Lío en Hollywood (Enemies to lovers) La madre nihilista
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La madre nihilista

Debby

Llego tarde a la cena de mi madre y ella se ocupa de dejármelo claro en cuanto me abre la puerta. Ahí está, la misma mueca seca que le he visto millones de veces.

—Llegas tarde.

—Gracias por la información, madre. No lo había notado.

—¿Por qué no llevas el sari que te mandé? Da igual. Sabía que no te lo pondrías. Por eso compré dos. Sube a tu cuarto y quítate esta… ropa extraña que llevas.

—Llevo una camiseta monísima en la que pone “el capitalismo destruye el encuadre”. ¿Por qué frunces el ceño? Tiene gracia.

—¿En serio?

—Sabes que soy guionista, ¿verdad?

—Debby.

Tengo el don de exasperar a mi madre y, si soy honesta, a mucha más gente. A casi todos.

—Ya estoy subiendo. No te me alteres.

Mejor no provocarla cuando masca mi nombre entre dientes de esa forma vibrante.

Echo un vistazo rápido al salón mientras camino hacia la escalera. Dios. Esto está lleno de hombres. Todos guapos y, a ver si lo adivino, solteros. No es una cena. Es una encerrona.

—Te prohíbo que te escondas en tu habitación —me advierte mi madre, que ha debido de notar mi horror.

Corro escaleras arriba sin mirar atrás.

Si lo sé, me invento cualquier excusa. Me he metido yo solita en la boca del lobo. Ni siquiera se puede fumar aquí dentro. El mundo se encamina hacia un desastre inminente e inevitable, y es el análisis más optimista que puedo hacer de esta situación ahora mismo. Sartre estaría orgulloso.

*****

La noche avanza con una lentitud desesperante. Mi madre no deja de sacar canapés. Me ha obligado a hablar con todos los hombres guapos y solteros de la soirée. Debería abrir un local de speed dating. En serio. Tiene talento.

Hola, soy Mahit. Soy físico teórico. Trabajo con tu madre en la universidad y puede que tenga a mi ex novia encadenada en el garaje.

Hola. No nos han presentado. Chris. Soy promotor inmobiliario. Por si no lo has notado, me acabo de blanquear los dientes.

¡Hola! Soy Debby y, si me disculpáis un momentito, voy a suicidarme.

—Debby, ¿me acompañas a la cocina? Hay que sacar más canapés.

Por Dios.

—¿Qué? —me enfrento a ella tan pronto como cierra la puerta a sus espaldas.

—¿Por qué tienes esa cara de entierro, a ver? ¿Qué te costaría sonreír un poco?

—Mamá, has organizado un banquete en el que yo soy el plato principal. Me niego a formar parte de esta farsa. Y que sepas que me ofende que una mujer con un prestigioso doctorado en filosofía se preste a algo tan vulgar como las citas a ciegas.

—Te aseguro que la filósofa que llevo dentro lo aborrece. La madre india, en cambio…

La cojo por los hombros y la sacudo con fuerza.

—Madre. Necesito que vuelvas a tu estado nihilista y occidental.

—Debby, tienes treinta años y cero relaciones sentimentales. Vas a quedarte para vestir santos como no te demos un empujoncito.

—El matrimonio no es el único propósito de una mujer.

—Yo no hablo de matrimonio. Hablo de que tengas a alguien en tu vida. Estás muy sola.

—No estoy sola. Tengo un gato.

—Y estás a un paso de tener otros veinticinco. Cuando queramos darnos cuenta, será demasiado tarde. La policía habrá intervenido.

Me suena el teléfono. Decido cogerlo porque incluso hablar con Hastings me resulta más atractivo que seguir escuchando a esta mujer.

—¿Diga?

—Hola, Debby. ¿Te pillo en mal momento?

—No. Me pillas estupendamente. —Mi madre me fulmina con la mirada—. ¿Qué pasa?

—Es sobre el guion. Me gustaría verte mañana para comentar algunas escenas. ¿Cómo tienes la agenda?

—¿Esta noche? En fin, me viene un poco mal, pero si es tan urgente…

—No, no. Tranquila. No hay prisa. Podemos quedar la semana que viene.

