El film
Debby
Sydney lleva tres largos y agónicos meses —agónicos para ella— coqueteando con la superestrella del séptimo arte. Hoy piensa tirárselo por fin.
Si lo menciono siquiera es porque me ha arrastrado a una tienda de lencería y no deja de proponerme modelitos.
—No quiero que piense que soy un zorrón. Pero tampoco una virgen.
—Sydney, deja de darle tantas vueltas. Llevas tres meses restregándote contra él en la piscina. Le importará una mierda lo que lleves puesto.
—No estoy de acuerdo. La lencería es importante. Es un mensaje subliminar. No puede verme como a una de esas mujeres que pisan demasiado fuerte, pero tampoco como a una de las que se dejan dominar por los tíos. La lencería es el primer borrador del contrato.
La mención a los contratos me hace pensar en los tres meses de locos que llevamos negociando con Afterlight.
Ethan se las ha arreglado para sacarme de quicio a diario. Odio tener que depender de su dinero. Con el dinero llegan las condiciones. Nos ha enchufado a tres superestrellas. Está empeñado en arruinar mis películas.
Y lo único que he podido hacer yo ante este genocidio cultural ha sido atiborrarme a burritos. Por su culpa tengo el culo más gordo ahora. No es que me importe. Solo necesito algo más que echarle en cara.
—¿Qué te parece este?
Miro el conjunto que me señala y tuerzo el gesto.
—Muy atrevido. Y demasiado sintético. Acabarás con hongos.
—Debby, deja de ser tan práctica. Además, si las cosas van según lo planeado, no lo llevaré puesto tanto tiempo como para alterar mi flora vaginal.
Una mujer muy perfumada nos frunce el ceño.
—Anoche he tenido un sueño erótico —informo a Sydney.
La mujer se aleja, horrorizada.
—Pues qué suerte —dice mi amiga mientras intenta embutirse las tetas en un corsé negro imposible—. Yo he soñado que era un ajolote. Y hasta esta mañana te aseguro que no tenía ni idea de lo que era un ajolote. He tenido que buscarlo en Google.
—Sydney, concéntrate. No te he dicho con quién me lo estaba montando.
—¿Nietzsche? ¿Schopenhauer? Dime que no era con Freud. No aguanto a ese cabrón enfermizo.
—Ojalá hubiese sido Freud. Es algo mucho peor.
—¿Era Mainländer? No, eso es demasiado pesimista, incluso para ti.
—Hastings.
—¿Dónde? —Syd se tapa los pechos aterrada, como si Ethan pudiera estar ahora mismo en un probador de La Perla.
—Que soñé con Hastings —aclaro en tono de exasperación.
Abre la boca, contrariada, antes de darme un golpecito indignado en el brazo.
—¡Lo sabía! Sabía que había gato encerrado. Os vi negociando, palmas sobre la mesa, ojos de acero, gritos que nos dejaron sordos a todos... Eso solo podía acabar en sexo.
—El gato no está encerrado. El gato no existe. A la mierda Schrödinger.
—¿Te gusta Ethan?
—No digas tonterías. Es el último ser humano con el que intercambiaría fluidos. Preferiría tirarme a una estrella del fútbol americano que recibe golpes diarios en la cabeza desde los seis años.
—Según Freud, los sueños son una especie de vía de escape. La mente aprovecha que estás dormido para colarte todos esos deseos que reprimes cuando estás despierto.
—Creía que odiabas a Freud.
—Pero solo porque dice que me tiro a tíos que se parecen a mi padre. Con el resto estoy de acuerdo. ¿Qué tal me ves?
—Pareces una conejita Playboy.
—Bien. Eso me gusta.
—No lo llevarás puesto ni dos minutos. ¿Seguro que quieres gastarte este dineral? ¿Qué tiene de malo el algodón?
—Debby, no tengo tiempo para explicarte qué tiene de malo el algodón. Llegamos tarde a nuestra sesión de depilación íntima.
—¿Por qué hablas en plural?
—Porque no pienso pasar por esa tortura yo sola.
—Esta amistad va a arrastrarme al desastre.
—No te pongas nihilista. Tenemos cosas que hacer.
—La que va a echar un polvo eres tú. ¿Por qué tengo yo que aguantar la cera?
Me arquea una ceja.
—Cierra esa bocaza —rezongo, malhumorada.
—Solo tengo una petición, Debby. No te folles a Ethan en mi despacho.
Le saco el dedo.
La señora perfumada sale de la tienda pitando. Incluso mira hacia atrás para asegurarse de que no la estamos siguiendo ninguna de las dos.
*****
Me arrancan la cera del cuerpo de una forma que debería considerarse ilegal en el estado de California y en los demás estados del país.
—¡Ay!, ¡me cago en…!
