Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Marianne
23%

Marianne

Debby

La casa de Hastings parece la mansión Playboy. Hef nos intercepta en cuanto llegamos. Se ofrece a prepararnos un cóctel. Sydney, hasta de esas sandalias fucsia que le destrozan los pies —aunque no tanto como para llevar playeras—, me arrastra a uno de los tropecientos sofás que hay por aquí.

—¿Sigue poniéndote? —me pregunta mientras las dos seguimos a Ethan con la mirada por el jardín.

Lleva uno de sus irritantes polos estilo preppy de la Ivy League. A estas alturas tengo claro que lo prefiero con camisa blanca y Ray Ban oscuras. A mí me pone el artista, no el pijo californiano que calza mocasines.

—No. Hoy no.

—¿Por qué hoy no?

—Hace sol. Odio el sol.

—Ay, Debby. Me flipan tus mecanismos de defensa. ¿Tengo bien el flequillo?

Le frunzo el ceño.

—¿Por qué estás tan inquieta?

—¿Por qué va a ser? Por Mitch.

—Pensaba que tu neurosis acabaría en cuanto te lo tiraras.

—Y yo. Pero no me ha llamado esta mañana. ¿Y si soy horrible en la cama?

—Por Dios, Sydney. No eres horrible en la cama.

—¿Cómo lo sabes si nunca nos hemos enrollado? Aunque todo el mundo piensa que sí.

—Eres una mujer. No tienes que hacer nada. A ellos les basta con que estés presente. A veces incluso con que les mires.

—Qué poca fe tienes en el género masculino.

—Y por eso mi madre asegura que moriré soltera. Mi padre se lo achaca al nihilismo.

—Tu madre tiene razón.

—Mi madre siempre tiene razón. Por ahí llega Mitch.

—¿Seguro que tengo bien el flequillo?

—Lo único seguro es que con ese escote que llevas ni se fijará.

Mitch viene hacia nosotras, alto, bronceado, sonrisa de gamberro, levanta a Syd sin esfuerzo —tensando ligeramente el bíceps— y la deja caer en su regazo.

—Hola, nena.

Pongo los ojos en blanco, aprovechando que nadie me mira.

—Hola —le responde Syd con una sonrisa muy dulce.

—Te echaba de menos.

Lo imito con gestos muy dramáticos. Los enamorados son tan predecibles… Menos mal que yo estoy por encima de tan mundanas debilidades.

Será mejor que lea un rato. Llevo aquí cinco minutos y ya estoy desquiciada. Sydney se ha traído mi Kindle en el bolso. Quiere tenerme entretenida, no vaya a ser que la líe otra vez.

Las probabilidades son tan altas como el índice UV en la costa californiana.

Saco el Kindle de su bolso sin que los tortolitos se den cuenta —podría robarle las llaves del coche a Mitch ahora mismo y no se enteraría con el escote que lleva Sydney—, y leo hasta que Ethan me trae el cóctel.

¿Por qué tiene que andar tocándome las narices? Está tan cerca de mí que sus labios casi rozan mi oreja.

Después de ese sueño tan perturbador, lo preferiría lejos.

Cojo el cóctel de su mano, lo huelo y le doy un sorbo.

Vale. Estoy impresionada, y que conste que a mí no suelen impresionarme los tíos.

Ethan es diferente. Es como si supiera exactamente lo que me gusta. —Y lo sabe. Me lo demostró en el sueño—. Dios. Espero no enamorarme de él. Eso me pondría enferma.

—No está mal —respondo cuando me pregunta qué me parece la bebida.

Intento que se me note poco impresionada, pero el tío me ha preparado un puñetero Boulevardier.

Esperaba un Sex on the beach.

Hastings nunca hace lo que espero que haga. Es impredecible, la clase de personaje que adoramos los guionistas.

Oh, no puedo tolerarlo. Es una crueldad sin límites que me impresione el enemigo extranjero. ¿Qué es esto, el remake de La suite francesa?

*****

Odio las piscinas. Casi me ahogo a los cuatro años. Mi padre se descuidó un segundo y caí al agua. Me sacó un desconocido. Por lo visto tuvieron que hacerme el boca a boca para reanimarme. Desde entonces le tengo fobia al agua. Sydney dice que soy como un gato.

Y aquí estoy ahora, intentando mantenerme a flote en la piscina de Hef.

Syd y Mitch se están pegando el lote en un rincón. Prefiero quedarme cerca de Hastings. Al menos él me está prestando atención. Si me hundiera, me sacaría. Incluso me haría el boca a boca.

Frunzo el ceño al comprender que la idea no me disgusta tanto como debería.

Supongo que todo el mundo, llegado el momento, siente una pequeña atracción hacia su némesis. El lado oscuro seduce.

Y más cuando tu némesis sabe qué es un Boulevardier, escucha a Cohen y ve películas en sueco con subtítulos.

Hay que admitir que Ethan me lo está poniendo difícil. Seguro que lo hace a propósito. Quiere confundirme. Es así de cabronazo. No aguanta que las mujeres nos mantengamos inmunes a él. Es como un virus de laboratorio. Te destroza las defensas y al final terminas contagiándote.