—Vale, ya entiendo que es súper urgente. Mándame la dirección. Voy para allá. Lo siento, mamá. Mi jefe me necesita.

—¿Tu jefe? ¿Desde cuándo soy tu jefe?

Uy, que no he colgado. Pensaba que lo haría él.

Presiono el botón rojo y compongo una sonrisa inocente para mi madre, que no se lo traga y encoge los párpados con sospecha.

—No pongas esa cara. El deber me llama. Discúlpame con los chicos. Seguro que lo entienden. Todos parecen anteponer sus carreras profesionales a la vida personal. Por eso están solteros.

—Esto no acabará así.

—Bien. Pero que sepas que las segundas partes nunca fueron buenas.

—Con una excepción. El Padrino.

—Cierto —me veo obligada a darle la razón.

Solo por esta vez.

Y mientras salgo pitando.

*****

Vaya. Este nuevo giro de guion es tan inesperado como interesante. El personaje de Ethan no deja de asombrarme. Lo etiqueté mal. Esculturas modernas, piscina infinita y ego arquitectónico no pega con Los Feliz.

Sí con Hollywood Hills, pero Ethan vive en Los Feliz.

En una casa antigua de los años 20.

En un barrio lleno de árboles.

¿Me habré equivocado de dirección?

Compruebo el móvil y no, esto es lo que me ha mandado.

Llamo al timbre con una arruga entre las cejas.

Tarda un buen rato en abrirme la puerta. Se está secando las manos en un trapo cuando asoma en el umbral.

—Perdona. Estaba haciendo la cena.

Mis cejas dejan de intentar abrazarse la una a la otra como dos viejas amigas y se arquean.

—¿La cena?

¿Habré entrado en una realidad alternativa?

—Sí. Bueno. Aún no he cenado. Hoy se nos ha dado fatal en el rodaje. ¿Por qué vas vestida de princesa Jasmín?

No. Sigue siendo la misma realidad irritante de siempre.

—Esto es un sari, Hastings.

—Ya lo sé. ¿Por qué lo llevas?

—Porque soy medio india.

—¿En serio? Vaya novedad. Pasa.

Se aparta y yo cruzo el umbral tras un segundo de duda.

Lo primero en lo que reparo es en el olor que sale de la cocina. No sé lo que estará preparando, pero huele que alimenta.

Lo segundo que me llama la atención es que está sonando Pale Blue Eyes, una canción que me encanta y que nunca le hubiera achacado a él. En fin, en sus películas siempre pone esa música electrónica que ni los propios autores serían capaces de distinguir una canción de otra.

—¿Una copa de vino?

—Pues… Sí. Vale.

Qué raro es esto.

—Ponte cómoda.

—Mm-hm.

Desaparece, lo que me permite curiosear su casa.

Me fijo en que hay fotografías antiguas por todas partes. El cine auténtico, antes de que los efectos especiales lo estropearan todo.

Tiene primeras ediciones de todos mis libros favoritos, un tocadiscos vintage y una buena colección de comics. También hay plantas. Vivas. Muy vivas.

Intento comprender cómo es posible que alguien que dirige sus películas viva aquí y escuche a Lou Reed mientras preparara la cena.

—Tu vino.

Me giro hacia él.

—¿A qué huele?

—Estoy haciendo pollo asado.

Le echo una mirada de arriba abajo, sin disimular lo intrigada que me tiene. ¿Quién es este tío? Lleva unos vaqueros viejos, una camiseta blanca muy básica, está descalzo y su casa huele a especias, a vino y a ajo.

Mierda. ¡El personaje superficial que he escrito sobre él está mal construido!

Para un guionista no hay nada peor que descubrir que se equivocó sobre alguien. Ni más excitante.

—Espero que no hayas cenado.

Me gustaría decir algo, incluso algo poco inteligente, pero por primera vez desde que conozco a Ethan Hastings no tengo una réplica preparada.

Lo cual me irrita profundamente.

*****

—Priya.

—¿Debby? ¿Por qué susurras? Ay, Dios. ¿Te han secuestrado?

He llamado a mi prima, que siempre es muy melodramática.

