Antes del tiroteo precuela
Debby
Me gustan las precuelas. Sabes adónde te diriges y pese a todo sigues el hilo de la película. A veces necesitamos encontrar el instante exacto en el que algo empezó a torcerse.
Sentada al lado de Ethan, observando a Sydney, a Mitch y la evidente química que los rodea, busco el nuestro.
La noche iba bien hasta hace un rato.
Me peleé con Ethan —como siempre—, pero seguía teniendo el control de la historia.
¿Qué ha cambiado desde entonces?
Solo han pasado veinte minutos desde que él estaba recostado en la silla y decía gilipolleces como:
—En mi familia no sabemos gestionar el fracaso. No hay antecedentes de ello. Y no pienso ser yo el primer Hastings en fracasar.
Y yo le gritaba:
—Dios mío. ¡Eres un cabronazo petulante!
Aquí no hay fisura, así que sigamos avanzando.
Voy a rebobinar la escena entera. Necesito entender por qué de repente me resulta tan agradable el calor corporal de Ethan y, sobre todo, por qué me tenso cada maldita vez que su brazo roza el mío por error.
Es como si mis emociones estuvieran a punto de tomar decisiones nefastas. ¿Qué ocurrió después de eres un cabronazo petulante?
Recapitulemos.
Sydney entrecerró los ojos como en los dibujos animados.
—Debby.
—No, Sydney, es un cabronazo petulante, y lo digo con toda la objetividad del mundo. ¿Es que no te das cuenta? Va a presionarnos hasta que el proyecto encaje con su idea de éxito. Nuestro criterio le importa una mierda.
—Lo que te estoy diciendo —me frenó Ethan con esa calma suya que siempre me ha resultado irritante— es que me tomo el trabajo muy en serio.
Ja. Planté las palmas sobre la mesa y me incliné hacia él.
—Yo también me tomo el trabajo muy en serio, Hastings. Solo que, a diferencia de ti, no necesito el éxito para demostrar lo que valgo.
No dijo nada, pero noté que mis palabras lo habían alcanzado mucho más que todos los insultos anteriores. Lo vi en sus ojos cuando bajó la guardia por una fracción de segundo. Estaba herido. Yo podía herirlo de verdad. Podía provocarle a Ethan Hastings una emoción parecida al dolor.
Lo encontré tan fascinante como revelador.
—Chicos —oí a Sydney como a través de un sueño. La repentina e inesperada humanidad de Ethan aún me tenía atrapada—. Los dos buscáis hacer buenas películas. Es un gran punto de partida. ¿Podemos ser razonables y…?
Pausa.
No me interesa la incesante cháchara de Syd sobre el respecto, la concordia y todo ese bla bla bla. Voy a centrarme en mi personaje. Estoy furiosa en esta escena. La pregunta es ¿por qué estoy tan cabreada de repente?
Sí, empiezo a comprenderlo. Que Ethan se mostrase vulnerable me confundió tanto que gestioné la situación de la única forma que conozco: peleándome con él.
—¡No voy a traicionar mi identidad por ti!
Él ladeó la cabeza como si estuviera encuadrándome.
—¿En qué momento te he pedido yo que hicieras eso?
—Si Afterlight necesita garantías que impliquen cesión de control creativo, puedes ir olvidándote. Esta fusión termina aquí. ¡Pienso llamar a nuestros abogados!
—Debby, no tenemos abogados —me detuvo Syd, que llevaba toda la noche empeñada en interpretar el papel de chica sensata.
—¿Cómo que no tenemos abogados? —grité, sin poder contener la indignación.
—Teníamos a Márquez, pero nos dejó en febrero, ¿recuerdas?
—Pero ¿qué me estás contando?
—Si necesitáis asesoramiento legal, puedo prestaros a los nuestros. Son los mejores de California.
—Lo que me faltaba por escuchar. ¿Lo estás oyendo, Sydney? Ahora va de salvador. Dios, ¡no puedo con este tío! Es un narcisista insoportable, un director de tercera con…
Y ahora estoy sentada a su lado y su calor corporal me afecta.
—¿Un poco de música? —propone Ethan en medio de un profundo silencio.
Gracias a Dios. Un segundo más sentada a su lado y acaban ingresándome.
—Vale. Pero escojo yo.
Eso, Debby. Que no se te note muy interesada.
—Bien. Las damas primero.
—Eso es sexista. Escoge tú.
Otra vez la sonrisita a medio esbozar. Cómo me irrita.
—Acompáñame.
Lo sigo hasta el interior de la casa.
