Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Un bombazo muy obvio
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Un bombazo muy obvio

Debby

Sydney corre a mi lado con un pantalón corto tan sexy que todos los tíos en una ratio de veinticinco kilómetros deben de estar sufriendo reacciones hormonales no deseadas (y se la ve en una ratio de veinticinco kilómetros porque con su ropa fucsia y su coletero fucsia sería imposible no verla).

—No es que no disfrute corriendo por la playa con mi mejor amiga en plena ola de calor, pero ¿te importaría decirme por qué lo estamos haciendo? —me pregunta mientras intenta no quedarse sin aliento por el esfuerzo.

—Para tener un culo más firme.

—¿Desde cuánto te importa eso a ti? Creía que nuestros papeles estaban definidos. Tú eres la lista que nunca tocaría una de esas revistas que te hacen detestar tu cuerpo y yo soy la guapa.

—No te menosprecies, Sydney. Tú también eres lista.

—Pero intento que no se me note. Algunos tíos se sienten amenazados. Mi novio, para ser exactos. ¿Qué te ocurre? Esto no es para mantenerte en forma. ¿Estás teniendo otra de tus crisis existenciales?

—Anoche cené con Hastings en su casa.

—¿Cenaste con Ethan sin mí? —se indigna.

Hago una mueca bajo las gafas de sol.

—Pues sí. Te llamé, pero saltó el buzón.

—Ah. Es que estaba… Bueno, da igual. ¿De qué hablasteis?

—De sus traumas infantiles y sus complejos fálicos. Está todo relacionado, como me temía.

—Debster, deja ya de ser tan dura con el pobre Ethan. Hasta ahora ha sido bastante majo, la verdad. Y muy paciente, teniendo en cuenta todas tus tonterías. Vamos, que ese hombre tiene el aguante de un santo.

—Sydney, no seas colaboracionista. Sabes que no lo aguanto.

—¡Que no eres Charles de Gaulle! ¡Esto no es la Francia ocupada! ¡Ethan no es un nazi! Métetelo en la cabeza. Repítelo cien veces. Escríbelo en tu diario. Me da igual lo que hagas. Solo asimílalo.

—Me ha ofrecido un trato.

Frunce las cejas.

Al estar mirándome, casi choca con un tío cachas.

—¿Qué trato? —pregunta tras quitárselo de encima.

El muchacho ya estaba babeándole el top. Alerta local: una barbie estereotípica anda suelta por la playa.

Por desgracia, la acompaña su mejor amiga, la barbie asesina en serie. Como a alguno se le ocurra tocarla, verás. No estoy en mis cabales hoy.

—Si lo ayudamos a ganar un Oscar, nos devuelve el estudio.

—¿Queremos que nos lo devuelva?

—¡Sydney!

Levanta las palmas.

—Vaaale. Solo era una pregunta inocente. Porque, a ver, no es que antes nos fuera demasiado bien por nuestra cuenta.

—Nadie sabía que existíamos. Ahora somos famosas. Tú sales con un mito erótico y yo le hago peinetas al jefe. Hollywood nos adora. Somos les enfants terribles.

Se le escapa una risita.

—¿Qué más ocurrió durante esa cena?

—No lo sé. Ethan se puso raro.

—Raro ¿en qué sentido?

—Pues raro como una de esas películas que estás viendo sin saber de qué va y de pronto cambia la música y dices: hostia puta, ¡esto es una porno!

—¿Hubo tocamientos? —me propone, de lo más coqueta.

—No.

—¿Besos?

—No.

Sydney se desinfla.

—¿Y qué tuvo de erótico entonces?

—No lo sé. Es lo que me desquicia.

—¿Lo has hablado con tu terapeuta?

—Por supuesto.

—¿Y qué dice?

—Que estoy enamorada de él en secreto.

—Ja. Eso te lo hubiera dicho yo, y sin cobrarte cien dólares por sesión.

Tuerzo el gesto.

—No estoy enamorada de Hastings. Pero admito que no me repele.

—¿Eso quiere decir…?

—Que me atrae.

—¿Sexualmente? ¿Intelectualmente? ¿Espiritualmente?

—¿Te sabes más adverbios?

—Emocionalmente, estéticamente, cinematográficamente… —recita, la muy pesada.

—Basta ya. Necesito un café.

—¿Te ha dicho que vamos a firmar un contrato con Netflix para cederles los derechos de Con vistas al mar? Se emitirá en la plataforma unos seis meses después del estreno.

—¡¿PERDONA?! Este cabronazo me va a oír ahora mismo.

—Debby, ¿adónde vas? —se exaspera a mis espaldas—. No puedes ir a verle ahora. ¡Se te transparentan los pezones!

Todos los tíos de la playa se vuelven como muñecos teledirigidos. Odio la puta California.

*****

La rubia de aspecto andrógino que sigue a Ethan a todas partes se pone de pie al verme irrumpir por la puerta.

Va vestida de amarillo de pies a cabeza. Labios incluidos. Parece sacada de una película futurista. ¿Será humana, o algún tipo de robot que Hastings le habrá comprado a un villano tecnológico de Silicon Valley? De él me espero cualquier excentricidad.

—¿Adónde vas?

Maldita sea. Me ha cortado el paso.

Intento esquivarla, pero vuelve a bloquearme con el cuerpo y su cara de pocos amigos. La verdad es que da mala espina.

—Tengo que verle.

—Imposible. Está reunido.

—Pues esperaré a que deje de estarlo.

Se rinde con un suspiro, hace una mueca y me señala el sofá.

—Muy bien. Puedes sentarte ahí.

—Estupendo.

Echa un vistazo a mi conjunto rojo de pantalón corto y top minúsculo, y frunce el ceño.