Estoy analizando mis propios sentimientos, horrorizándome por ellos, cuando de repente noto una presión en la cabeza y que el aire se convierte en agua.

Ay, madre.

Sabía que moriría —leo a Cioran—, pero no esperaba que ocurriera en la piscina de Hastings. Me niego. Exijo una muerte más glamurosa. Quizás el suicidio.

Me aferro con las dos manos a lo que tengo más cerca. Resulta ser el bañador negro de Ethan, que se desliza peligrosamente sobre los huesos de su pelvis.

No sé si alguien puede fruncir el ceño, abrir los ojos más de la cuenta y ahogarse al mismo tiempo, pero siento que lo estoy haciendo.

Pataleo hasta que sus brazos fuertes me agarran por la cintura y me sacan sin ningún esfuerzo fuera del agua.

He estado tan cerca de palmarla que me abrazo a él como un gato recién rescatado de una azotea.

Me da igual que mis pechos se estén aplastando contra sus músculos ondulados, que el corazón me lata febril entre las costillas o que el contraste entre mi piel fría y la de Ethan, caliente hasta abrasarme la sangre en las venas, me esté poniendo la piel de gallina.

Lo único en lo que puedo concentrarme es que, al sostenerme por las caderas, tan pegada a él, noto cada centímetro de su cuerpo contra el mío.

Incluso su…

Me atraganto con la idea y empiezo a toserle en la cara sin ninguna elegancia.

El hecho de casi arrancarle el bañador también me ha hecho abrir la boca y tragar agua llena de cloro.

Me estoy poniendo enferma. ¿Qué hago yo en su piscina y entre sus brazos? ¿Por qué demonios no nos estamos reuniendo en una sala, como la gente normal?

Joder, Hastings no es nuestro amigo ni mi novio. Ahora es nuestro jefe, y yo estoy desnuda, mojada y abrazada a él. ¡Apuntándolo con mis malditos pezones de acero!

Y encima no me disgusta haber notado que cierta parte de su cuerpo ha dejado de estar blandita y ahora está medio dura.

Dura.

Durísima.

La hostia de tiesa.

El pulso se me dispara en los oídos y empiezo a tragar saliva con dificultad.

Madre mía. Se la acabo de poner dura a Ethan Hastings en su piscina. Tengo que procesar esto.

Qué va. ¡No puedo procesarlo!

Me sulfuro todavía más mientras él me saca del agua como un héroe de película.

Y más cuando me ofrece una toalla.

Está siendo amable y eso me irrita.

Toda esta situación me irrita. Me irrita tanto que empiezo a gritarle.

Pero él no tarda en disculparse, y parece tan honesto que toda mi furia se disipa.

Lo cual me confunde todavía más.

Porque, si no es furia lo que arde en mis venas, ¿qué es? Sin duda se trata de algo muy febril. Demasiado violento. No quiero ponerle nombre. Ponerle nombre lo haría real.

Y entonces tendría que pensar en por qué se la he puesto dura. Y en por qué me ha gustado rozarme contra ella.

¿Habrá notado que me he rozado a propósito contra su polla? Dios, espero que no. Será mejor que no lo mencionemos nunca. Jamás. Ni bajo tortura. Ha sido un pequeño lapsus, nada más.

—Quiero que estés cómoda, Debby —me dice con una arruga entre las cejas—. Quiero que esto funcione. Quiero que hagamos una gran película juntos.

Y yo quiero…

¿Qué es lo que quiero?

Intento descubrirlo, pero me distrae el músculo que le late en la mandíbula.

Y sus labios llenos.

Y las gotas de agua que se deslizan por las ondulaciones de su abdomen.

Me preocupa esta agitación que noto en el estómago. No parece guardar relación con la muerte. Es otra cosa. Y yo no sé qué hacer con este ¿deseo, sentimiento, necesidad, crisis…?

Ni siquiera alcanzo a definirlo.

Está claro que esto de las piscinas es una muy mala idea. La próxima vez nos reuniremos en un despacho. Lo prometo solemnemente.

*****

Estamos en el interior de su casa. Ethan, tras prepararnos una taza de café a cada una, ha cumplido con su promesa de poner el aire acondicionado. Sigo mirándolo aturdida.

De hecho, creo que no he dejado de estudiarlo en ningún momento.

No tengo demasiado claro cómo he llegado hasta aquí.

Estaba absorta en él. Intento comprender por qué me ocurre lo que sea que me esté ocurriendo.

¿Es un memento mori? ¿He estado a punto de palmarla y ahora necesito emociones fuertes para sentirme viva?

—¿Debster?

Parpadeo para volver en mí y le dedico una mirada confundida a Syd.

—¿Qué?

—Ethan te ha hecho una pregunta.

¿Se estaban moviendo sus labios? No lo noté. Y mira que los estuve mirando como una trastornada.

—¿Y la pregunta era…?

—Quiere que le cuentes nuestra idea. Ya sabes. La peli.