—Debby, sé valiente —me anima Sydney desde la camilla vecina.
—¿Valiente? Esto es tortura. Y todo por un hombre.
—No es solo por un hombre. Mañana tenemos que asistir a una fiesta en la piscina de Ethan.
La idea no me gusta nada, y me aseguro de que mi cara se lo deje bien claro.
—Me niego. ¡Au!
—No puedes negarte. Tenemos que hablar. Todavía no hemos decidido qué película vamos a hacer. Hemos pasado tres meses discutiendo por el papel de impresora. Y gracias a Dios que te quité de la cabeza lo del papel higiénico.
—Para eso está Teams. ¡¿Por qué sigue arrancándome trozos de piel?! Esa parte ya la ha podado. Pase al otro lado del jardín.
—Esto es California. Las cosas se deciden en fiestas. Por eso los contratos siempre huelen a coco.
—Prefiero Nueva York. Café, cigarrillos, cuchillos afilados... ¿Pero a usted cuánto le queda? Tampoco tengo tanto pelo ahí abajo. Esto ya es sadismo. Se está ensañando conmigo, y que sepa que pienso quejarme a dirección.
La mujer arquea una ceja y vuelve a retirar otra franja de cera.
Aúllo, desquiciada.
—Venga, vayamos a la fiesta. Por Teams no puedes verle los abdominales a tu crush. ¡Di-ossss! Prepárate, Debby. Esta es la parte que más duele. Es como parir a un hijo sin epidural.
—Sydney, como vuelvas a decir que ese es mi crush, te tapo la boca con cinta americana.
¡Me cago en todo! ¡Sí que duele, joder! Odio la puta California, el sol, las piscinas, el olor a coco, la cera, a la gente bronceada y sonriente y, sobre todo, sobre todo, al puñetero Ethan Hastings —gruño su nombre entre dientes, y seguro que en alguna parte han estallado rayos y truenos.
—Naciste en Pasadena. Tú también eres californiana.
—No me gusta esa idea xenófoba de que la gente debe quedarse donde nació. Yo tengo alma de neoyorquina.
—Cuéntame el sueño —me dice, zalamera.
—Bien. Pero solo porque me perturba y mi terapeuta está de luna de miel.
—Quiero los detalles sucios.
—Oh, ha sido muy sucio. Imagínate esto. Ethan y yo en blanco y negro, como si fuera un film antiguo.
—Por Dios bendito. —Sydney se desploma en la camilla, desencantada.
—Él lleva ropa oscura y unas Ray Ban que le dan un aire a lo Godard.
Yo lo encuentro terriblemente sexy. Tiene un cigarrillo colgado en la comisura de la boca y una arruga entre las cejas.
Estamos discutiendo sobre filosofía. Peleando a saco.
Yo defiendo el existencialismo más angustiado de Satre.
Él, el idealismo luminoso de Leibniz. Me suelta esa gilipollez optimista de que vivimos en el mejor mundo posible.
Yo grito: ¡pero si esto es el infierno! ¿O es que no lees los periódicos?
—Me inquieta tu subconsciente. Me inquieta mucho. ¿Cuándo vuelve tu terapeuta de luna de miel?
—Suena A thousand kisses deep, de Cohen. Y entonces Ethan me coge por la muñeca, se saca el cigarrillo de la boca y me dice: nena, voy a follarte para que lo entiendas de una vez por todas. Habla como si fuera Bogart.
—Esto empieza a ponerse interesante. ¿Y qué le dices tú?
—Le dejo muy claro que me opongo a que me llame nena, si bien estoy muy a favor de lo otro. Entonces él me besa y nos arrancamos la ropa el uno al otro con una impaciencia que aún no he superado.
—Mira que eres rarita. ¿Necesitas un debate filosófico para ponerte a tono?
—Por supuesto, nos peleamos sobre quién debe ponerse encima. Ya sabes cómo somos. Total, que nos turnamos hasta que Ethan se exaspera y propone colocarse detrás. Milagrosamente, estamos de acuerdo los dos. Me desperté gritando. Puede que necesite hipnosis.
—A lo mejor a ti no te gusta Hastings, pero está claro que tu subconsciente se lo tiraría sin dudarlo.
—Y también asesinaría a más de uno. ¿Recuerdas al técnico de sonido de nuestra última película?
Si yo dejara que mi subconsciente hiciera lo que le viene en gana, ahora mismo estaría en el corredor de la muerte y tú llorarías detrás de una ventana insonorizada.
Pero aquí estamos. Abiertas de piernas delante de unas desconocidas.
Y todo por un hombre. Necesito un cigarrillo.
—Normal. Después de ese sueño tan guarro…
La señalo con el dedo.
—Como esta conversación salga a colación una sola vez más, nuestra amistad está acabada. Te lo advierto.
Me sonríe con dulzura.