Lío en Hollywood (Enemies to lovers) El guion
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El guion

Ethan

Hace un calor de mil demonios y por quinta vez hoy toca repetir la misma puñetera escena. Con la camisa pegada al cuerpo y un dolor de cabeza latiéndome en las sienes, mi humor se está volviendo peligroso.

—Mitch, tienes que gritarle como si la quisieras —le insisto por enésima vez—.

No estáis teniendo una pelea sin más. Es una explosión de sentimientos que no sabes gestionar de otra forma.

Jessica, vuelve al coche. Te estás yendo.

No aguantas más esta relación. Mitch, tú llegas, abres la puerta con rabia y dejas que la pasión que sientes por ella estalle a través de tus gestos y tus gritos. Silencio, por favor.

—Silencio, se rueda —grita Ruby.

Los técnicos ocupan sus posiciones. Un operador levanta el pulgar.

—Sonido, grabando.

La claquetista avanza un paso.

—Escena seis, plano dos, toma cinco.

El chasquido de la claqueta corta el aire.

Desde detrás de la cámara llega la confirmación.

—Rodando.

Recorro el set con la mirada para asegurarme de que nadie respira demasiado alto, y hago un asentimiento breve para infundir confianza a todo el equipo.

—Venga, a ver si esta vez lo logramos. ¡Acción!

—¿Que vas a dejarme? —grita Mitch en medio del aparcamiento—. No pienso permitir que…

—¡Corten!

Me giro, indignado.

—¿Qué haces? —le grito a Debby—. ¡Tú no puedes gritar corten! ¡Solo yo puedo gritar corten! ¿Qué pone en esta silla?

Sus ojos me lanzan dardos tras los cristales azules de las gafas de sol.

—¡Me importa una mierda lo que ponga en tu maldita silla! —me grita de vuelta—. ¿Se puede saber por qué has rechazado mi presupuesto?

Me cruzo de brazos.

—¿Que tal porque no me has mandado el guion? Te has limitado a echar las cuentas. ¿Qué parte de vamos a hacer una película juntos se te escapa?

Estoy polvoriento, cabreado y no tengo tiempo para pelearme con ella. Hoy no.

—¿El guion? Dios mío. —Suelta una especie de risa hiriente—. ¿Acaso piensas que necesito que tú valides mi trabajo?

El ataque me enfurece como nunca.

—¿Y qué necesitas entonces, Debby? —bramo, acortando la distancia que nos separa—. ¿Solo que te firme un puto cheque? ¿Qué crees que soy, tu jodido cajero automático?

Da un paso adelante, amenazadora, echa la cabeza hacia atrás y me sostiene la mirada.

Se ha acercado tanto que mi pecho casi roza el suyo, y yo en algún momento me he inclinado sobre ella como si fuera a besarla.

Noto el aire cargado a nuestro alrededor, como si estuviéramos en el ojo de un huracán.

La poca distancia que nos separa vibra como nunca por culpa de la rabia eléctrica que nos envuelve.

Creo que hay un millón de cosas que quiere gritarme ahora mismo. En su expresión se agolpan toda clase de sentimientos contradictorios. Algunos no son tan evidentes como la furia.

Pero se contiene, se limita a dar un paso atrás y asiente para sí.

—Ya veo. Necesitas dejar muy claro quién manda aquí.

—No pienso aprobar el presupuesto como no me mandes el guion —le aclaro, con voz controlada y más fría que nunca.

—Como si tú pudieras comprenderlo.

—A lo mejor no soy tan profundo como tú, pero tampoco soy gilipollas. Este es el procedimiento habitual. Todo el mundo me manda el guion. Tú no vas a ser la excepción. Ahora, si no te importa, tenemos que seguir rodando. No puedo pelearme contigo en este momento. Voy fatal de tiempo.

Su rostro se tuerce de cólera. Nunca la he cabreado tanto. Me estrangularía si pudiera.

A mí se me ocurren formas más creativas de dar rienda suelta a esta agresividad. Lo haríamos si ella no fuera lesbiana.

—Disculpad la interrupción —dice y, con una sonrisita irónica, se gira hacia el equipo. Están todos callados, con pinta de querer evaporarse—. Seguid, por favor. Mitch, échale más ganas. Piensa que es Sydney la que quiere dejarte.