Tarda una eternidad en escoger un vinilo. Cotilleo sus cosas. Necesito algo que me distraiga, algo que no sean sus hombros anchos o su cuerpo de revista.
Repaso todas las fotos de la estantería, sonriendo al ver cómo ha cambiado a lo largo de los años.
Era una monada de niño. Apenas parecía pijo. Salvo por lo del polo de Ralph Lauren.
—¿Cuántos años tenías aquí?
Se gira con aspecto distraído y encoge los párpados para enfocar la foto que le señalo.
—Cuatro.
—Eras bastante mono. ¿Qué te ha pasado?
Sonríe, niega para sí y sigue buscando el vinilo perfecto. No tenía ni idea de que fuera un perfeccionista.
O puede que solo quiera impresionarme.
No sé qué me confunde más.
No, es ridículo. ¿Por qué iba a querer impresionarme Ethan Hastings? Soy su tipo tanto como es él el mío.
La aguja cae por fin sobre un vinilo.
Me estremezco cuando el timbre grave y cansado de Leonard Cohen inunda la habitación. Hay algo en esta melodía que me revuelve por dentro.
Devuelvo a la estantería el reloj de arena con el que había estado jugando y me giro hacia él.
Durante unos segundos no ocurre absolutamente nada. Nos limitamos a perdernos en la mirada del otro.
Y, sin embargo, siento que todo está cambiando, aunque no podría decir qué implica la palabra todo.
—Esto no sale en tus películas —murmuro con una voz que apenas reconozco como mía.
—No.
—¿Por qué?
Tarda en responderme.
—No soy como tú, Deb Deb. Mi cine no es una ventana hacia mi alma.
Se me escapa una sonrisa.
—¿Y qué es?
—Mi trabajo. Me dejo el resto para mi vida privada. Ya sabes, para cuando no hay cámaras delante.
Permanezco quieta, sostenida por la corriente invisible que crepita a nuestro alrededor.
La poesía sombría de la canción que ha escogido me tiene igual de atrapada que él.
Fascinante.
Necesito un cigarrillo para calmar este calor inexplicable que me trepa por la columna vertebral.
Lo enciendo, absorbo humo con una calada profunda y vuelvo a buscarle la mirada mientras doy vueltas a su alrededor, cada vez más intrigada por su personaje.
—¿Cuál es tu historia, Hastings?
—¿Por qué no me la cuentas tú? —me reta, poniendo fin a la distancia que nos separa.
Su proximidad convierte el aire en chispas que mueren encima de mi piel. Qué curioso.
Me coge el cigarrillo de la mano, lo inhala y me lo encaja de vuelta en la boca.
Y yo sigo embebida en él. Intentando comprender. ¿El qué? No lo sé. Algo. Todo.
—O eres más interesante de lo que aparentas, o eres bueno manipulando mujeres.
Le hace gracia.
—Ambas cosas podrían ser ciertas, Deb Deb.
Sus manos me rodean las muñecas y me atraen hacia él, y yo dejo que me abrace y me arrastre a una especie de baile lento.
—Me gusta lo que has puesto.
Acepta el cigarrillo que le ofrezco.
—¿Lo ves? Podemos ponernos de acuerdo en algo —murmura con una voz tan profunda y ronca que reverbera en lugares de mi cuerpo que llevaban tiempo olvidados.
—¿Te ha asustado lo de los abogados? —musito.
Suelta una risa cálida, me acomoda contra el muro tibio que es su pecho, y entonces me rindo y apoyo la cabeza en su hombro.
Me gusta esto. El calor que desprende su cuerpo bajo la ropa. La firmeza de sus brazos a mi alrededor. El escalofrío lento que recorre mi espalda y hace que me pegue a él un poco más, acerque la nariz al cuello de su camisa y lo absorba.
—¿Qué demonios...? —me alcanza de pronto el chillido de Sydney.
El momento se hace añicos.
—¿Es que habéis llegado a un acuerdo? ¿Ya no queréis asesinaros? ¿O este es el momento cinematográfico previo al tiroteo?
Ethan me suelta y retrocede.
Un momento. ¿Qué está pasando aquí?
—¡Ha puesto a Cohen! —me indigno al comprenderlo—. El cabronazo va a por todas. Es bueno, Sydney. Estaba equivocada. No es un villano. Es un monstruo.
Debby, esto no puede seguir así. Te lo advierto. Una cosa es coquetear con el enemigo, y otra muy distinta bailar con él como si esto fuera el remake de La Bella y la Bestia.