Intenté localizar a Sydney, mi primera opción para emergencias —conserva la calma en situaciones de crisis—, pero debe de estar montándoselo con Mitch como dos comadrejas en celo.

Ha saltado el buzón, así que he pasado al segundo contacto de emergencia: Greg, mi terapeuta, que tiene una estúpida política sobre no coger el teléfono fuera de su horario laboral (a no ser que se trate de un suicida potencial.

Como a mí no me ha catalogado en esa categoría, y no sé por qué, me ha colgado sin miramientos).

La siguiente en la lista era Priya. ¿Hace falta decir que soy insufrible y que no tengo amigos?

—No me han secuestrado. Estoy en casa de un tío, encerrada en su baño, y no quiero que me escuche.

—Vale. Vale. Hay que mantener la calma —dice Priya, que ya está histérica a estas alturas—. Voy a ayudarte, prima. Dime qué aspecto tiene ese monstruo y qué está haciendo en este momento.

—Pues… es un guaperas.

—¿Guaperas? ¿Eso qué significa?

Su inglés es demasiado académico.

—Tiene aspecto de protagonista de novela romántica.

Ya sabes, pelo tostado por el sol, lo bastante largo como para catalogarlo de sexy, aunque lo bastante corto como para no confundirlo con un vagabundo…

Es alto, en forma, tiene buenos abdominales, hoyuelos, ojos verdes de los que te disparan las pulsaciones y, según Sydney, embarazan a medio Hollywood...

Si a eso le sumamos un rostro que, de acuerdo, admito que es bastante atractivo…

—Madre mía. Es como Ted Bundy.

—Es peor que Ted Bundy. ¡Está haciendo puré de patatas!

—¿Eh? ¿Pero no es un pervertido?

—¿Qué? ¡No! A ver, un poco mujeriego sí que es, pero vamos, que está dentro de los límites de la normalidad californiana.

Verás, Priya, llevas poco tiempo en los Estados Unidos y te costará entenderlo, pero como aquí la gente se pasa el día en bikini, están cachondos a todas horas.

Es terrible. La sífilis campa a sus anchas.

Es como vivir en una residencia. De estudiantes, no de ancianos.

—¿Y por qué te has encerrado entonces en el baño de ese tío si no hay peligro alguno?

—¿No me has oído? ¡Está preparando puré de patatas! ¿Qué hago?

—¿Te lo comes?

—Ay, Priya, qué rápido te has adaptado al fornicio californiano.

—Me refería al puré.

—Ah.

—Debby, ¿por qué eres tan rarita?

—Será por mi mitad occidental.

—Escucha, te dejo. Estoy estudiando para mi doctorado. Y además ando muy liada con lo de la boda. El horóscopo me está haciendo cambiar la hora de la ceremonia.

Hago una mueca.

—De acuerdo. Gracias por… Por atender la llamada.

—De nada. ¿Vas a estar bien? ¿Quieres que llame a la tía R…?

—¡No! —la interrumpo antes de que formule el nombre de mi madre, no vaya a ser que se materialice en el baño de Hastings como por arte de magia y me frunza el ceño—. Me comeré el puré.

—Bien. Que te aproveche. Adiós.

—Adiós —gruño con otra mueca de disgusto.

*****

Hastings y yo estamos sentados cara a cara.

La mesa es pequeña. La luz, íntima. Ha bajado el volumen de la música y todo esto, no lo sé, se le parece demasiado a una cena romántica.

Llevo veinte minutos sin desfruncir las cejas.

No soy capaz de procesar toda esta situación.

Se me ha bloqueado el disco duro. No hay forma de reiniciarlo.

—No irás a decirme que eres vegetariana.

Miro el pollo que tengo delante como a través de un sueño.

Humea. Ethan lo acaba de sacar del horno.

Me ha servido una buena cantidad de puré de patatas mientras yo lo observaba con más atención de la que le dediqué al Guernica la única vez que tuve la ocasión de verlo.

El vino apenas lo he probado. Me cuesta asimilar esta realidad.

—No soy vegetariana.

—Pues no estás comiendo.