Mitch responde con un leve asentimiento.

Debby se gira y se aleja por el aparcamiento. La luz dorada del atardecer californiano envuelve su silueta. La sigo con la mirada entre los coches.

—¡Acción! —grita para cabrearme.

—¡No grites acción! ¡Solo yo puedo gritar acción! ¡Soy el puto director!

Me saca el dedo antes de subirse a su taxi.

Me desplomo en la silla y me pinzo el puente de la nariz con aire agotado.

—¿Qué miráis? Venga, repetid la toma. Y que alguien me traiga un puñetero café. ¡Ruby!

Apenas he dicho su nombre y el café ya aparece en mi mano.

—Tienes que tirártela de una vez y poner fin a esta agonía.

Le dedico una mirada lenta y asesina.

—¿Te he pedido yo consejo?

—Por cierto. Tu novia ha vuelto a la ciudad.

—¿Cuál de ellas?

—La modelo. ¿Cómo se llama?

—Petra.

—Pues esa. Quiere verte mañana. ¿Reservo mesa en algún sitio íntimo?

—Hazlo.

—¿A esta tampoco se le permite ir a tu misteriosa casa?

—Por supuesto que no.

—Fascinante. Dime una cosa, Ethan. ¿A Deb Deb la dejarías entrar?

Sorbo de mi café. Sin responderle.

Una curva irónica aparece en el lado izquierdo de su boca. Odio que tenga un coeficiente de inteligencia tan alto.

—¡Mitch! —rujo, irritado.

—Sí, sí. Me ha quedado muy claro cómo tengo que gritarle. Me has proporcionado un excelente ejemplo. ¿Cómo dijiste? Como si la quisiera, ¿no?

—Que os follen a todos.

Pesco otro atisbo de sonrisa en la comisura de los labios de Ruby.

—Y tú deja de reírte de mí o te despido.

Su media sonrisa crece un milímetro más.

Niego, exasperado.

—Toma seis. Venga. Poneros las putas pilas que se nos va la luz.

*****

Al día siguiente, Ruby —vestida de verde oscuro— me planta un café en una mano y un montón de folios en la otra. Hoy nos toca rodar dentro, menos mal. Ayer acabé hasta las narices de la ola de calor.

—¿Qué es todo esto? —digo, quitándome las gafas de sol.

—Lo ha traído un mensajero. No llevaba remitente ni destinatario, solo un post-it en el que ponía: para el capitalista con buenos abdominales. Imaginé que serías tú. También había una peineta dibujada en el post-it.

Doy un sorbo a mi café y le frunzo el ceño al guion.

—¿Por qué no lo manda por e-mail, como la gente normal?

—¿Es una pregunta retórica o esperas que te conteste?

—Olvídalo. Estaré en mi despacho. Avísame cuando llegue todo el mundo.

Me encierro dentro de un portazo, me dejo caer en el sillón y empiezo a leer.

No tardo ni un minuto en sumergirme por completo en la historia. Me absorbe desde la primera página.

Aun así, en algunas escenas noto que flaquea un poco, como si Debby se resistiera a desplegar todo su potencial.

Con el personaje femenino está claro que lo ha bordado.

Ben, en cambio, necesita un poco más de desarrollo.

Es un hombre enamorado de una mujer que no le corresponde.

Ese conflicto tiene el suficiente peso como para explorarlo con más profundidad.

Debby parece empeñada en mirar la historia solo desde el punto de vista de Marianne.

Me incorporo en la silla y pulso uno de los botones del escritorio.

—Ruby, cancela lo de Petra. Tengo cosas que hacer esta noche.

—¿Cómo cuáles?

—Estoy con un guion. Haz lo que te he pedido. ¿Por qué tienes que andar pidiendo explicaciones siempre?

—Vaaale. No hace falta que te pongas así, don Capitalista con buenos abdominales.

—Solo ella puede llamarme así. Tú, no. Sigo siendo tu jefe.

—Pues tienes que echar un polvo, jefe. Te noto muy tenso. ¿Seguro que quieres que cancele lo de Petra?

Le cuelgo. A veces me saca de quicio.

Aunque es la única amiga que tengo. La única persona de mi vida que no quiere algo de mí.

Por supuesto, le pago un sueldo, así que…

Pobre niño rico, ¿verdad?