ethan, Debby no es lesbiana.
Bajo los pies de la mesa, me enderezo en la silla y el corazón se me dispara por debajo de la camisa con tanta fuerza que la sangre empieza a latirme en los oídos.
—¿Que Debby no es lesbiana?
—Ni siquiera es bisexual.
—¿Estás segura?
—Pues claro. Le gustan los tíos. Bichos súper raros, pero hombres, biológicamente hablando.
—¿Y por qué besó a Maggie Mcclellan en los labios cuando teníamos cinco años?
—¿Por qué hace Debby las cosas que hace? Y yo qué sé. Ningún filósofo podría contestarnos a esa pregunta. ¡Suerte! Intenta que no se te coman los chacales.
Es evidente que en algún momento me he despedido de ella y le he colgado, pero no sé muy bien cuándo ni cómo.
¿Debby no es lesbiana?
¿Y por qué coño no nos hemos enrollado hasta ahora?
*****
Me he tenido que pelear con el portero para que me deje cruzar las puertas de Free Yourself. Este lugar tiene pinta de secta. En California nunca se sabe.
Dentro me recibe un oasis. Está todo sorprendentemente verde, teniendo en cuenta que he tenido que recorrer quinientos kilómetros de desierto para llegar hasta aquí.
Hay palmeras, césped recién regado, varias fuentes de agua y personas vestidas de blanco haciendo cosas raras, como hablarles a las plantas.
Paso de largo, rechazo lo que sea que me estén ofreciendo de beber en recepción y busco a Debby.
Como no la encuentro, vuelvo y se lo pregunto al recepcionista.
—Es así de alta. Medio india. Muy pesimista. Suele hacer peinetas a la mínima. Es como un gato. Se esconde y bufa. ¿No?
El hombre se encoge de hombros.
—Se le parece un poco a la princesa Jasmín —sigo intentándolo.
A la rubia del mostrador de al lado se le ilumina la cara.
—Ah, yo sé quién es. Está en el Santuario.
—¿Con el líder?
—¿Perdona?
Sacudo la cabeza para dejar de decir tonterías.
—Nada. Que… ¿dónde está el santuario?
—Por ahí.
—Gracias.
Seguro que esto es una secta.
Y no sé qué pinta Debby aquí. Ella odia a la gente que sonríe. Odia los cócteles con sombrillita. Odia todo este rollo. La debí de dejar muy trastornada.
Entro en el Santuario y me la encuentro en una postura de yoga muy sugerente.
Miro esas mallas rojas —y el cuerpo que hay debajo— y aprieto la mandíbula.
—Deborah.
Suelta un grito y cae de culo.
—¡Jo-der!
—No digas joder en un retiro espiritual.
—Joder. ¿Qué coño haces aquí? —me pregunta mientras yo le cojo la mano y tiro de ella hacia arriba para ayudarla a incorporarse.
—No digas coño en un retiro espiritual.
He tirado con demasiada fuerza porque su cuerpo choca contra el mío.
Los dos retrocedemos como si nos hubiésemos electrocutado.
Repaso deprisa todos mis momentos con ella. Las veces que casi me besa. Cómo se tensa cada vez que la toco. ¿Será posible? Lo he interpretado todo mal.
—En serio, ¿qué haces aquí, Ethan?
—¿Rescatar a mi guionista superestrella de las garras de una secta peligrosa?
Me pone los ojos en blanco.
—Esto no es una secta.
—Pues parece una secta. ¿Cuánto tiempo crees que llevas aquí?
Se encoge de hombros.
—¿Tres o cuatro días?
—Llevas ocho.
—Mierda. Sí que es una secta.
—Recoge tus cosas, Debby. Nos vamos.
—Imposible. Todavía no he conocido al líder.
—Muy graciosa. Tenemos una película que rodar, ¿recuerdas?
—Apenas me suena. Ahora estoy en otro plano.
Coge su botella de agua del suelo, se enrosca una toalla blanca alrededor del cuello y echa a andar hacia la puerta.
La sigo, por supuesto.
—¿Se puede saber qué te ocurre? ¿Por qué no vuelves a ser la tía coñazo de siempre? Deberías estar en casa, fumando cigarrillos y escribiendo guiones, no en el Santuario, meditando en posturas extrañas.
—Mi cultura lleva miles de años meditando, Hastings. No espero que lo comprendas. Lo único que hace la tuya es atiborrarse a hamburguesas.
—Te recuerdo que eres medio estadounidense.
—Conecto más con mis raíces indias. Por eso mi nombre artístico es Debby Nair. Por eso y porque Debby Starr sonaba a estríper barata.
Intento no reírme.
—Debby, te necesito de vuelta a tu estado natural. Además, esto del retiro espiritual no te pega nada. Soy yo el que debería ir a un retiro espiritual. Me vuelves loco.
Se detiene al lado de una fuente susurrante y se gira, exasperada.
—Ethan, ¿te has preguntando alguna vez por qué todas las conversaciones acaban girando en torno a ti?
Hago una mueca.
—¿Podemos irnos, por favor? Estamos a tomar por culo de Los Ángeles.
—Esa era la idea.
—Oye, Debby, sé que te acojonó despertarte entre mis brazos, pero…
—¿Ves cómo eres un narcisista de manual? No estoy aquí por ti, borrico.
—Ah, ¿no?
Pone los ojos en blanco.
—No —responde como si fuera obvio.
—¿Y por qué te has encerrado entonces en un retiro budista con pinta de secta de bienestar?
Calla unos segundos, menea la cabeza como si estuviera en absoluta contradicción consigo misma y vuelve a clavarme la mirada.
—Porque no puedo escribir el guion.
—¿QUE NO PUEDES ESCRIBIR EL GUION?
—Chisss. Estamos en un retiro espiritual —me recuerda, toda zen.
—¿Cómo que no puedes escribir el guion? Si tenías un buen borrador. Solo hay que pulirlo.
—No hay pulido que valga. Lo que tengo es una mierda mediocre. No podemos rodar esa película. Sería el fin del arte. Un genocidio cultural.
—Debby, deja de decir gilipolleces. El guion es bueno.
—Bueno para ti.
—Y dale.
—Al releerlo, me ha quedado muy claro que es lo peor jamás escrito por un ser humano. Así que he cogido lo primero que he pillado, un par de bragas básicamente, y he salido corriendo de Los Ángeles. Lo llamo la operación éxodo.
—Deborah, me viene fatal que te entre el síndrome del impostor ahora mismo.
—Anda que a mí… Estoy acabada, Hastings. Iba a ser la gran artista americana y ahora puffff.
—¿Cómo que puffff?
—Necesito hablar con el líder. A lo mejor conoce el camino. Seguro que tiene drogas de las buenas. Quizá me abran la mente. Al menos debo probar su método, ya que he venido hasta aquí en un microbús sin aire acondicionado.
La cojo por los brazos y la sacudo.
—Debby. Se acabó la tontería. Volveremos a Los Ángeles, nos encerraremos en tu casa, o en la mía, y ninguno de los dos saldrá de ahí hasta que tengamos el puto guion. ¿Me has entendido?
Me frunce el ceño.
¿Qué significa ceño fruncido sin réplica sarcástica de por medio?
Tendré que llamar a Syd para que me lo aclare. Todo esto es novedoso. No conozco a la Debby heterosexual.