Cojo el tenedor y pruebo el puré, recelosa, como si fuera una de esas mujeres que tenían que catar la comida del führer para asegurarse de que no estaba envenenada.

Hastings arquea las cejas, divertido. Se le ha dibujado una sonrisa sutil en la boca.

—¿Le falta algo? ¿Sal?

Trago.

—No. Está bastante bueno. Sin grumos. Mejor que el que hace mi madre en Acción de Gracias.

—Genial. ¿Y qué me dices del pollo?

Lo pruebo.

Se deshace entre mis labios y al mismo tiempo está crujiente por fuera.

—Mmmm. Buenísimo. ¿Qué lleva, tomillo?

—Romero. Tengo un pequeño huerto fuera.

Tardo unos diez segundos en reaccionar.

—Que tienes un… ¿qué?

—No es gran cosa. Solo unas cuantas hierbas aromáticas.

Muy bien, beberé. Tomaré un sorbo de vino muy largo para asimilar todo esto.

Un sorbo larguísimo.

Media copa.

Mejor aún. Media botella.

—Así que lo de cocinar lo haces a menudo —deduzco, y vuelvo a beber, ansiosa.

—Siempre que puedo. Me relaja. Hoy he tenido un día de mierda. En realidad, llevo un mes de mierda. Necesitaba desconectar antes de que me cargue a alguien en el rodaje.

Se me escapa una carcajada.

—Lo siento. En realidad, no tiene gracia. Sé lo estresante que puede llegar a ser dirigir una película. Y más cuando nadie hace lo que quieres que haga. Tú tienes una idea muy concreta de cómo deberían ser las cosas y es súper frustrante que la gente no lo comprenda.

—Me encanta hablarlo con alguien que lo entiende. La mayoría de mis citas… Que no digo que esto sea una cita…

—Respira, Hastings. Te he entendido.

—Ya. Solo quería aclararlo.

Suelto la copa sobre la mesa y concentro toda mi atención en su rostro. Es un primer plano perfecto.

Nunca me había ensimismado tanto en una persona. Solo en obras de arte. O en películas.

Ethan está igual de confundido. Se le nota en la cara, en el brillo de los ojos, en la forma en la que me estudia, como si quisiera descifrarme.

Nadie habla. Estamos atrapados en un silencio de los que me gustan a mí.

—¿Por qué esa mirada? —murmura al final—. ¿En qué estás pensando?

—Pienso en que, ahora que te conozco, me será más difícil odiarte.

Se mantiene serio, y yo lo encuentro terriblemente sexy con esa arruga entre las cejas.

—¿Y por qué quieres odiarme, Debby?

—Una mera cuestión de principios. No es personal.

—¿Odias que sea rico y guapo?

—Me enferma.

Se le dibujan dos arrugas verticales en las comisuras y poco a poco le asoman los hoyuelos.

—Por si sirve de algo, yo jamás podría odiarte a ti, Deb Deb —me dice tras una larga pausa.

Su voz se ha suavizado, se ha calentado tanto que el corazón empieza a latirme descontrolado contra las costillas.

—¿Por qué no?

—Porque yo te a… —Se frena en seco y esboza una especie de sonrisa incómoda, antes de bajar el rostro y negar para sí. Se le ve cansado de repente, como si lo que estuviera a punto de decirme lo agotara—. Te admiro —murmura, enfrascado en sus pensamientos.

Algo se tensa en mi interior cuando levanta la cabeza y sus ojos verdes vuelven a encajarse en los míos.

—Creo que los dos estamos bajando las armas esta noche —señalo con un hilo de voz.

Aprieta los labios.

—Yo también lo creo.

Tengo el pulso acelerado, latiéndome en los oídos. Espero que no pueda oírlo.

—¿Qué demonios le has echado al pollo? —le suelto para romper el silencio.

Se echa a reír a carcajadas, y me veo obligada a admitir que esto me gusta más de lo que quiero que me guste. Este pequeño respiro. Él, yo, su risa cálida recorriéndome por dentro…

Estoy cómoda con Hastings, y eso es todo un descubrimiento. Porque yo casi nunca estoy cómoda con la gente. Nunca encajo con nadie. Solo con Syd y ahora… con él.