Lío en Hollywood (Enemies to lovers) El cóctel desaparecido
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El cóctel desaparecido

Ethan

—Es un pervertido —le está diciendo Deb Deb a Sydney sin reparar en mí.

Estoy justo a sus espaldas. Sydney le está haciendo gestos histéricos con la cabeza, pero ella no parece percatarse—.

Ha puesto esta música porque quiere que nos untemos aceite de coco en el cuerpo y nos restreguemos la una contra la otra delante de la piscina.

—Muy tentador, aunque la música es cosa de Mitch —aclaro—. Chicas. Me alegra veros.

Sydney compone una sonrisa de oreja a oreja.

Es evidente que se esfuerza en ser simpática conmigo para que no me cabree y rescinda el contrato.

Algún día le diré que Debby, en realidad, me divierte.

Aún no.

—Hola, Ethan. Gracias por invitarnos. Es una fiesta genial. Cuantísima gente. ¿Acabo de ver a Brad Pitt?

—Gracias, Syd. Hago lo que puedo. ¿Brad Pitt? No. El más viejo de por aquí es un millennial. ¿Una copa?

—Claro —acepta Deb Deb con un atisbo de ironía en las esquinas de la boca.

Está preciosa. El vestido blanco ibicenco hace que su piel dorada brille como si la hubiera rociado con purpurina. Lleva un millón de pulseras multicolores en las muñecas, y sigue pareciéndome la princesa Jasmín.

—¿Qué tomas? —pregunto, enfocando sus iris felinos.

—¿Por qué no me sorprendes?

—Tú misma. ¿Syd?

—A mí no me gustan las sorpresas. Que sea un Piña Colada.

—Marchando.

Cuando vuelvo, ya no están ahí.

Frunzo el ceño, recorro todo el jardín con la mirada y entonces las encuentro.

Sydney, en el regazo de Mitch.

Deb Deb, leyendo en Kindle.

Bueno, al menos no se ha escondido en un rincón oscuro.

Tengo el jardín lleno sofás y han ido a sentarse bajo la sombra de un limonero, apartadas del resto de invitados.

Siempre hay demasiada gente en mis fiestas.

Esta casa la uso solo para encuentros de trabajo y algún que otro fin de semana en el que lo único que me apetece hacer es quedarme delante de la ventana del dormitorio y contemplar el mar en completo silencio, como si fuera el protagonista de una película de Nouvelle.

Me acerco con las copas. Syd acepta la suya con una sonrisa agradecida. Ocupo el sitio libre junto a Debby.

—Tu copa —le susurro con los labios demasiado cerca de su oreja.

Se aparta como si la rondara un mosquito.

—Ah. Bien. Veamos.

La prueba y frunce el ceño.

—¿Qué es? —pregunta Sydney.

Su novio —asumo que lo son— la manosea sin ningún descaro.

—Un Boulevardier —contestamos Deb Deb y yo a la vez.

A Mitch se le escapa una sonrisa.

—Qué compenetrados estáis —se burla.

Debby le pone mala cara.

—¿Qué es un Boulevardier? —quiere saber Syd.

—Un cóctel de los años veinte —le responde Debby.

—Nunca había oído hablar de él —dice Mitch.

—Desapareció durante unos ochenta años —le explica Deb Deb tras encenderse un cigarrillo.

—Nunca ha sido muy popular —tercio yo—. Es amargo, sofisticado, un poco hostil al principio…

Debby vuelve el rostro hacia el mío para dedicarme una mueca de pocos amigos.

—¿Te gusta? —murmuro, mis ojos atrapándola como el objetivo de una cámara.

Tiene unos rasgos muy atractivos. Me encantaría filmarla algún día. Fumando. En silencio. Mirando el mar. Un hilo de humo brotándole a través de los labios. El viento en el pelo. Una arruga de angustia entre las cejas. Cero maquillaje. La auténtica Deb Deb.

Lo haría en blanco y negro, y nunca se lo enseñaría a nadie. Sería una pieza de colección privada. Auténtico arte. Algo que solo yo podría comprender y admirar.

—No está mal —admite tras un interminable silencio, en medio del cual ella también me ha estudiado a mí.

Sigue haciéndolo. Diría que está un poco descolocada.

Una vez más, la he impresionado. Admito que me gusta hacerlo. Impresionar a Debby se ha convertido en un reto personal.

—¿Puedo probar? —se materializa Sydney de repente en nuestro momento contemplativo.

Deb Deb le alarga la copa. Syd sorbe un poco y arruga la cara.

—Por Dios. No me sorprende que desapareciera durante casi un siglo.

—No es para todo el mundo —le digo, mirando a Debby.

No quiere sonreír, y no lo hace, aunque noto algo en sus comisuras. Una leve contracción.

—Eso, seguro —se ríe Sydney.

—No sé, tío. Yo prefiero la birra —nos dice Mitch que, a pesar de su éxito mundial, sigue siendo un tío sencillo de Arizona.

Sydney añade algo que no llego a escuchar.

—¿Qué estás leyendo, Deb Deb?

—Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Oye, a lo mejor puedes pedirle permiso a Woody Allen para que te preste el título. Sería perfecto para tus memorias.

Se me escapa una carcajada ronca.

—¿Cómo se llamarían las tuyas? Ahora me pica la curiosidad.

—Escribir memorias es para los narcisistas como tú. Mi plan es morir joven y atormentada y que sean otros quienes escriban sobre mí, siempre desde un punto de vista especulativo, porque nadie sabría con exactitud cómo era Debby Nair más allá de su arte.

—Qué misteriosa.

