Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Bajad las armas
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Bajad las armas

Ethan

Debby está sentada en mi sofá. En mi casa, un espacio en el que no he dejado entrar a nadie hasta ahora, ni siquiera a mis padres, y ella está aquí, con un Boulevardier en la mano, revisando las correcciones que le he hecho a su guion.

No tengo ni idea de cómo se lo va a tomar. Estoy inquieto. A estas alturas hemos peleado por todo lo que se podía pelear: poder, creatividad, prestigio, plazos, reparto, el maldito papel de la impresora y cualquier otro detalle que aún no hubiera sido motivo de pelea.

Incluidas las plazas de aparcamiento y que Fellini sea el primero en ver cualquier película que rodemos.

Por lo visto, si maúlla una vez va a ser un desastre. Si se mantiene en silencio, ha nacido una estrella.

¿Pelearemos ahora por mis correcciones a su guion?

Estoy deseando averiguarlo.

¿Por qué sigue guardando silencio?

Tamborileo los dedos sobre el reposabrazos de la butaca mientras la observo, intentando descifrar qué significa la arruga entre sus cejas.

Abro la boca para decir algo, pero al final aprieto los labios y compruebo la hora en el reloj de la pared.

Las once de la noche.

Me levanto, me relleno la copa y le pregunto si quiere que le prepare otra cosa. No ha tocado la suya.

No contesta. Sigue pasando páginas con el ceño fruncido. Por Dios, le encanta jugar con mis nervios.

Cuando estoy a punto de levantarme para poner otro disco —cualquier cosa con tal de acabar con este silencio insoportable—, Debby suelta el manuscrito sobre la mesa y levanta la vista.

Me desplomo de nuevo en la butaca.

—¿Por qué? —pregunta después de un minuto entero de silencio.

Sus ojos dorados me clavan en mi sitio. Apenas me atrevo a respirar.

—Ben es más que un contratista con buenos abdominales, y tú lo has tratado como si fuera un personaje de una de mis películas. Necesita más profundidad psicológica, eso es todo.

La sombra de una sonrisa asoma a ambos lados de la boca que no puedo dejar de mirar.

—No lo había visto desde tu punto de vista.

—¿Y ahora?

—Ahora… —Se produce una pausa—. Estoy de acuerdo. Sí. Creo que tienes razón. Ben está enamorado de una mujer que no le corresponde. Tengo que encontrar la forma de trasmitir mejor su complejidad emocional.

Respiro aliviado. No me había dado cuenta de que llevaba tanto rato conteniendo el aliento. Ella me perturba demasiado.

—Pero ni de coña voy a reescribir el final —añade, justo cuando ya me había hecho ilusiones.

Suelto un gruñido.

—Debby.

—No es negociable.

—Escúchame…

—No es negociable.

Se ha cruzado de brazos y todo, no vaya a ser que no lo esté pillando. Me presiono el puente de la nariz con dos dedos mientras me armo de paciencia.

—Debby, esto no es un capricho del director.

—¿Y qué es?

—Estadística. En los Oscar, el final agridulce le da mil vueltas al final feliz, y los dos juntos siguen ganando por goleada a ese final cien por cien trágico que propones tú.

—Guau. Debes de desear mucho un Oscar si te has dedicado a hacer un estudio de mercado.

—Pues sí. Lo deseo.

—¿Por qué?

—¿Vamos a desnudar nuestras almas, Deb Deb?

—¿Tienes una, Hastings?

—Muy graciosa.

Sus comisuras se tuercen, irónicas. Las mías, también.

—Vale. Desnudemos nuestras almas —concede, cada vez más entretenida.

Nuestros ojos mantienen un pulso implacable. Me gusta eso de ella, que no aparte la mirada.

—Querré algo a cambio.

Se recuesta un poco en el sofá y arquea las cejas con sorna, como si ya supiera lo que le voy a pedir.

—Típico de las criaturas infernales. ¿Qué quieres?

—Una confesión.

—¿Qué clase de confesión?

—¿Trato hecho?

—Me irrita que respondas a mis preguntas con otra pregunta, pero ¿qué más da? Trato hecho. ¿Por qué quieres tan desesperadamente tener un Oscar acumulando polvo en tu despacho?

Callo unos segundos.

Nunca lo he dicho en voz alta. Ni siquiera en terapia.

—Sigo siendo un chico que intenta impresionar a su padre.

Afila la mirada.

—Explícate.

—Cuando empecé con las clases de teatro, a mi padre no le hizo ninguna gracia.

Esperaba que siguiera sus pasos. Ya sabes, una Ivy League, el consejo directivo de la empresa...

Lo típico. Nunca vino a verme actuar, si bien hasta entonces jamás se había perdido uno de mis partidos de béisbol.

Supongo que lo avergonzaba verme sobre un escenario.

Le parecía poco… masculino. Un día le oí decirle a mi madre que me quitara esa tontería de la cabeza porque no iba a llegar a ninguna parte poniéndome mallas para interpretar a Shakespeare.

No dice nada. Espera a que yo esté listo para continuar. Eso también me gusta.

—Quiero demostrarle que se equivocaba.

—¿Y no crees que lo has hecho ya? Ethan, vamos, arrasas en taquilla. La gente se vuelve loca con tus películas. Tu saga de superhéroes concentra más fans que toda la Comic Con.

Me lo dice con una convicción indignada, como si le molestara ver que menosprecio mis logros.

