Efectos colaterales del azúcar
Debby
La fiesta se ha trasladado al despacho de Hastings. Syd tenía planes, pero yo me empeñé en hablar de la película. A Ethan le ha parecido bien —se ve que no tenía planes—, y como Sydney no es capaz de decirle que no al jefe, aquí estamos los tres, empezando la preproducción de Con vistas al mar.
Son las doce de la noche. La mejor hora para ponerse a trabajar.
Aunque no para todos.
—Sydney, despierta. —Mis palmaditas la hacen brincar en el sofá.
—Estoy muy despierta. Te escucho.
Ethan, con una pierna sobre la otra, sonríe desde la butaca.
Llevo media hora dando vueltas por su despacho. Nunca puedo quedarme quieta cuando me poseen los demonios de la creatividad.
—No admito otro operador —le digo a Ethan ahora que hemos recuperado a Sydney.
—Debby, sé razonable. Ese tío está en una cárcel de Tailandia. Lo han detenido por posesión de drogas.
—Pues habrá que pedir la extradición. Es un genio. No puedo trabajar con nadie más. Tiene que volver a California cagando leches. Aquí todo el mundo fuma maría. Le pondrán una multa como mucho.
Ethan le lanza a Sydney una mirada suplicante. Ella niega, derrotada.
—Haz lo que te pide o se pondrá irritable.
—Lo intentaré, Debby. Pero estaría bien tener un plan B.
—¿Para qué?
—¿Por si Tailandia no aprueba la extradición?
—Que tus abogados aleguen que necesitaba la hierba por motivos médicos. Seguro que alguien puede falsificarle un maldito certificado. Esto es Hollywood. Aquí todo es fake.
Sydney se desploma en el sofá.
—¿Sabéis otra cosa que es fake? Mi entusiasmo. No puedo más. Estoy agotada. Me voy a casa. Hablaremos de esto en otro momento.
—Sydney, mantén el tipo. No seas como las ratas del Titanic.
—Lo soy, y me da igual. Me pirro antes de que se hunda el buque. Aquí os quedáis.
Recoge su bolso y se marcha bajo mis miradas indignadas.
—¿Qué? ¿Tú también necesitas fugarte, Hastings?
—No. Pero, si vamos a seguir peleando, habrá que pedir algo de comer. Tengo hambre.
—¿Pero tú no venías de una fiesta pija?
—Tan pija que había algas en el bufé. Y caracoles.
—Ugh. Tío. ¿A qué clase de fiestas vas? A mí me gustan esas en las que sirven gusanitos de queso.
Se echa a reír.
—Venga, pidamos algo. ¿Qué te apetece?
—No va a gustarte.
—Ponme a prueba.
—Vale. Tú te lo has buscado —digo, con los ojos encajados en los suyos. Nuestras narices casi se tocan.
Por algún motivo, nuestros cuerpos se buscan cada vez que nos enfrentamos. Pelearnos nos atrae demasiado. Tiene algo de erótico pelearse con Hastings.
*****
Lo observo con una sonrisa que no hay forma de contener. Estamos comiendo de pie en su despacho. He pedido comida india para atormentarlo.
—¿Todo bien, Hastings? ¿O es que tu estómago occidental no tolera el picante?
—Todo bien —me dice, pero la frente se le ha perlado de sudor.
Aun así, no deja de comer.
La sonrisa se apaga poco a poco encima de mis labios.
—¿Por qué intentas impresionarme? ¿Buscas enrollarte conmigo o es que no puedes evitarlo?
Ethan suelta el tenedor y se me queda mirando, pensativo.
Me acerco a él hasta perderme en los destellos dorados que salpican el verde de sus ojos.
—Sé que no soy tu tipo.
—No eres para nada mi tipo.
Aprieta los labios.
—Lo sé. Créeme.
—¿Y por qué quieres impresionarme entonces?
—¿Crees que me estoy comiendo este curry asesino porque intento impresionarte?
—Sí. Creo que te estás haciendo el gallito.
—¿Funciona?