Enciende la pantalla del Kindle y me ignora por completo.

Mitch propone irnos todos a nadar.

—La verdad es que hace calor —convengo—. Un baño no nos vendría mal.

Y no lo digo solo porque quiera acorralarla contra las paredes de mi piscina.

—Yo me apunto. —Sydney le arquea una ceja a Debby—. ¿Debster?

—No pienso darle a Ethan el placer de verme en bañador.

—Ya te he visto en bañador, Deb Deb. Y no estás nada mal.

—Claro que sí. Esto es California. Todo el mundo ha visto a todo el mundo en bañador. A Mitch incluso lo hemos visto sin él en tus películas. ¿Te has preguntado alguna vez de dónde proviene tu fascinación por los cuerpos desnudos?

Mitch se echa a reír. Sydney se ruboriza.

—¿De qué tienes miedo realmente, Deb Deb? —pregunto mientras la observo con una sonrisa de lado.

—De un melanoma. Id vosotros. Prefiero quedarme en la sombra con mi libro. Ya me avisaréis cuándo se puede hablar de cine o de algo meramente interesante.

—Contraoferta. ¿Qué tal si hablamos de cine, o de algo meramente interesante, en mi piscina?

—Sydney, hay que montar un sindicato. Es la tercera vez que te lo digo.

Me trago la sonrisa.

—Debby, por Dios, quítate el vestido. Bañémonos un rato con los chicos. ¡Si estás sudando!

—Vengo de la India. Tengo gran tolerancia al calor.

—Naciste en Pasadena —le recuerda Syd, exasperada.

—Pues eso. Gran tolerancia. Por lado materno y por el paterno también.

—¡Nunca has estado en la India!

—¿Qué más da? Lo llevo en los genes.

No sirve de nada intentar convencerla.

Al final Sydney y Mitch se rinden y van a refrescarse. Yo me quedo dónde estoy, enfurruñado, asándome dentro de este polo. Si ella no se baña, yo tampoco. Me quedaré aquí mirándola como un perturbado.

No es un mal plan, de todos modos.

Mis ojos se pasean por la elegante línea de su cuello.

Por los mechones oscuros que se le rizan con la humedad.

Por el labio inferior, un poco más grueso que el de arriba.

Por la frente arrugada en un gesto de concentración.

Por la piel de purpurina.

—Oh, por el amor de Dios —gruñe, justo cuando yo seguía con la mirada una gota de sudor que estaba a punto de deslizarse entre sus pechos—. Prefiero ahogarme en la piscina a que sigas mirándome así.

Tira el Kindle a la mesa, se quita el vestido y se va hacia la piscina, descalza, con un bañador fosforito.

—¡Y deja de mirarme el culo! —grita, dando por hecho que lo estoy haciendo.

Parpadeo para recomponerme, me quito la ropa y voy tras ella.

*****

Deb Deb nada como un perrito.

—¿Qué haces? —digo, riéndome.

—No puedo meter la cabeza.

—¿Por qué no?

No le da tiempo de contestarme. Un tío que ni siquiera he llegado a ver quién era la sumerge.

—¡Cabezas abajo! —grita, antes de nadar en dirección contraria.

Debby se aferra desesperada a mi bañador.

Ay, mierda. No sabe nadar.

Me sumerjo y la saco enseguida, y ella se abraza a mis hombros y empieza a toser.

—Me cago en… ¡Esta fiesta está llena de capullos!

—Lo siento, Deb Deb —digo mientras la sostengo por las caderas, tan pegada a mí que noto un latigazo en la entrepierna. Tenerla entre mis brazos, desnuda y mojada, empieza a pasarme factura—. ¿Te encuentras bien?

—¡No! Voy a tener que chutarme penicilina. He tragado agua, y a saber lo que haces en esta piscina. Tú y los demás tarados.

Me río, la saco del agua y le doy una toalla.

Me la arranca de la mano y se seca furiosa los ojos y la cara.

—¿Por qué haces esto, Ethan?

—¿El qué?

Me lanza una mirada fulminante.

—Obligarnos a asistir a tus fiestas. A mí no me gusta este rollo Hugh Hefner que te traes entre manos.

—Debby.

—No me gusta la gente. No estoy cómoda.

—Oye.

—¡Me gusta hablar las cosas en petit comité! ¡Con un café y aire acondicionado! —sigue enervándose—. ¿Por qué estoy aquí en pelotas, con la garganta escociéndome tras haber tragado agua con cloro?

Tiene razón. No sé en qué estaba pensando. Solo quería que viniera a la fiesta.

—Lo siento.

Debe de notar que lo digo en serio, porque de repente se aplaca. Es como si se hubiera quedado sin fuerzas para seguir gritándome.

—No esperaba que te disculparas —dice tras un largo silencio. Su voz desprende una nota suave que me afecta más de lo que quiero.

—Ya. ¿Por qué no echo a todo el mundo, entramos y preparo café? Solo nosotros tres. Tú, yo y Syd. Pondré el aire.

—¿De veras?

—Sí. Quiero que estés cómoda, Debby. Quiero que esto funcione. Quiero que hagamos una gran película juntos.

Se me queda mirando, y yo a ella.

Me fijo en la pequeña cicatriz blanca en la esquina de su ojo derecho. En los labios que no consigo quitarme de la cabeza. En sus largas pestañas.

—Vale.

—¿Vale? —murmuro, para asegurarme de que lo he entendido bien.

—Sí. Vale.

Es la primera vez que llegamos a un consenso. La besaría, pero no quiero que siga amenazándome con lo del sindicato.