Lío en Hollywood (Enemies to lovers) El seto
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El seto

Debby

Syd planta un periódico sobre mi mesa.

—Explica esto.

—Somos famosas. Hollywood sabe que existimos. Hurra —respondo, sin dejar de teclear.

—Lo que quiero que me expliques es por qué nos hemos hecho famosas con una foto en la que le sacas el dedo a nuestro mecenas.

—No hables de él como si fuera un Medici. Es el invasor extranjero que hay que expulsar de nuestras tierras de inmediato —mascullo con un cigarrillo entre los labios.

—Debby. Por enésima vez. No eres Charles de Gaulle.

—Claro que no. Soy Churchill. Orinaré en los arbustos del Tercer Reich en cuanto ponga un pie dentro. Me gusta eso de marcar el territorio.

—Más te vale que no hagas pis en los setos de Ethan esta noche. Te lo advierto. No estoy de humor para más tonterías tuyas.

Dejo de teclear y la miro horrorizada.

Tan horrorizada que ni me inmuto cuando la columna de ceniza aterriza sobre el teclado.

—¿Esta noche?

—Quiere vernos. En su casa. A las ocho.

—¡¿Otra vez?!

—Seguro que está cabreado por esta mierda de portada. Sonaba urgente.

—¿Es que este tío piensa que todo gira en torno a él? Yo no puedo dejar de lado mis obligaciones para ir a verle cada vez que se le antoja.

—Acariciar al gato no es una obligación.

—Hago más cosas.

Syd planta las palmas sobre mi mesa con tanta violencia que un mechón rubio se le suelta del recogido y la golpea en el ojo.

—¿Cómo cuáles?

—Pienso. Pienso mucho. ¿Cómo crees que nace el arte? Me quedo con la mirada vacía durante horas.

—Pues quédate con la mirada vacía en casa de Ethan.

—No, ahí no puedo. Ese monumento fálico me distrae.

—No será Ethan el que te distrae, ¿verdad? Con su rostro esculpido y esos hoyuelos monísimos. Por no mencionar su metro ochenta y muchos de altura y ese par de ojos verdes que provocan embarazos no deseados entre las fans.

—Preferiría ligarme las trompas antes que parir a un hijo suyo. Así que déjate de insinuaciones.

—Lo que tú digas. A las ocho. No llegues tarde. Y ponte guapa.

—No necesito ponerme guapa. Soy lista.

—Puedes ser las dos cosas a la vez. No son excluyentes.

Hago una mueca de conejo a sus espaldas y retomo mi relato sobre las abejas. ¿Por qué sabemos tan poco sobre las abejas?

Ah, ya lo sé.

Porque la gente se empeña en hablar de sexo.

*****

La cena se celebra en el jardín.

Ethan lleva ropa blanca. La tela de su camisa arremangada se agita con la brisa marina. Se da un aire a lo Godard con esas Ray Ban negras y el rostro sin afeitar. Un mechón castaño le cuelga sobre la frente con el encanto indolente que esperarías de un artista atormentado.

Le falta el cigarrillo.

Syd me propina un codazo al ver el empeño con el que enfoco el seto más cercano.

—¿Deb Deb? —insiste nuestro anfitrión.

Vuelvo en mí y traslado la mirada hacia la suya.

—Me opongo.

—¿A qué? —me pregunta, confundido.

—A todo.

—Debby, te ha preguntado si quieres mostaza —gruñe Sydney, exasperada.

—También me opongo a eso. No me gusta la mostaza.

Ethan contiene una sonrisa.

—Pues nada de mostaza para Deb Deb. ¿Sydney?

—Para mí, sí. Gracias.

—De nada.

—Bueno, ¿hablamos de cine o qué? —me impaciento.

—Debby, ¿qué prisa tienes? —me frena Syd—. Acabamos de llegar. Seguimos con los entrantes.

—El gato está solo en casa. No he podido encontrar canguro. Estarán todos con los hijos de Angelina Jolie.

—Es un gato. Puede estar solo en casa. Le gusta estar solo en casa. Deja de agobiarlo. Y actualiza tu lista de referencias. Los hijos de Angelina Jolie ya son mayores.

Me enfrento a mi amiga en medio de un profundo silencio. Silencio del que haría que los críticos se echaran a llorar de emoción.

Ella me devuelve una mirada igual de chispeante.

No estamos hablando de mi gato. Hablamos de Ethan. No quiere que lo agobie, no vaya a ser que termine retirando su capital. Hay que hacerle la pelota al jefe. Sonreír y todo eso. No contrariarle.

Odio todo este rollito L.A. Las cenas, las galas, el tener que dejarse ver en algún sitio cada dos por tres para que la gente siga recordando tu nombre…

—¿Cómo se llama el gato?

