La chica india
Ethan
Jeffrey Morgan es el mejor abogado de la Costa Oeste. Ha defendido a más estrellas de cine, asesinos peligrosos y políticos corruptos que nadie en toda la historia de la abogacía.
Por no mencionar que le evitó la cárcel al líder de aquella secta de Beverly Hills que solo admitía a rubias de como mucho veintisiete años.
Jeffrey es un hombre que se precia de tener siempre las cosas bajo control. O casi siempre. Hoy se le nota el cansancio en la cara.
Llevan un buen rato aquí reunidos, negociando los detalles de la fusión. Me he retrasado casi dos horas. Ruby ha hablado por mí. Espero que Deb Deb y Sydney no lo interpreten como falta de interés por mi parte. En realidad, estoy impaciente por cerrar este acuerdo.
Diría que Jeff, también.
—Hastings. Ya iba siendo hora —masculla al verme entrar por la puerta.
Me acerco y le estrecho la mano.
—Lo siento, Jeffrey. Mi vuelo ha salido con retraso. Había mucho viento en Cannes. Lamento haberos hecho esperar. —Me quito las gafas de sol, las cuelgo del cuello de la camisa y cruzo los brazos sobre el pecho—. ¿Por qué estás sudando la gota gorda?
Nunca lo había visto tan descompuesto. Jeff siempre va de punta en blanco.
—Esa mujer. Esa mujer. Esa pequeña Jezabel.
Lanzo una mirada confundida a las tres mujeres de la sala.
Está Ruby, está Sydney, y por supuesto, está Deb Deb, enfrascada en sus cosas. Ni se ha dado cuenta de que he llegado. No deja de apuntar algo en una libretita. Sus memorias, lo más probable.
O lo mucho que nos odia a todos.
—¿A cuál de ellas te refieres?
—La rubia buenorra la ha llamado Dexter.
—Debster.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Pues Dexter sería mucho más apropiado. Esa tía está chalada, te lo prometo. Ha destrozado mi contrato. Y además me ha recomendado una película holandesa de cuatro horas que va a hundirme emocionalmente.
Intento no reírme.
—Eso ha hecho, ¿eh? ¿Qué película es?
Jeffrey resopla y me clava una mirada contrariada.
—¿Vas en serio?
—Soy director de cine. Me gusta estar al día.
—Toma. Míralo tú mismo. Me la ha apuntado en el móvil. Y mira que le he insistido unas ocho veces que no era necesario.
Compruebo la pantalla, tomo nota de la película y decido que la veré esta noche.
—Jefe.
Dejo de enfocar la pantalla de Jeff y me giro hacia mi ayudante. Hoy toca negro, labios incluidos. Que el Señor nos asista a todos.
—Ruby.
—No sabía que fueras tan masoquista.
—Ni una palabra más.
—Aunque es muy mona.
—¿Por qué sigues hablando?
Me guiña un ojo. Hago una mueca.
—Venga, acabemos con esto ya —digo, de camino a la mesa—. Hola, chicas. Perdonad el retraso.
—Tranquilo, Ethan. —Sydney sonríe para restar importancia—. Hemos… avanzado.
Traslado la mirada hacia Deb Deb, que cierra la libreta y arquea las cejas. Es la primera vez que la veo desde que bailamos en mi salón.
Algo se enciende en mi pecho al recordarla entre mis brazos. No es un buen momento, así que sofoco esa sensación cálida y procuro mantener la pose profesional.
—Sí. Hemos avanzado —concede por fin una respuesta a mi pregunta silenciosa.
Estoy impresionado. Al ver al bueno de Jeffrey empapado en sudor y a Ruby vestida de luto, me había preocupado.
—¿Qué hemos acordado hasta ahora? —pregunto tras habernos sentado todos.
Debby empuja hacia mí los papeles que tenía delante.
—Este es el contrato que habéis enviado vosotros. Y estas son nuestras correcciones.
Bajo la mirada, compruebo los dos documentos y frunzo el ceño.
—Lo has tachado entero.
—Te lo dije —gruñe Jeff entre dientes.
—Debby, ¿por qué lo has tachado entero?