Ella no sabe lo difícil que es ser un Hastings. Tener que estar siempre a la altura de las expectativas de tu familia. Joder, somos peores que los Kennedy.

—No tengo reconocimiento, Debby. Solo dinero. No puedo permitir que mi padre gane. Ya lo ves. Soy muy competitivo.

—Así que lo que realmente quieres es dirigir la película.

—Sí.

—Trabajar conmigo. Día a día. Hasta las tres de la madrugada. Gritándonos el uno al otro. Deseando asesinarnos.

—Sí.

—Para impresionar a tu padre.

—Eso es.

—Te veo motivado.

—Lo estoy. —Me inclino hacia adelante. Los codos, en las rodillas. Mis ojos, enganchados a los suyos—. Te toca.

—Dispara.

Tardo unos segundos en formular la pregunta. No porque no la tenga clara, sino porque quiero pillarla desprevenida.

—¿Alguna vez te has enamorado?

Sopesa mis palabras, pensativa.

—Sí. Aunque no entiendo a qué viene la pregunta.

—Ponte en el lugar de Marianne. ¿Qué es lo que de verdad desea?

—Un bebé.

—Te distraes, Debby. Mira más adentro.

Frunce el ceño. No le gusta que la corrija, aunque tampoco se levanta y se va, que es lo que haría si no le importara mi opinión.

—¿Por qué no me dices tú qué es lo que crees que quiere mi personaje?

—Quiere a John. Todo lo que hace Marianne es por John.

Para tener su atención. Por eso se echa un amante.

Para que él reaccione. Cuando se mete en esas aguas heladas, no siente desapego.

Es un último acto de desesperación. Porque él no la mira.

Se niega a tocarla, y eso es lo que más desea en el mundo.

Algo cruza su rostro. Lo controla rápido, pero a mí no se me escapa.

—La película no puede acabar con Ben gritando su nombre —continúo con voz suave—.

Tiene que acabar con ella y con John. Solo ellos dos, los actores principales, cara a cara en el acto final.

Y él tendrá que mirarla y tocarla, aunque sea estando muerta sobre una mesa de la morgue.

Quiero que John se derrumbe delante de ella, y que Marianne consiga lo que buscaba.

Ese es el final agridulce que quiero para esta historia. Vas a tener que reescribirlo.

—¿Y si me niego?

—Contrataré a otro guionista.

—Es mi historia.

—Compré Nouvelle para llevarlo a lo más alto.

Pienso hacerlo contigo o sin ti. —Hago una pausa.

No pretendo intimidarla. Solo quiero dejar clara mi postura—.

En cuanto ganemos el Oscar, me retiro. Te devuelvo tu estudio.

Podrás rodar las películas que te dé la gana.

Mientras tanto, tendremos que buscar la forma de entendernos.

—¿Dónde está la trampa?

—No hay trampa, Deb Deb. Te propongo un medio para llegar a un fin. El acuerdo nos beneficia a los dos. Ahora la confesión. ¿Dónde estabas esta noche y por qué necesitabas huir?

—¿Qué tiene que ver con nuestra película?

—Nada en absoluto.

—¿Y por qué me lo preguntas?

—Dímelo tú, que se supone que lo sabes todo sobre las motivaciones ajenas.

Se levanta del sofá casi de un salto.

—Uy, qué tarde se me ha hecho. Será mejor que me vaya. Tengo al gato solo en casa.

La observo, risueño.

—¿Te vas sin contestarme? ¿No te parece injusto?

—Pues no.

Sonrío despacio, y me levanto para acompañarla.

—En fin. Adiós, Hastings. Gracias por la cena.

Cierro la puerta antes de que pueda cruzarla, la atrapo contra la pared y apoyo las manos a ambos lados de su cabeza.

—¿Qué haces? —susurra, perpleja.

Me inclino hacia adelante hasta que puedo sentir su respiración cálida contra la cara. Es el único contacto físico que puedo permitirme, su aliento en mi piel.

Debby se mantiene quieta, sin apartar la mirada de la mía.

—¿Por qué tiemblas, pequeña?

—No me llames pequeña. No soy una de tus novias.

—¿Te estoy poniendo nerviosa?

—¿Eso es lo que crees? —repone, desafiante.

—Lo que creo es que te gusta saberlo todo sobre los demás, pero nunca das nada a cambio.

Su rostro se acerca al mío hasta que nuestros labios casi se rozan. Es un farol. Lo sé. No vamos a besarnos. Solo nos gusta jugar con fuego. Le encanta provocarme. Debe de saber lo mucho que deseo ese puto beso, cómo me hundiría en su boca si me dejara. Es una sádica.

—Que te den, Hastings.

—¿Y sabes qué más creo, Debby? —murmuro, siguiendo con los ojos el voluptuoso arco que se estira cuando esboza esa sonrisilla socarrona.

—¿El qué?

—Que mientes. Nunca te has enamorado. —Doy un paso atrás para liberarla y le sonrío, irónico—. Tú siempre te retiras a tiempo.

Tarda unos segundos en reaccionar. Sigue pegada a la pared, respirando deprisa, como si mi presencia la hubiera afectado tanto como a mí la suya.

Sé que he acertado. La vulnerabilidad que brilla en su mirada acaba de confirmármelo.

Se marcha sin corregirme, y yo cierro la puerta despacio detrás de ella y me quedo quieto unos instantes.

Luego se me escapa una sonrisa.