—Ah. La peli. Sí. Muy bien.

Tomo un buen sorbo de café —está buenísimo, fuerte como me gusta—, me enciendo un cigarrillo —y me importa bien poco que no se pueda fumar aquí dentro— y empiezo a dar vueltas por el salón.

Necesito aclararme las ideas. Concentrarme en algo que no sea volver a abrazarme al cuerpo desnudo de Ethan para sentir como las partes blanditas empiezan a endurecerse.

Pasa un buen rato hasta que estoy lista para hablar. Él se ha reclinado en la butaca. Parece tranquilo, pero noto que está al cien por cien pendiente de mí.

—Imagínate esto —digo, señalándolo—. Un coche.

Una carretera vacía. Un paisaje árido. El aire tiembla.

Silencio. Un silencio muy profundo. La cámara enfoca al hombre que conduce con la mandíbula en tensión.

Lleva una camisa caqui arremangada y hay algo frío en su expresión, algo desapasionado.

Plano medio. Y entonces la voz off de Marianne: John me quería.

Antes de que mi cuerpo empezara a asesinar a sus bebés. Ahora no puede ni mirarme.

Ethan me aguanta la mirada en silencio.

Sydney abre mucho los ojos.

—Debby, ¿no habíamos quedado en que le hablaríamos de la otra historia? Ya sabes, la… ¿menos deprimente?

—Esta es la película que quiero hacer, Ethan.

Quiero que sea incómoda. Devastadora. Que destroce emocionalmente.

Voy a abrir a Marianne en canal. Quiero que el público experimente todo su dolor, la no maternidad, la frustración de una mujer que ha dejado de lado su carrera artística para apoyar la de su marido y ahora se da cuenta de que se ha convertido en su maldita criada doméstica.

—La otra es bastante más comercial —asegura Sydney con un entusiasmo desesperado—. Es una comedia romántica. No hay epifanías y te prometo que nadie muere. Un extra de cine se enamora de la estrella, pero ella tiene un contrato que…

—Marianne quiere a John de una forma bastante obsesiva, pero él está cada vez más lejos. Nunca la mira a la cara. Lleva nueve meses sin tocarla. Ni un solo roce. Y ahora se están mudando a un pueblo en el culo del mundo.

—En la comedia podemos usar actores famosos. Incluso Mitch podría…

—Ahí conocerá a otro hombre —vuelvo a interrumpir a Syd—, Ben, que será todo lo que era John al principio.

Pero Marianne está tan rota que nada puede arreglarla.

Un día a Ben se le ocurre llevarla lejos, a la playa, para que se anime.

No sabe que Marianne vuelve a estar embarazada.

Ni que el bebé es suyo. Se alojan en una pequeña casita con vistas al mar.

Es invierno. Quiero que el público vea y escuche el mar gris y sienta la aspereza desoladora del viento entre las dunas.

Tiene que ser un lugar muy solitario e inhóspito.

—O también podemos hacer una comedia de enredos sobre un hombre que sufre un accidente laboral, acaba en el hospital sin memoria y resulta que su ex novia…

—Marianne pierde el bebé esa noche. Quiero un plano suyo con las manos cubiertas de sangre.

Quiero que ese grito estruja el corazón de cada mujer que vea la película.

Quiero que lloren con Marianne. Y que luego sientan su desapego.

La frialdad de las olas en los tobillos.

La desesperación de Ben cuando saque del agua el cuerpo sin vida de la mujer que ama e intente reanimarla.

Uno, dos, tres, cuatro. ¡Vamos, Marianne!

Joder, ¡¿por qué me haces esto?! La pregunta es, Ethan, ¿vas a financiar esta película?

Sydney se calla por fin.

Ethan, que no ha dicho ni una palabra en todo este tiempo, solo me ha estado observando con una arruga entre las cejas, se levanta de la butaca, se acerca a mí y atrapa con el dedo una de las lágrimas que se escurren por las esquinas de mis ojos.

—Sí. Voy a financiar esta película, Debby. Y vamos a ir a por el puto Oscar. Tú y yo. Será la hostia.

Me pierdo en el verde de sus ojos, que cambia según lo miro, o según me mira él. No soy capaz de interpretar qué intenta trasmitirme. Hay… demasiado. Demasiados sentimientos.

Me mira como si quisiera besarme. O abrazarme. O acompañarme en mi dolor.

Un momento. ¿Qué? ¿Ha dicho que sí?

—¿Por qué todos los tíos con complejo fálico necesitáis ganar un Oscar?

—¡Debby! Cállate de una vez y disfruta del éxito. ¡Tenemos película! —grita Sydney con una euforia que deja claro que hasta ahora le parecía imposible que llegáramos a un acuerdo.

—¿Tenemos película? —me sorprendo yo.

—Tenemos película —me confirma Ethan.

Pues tenemos película.

—¿Y cómo vamos a llamarla? —nos pregunta Syd.

—Con vistas al mar —contestamos Ethan y yo sin dudarlo.

Me sonríe y no puedo evitarlo: le sonrío de vuelta con cada centímetro de mi rostro.