—Es inaceptable. Enfermizo. Casi kafkiano. No vamos a firmar esto ni de coña, Hastings. Y no hagas que llame a nuestros abogados.
Me recuesto en la silla con los ojos clavados en los suyos.
Me parece que no vamos a salir de esta sala en un par de semanas. Puede que Jeffrey acabe con síndrome de Estocolmo por su culpa.
*****
¿Un par de semanas? Qué iluso. Nouvelle y Afterlight tardan tres meses en poner algo por escrito.
Ha sido frustrante, exasperante y de lo más agotador negociar con Debby. Ha luchado por cada maldita cosa. Incluso por el papel de impresora. Quiere uno con menor huella de carbono.
Y para colmo ha estado desayunando burritos en cada reunión desde que le dije que el olor me saca de mis casillas. Una hoja del contrato se ha manchado de kétchup. Si algún día comete un asesinato —lo veo bastante factible—, ahí están las huellas de la infractora.
Cuando por fin damos por cerrado el acuerdo, necesito vacaciones.
O un retiro espiritual que me prohíba el wifi.
Como no tengo tiempo ni para una cosa ni para la otra, optó por la opción C: voy a mi despacho, me sirvo una copa y me desplomo en el sofá.
—¿Por qué escuchas a Cohen? —me sobresalta la voz de Ruby, a saber cuánto tiempo después.
Abro los ojos y la miro. Está apoyada contra el marco de la puerta y sonríe al ver que yo, en vez de beberme el whisky, lo que hago es apretarme la copa contra la frente—.
¿Y esa cara de perrito triste a qué se debe? No te habrás enamorado.
Hago una mueca.
—Estoy agotado. ¿Qué quieres?
Entra, se deja caer en la butaca y arquea las cejas.
Es de noche, pero nadie ha encendido la luz.
—Tu superestrella pelirroja está embarazada.
—Ha firmado un contrato asegurando que no va a quedarse embarazada durante los tres años que dura la saga. Estamos hablando de superhéroes. Llevan trajes de lycra.
—¿Llamo a Jeff?
—No —respondo al cabo de un silencio demasiado largo, en el que solo me he dedicado a escuchar la letra de Boogie Street.
—Te estás ablandando, Ethan. Los contratos se firman por algo.
Para Ruby es fácil. Me encantaría tener un 38 sobre 40 en la escala de psicopatía de Hare y gestionar las cosas de manera eficiente.
—Retrasaremos el rodaje.
Niega, contrariada.
—Vas a arrastrar este estudio a la ruina como sigas así. Primero haces obras de caridad, ahora… ¿qué? ¿Le mandamos una cesta de pañales?
—Las hacen muy monas hoy en día. Pero no escojas lazo azul o rosa. No seamos sexistas. Ponlo beige. Es más elegante.
Sigue negando.
—¿Puedo protestar?
—Sí. —Esbozo una sonrisa desfallecida—. En tu despacho. Como te he dicho, estoy agotado.
—Me parece a mí que tu agotamiento tiene nombre de mujer. ¿Quién es? ¿La rubia de piernas interminables con la que cenaste anoche?
Tardo unos segundos, pero acabo negándolo.
—La morena de las tetas gordas.
—Ruby.
—¿Pechos generosos? —me propone, haciéndome sonreír.
—Ni la una ni la otra.
—Entonces solo puede ser la chica india.
Lo cual explicaría tu repentino interés por ese sitio polvoriento.
El viejo tú las habría mandado a tomar por culo el mismo día que tacharon el contrato con típex.
Echo de menos a ese cabrón. Nos habría ahorrado los tres meses de calvario que vinieron después.
—No la llames la chica india.
—¿Por qué? ¿Es racista?
—No lo sé. Pero no me gusta.
Asiente para sí y se marcha.
Por fin solo. Yo y Dance me to the end of love.
Apoyo la nuca contra el respaldo del sofá, cierro los ojos y vuelvo a apretarme la copa contra la frente.
Si Deb Deb estuviera aquí, diría: pobre niño rico. ¿Otra vez ha dimitido tu terapeuta?
También me lo preguntó la semana pasada. Es una provocadora de narices.
Aunque siempre me hace sonreír. Incluso cuando quiero cabrearme con ella de verdad.