Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Antes del tiroteo
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Antes del tiroteo

Ethan

La cena ha ido como esperaba. Debby se ha mantenido muy en su línea, sin ceder ni un milímetro. Me ha dejado muy claro que no piensa traicionar su identidad. Lo respeto.

Yo le he dejado muy claro que no pienso fracasar. En mi familia no sabemos gestionar el fracaso. No hay antecedentes de ello.

Me ha llamado cabronazo petulante cuando se lo he explicado.

Más que una cena, ha sido un choque de voluntades.

Sydney, la única persona adulta aquí, ha intentado mediar el conflicto con diplomacia.

Debby, por supuesto, se ha negado en rotundo y ha amenazado con llamar a sus abogados.

Sydney le ha recordado que no tienen abogados.

Como soy un buen tío, me he ofrecido a prestarles los míos, pero Deb Deb se ha enfurecido como nunca.

Ahora estamos tomando una copa en silencio, solo ella y yo. Mitch se ha dejado caer por aquí y lo que antes era un encuentro de negocios se ha convertido en otra cosa.

Está hablando apasionadamente de interpretación con Sydney mientras Deb Deb y yo los contemplamos con una arruga entre las cejas.

—¿Un poco de música? —se me ocurre sugerir.

—Vale. —Parece aliviada—. Pero escojo yo.

—Bien. Las damas primero.

—Eso es sexista. Escoge tú.

Acabo sonriendo.

—Acompáñame.

La llevo al interior de la casa, donde ella se entretiene toqueteando mis cosas y yo analizo muy concentrado los vinilos. No puedo cagarla. Lo que escoja será lo que me defina delante de ella a partir de ahora. Es mucha presión.

Por Dios, chico. Solo es una puta canción, me diría mi padre si estuviera aquí.

No es una canción, Chris, lo corregiría mi madre. Es una declaración de intenciones.

Nunca se ponen de acuerdo en nada. Él cree que a las mujeres hay que impresionarlas con una buena cuenta bancaria. Ella, que hay que hacerles l’amore. Creo que me parezco más a mi madre, para disgusto de papá.

—¿Cuántos años tenías aquí?

Me giro.

Me está señalando una foto mía en la playa. No se nota, pero acababa de llorar. Me la sacaron el día que se murió mi perrito.

—Cuatro.

—Eras bastante mono. ¿Qué te ha pasado?

Sonrío, escojo por fin un vinilo y lo pongo.

Debby suelta el reloj de arena con el que estaba jugando y se gira.

Está sonando Famous Blue Raincoat, y ella se ha quedado muy quieta, clavada en el sitio. La intensidad con la que me observa hace que el aire de la habitación se espese hasta volverse casi irrespirable.

—Esto no sale en tus películas —dice al final. La voz suena diferente. Por primera vez no hay burla ni provocación.

—No.

—¿Por qué?

Retengo su mirada en la mía todo el tiempo que me permite.

Cuando Debby está en una sala, no consigo fijarme en nada más. Tiene esa clase de magnetismo que buscamos los directores. Domina el plano.

—No soy como tú, Deb Deb. Mi cine no es una ventana hacia mi alma.

Se le insinúa una leve diversión en la comisura derecha, un anticipo de sonrisa que no vería si no estuviera enfocándole la boca como un puto perturbado.

—¿Y qué es?

—Mi trabajo. Me dejo el resto para mi vida privada. Ya sabes, para cuando no hay cámaras delante.

Se enciende un cigarrillo y deja que el silencio se asiente entre nosotros. No resulta incómodo. Al contrario. Es un silencio eléctrico que me permite comprender que he acertado con la canción.

—¿Cuál es tu historia, Hastings? —me pregunta mientras fuma y camina en círculos a mi alrededor, los ojos siempre apuntándome como el objetivo de una cámara.

—¿Por qué no me la cuentas tú? —propongo, acercándome a ella.

Le cojo el cigarrillo de la mano, le doy una calada y se lo encajo en la boca.

Aguza la mirada.

—O eres más interesante de lo que aparentas, o eres bueno manipulando mujeres.

Me permito una pequeña sonrisa de lado, que hace que ella se fije en mi boca.

—Ambas cosas podrían ser ciertas, Deb Deb.

Cojo sus muñecas, las llevo a mi nuca y la abrazo por la cintura. Como no se aparta, empiezo a balancearla despacio, sin dejar de estudiar su expresión. Parece más vulnerable que enfadada con esa profunda arruga entre las cejas.

—Me gusta lo que has puesto —admite en un susurro.

Se saca el cigarrillo de entre los labios y me lo pasa, y yo aspiro humo con una calada lenta antes de devolvérselo.

No fumo, pero me pone la idea de chupar algo que ha estado dentro de su boca.

—¿Lo ves? Podemos ponernos de acuerdo en algo —le digo con voz rugosa.

—¿Te ha asustado lo de los abogados?

Río entre dientes y la estrecho un poco más contra mi pecho. Ella apoya la cabeza en mi hombro y, poco a poco, acompasa la respiración a la mía.

Me gusta esto. Tenerla tan cerca. Saber que por una vez no intenta escapar.

Su cuerpo menudo encaja demasiado bien con el mío.

Su pelo se me enreda en la barba. Huele a tabaco y a algo más, algo difícil de nombrar y peligrosamente adictivo.

Sé que no debería disfrutarlo tanto. Que no es buena idea. Pero me la suda.

Permanecemos abrazados un buen rato. El amor platónico se conforma con migajas.

—¿Qué demonios...? —Abro los ojos al oír la voz de Sydney, tres tonos más aguda que la música—. ¿Es que habéis llegado a un acuerdo? ¿Ya no queréis asesinaros? ¿O este es el momento cinematográfico previo al tiroteo?

Retrocedo apenas unos centímetros y miro a Debby con una ceja enarcada.

—¡Ha puesto a Cohen! —exclama, acorralada—. El cabronazo va a por todas. Es bueno, Sydney. Estaba equivocada. No es un villano. Es un monstruo.

Ella siempre tan dramática.