Hago como que voy a sentarme. Ella me da la espalda y se dispone a regresar a su mesa. Entonces echo a correr y me planto en el despacho de Ethan en un santiamén.

Ocho señores con puros se giran a la vez.

Bienvenidos a Hollywood, territorio masculino.

—Debby. —Ethan, conmocionado, pasea la mirada por todo mi cuerpo. Parece haber perdido el habla.

—¿Vas a vender mi película a Netflix?

Apretar la mandíbula es la única respuesta que me concede.

—¡Contéstame, cacho bestia!

Se levanta de la silla, me coge por el brazo y me saca al pasillo.

Los ocho señores con puros nos siguen con la mirada. Uno casi se cae con la silla al reclinarla (el tabique le frenaba la vista).

—Ruby, consíguele una camiseta.

—No necesito una camiseta.

—Sí que la necesitas. Estás medio desnuda y esos de ahí no dejan de follarte con la mirada. Me preocupa que les dé un infarto. Tienen una edad. Ruby, ¡por el amor de Dios, baja el puto aire! —grita, agobiado.

Me cruzo de brazos, lo cual hace que mis pechos se junten y se eleven todavía más bajo el top.

Ethan traga saliva y procura mirarme a los ojos. Tiene una cara de bobo que me encantaría filmar para poder atormentarlo el resto de su vida. Podríamos convertirlo en meme. Cuando la chica de tus sueños te acorrala en el pasillo: cara de Ethan.

—Contesta a mi pregunta.

—¿Por qué te opones ahora?

—¿Vas en serio? ¡Es un puto insulto! Si al menos hubieses dicho Prime… Ellos tienen a Woody Allen, cine clásico y una película sobre un tío que se pasa la noche entera conduciendo y hablando por el móvil.

Una sonrisa lenta empieza a asomar en la comisura izquierda de su boca, aunque la frena a tiempo. Lástima. Era una sonrisa muy mona. Que no digo que me haya fijado.

—A mí también me gustó Locke. Es difícil mantener la atención del público con un solo personaje.

—Si hubieses dirigido tú la película, Tom Hardy conduciría en pelotas.

—Si hubieras escrito tú el guion, estamparía el coche contra un muro —contraataca.

Me hace tanta gracia que termino sonriendo. A él se le suaviza la expresión y noto que algo se calienta en su mirada.

—Tu camiseta —nos interrumpe Ruby.

Menos mal. Iba camino de ahogarme en sus ojos otra vez. Algo terrible me está ocurriendo. Llevo veinticuatro horas enfrentándome a mi crisis más profunda hasta la fecha: reacción hormonal extraña cada vez que el recuerdo del cuerpo de Ethan, inclinado sobre el mío, regresa a mi memoria.

Sus manos a ambos lados de mi cabeza. Sus ojos enfocándome los labios.

Prefiero no rebobinar la escena. Ya tenemos una ola de calor en California. No necesitamos subir la temperatura todavía más.

—Póntela, Debby —me dice al ver que no reacciono.

Le cojo la camiseta a Ruby de la mano y me la pongo de mala gana.

—¿Contento?

Ethan respira, aliviado.

—Mucho.

—No sabía que te sintieras tan amenazado por un par de tetas.

Le hace gracia.

—Pues ahora ya lo sabes.

—¿Cómo te las arreglas para trabajar con Jessica Nichols? Siempre la grabas en pelotas, y es un pibón.

—Ella no es mi tipo.

Arqueo las cejas.

—¿Y yo sí?

No me contesta, pero tampoco aparta la mirada de la mía.

Vale, todo esto es muy raro. Será mejor que salga pitando de aquí y solicite una reunión de emergencia con mi terapeuta.

—Retira la película de Netflix.

—No puedo. He firmado un contrato. Y además pienso que es la mejor opción.

—Hastings —gruño entre dientes.

—Debby, oye, necesito que confíes en mí por una vez. Tenemos un trato, ¿no? Los dos buscamos lo mismo. Déjame que cumpla con mi parte. Y, solo para que lo sepas, en Netflix está La piel que habito. A ver si puedes competir con eso, Nair. Ni siquiera tú eres tan retorcida, artísticamente hablando.

¿Por qué estamos tan cerca de repente?

¿Y por qué me mira la boca como si quisiera probarla?

O follarla, no lo sé.

Solo sé que empiezo a ahogarme con toda esta electricidad.

Y que no puedo apartarme. No quiero hacerlo.

—Si vais a montároslo, hay una sala de reuniones libre —se materializa Ruby en medio de nuestro extraño intercambio de miradas.

Ethan retrocede y se recompone enseguida, tensando la mandíbula.

—Ruby, sé buena y cállate.

—Solo era una idea —masculla ella sin dejar de teclear algo en el ordenador.

—Muy bien, Hastings. Confío en ti.

—Ruby, apúntalo en el calendario de Outlook.

Le saco el dedo antes de dar media vuelta.

—Me gusta esta chica —oigo que le dice la rubia robótica a Ethan cuando ya estoy en la otra punta del pasillo.

Apuesto a que él me está mirando el culo.

Y más vale que sí, porque me estoy contoneado como Jessica Rabbit. Ahora que he descubierto que lo atraigo, me siento poderosa. Todavía no sé qué voy a hacer con esta información, pero sin duda es un bombazo. Punto para Debby.

Sonrío satisfecha de camino a la salida.

En la calle me doy cuenta de que llevo puesta una camiseta de superhéroes. Uy, no. Por encima de mi cadáver voy a pasear esto por Los Ángeles. Tengo una reputación.

Me la quito lo más deprisa que puedo, antes de que me salga urticaria, y la arrojo al primer cubo de basura que encuentro. Un gilipollas me grita una obscenidad desde un coche. Le saco el dedo.