Nos volvemos las dos hacia Ethan.

Creo que por un segundo se nos ha olvidado que está aquí.

—¿Qué? —digo, y él se encoge de hombros, tan tranquilo.

—¿Cómo se llama?

Se produce una pausa.

Syd me da un codazo para que le responda al jefe.

—Fellini —mascullo en contra de mi voluntad.

Hastings intenta no reírse. Yo intento no clavarle el tenedor.

—Aunque debería llamarse Hitchcock —tercia mi amiga con una simpatía que me irrita—. Es un pequeño psicópata.

Ethan, todo hoyuelos seductores, me sirve más vino.

Y le da igual que no haya tocado la copa.

He decidido dejar de beber. La última vez que me pasé de la raya casi lo beso.

Claro que me citó a Bergman. Eso vuelve irresistible a cualquier tío.

Incluso a Ethan Hastings.

Menos mal que no me lo llegó a citar en sueco. Me lo hubiera montado con él en su sala de cine. Ahí, entre las butacas, como dos bestias lujuriosas.

—Me encanta tu elección de vino, Ethan. ¿Qué es?, ¿español?

Me quedo calladita durante su charla sobre vinos pretenciosos. No pienso hacerle la pelota a nadie.

Y, además, el tema me aburre. No entiendo de vinos.

Voy a silenciar esta conversación. Suelo poner en silencio las cosas que no me aportan nada. Soy muy selectiva con los sonidos que penetran a través de mis tímpanos.

Vamos, que oigo solo lo que me da la gana.

—El problema con los vinos californianos es que todos intentan demostrar algo —está diciendo Ethan cuando vuelvo a activar el sonido—. Se esfuerzan demasiado. No hay misterio. Los franceses ni siquiera se molestan en intentar gustarte.

—Y por eso funcionan —zanjo. Ya está bien de tirarse el rollo.

—Exacto —corrobora, señalándome.

—Quiero el corte final, libertad en el guion, actores de mi elección, reparto de beneficios y…

—¿Escenas demasiado largas en las que tu protagonista contempla la lluvia en completo silencio? —me sugiere él.

—Si te empeñas.

—Debby —se materializa Sydney en medio de nuestro intercambio de miradas. La mía, llena de desafío. La de Ethan, traviesa, como si me acabara de desnudar intelectualmente delante de él—. Afloja un poco. Estamos con las ensaladas. Hay que dejar los negocios para después del postre.

—¿Quién lo dice?

—Los buenos modales.

Ella siempre tan políticamente correcta.

—Por supuesto, vas a garantizar nuestra marca indie, vas a permitir que mantengamos la voz autoral, y nada de películas erótico-existencialistas con posibilidades de Oscar.

Hastings me lanza una mirada muy cómica por encima de las Ray Ban.

El sol se hunde en el océano a sus espaldas. Es un plano bonito. El atardecer, digo. Lo único que lo estropea es el actor en medio. Hay que repetir la toma.

—¿Has terminado?

—Claro que no. Solo eran los entrantes. Faltan las ensaladas y el resto del banquete. Y no hay que olvidar el postre ni las copas posteriores. ¿Vas a ofrecernos puros, o eso es solo para los tíos?

Está disfrutando con esto el muy cabrón, y me irrita porque detesto entretenerle. Odio ser yo la que provoca tanta sonrisita en sus comisuras. Hacer sonreír así a un hombre tiene cierta carga erótica.

Si esta cena se celebrara en una de sus películas, acabaríamos teniendo sexo.

Si fuera de las mías, también, pero sería sexo deprimente. Los dos estaríamos llorando.

—Contraoferta. Películas más accesibles, con mayor presupuesto, rostros reconocibles y nadie mirará la lluvia.

—O sea, películas tuyas —asevero con un cigarrillo sin encender entre los labios.

—Pero con tu toque inteligente.

—No me gusta que me adulen. Solo para que lo sepas. No me va tu rollito narcisista.

Le asoma un brillo socarrón en la mirada. No deja de mirarme por encima de las gafas ni de contener sonrisas.

Enciendo el cigarrillo y doy una calada muy profunda sin despegar los ojos de los suyos. Sydney se hunde en la silla con un suspiro dramático.

—Será una noche larga —anuncia, sombría.

—Como sigan trayendo más platos de la cocina, lo será —le doy la razón por primera vez en toda la velada.

Ethan refrena la enésima sonrisa solo porque sabe que las mujeres encuentran sexys esos hoyuelos.

Y tiene razón.

Vuelvo a enfocar el seto mientras fumo como si fuera Shoshana en Malditos Bastardos.