Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Artimañas
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Artimañas

Ethan

Conocí a Petra en Venecia. No somos pareja, pero solemos vernos cada vez que viene a Los Ángeles por trabajo. No hay reglas ni límites y, por supuesto, nada de implicarse a nivel emocional.

A ninguno de los dos nos interesa una relación exclusiva. Estamos juntos cuando nos apetece y cada uno por su lado cuando no.

Esta noche tengo que asistir a una gala benéfica y ella es mi acompañante.

En cuanto bajamos de la limusina, dejamos que nos saquen unas cuantas fotos en la alfombra roja y después entramos, yo abrazándola por la cintura, ella con cara de hartazgo.

Petra es una mujer muy guapa. Metro ochenta, pelirroja, con un rostro al que no le sobra ni le falta nada. Los fotógrafos enloquecen con su vestido negro, tan abierto por delante que casi se le ve el piercing del ombligo. Cualquier hombre en su sano juicio se enamoraría de ella. Querría tenerla.

Y aquí estoy yo, pensando en otra. Una mujer que me saca de quicio de una forma que no sabría ni explicar. Que disfruta atormentándome y provocándome.

Solo de imaginarla con su ropa de correr pegada al cuerpo y esos ojos dorados encendidos de rabia, siento algo tensarse en mi pecho. O quizá más abajo.

Y ambas cosas son difíciles de ignorar.

—¡Eh, Ethan!

Una palmadita en el hombro me arranca de mi abstracción.

—¡Billy Boy! —digo al reconocer a un director artístico con el que trabajé hace años.

Billy coge la mano de Petra y planta un beso, juraría que húmedo, en sus nudillos.

—Novia de Ethan.

Petra esboza un gesto desfallecido similar a las sonrisas. Es la única respuesta que concede a la gente.

—Cada día las escoges más guapas.

—¿Qué se le va a hacer? Tengo ojos en la cara.

—Eres peor que Leonardo DiCaprio. Me alegra verte.

—Lo mismo digo, Billy. A ver si quedamos un día de estos y me cuentas cómo te va con el dolce far niente. —Nos despedimos con un abrazo—. ¿Una copa? —le susurro a Petra después.

Me responde con un gesto. Apenas habla inglés.

La llevo a la barra y le consigo algo de beber.

Mitch me manda una foto para atormentarme. Esta noche da una fiesta en su casa, y hay un montón de gente conocida.

Aunque no es eso lo que hace que no pueda despegar la vista de la pantalla durante unos segundos demasiado lentos.

Debby está en la fiesta, en pantalón vaquero corto y una camiseta blanca oversize en la que pone ¿para qué? en letras negras. Pesimista hasta la muerte.

Me echo a reír como un idiota al ver su cara de pocos amigos y la peineta que hace a la cámara.

Petra arquea las cejas. Es su forma de preguntar qué me pasa. Niego, me guardo el móvil en el bolsillo y me obligo a prestarle atención.

Ruby tiene razón. Necesito echar un polvo. Petra es la mejor candidata.

Así que nada de plantarla en su hotel para irme a la puñetera fiesta de Mitch.

*****

Hay por lo menos cincuenta personas en la fiesta de Mitch. Debby está desplomada en el sofá, con un cigarrillo en la boca. Un tío que no conozco le está poniendo un coctel en la mano justo cuando entro en el salón. Parece un Sex on the beach, o algo igualmente dulce y afrutado.

Por favor. Ella no es esa clase de chica.

La mueca que hace nada más sorber de la copa me arranca una sonrisa.

—Puaj. ¿Qué es este brebaje? Mitch, ¿dónde está Hastings? Ese sí que sabe preparar un buen cóctel.

—¿Me echabas de menos, Deb Deb? —digo, dejándome caer a su lado en el amplio sofá.

Vuelve el rostro hacia el mío con esa expresión risueña que me encanta y que solo tiene cuando está muy relajada. Se la habré visto una o dos veces hasta ahora.

—Hola, Richie Rich —se burla tras someterme a un buen repaso visual.

Le guiño el ojo mientras me deshago la pajarita y la dejo caer a ambos lados del cuello.

—¿Qué tal la fiesta de Mitch? ¿Te diviertes?

—Como sigas desnudándote, lo haré.

—Uf. ¿Coqueteando conmigo? Eres cruel. ¿Cuántos Sex on the beach llevas ya?

—Este es el primero.

—Ah. ¿Así que es por mí?

—No te flipes. Es por los otros cinco cócteles que me he tomado antes. Un Piña Colada, un Pantera Rosa, un Daiquiri de frutas… Sydney, ¿qué era lo otro?

Syd, en brazos de Mitch, se vuelve hacia nosotros.

—¿El que le escupiste a Brian en la cara?

—Ese mismo.

Me río al imaginarme la escena.

—Un Brezza.

—Un Brezza —me susurra Debby, indignada—. ¿Te lo puedes creer?

—La verdad es que no. ¿Quieres que te prepare algo?