—Hastings —lo regaño, divertida.
—¿Deb Deb?
—¿Por qué no te rindes ya?
—¿Y dejarte ganar?
—No puedes impresionarme.
—Creo que ya lo he hecho.
—Te equivocas. ¿Más curry?
—Te lo ruego —me provoca, con los ojos encajados en los míos.
Ha encogido los párpados como un personaje de dibujos animados.
Sonrío, retrocedo y le echo un poco más.
*****
El pobre se ha desplomado en el sofá después de su tercer viaje al baño.
Ahora tengo remordimientos. ¿Qué me hubiera costado pedir un curry menos picante? Con Sydney lo hago.
—Debby... —susurra, con un hilito de voz—. Creo que me estoy muriendo.
—No te lo flipes, Hastings. Solo los buenos mueren jóvenes.
Tú eres bastante mediocre. Estás a salvo.
Esto solo es una vulgar indigestión. El curry ha podido contigo.
¿Por qué tenías que hacerte el gallito? Es tan típicamente masculino…
Como si no tuvierais bastante con todos esos monumentos fálicos que construís.
—Debby —gruñe, agarrándome por la muñeca con las pocas fuerzas que le quedan—. Si muero, deberías saber que lo que siento por ti es más que admiración.
—Dios mío, ya estás delirando. Te pondré algo frío en la frente. Pero no se te ocurra decirle a Sydney que te he hecho de enfermera porque se burlaría de mí por el resto de mi vida y no lo aguantaría. Ahora vuelvo.
Entro como una exhalación en el despacho de Ruby en busca de algo que pueda servirme.
Al final no me queda otra que echar mano de una camiseta de superhéroes.
—¿Será posible? Esto es peor que El paciente inglés. ¿Por qué no habré pedido unas hamburguesas?
Corro al baño, la empapo en agua fría y vuelvo, despotricando por lo bajo.
Ethan se ha dormido en el sofá. Estupendo. Ahora me tocará cuidarlo toda la noche. He acumulado mal karma últimamente. Este es mi castigo.
Le coloco la camiseta en la frente y entonces él, sin abrir los ojos, murmura mi nombre.
—Deb Deb...
Me lo quedo mirando. Preguntándome por qué por primera vez no me molesta que me llame así.
Puede que el curry estuviera pasado.
O a lo mejor nada de esto es real. Puede que me haya dado un golpe en la cabeza al salir de la ducha esta mañana.
*****
—Madre mía.
Abro los ojos de golpe y enfoco a la rubia vestida de negro cuyo rostro planea sobre el mío.
Por un segundo pienso que me he muerto. Luego me doy cuenta de que es Ruby.
—Madre.Mía —insiste, conmocionada.
Frunzo el ceño al reparar en el brazo que rodea mi cintura.
Lo sigo, hasta toparme con la cara de Hastings apoyada en mi hombro.
Suelto tal grito que caigo de culo en el suelo.
—No os lo flipéis ninguna de las dos —murmura él con los párpados cerrados—. Seguimos vestidos.
—¡Madre mía! —grito, histérica. Ruby gesticula, dándome la razón—. Tengo que irme. Más vale que esto quede entre nosotros tres. Juro por Dios que jamás volveré a tomar azúcar.
Le pesco a Ethan una pequeña sonrisa en las comisuras.
¡¿Por qué lo he mirado antes de salir?!
Ay, Dios. Ay, Dios. AY, DIOS.
Me suena el teléfono en el bolsillo mientras corro como una desquiciada por el aparcamiento. Descuelgo sin mirar la pantalla.
—Debster. ¿Qué tal la reunión con Ethan? ¿Algún avance?
—No puedo atenderte. Voy de camino a terapia. La culpa es tuya. No tendrías que haberme dejado a solas con él. ¿Qué clase de amiga eres tú?
—Pero ¿qué habéis hecho anoche?
—La cucharita.
—¿QUÉ?
Le cuelgo. Ya tengo bastante con mi propia neurosis.
Madre mía. Madre mía. ¡¡MADRE MÍA!!