—Nop. Me tomaré el Sex on the beach. Sydney dice que debo integrarme. Ser como los demás. Bla bla bla.

—Ni se te ocurra, Deb Deb. Tu encanto consiste precisamente en que no eres como los demás. Me recuerdas al chocolate negro con naranja y pimienta. No es para todo el mundo. Hay que tener el paladar adecuado.

—A ti te gusto, ¿a que sí? —dice tras darle una larga calada al cigarrillo. Está bastante achispada. Es adorable.

—Digamos que no me disgustas.

—¿Te pongo, Hastings? —pregunta, muy coqueta.

¿Qué nueva artimaña es esta?

Me echo hacia atrás en el sofá cuando se inclina más hacia mí y me domina con la fuerza de sus ojos felinos. Sus pechos se presionan contra mi camisa. Empiezo a sudar a mares. Llevo demasiada ropa. Y ha pasado demasiado tiempo desde que… No voy a pensar en eso.

—Me pones… nervioso.

—¿Te intimido, pequeño?

Ah, ya lo pillo. La muy cabrona me devuelve lo de la otra noche. Puedo relajarme. No intenta seducirme. Solo me provoca.

Ahora que ya sé de qué va el juego, dejo de resistirme y contrataco. Me doblo sobre ella hasta que la atrapo bajo mi cuerpo y el sofá.

—¿Y yo a ti, Deb Deb?

Su mirada baja hacia mis labios durante unos segundos eléctricos. Le asoma una arruga de confusión entre las cejas.

—¿Por qué no me sueltas?

—Todavía no sé por qué necesitabas tan desesperadamente huir de donde sea que estuvieras la otra noche —le susurro.

Vuelve a encajar la mirada en la mía. Como no se aparta, yo tampoco lo hago. Ojalá pudiera tocarla. Me encantaría. La recorrería entera con mis manos si me dejara.

—¿Qué te hace pensar que necesitaba huir?

—Cenaste conmigo.

—A lo mejor me gusta tu compañía.

—No soy tan narcisista como para creérmelo, aunque tú pienses lo contrario.

Se le escapa una sonrisa socarrona.

Me pone su cigarrillo entre los labios y yo le doy una calada. El humo que escapa de mi boca se funde con el que escapa de la suya. Es casi erótico.

—Mi madre había organizado una cacería —me dice cuando ya había dado por hecho que no lo haría. La acabo de soltar y los nos hemos sentado rectos en el sofá.

—¿Una cacería?

—Una fiesta llena de tíos guapos y solteros. Bufé libre. Escoge al que más te guste, Debby. No queremos que te nos mueras soltera.

La información me confunde. ¿Acaso no ha salido del armario? Ella nunca teme decir las cosas a la cara. Al menos, a mí no.

—¿No le has dicho a tu madre que no te va ese rollo?

—¡Decenas de veces! Pero sus creencias son más indias que occidentales.

—Entiendo.

—Lo de meterse demasiado en la vida de sus hijos es algo cultural.

—Ya veo. Oye, Debby.

—¿Qué? ¿Y esa cara?

—Vuelve cuando quieras. Podemos ser amigos.

—¿Tú y yo? No te lo flipes. Vamos a trabajar juntos, tío. Lo de la otra noche fue lo anterior al momento cinematográfico en el que uno de los personajes se carga al otro. En cuanto empecemos el rodaje, alguien tendrá que esconder los objetos afilados.

Me la quedo mirando con una sonrisa.

—¿Qué? —se sulfura.

Niego, como si el asunto no fuera conmigo.

—¿Qué de qué?

—¿Por qué sigues teniendo esa cara?

—¿Qué cara?

—Esa cara.

Me encojo de hombros.

—Me gusta ser tu amigo.

—Mira, si vas a seguir haciendo el capullo, me voy a hablar con cualquier otro.

Echo una mirada distraída a nuestro alrededor.

—¿Y por qué no lo haces? Hay mucha gente en la fiesta. ¿Por qué pierdes el tiempo conmigo?

—No me gusta la gente y… al menos a ti te conozco.

—Yo creo que en el fondo te caigo bien.

Sonrío y ella bufa como los gatos.

—Y por cosas así no tomo azúcar. Me vuelve demasiado simpática. Confundo a la gente.

Me echo a reír y esta vez soy yo el que le encaja a ella el cigarrillo entre los labios. Mis yemas rozan por error sus labios. Una punzada cálida me impacta directo en la polla. Genial. Un día haré una película sobre un hombre que se enamora de una lesbiana. Me darán algún premio prestigioso.

—Si lo necesitáis, se ha quedado una habitación libre —nos dice Mitch, que se empeña en sentarse justo en medio, de tal forma que Debby y yo tenemos que separarnos y quedarnos cada uno en una esquina del sofá para hacerle hueco al anfitrión—. ¿Y qué os contáis?

Nos mira. Primero a ella. Luego a mí. Yo le frunzo el ceño. Deb Deb se limita a fumar, impasible.